Antonio Banderas, vendaval en las pupilas

#MAKMACine #MAKMAOpinión | MAKMA ISSUE #02
Alberto Conejero | Antonio Banderas, vendaval en las pupilas
MAKMA, Revista de Artes Visuales y Cultura Contemporánea, 2019
Lunes 24 de agosto de 2020

Lo hemos visto en no pocas ocasiones: en España lo único peor que el fracaso es el éxito. En el solar patrio, se suele escupir en lo cimero (la expresión es de Luis Cernuda), recelar de los compatriotas que cumplen logros, cuando no exiliarlos e, incluso, aniquilarlos. De dónde nos vendrá esta desconfianza secular yo no lo sé, pero no es fácil aventurar que hunde sus raíces en el mismo sustrato del que brotaron el “muera la inteligencia” o el “que inventen ellos”.

Pero este no es, ni mucho menos, un mal privativo español. En todos lados cuecen las habas que acompañan al síndrome de Procusto, también llamado “de alta exposición” o de la “amapola alta”. Es justo decirlo. Pero en un país que gasta celosías y portillos, dimes y diretes, negruras goyescas e ingenio afilado, sabemos que siempre hay tela para cortar el traje de los hijos ilustres. Por fortuna, tanto del éxito como del fracaso se puede salir. Y mientras se está vivo, hay partida.

Páginas iniciales del artículo publicado en MAKMA ISSUE #02.

Antonio Banderas (antes de lo público, José Antonio Domínguez Bandera) se fraguó como intérprete en el teatro, allí en su Málaga natal. Poco tiempo después cogió el petate con dirección Madrid, en una de las primeras expediciones del, entonces, joven argonauta.

Lo demás es ya historia; una en la que el encuentro con el director manchego Pedro Almodóvar ha sido fundamental. Jalonaron los ochenta con cinco películas inolvidables y que son ya una referencia ineludible de nuestro cine reciente: ‘Laberinto de pasiones’ (1982), ‘Matador’ (1986), ‘La ley del deseo’ (1987), ‘Mujeres al borde de un ataque de nervios’ (1988) y ‘Átame’ (1989). Precisamente, la memoria de esa década de luces y sombras es uno de los pilares de ‘Dolor y gloria’, su octava colaboración –faltaban por citar ‘La piel que habito’ y ‘Los abrazos rotos’– y la película con la que acaba de ganar el premio a mejor actor en el Festival de Cannes.

Antes de este momento hay un tornadizo de vida. Una nueva expedición para el argonauta malagueño. Desbrozó las trojas hasta Hollywood, que luego transitaron compañeros como Javier Bardem o Penélope Cruz; allí protagonizó algunos proyectos luminosos y otros con más sombras; su biografía se entreveró con la de los habitantes del Olimpo del star-system (qué cosa); llegaron también el papel cuché, los musicales, las luces, vampiros y zorros, las sombras, los años con la brújula temblando, el convertir el nombre en franquicia, el dejar atrás la juventud y no querer desaparecer con ella; y llegó también el querer desdecirse, deshacerse, soltar los baúles demasiado cargados de uno mismo.

Portada de MAKMA ISSUE #02, a partir de una de las obras del proyecto ‘Autocines’ (2019), de la fotógrafa Gala Font de Mora.

Y en ese momento apareció, de nuevo, Pedro Almodóvar, con una película que tiene mucho de ajuste de cuentas, de expedición retrospectiva, de ir hasta el pasado para decirse las verdades del barquero. Porque el cuerpo duele, el corazón se escacharra y se hace presente lo inevitable; porque el tórax abierto tiene algo de caja de Pandora. En mi columna semanal para Aisge.es, ‘Línea de telón‘, escribí de la interpretación de Banderas: “Cuánto con tan poco, qué manera de contener un vendaval en las pupilas. De nuevo la elocuencia del silencio. Toda su interpretación tiene calambre de poema”.

Su premio ha sido recibido con gran alegría por muchísimos y muchísimas en nuestro país. Al final, se trata de sostener la vocación. El de actor es oficio de persistencia, de fe. Ahora Antonio Banderas está a punto de abrir teatro junto a Lluís Pasqual. En la historia de las artes escénicas de nuestro país, el ‘Eduardo II’ de Marlowe que hicieron juntos en 1983. Banderas se hizo cargo, en el último momento, del papel protagonista de Gaveston. Era la segunda colaboración de Banderas y Pasqual después de un papel secundario en ‘La hija del aire’, de Calderón de la Barca. Ahora vuelven a encontrarse a la vuelta de muchos caminos.

Dice Antonio Banderas que ha empezado a matar a “Antonio Banderas” con esta película, a ese fantasma de sí mismo al que la mucha fama y el tiempo dio sustancia. Por fortuna, debajo de esa nebulosa permanece Jose Antonio Domínguez Bandera, actor. Uno de nuestros enormes.

‘Antonio Banderas’, por Luis Frutos.

Alberto Conejero

Este artículo fue publicado en MAKMA ISSUE #02, revista especial en papel con motivo del sexto aniversario de MAKMA, Revista de Artes Visuales y Cultura Contemporánea, en junio de 2019.

«Debemos revisar y sanar la herida de la esclavitud»

#MAKMALibros #MAKMAEntrevistas | Carlos Bardem
‘Mongo Blanco’ (Plaza & Janés, 2019)
XXXIII Semana Negra de Gijón
Viernes 10 de julio de 2020

Uniformado con los definitivos afeites del Premio Espartaco, que la Semana Negra de Gijón le ha concedido en la presente jornada, en tanto que responsable de la mejor novela histórica del último curso editorial, Carlos Bardem ha recalado en la trigésimo tercera edición del festival de la mano de su más reciente publicación, ‘Mongo Blanco’ (Plaza & Janés, 2019), una mayúscula narración –en corpus orgánico, semántico y estilístico– que asienta su porvenir sobre la figura de “Pedro Blanco, el gran negrero malagueño”.

Una cita marginal y a pie de página que el actor y escritor madrileño refiere como primera fuente de conocimiento de Pedro Blanco Fernández de Trava (1795-1854), conocido en los distantes predios decimonónicos de la trata y compra-venta de esclavos con el sobrenombre de El Mongo (o Rey) de Gallinas –entre otros y variopintos seudónimos–.

Una háptica, exuberante y ubérrima novela de aventuras sobre cuyos cimientos, adheridos al lecho hediondo del esclavismo, se ha edificado “una feroz travesía” por la cronología, delirante y vital, de “un monstruo, objetivamente, dedicado a una atrocidad. Un gran marino, apegado a las novedades técnicas, que revolucionó la trata”, sobre el que “siempre, hago un símil –no muy exacto, pero sí muy ilustrativo–: Pedro Blanco fue el Pablo Escobar de la trata de esclavos; la mejoró y la multiplicó exponencialmente. Su mecánica, su forma de esclavizar y de vender”, ha perfilado Bardem durante su primer encuentro con los medios.

“Un hombre culto y cínico” y, a la par, “excepcionalmente bueno en lo que hacía”, cuyos abominables actos –que le hubieron reportado varios millones de dólares de la época– “no los inventa Pedro Blanco. Es el sistema el que fabrica los ‘Pedro Blanco’ que necesita para realizarse. Porque el esclavismo era sistémico: todo se realizaba con mano de obra esclava en las Antillas”, advierte el autor.

Y he aquí donde el abolengo geopolítico torna su mirada histórica a las elefantiásicas implicaciones de España en este túrbido asunto, “el gran negocio de la época, sobre todo a finales del siglo XVIII y principios del XIX”. Un feudo de la soterrada memoria colectiva erigido, entonces, “en el lugar de máxima rentabilidad para el dinero: la compra y venta de seres humanos. Lo cual está muy documentado y eso significa que hay un consenso unánime sobre un mínimo de gente esclavizada por la trata transatlántica: 12,5 millones de personas, de africanos” –“una cifra consensuada gracias al arqueo y a los manifiestos de carga de los barcos”, si bien «hay autores que elevan esa cifra a más del doble porque, como en todo negocio legal, había una parte ilegal, una trata en b» (lugares de desembarco en paralelo para no pagar aranceles)–, cuyos descendientes pueblan la columna vertebral del continente americano. “Es imposible, para cualquiera de nosotros que haya viajado por América, desde Alaska –la Tierra del Fuego– hacia el sur, no ver la presencia de la negritud en todas sus sociedades. Hemos de tener en cuenta que allí no había negros: todo el que está allí es un descendiente de un esclavo en mayor o menor grado”.

Una contundente apreciación consecuencia de un hecho tan explícito como soterrado por quienes han reorientado, de un modo oscurantista, la narración del devenir histórico. “Este tipo de debates están encapsulados en el mundo académico. En España hay muy buenas monografías, debate a nivel universitario, pero es algo que nunca trasciende al gran público, y por eso no les molesta o no les preocupa a los que se han encargado de que no conozcamos este periodo de nuestra historia”, que sitúa los beneficios del esclavismo sobre la explotación de “los cañaverales de Cuba y Puerto Rico” por parte “de esclavistas españoles, surtidos por negreros españoles” como el Mongo Blanco retratado, desde las fauces sicológicas, en su novela.

Carlos Bardem junto al escritor y periodista Fermín Goñi, durante la presentación de ‘Mongo Blanco’. Fotografía cortesía de la Semana Negra de Gijón.

Recuerda Bardem, al respecto, ese epidérmico sedimento histórico que, a buen seguro, palpita “en el imaginario colectivo” de la mayoría de sus lectores, relativo a que “cuando se habla de esclavitud pensamos, habitualmente, en el relato de Hollywood: Kunta Kinte, ‘Doce años de esclavitud’, Alabama, el algodón…; pero alguien se ocupó de que no sepamos que, al mismo tiempo, coetáneas de esas plantaciones, igual de grandes e, igualmente, dotadas con esclavos secuestrados en África, eran los cañaverales de caña, los ingenios de azúcar” comandados por españoles, tan relevantes como el comercio del algodón; economías de plantación que responden a “las necesidades de las revoluciones industriales”, nutridas “por la trata tradicional africana” y que instituyen ese apogeo intersecular del esclavismo, entonces “una práctica legal” en la que “toda la sociedad participaba” y de la que, en diversos grados, “se beneficiaba”.

Un “fenómeno cultural universal”, idiosincrásico, y sustento de la “ideología de la clase dominante en España” –vertebradora de “una sociedad esclavista equiparable a la Atenas de Pericles”–, por la que transitan eximias (y obscenas) fortunas genealógicas como las de María Cristina de Borbón– “la mayor propietaria de esclavos”, “Carlos III, Felipe V, el Arzobispado de Toledo, el Marqués de Comillas” y el de “Argüelles”, Eusebi Güell –mecenas de Gaudí–, e, incluso, los ascendientes del político “Artur Mas” –“marinos mercantes” condenados por el tráfico ilegal de esclavos entre África y América a mediados del siglo XIX–, así como la constitución de “la Bolsa de Barcelona o las diputaciones provinciales”, tras cuyos pasos encontramos el legado anómino de “miles de indianos” que a su retorno, poblaron, con sus simbólicas palmeras, buena parte de la cornisa cantábrica tras granjearse fortuna con la trata.

Por ello, si uno de sus retos “como escritor era adentrarme en este monstruo (Pedro Blanco) para encontrarle matices y revelar sus razones” –“darle humanidad, comprenderlo, que no justificarlo”–, no de menor relevancia debía ser exhortar al lector a tratar de comprender “una herida abierta que está explotando ahora mismo”. En ese sentido, los acontecimientos del presente aportan un valor añadido a la deriva de la novela durante el último año: “explicarnos cuál fue nuestra parte de responsabilidad”, que hubo sido “extensa e intensa”.

La escritora Berna González Harbour (Premio Dashiel Hammett de novela negra 2020 por ‘El sueño de la razón’) y Carlos Bardem (Premio Espartaco a la mejor novela histórica por ‘Mongo Blanco’). Fotografía cortesía de la Semana Negra.

En consecuencia, Carlos Bardem perfila diversas interrogantes: “¿Por qué hay gente que derriba estatuas? ¿Por qué hay una herida brutal en muchas sociedades del planeta que tiene que ver con el esclavismo y con el racismo?”. Preguntas análogas a las que pueden formularse a partir del concepto de la ‘banalidad del mal’ –alumbrado por Hanna Arendt en ‘Eichmann en Jerusalén’–, asociado al nazismo: “¿Cómo era posible que un país de entre los más cultos, cuna de filósofos y grandes músicos como Alemania, la gente normal, entre comillas, apoyara una monstruosidad como el nazismo?”.

Dubitaciones a las que debemos dotar de respuesta a través del escenario que se aventura en el contexto de su novela: “Sería bueno que tengamos claro que el origen de esta herida sin coser y supurante, que está agitando tantas sociedades, está en este momento de la historia, y que mientras no hagamos nuestros deberes como sociedad y no nos pongamos manos a la obra en revisar, explicar y sanar esa herida, será una herida más que sumar a las muchas que desgarran nuestras sociedades”.

Porque, a la postre, “esta novela también es una reflexión sobre el mal; sobre cómo el mal se ejecuta y se realiza –el mal con mayúsculas–. No creo que exista una relación más viciada y más perversa como la que existe entre un amo y un esclavo. En ese cajón desastre cabe todo: las desigualdades sociales, de género, de religión, etcétera”.

Iniquidades que hunden sus raíces en el légamo de la infecta y tendenciosa memoria de los acaudalados: “Soy de los que piensa que no se puede amasar una gran fortuna siendo honrado. En algún momento aparece la explotación”.

Por ello, Bardem refiere “la importancia de estar siempre alerta, críticos frente a lo que nos dicen que es el sentido común” –en base a él muchos fueron responsables de la esclavitud, como “hoy podemos ser cómplices de una atrocidad” semejante–, en tanto que “vivimos tiempos excepcionales, en los que debemos intentar llevar reflexión y, también, belleza a la gente, frente a lo peor, el miedo. Nosotros (los creadores) debemos ser abanderados contra él”.

El actor y escritor Carlos Bardem en la XXXIII Semana Negra de Gijón. Foto: Jose Ramón Alarcón.

Jose Ramón Alarcón

El cambio de sexo que no marca la diferencia


‘Orlando’, la adaptación a teatro de la obra de Virginia Woolf, escrita por Vanessa Martínez
Sala Russafa
Dènia 55, València
7 de noviembre de 2019

Érase una vez un apuesto joven isabelino, noble y poeta, que a los treinta años se transforma en mujer y vive así durante casi cuatro siglos. Con la suave cadencia de un cuento, Virginia Woolf irrumpe de nuevo en nuestros escenarios de la mano de la directora Vanessa Martínez en la Sala Russafa, aprovechando el 9º Ciclo de Compañías Nacionales, con el estreno de ‘Orlando’. Esta nueva propuesta se presenta como un juego literario, musical y temporal en el que Rebeca Sala, Gustavo Galindo, Pablo Huetos, Pedro Santos y Gemma Solé interpretan a más de treinta personajes.

Rebeca Sala, Gustavo Galindo, Pablo Huetos, Pedro Santos y Gemma Solé – Imagen realizada por Irene Valdés durante la representación

Como decimos, la obra nos va llevando de época en época. Conforme se desarrolla la historia se va transformando, nos va ubicando en los distintos espacios y tiempos, desde los sonidos de John Dowland hasta el foxtrot, desde la Corte inglesa a Constantinopla. Otro aspecto que define la puesta en escena es el humor, un tejido capital para seguir la peripecia del protagonista.

Amor, deseo, guerra, erotismo, cambios de género. Todos estos componentes aparecen en ‘Orlando: una biografía’, (1928), la sexta novela de la escritora inglesa Virginia Woolf. Una obra de sorprendente actualidad, que condensa una feroz crítica a la moral victoriana y está inspirada en la amante de Woolf, la aristocrática poetisa Vita Sackville-West.

Y es que hace cien años, Virginia Woolf se cuestionó sobre las diferencias entre hombres y mujeres. Una de las respuestas que ofreció al mundo fue su ‘Orlando’, un personaje andrógino, posiblemente el primer transexual de la historia de la literatura, cuya vida es extrañamente longeva: nace en 1588, en época isabelina, y muere en el periodo de entreguerras, en 1928, fecha que coincide con la publicación de la novela de Woolf, como ya se ha apuntado. A pesar de vivir más de trescientos años, Orlando solo envejece en apariencia hasta los 36.

Pero no hagamos más spoiler. Contemos la historia de una manera diferente, como quiso hacer Vanessa Martínez, concretamente a partir de varios narradores omniscientes con cálamos de largos plumajes blancos.  

Dos narradores interpretando la obra ‘Orlando’ – Imagen realizada por Irene Valdés durante la representación

En primer lugar, Orlando conoce a la reina Isabel I, aunque nunca se la menciona directamente, pero cae en desgracia y se aleja de la corte. Cuando regresa, gobierna Jaime I.

Durante lo que se conoció en Inglaterra como ‘La gran helada’, en el invierno de 1683 a 1684, el protagonista se enamora perdidamente de una princesa rusa, llamada Shasha. Según él mismo expone, esa era la primera vez que había amado, la primera vez que había sentido algo tan cercano al amor. Los enamorados patinan juntos durante varios días, pero la historia no acaba del todo bien. Un día, el barco en el que había llegado Shasha deja de estar atrapado en las aguas congeladas del Támesis, cuyo suceso hace que la mentira y el abandono reinen en escena.

Sin embargo, eso solo lo sabe el espectador, esto es, la princesa rusa le prometió a Orlando amor eterno y, de hecho, la pareja queda en un punto para escaparse a vivir juntos, pero Shasha nunca llega a acudir. Orlando se queda en la cama recuperándose durante nada más y nada menos que una semana. Los narradores intentan espabilarle, pero su dolor es tan fuerte que ni con palizas consigue despertar. El fracaso de este romance lleva a Orlando a regresar a un poema –’El roble’– que dejó atrás en su juventud. 

Abramos un paréntesis recordando que la aventura apasionada de Orlando y Sasha representa el romance de Vita SackVille-West con Violet Trefusis, porque esta novela, además de la sátira a la biografía y el discurso feminista, es, ante todo, una carta de amor de Virginia Woolf a su gran amiga Vita, a la que dedica la obra. Cerramos paréntesis.

En este punto de la historia, llegamos a uno de los pasajes más famosos de esta singular novela: el momento en el que Orlando cambia de sexo. La obra, por su argumento, podría considerarse fantástica (de hecho, su protagonista se transforma por arte de magia –no mediante ninguna operación médica que explicara la transformación– y vive, ya lo hemos dicho, una vida anormalmente larga y, encima, no envejece). 

Entran entonces la Pureza, la Castidad y la Modestia (las tres mayores virtudes de una dama en esa época), pero las trompetas retumban cada vez que una de ellas habla: las exhortan a marcharse. El sonido de las trompetas se convierte en el mensajero que anuncia la resurrección, el cambio, que proclama el despertar de la naturaleza, la nueva esencia de Orlando. “Las horribles hermanas se desconsuelan, lloran al unísono, bailan en círculos y agitan sus velos de arriba abajo antes de pronunciar su despedida: «No siempre ha sido así. Pero los hombres ya no nos necesitan; las mujeres nos aborrecen. Nos vamos, nos vamos. Yo (dice la Pureza) a los palos del gallinero. Yo (dice la Modestia) a cualquier discreto rincón donde abunde la hiedra y las cortinas»’’.

Orlando tras su transformación – Imagen realizada por Irene Valdés durante la representación

La escena termina cuando Orlando despierta, abandonado por estas virtudes, solo en su cuarto, entre el sonido de las trompetas que siguen preguntando por la verdad. Es ahí cuando el narrador sentencia que era una mujer. Aquí sí que necesitamos recurrir al mayor spoiler: el cambio se había producido, una metamorfosis verdadera y permanente, pero que no había transformado la auténtica esencia de Orlando. Ser hombre es equivalente a ser mujer, no hay diferencias y, si las hay, son incómodas incomprensiones de la sociedad.

De esta manera, se pone a la mujer y al hombre en una balanza donde ninguno de los dos individuos es más que el otro, donde ambos sexos están equilibrados, como si dijéramos, en línea recta. Quizás sea este el motivo por el que Vanessa Martínez escoge a una actriz como protagonista de toda la obra, en lugar de coger en la primera parte a un hombre y en la segunda tras el gran cambio de sexo, a una mujer. 

Es entonces cuando nadie se extraña de su renacer femenino, nadie duda de que sea la misma persona; y esa aceptación permite al lector (en el caso del libro de Virginia Woolf) y, en este caso, al espectador en la representación de esta obra de teatro, percibir el cambio no como una fantasía, sino como la tesis de la autora de que las diferencias entre los dos sexos no afectan a la psique ni al alma de la persona. Uno puede ser hombre y mujer, y esto no lo cambia realmente.

A partir de este momento, los narradores omniscientes cuentan las aventuras de Orlando en femenino: se escapa con una tribu de gitanos con la que llega a la meseta central de Anatolia; pasado un tiempo, la añoranza LA fuerza a embarcarse hacia Inglaterra. A su regreso, se encuentra con que lo han declarado fallecido y que, al ser ahora mujer, no tiene derecho a poseer en propiedad su propio palacio. Pasado un tiempo, cruza el periodo victoriano, época en la que conoce a Shelmerdine, un aventurero con el que se acabará casando (y, por lo tanto, con quien podrá resguardar su herencia).

Nos encontramos ya con el final de la obra, concretamente en el primer tercio del siglo XX donde, mientras Orlando está dando a luz a un hijo carnal, ansía terminar su poema “El roble’’. Y así lo hace, antes de “acabar’’ de parir, escribe la última palabra de su poema, por fin. Podríamos decir que, al traer al mundo a su nuevo hijo, también da a luz al poema que tantísimos años le había costado escribir. Cabe hacer otro paréntesis dejando patente la clara alusión de “El roble’’ al poema narrativo «La tierra» («The land», en el original), de Vita SackVille-West. Cerramos paréntesis.

Saludo grupal del elenco de la obra ‘Orlando’ – Imagen realizada por Irene Valdés durante la representación

El asunto de la historia literaria es esencial, pues el desarrollo del poema “El roble” tiene que ver con las ganancias de libertad de las mujeres escritoras y de que no será hasta el siglo XX hasta cuando la autora tendrá “una habitación propia” y podrá escribir de tú a tú con los hombres, contrario a la fracasada “hermana de Shakespeare”, personaje imaginario a quien Woolf dedica uno de sus ensayos feministas más agudos.

Esta obra de la escritora inglesa es rompedora por lo que significó para el feminismo. Y Vanessa Martínez lo ha sabido representar de la misma manera, mediante escenas de pasión, erotismo, tristeza, igualdad y fuerza femenina, copiando ese afán de libertad que le enseñó Woolf, que toda mujer merece.

De hecho, podemos concluir manifestando que, por ejemplo, Borges, no era un gran admirador de la escritora inglesa, pero aún así, consideraba que ‘Orlando’ era una “novela originalísima. Sin duda, la más intensa de Virginia Woolf y una de las más singulares y desesperantes de la época”. Y es que tampoco podríamos evaluar la representación de teatro de la directora Vanessa Martínez con adjetivos diferentes a los del erudito escritor argentino.

Irene Valdés

El fulgor de la palabra de Juan Diego en el FICX

Encuentro con Juan Diego
Premio Nacho Martínez 2018
56 Festival Internacional de Cine de Gijón/Xixón (FICX)
16 de noviembre de 2018

El 56 Festival Internacional de Cine de Gijón/Xixón (FICX) ha incoado su cronograma de la mano y la palabra de Juan Diego (Sevilla, 1942), con motivo de la concesión del Premio Nacho Martínez 2018 al actor bormujero, en cuyo encuentro con prensa y público ha procurado, en compañía de Alejandro Díaz Castaño –director del festival–, focalizar la atención en algunos de los principales acentos que han singularizado su dilatada trayectoria biográfica y profesional.

“En Sevilla, cuando yo no era”

Tal y como ha recordado, desde una sobresaliente pronta edad, Juan Diego hubo descubierto “el poder de la palabra”, fruto de la tercerita de Pemán y las crónicas taurinas del diario ABC que aventuraba a leer a uno de sus tíos, afectado de cataratas; “sentía que crecía a medida que leía”, eclosionando, de este modo, el fértil fulgor de la oralidad, fuente de poder y de impostura, “principio y forma esencial de comunicar” a través “del silencio de los demás que se produce al escuchar”.

El director el FICX, Alejandro Díaz Castaño, y Juan Diego, durante el encuentro con prensa y público, con motivo del Premio Nacho Martínez 2018. Fotografía: Merche Medina.

El director el FICX, Alejandro Díaz Castaño, y Juan Diego, durante el encuentro con prensa y público, con motivo del Premio Nacho Martínez 2018. Fotografía: Merche Medina.

De este modo, el Sergio Maldonado de ‘El viaje a ninguna parte’ (Fernando Fernán Gómez, 1986), o el Saturnino de ‘Jarrapellejos’ (Antonio Giménez-Rico, 1988), orientaba el horizonte de sus primeras y trémulas inquietudes hacia el territorio de la escena: “en teatro, el público y la crítica te examinan, te evalúan. Eso te obliga a estar muy pendiente del trabajo que realizas”. Un oficio refrendado a través del teatro universitario sevillano, que le brinda la oportunidad de adentrase en los overoles vagabundos y existencialistas de Vladimir y Estragon en ‘Esperando a Godot’, de Samuel Beckett.

De un modo ineludible, abandona provincias y recala en los estudios diurnos de Televisión Española y merodea la estival academia vespertina y nocturna del Gijón: “a finales de agosto íbamos al Café Gijón, porque era cuando solían hacerse las contrataciones para las compañías de teatro”, tal vez en perpetua y estocástica búsqueda, en tanto que “la suerte es un elemento fundamental. La suerte es un aliado”, que determina para Juan Diego, aséptica e implacablemente, el devenir profesional, cuya melanítica periferia conduce al actor a plantearse “¿por qué unos triunfan y otros no?”.

Tal vez deba tratarse de una suerte sustentada por una primera y ortodoxa metodología de trabajo, fundamentada en la lectura y memorización de aquellas representaciones a las que acudía como avezado espectador, en tanto que “seguía las funciones como si fueran un máster de interpretación. Más allá de concentrarme en entender lo que decían, que ya no necesitaba, me fijaba en la técnica interpretativa”.

Repaso audiovisual de la trayectoria de Juan Diego durante la gala inaugural del 56 FICX. Fotografía: Merche Medina.

Repaso audiovisual de la trayectoria de Juan Diego durante la gala inaugural del 56 FICX. Fotografía: Merche Medina.

“El conocimiento de la sonoridad interna del castellano”

Y, de nuevo, “en Sevilla, cuando yo no era”, las lecturas y revelaciones metafóricas, la desolación mística, crítica y poética de ‘Noche oscura del alma’, “leída entre naranjos”, la lacerante prosodia interna de Juan de la Cruz, que rubrica su trayectoria académica y retorna, décadas ulteriores, a las celdas toledanas y cinematográficas, refrendado por la determinación del cineasta Carlos Saura: “vuelve a ti un golpe tan determinante en tu existencia”.

Hitos y líricos destellos de un laureado itinerario profesional que ha transitado por diversos latifundios, como el turbio y excelso cortijo fílmico de ‘Los santos inocentes’ (Mario Camus, 1984) o el pregolpista protectorado magrebí descarnado por un aflautado Francisco Franco en ‘Dragon Rapide’ (Jaime Camino, 1986).

Merecido reconocimiento holístico para un abanderado, entre otras lides, de la determinante huelga de actores de 1975 (que logró dignificar la jornada laboral del colectivo), cuya voz, perfumada de magisterio, nicotina y salbutamol, prosigue adherida, contumaz y diligente, a la raíces de la escena y las diversas ramificaciones de la interpretación.

Juan Diego, durante un instante del encuentro con la prensa y público en el 56 FICX. Fotografía: Merche Medina.

Juan Diego, durante un instante del encuentro con la prensa y público en el 56 FICX. Fotografía: Merche Medina.

Jose Ramón Alarcón

El trabajo del actor, a escena

¡Mucha mierda!
Sporting Club Russafa
C / Sevilla, 5. Valencia
Sábado 10 viernes 11 de febrero de 2018

Las actrices valencianas Maria Caballero y Carmen Comes regresan con ‘¡Mucha Mierda!’ Esta vez en el teatro. Una obra que les ha dado muchas alegrías. La primera, ser seleccionada para la última edición de Russafa Escènica, “la plataforma perfecta para dar a conocer obras de nuevos creadores emergentes valencianos”, confiesan las actrices. La segunda, poder desarrollar la historia en el particular marco de una floristería con varios pases al día, madurando así en la profesión, sintiendo de cerca al público. La última, la oportunidad que les brindó el festival valenciano de acercar su interpretación a otros gestores culturales. De ahí salió la posibilidad de desarrollar la pieza y exprimir su contenido para adaptarlo al teatro donde 30′ no eran suficientes. Los próximos días 10 y 11 de febrero estrenan su guión adaptado en la sala Sporting Club Russafa.

Escena de '¡Mucha mierda!'. Imagen cortesía de Sporting Club Russafa.

Escena de ‘¡Mucha mierda!’. Imagen cortesía de Sporting Club Russafa.

“Pensamos en muchas y muy diferentes posibilidades de alargar la obra pero haciendo esto nos dimos cuenta de que no nos hacía falta inventar nada nuevo, sino profundizar en lo que ya estábamos contando”, confirman las actrices para quienes este proceso ha supuesto volver a sentarse en una mesa como dramaturgas. Por eso recomiendan ir a verla incluso a quienes ya disfrutaron de su puesta en escena en Russafa Escènica porque “en estos meses, los personajes y la obra han sufrido un proceso necesario de maduración que hace que la pieza sea ahora más sólida, más profunda y más contundente”.

La obra aborda una visión cómica y crítica sobre el oficio del actor en una propuesta fresca y dinámica en la que las dos actrices se mueven libremente en un espacio vacío. Así, el público se ve envuelto en un universo en el que todo cabe, que incluye diferentes textos dramáticos y códigos de interpretación, llegando a mezclar a dramaturgos como Rodrigo García y William Shakespeare. El espectador consigue empatizar e identificarse desde el primer momento con Martina y Lola y verse inmerso en un viaje en el que la realidad y la ficción bailan juntas.

Maria Caballero y Carmen Comes complementan su tarea como actrices con la de guionistas y directoras. Un trabajo que ya habían realizado anteriormente en la ESAD. No obstante, defienden un método propio que invierte los procesos de creación, comenzando por el trabajo actoral donde más cómodas se sienten. “La obra está escrita a partir del material que recogíamos en improvisaciones actorales y no de una manera más independiente o intelectualizada. Sabíamos qué queríamos contar y, trabajando mucho, llegó el cómo contarlo o dirigirlo”, comentan las actrices. Lo más difícil ha sido la dirección de la obra. Para ello contaron con el apoyo de Miguel Ángel Romo. Su visión externa les ha permitido estar más seguras y trabajar con firmeza.

Escena de 'Mucha mierda'. Imagen cortesía de Sala Russafa.

Escena de ‘Mucha mierda’. Imagen cortesía de Sala Russafa.

¿Qué sucede cuando termina la función? ¿Dónde acaba la realidad y dónde empieza la ficción? Dos actrices. Dos sillas. Dos rosas rojas. Cae el telón. Aplausos. Empieza la función. A partir del procedimiento meta teatral que constituye la naturaleza de la obra, se instauran diferentes planos de realidad-ficción en los cuales las dos actrices, Martina y Lola, navegan.

‘¡Mucha Mierda!’ es entonces una obra que contiene diferentes obras en sí misma y que reflexiona sobre el trabajo del actor, la figura del público y la propia naturaleza del arte teatral. Todo esto es reflejado en la historia de las dos protagonistas, a partir de su compleja relación personal y profesional. Es por esto, que la obra habla mucho del amor, la homosexualidad entre dos mujeres, el tiempo y sobre cómo éste influye en las relaciones personales. La obra incluye textos de Rodrigo García (dramaturgo contemporáneo) y de William Shakespeare (en su versión original), así como dos códigos de interpretación prácticamente opuestos: el naturalismo-realismo y el teatro físico/danza como abstracción del cuerpo y del texto.

Escena de '¡Mucha mierda!'. Imagen cortesía de Sporting Club Russafa.

Escena de ‘¡Mucha mierda!’. Imagen cortesía de Sporting Club Russafa.

Teatre Micalet se opone al espectáculo

Tots Contra l’Espectacle, por ESCIF
Teatre Micalet
C / Mestre Palau, 3. Valencia

El artista urbano ESCIF ha creado una obra teatral que se representa en forma de pancartas reivindicativas en la fachada del Teatre Micalet, en el número 3 de la calle Mestre Palau de Valencia. Esta creación se denomina ‘Tots Contra l’Espectacle’ y se representará a lo largo de toda la temporada teatral, con un formato protesta en el que las pancartas irán renovándose con mensajes propuestos por el mismo público del Micalet.

Esta acción artística cuenta con la colaboración del filósofo, escritor y guionista Santiago Alba Rico, quien ha escrito un manifiesto en contra de la espectacularización de la vida. El texto se repartirá antes de cada función de la temporada a los espectadores del Micalet, a los que se les invitará a participar en ‘Tots Contra el l’Espectacle’. Podrán dejar mensajes alrededor de esta idea para que ESCIF elija cada mes algunos de ellos y los incorpore a la fachada. Las pancartas irán renovándose cada mes con nuevas consignas, como actos de esta obra teatral participativa.

El creador de ‘Todos Contra el Espectáculo’ cree que con esta acción en la fachada del Micalet, en la frontera entre el teatro y la calle, «desaparecen los límites entre presentación y representación, espectadores y actores». ESCIF considera que así «el teatro sale a la calle y la calle entra en el teatro, en un proceso creativo horizontal donde el artista solo es una pieza más del engranaje, que ayuda a amplificar la voz de aquellos que tienen algo que decir: los espectadores».

ESCIF es uno de los artistas valencianos de calle con más reconocimiento a nivel internacional y entre sus últimos trabajos habría que destacar ‘Todo lo que sobra’ la falla que diseñó para la Comisión fallera de Corona; ‘Un coche rojo’ un ensayo  audiovisual  para el  programa Metrópolis, en TVE2; ‘Elsewhere’, su último  libro autoeditado con sus últimos trabajos presentado en el IVAM; ‘Dismaland’, el parque de atracciones de Banksy, donde fue invitado a participar, y la portada del disco de Damien Rice ‘My faded favourite fantasy’.

Tots Contra l'Espectacle. Imagen cortesía de Teatre Micalet.

Tots Contra l’Espectacle. Imagen cortesía de Teatre Micalet.

«El artista debería estar protegido»

Desayunos Makma en Lotelito
Con Mariángeles y Enrique Fayos, responsables del Teatro Olympia que celebra sus 100 años
Entrevistados por Jose Ramón Alarcón, Merche Medina y Salva Torres, del equipo de redacción de MAKMA

Mariángeles y Enrique Fayos dicen llevar el teatro en la sangre: “Forma parte de nuestro ADN”. Son, más que obligados deudores del legado paterno, fieles y apasionados continuadores del Teatro Olympia que ahora cumple 100 años. “El peaje que pagas por lo que tanto te gusta es alto porque desatiendes a la familia”. Pero la familia lo entiende, porque una pasión como esa no es cualquier pasión. Y se nota. Ambos defienden el teatro y el cine (porque el Olympia fue durante muchos años cine) como si estuviera en juego su propia vida. Al igual que defienden la cultura, recogida como un derecho en el artículo 44.1 de la Constitución.

Mariángeles Fayos, en un momento de los Desayunos Makma en Lotelito. Fotografía: Fernando Ruiz.

Mariángeles Fayos, en un momento de los Desayunos Makma en Lotelito. Fotografía: Fernando Ruiz.

“Las inversiones en cultura se multiplican luego por siete”

“Todas las inversiones en cultura se multiplican por siete, algo que no ocurre por ejemplo en el sector del automóvil”, dice Mariángeles Fayos, presidenta a su vez de AVETID, la Asociación Valenciana de Empresas de Teatro y Circo que el pasado lunes entregó sus premios, entre los cuales, por sorpresa, se coló uno de reconocimiento a su propia labor en el Olympia. Por eso no entienden que sea el sector de la cultura “el que menos ayudas públicas reciba”, contrariando “la fama que tiene de vivir de las subvenciones”. Lo cual, zanjan, “es falso”. Además, el tan criticado IVA cultural del 21%, “gestado con improvisación por un ministro [José Ignacio Wert] que era un mediano”, está “destrozando las salas pequeñas y medianas”. De ahí su proclama: “La cultura debería tener un IVA super reducido”.

Enrique Fayos, en un momento de los Desayunos Makma en Lotelito. Fotografía: Fernando Ruiz.

Enrique Fayos, en un momento de los Desayunos Makma en Lotelito. Fotografía: Fernando Ruiz.

“La cultura es el oxígeno de la sociedad”

Tienen la certeza de que el teatro es o debería ser “catalizador de la sociedad”. Y ponen como ejemplo el Sócrates de José María Pou que recientemente ha visitado el Olympia, para reflexionar en torno a la democracia en tiempos en que esa democracia se ve actualmente amenazada por diversos flancos. También comparten la necesidad de preservar el talento: “El artista debería estar protegido”. Al igual que los teatros y la cultura: “Somos el oxígeno y el motor de la sociedad”.

Mariángeles Fayos, durante los Desayunos Makma en Lotelito. Fotografía: Fernando Ruiz.

Mariángeles Fayos, durante los Desayunos Makma en Lotelito. Fotografía: Fernando Ruiz.

Recientemente han recibido también la Medalla del Consell Valenciá de Cultura por esos 100 años del Teatro Olympia, “bien cultural vivo de la ciudad”, destacó en la entrega del galardón su presidente Santiago Grisolía. “No hay tradición en el Consell de darle ese premio al teatro”, lo cual añade brillo a la distinción, subraya Enrique Fayos. Recuerda, al hilo de esa medalla, que Valencia fue en los años 50 una “potencia teatral”, con salas “como el Alcázar, Novedades, Eslava y otras muchas”. Y que el Olympia llegó a tener seis meses en cartel la película El expreso de medianoche, cuando era cine donde se proyectaban películas de Tarzán o de los hermanos Marx, o vendidas con meses de antelación las entradas para ver a Moncho Borrajo.

La recuperación de Valencia como potencia teatral pasa, dicen, por una “política cultural a largo plazo”, por una “transparencia y equidad en las ayudas”, por una “colaboración y no competencia entre lo público y lo privado” y por una “orden de ayuda a las salas que impulse la industria cultural”. Ven signos “esperanzadores” en el nuevo gobierno de la Comunidad Valenciana, aunque reconocen ciertas prisas porque “el sector teatral está en urgencia”. Y eso que, como precisan, “con poco dinero se arreglaría el problema del teatro en Valencia”.

Enrique Fayos, durante los Desayunos Makma en Lotelito. Fotografía: Fernando Ruiz.

Enrique Fayos, durante los Desayunos Makma en Lotelito. Fotografía: Fernando Ruiz.

“Entiendo que se paralizara el concurso del Teatro Musical”

Aunque no todo depende del dinero. “Entiendo que el Ayuntamiento de Valencia paralizara el concurso público para la gestión del Teatro Musical”. Lo entiende porque, según Enrique Fayos, “no puede ser que lo más importante fuera lo económico en lugar de primar la calidad de la oferta presentada”. Y destaca, como ejemplo de buena gestión privada, que “se puede hacer más con menos”.

Ahora ven nuevas amenazadas a la siempre frágil existencia del teatro, donde “el margen de rentabilidad es muy ajustado”. “Hoy la competencia no proviene del fútbol, sino de Internet y del móvil”, dicen, por aquello de la ingente oferta cultural a través de otros medios. Y no sólo para ellos como responsables de un teatro, sino para el propio actor desde otro punto de vista: “Que durante un espectáculo se enciendan 50 luces de móvil, genera un problema emocional al actor que piensa que no está atrapando la atención del espectador”.

De izquierda a derecha, Jose Ramón Alarcón, Merche Medina, Salva Torres, Mariángeles Fayos y Enrique Fayos, en un momento de los Desayunos Makma en Lotelito. Foto: Fernando Ruiz.

De izquierda a derecha, Jose Ramón Alarcón, Merche Medina, Salva Torres, Mariángeles Fayos y Enrique Fayos, en un momento de los Desayunos Makma en Lotelito. Foto: Fernando Ruiz.

Para celebrar los 100 años del Olympia tienen pensado, entre otras cosas, realizar tertulias del público con los actores, actuaciones en la entrada del teatro y una exposición con fotografías que reflejen ese siglo de la escena en Valencia. Un siglo que empezó el 10 de noviembre de 1915 con la ópera El Barbero de Sevilla y ha tenido su prolongación exitosa con la reciente Escenas de la vida conyugal de Ricardo Darín. “Es un actor con un enorme tirón; un mito”. Como lo es ya el Teatro Olympia.

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Enrique y Mariangeles Fayos. Fotografía: Fernando Ruiz.

Enrique y Mariangeles Fayos, tras los Desayunos Makma en Lotelito. Fotografía: Fernando Ruiz.

Salva Torres

Weegee: El temible burlón del fotoperiodismo

Weegee The Famous
Festival Valencia Negra
Museu Valencià de la Il.lustració i la Modernitat (MuVIM)
C / Quevedo, 10 y Guillem de Castro, 8. Valencia
Hasta el 31 de agosto

Ningún criminal lo era, “por muy Al Capone que sea”, hasta que llegaba Weegee y lo retrataba. Así lo recordó Silvia Oviaño, comisaria de la exposición que el MuVIM, en el marco del festival Valencia Negra, le dedica a toda una auténtica leyenda del fotoperiodismo. Llegó a contar con una emisora de radio portátil de onda corta conectada a la de la comisaría, lo que le permitía llegar a los sucesos antes que la propia policía. Eso, más el cuarto oscuro que tenía en el maletero del coche, le convertía en el reportero gráfico más rápido del Nueva York de los años 30 y 40. Su leyenda ha ido creciendo con los años, no así la fama que alcanzó desde el principio.

Summer, The Lower East Side, 1937. Fotografía de Weegee en la exposición 'Weegee The Famous' en el MuVIM.

Summer, The Lower East Side, 1937. Fotografía de Weegee en la exposición ‘Weegee The Famous’ en el MuVIM. ©Weegee-Caravan.

De hecho, la exposición del MuVIM se llama así: ‘Weegee The Famous’. Adjetivo que se ganó a pulso, tras otorgárselo él mismo, convencido de la calidad de su trabajo. Tanto es así que optó por convertirse en freelance para que sus fotografías aparecieran firmadas con esa rúbrica: The Famous. “Cronista de fotografía negra”, subrayó Oviaño, Weegee se hizo famoso por esos disparos rápidos y certeros (“retocaba la escena del crimen, para desesperación de la policía”), pero también por la manera que tenía de radiografiar las calles de la ciudad y sus gentes.

“Era un fotógrafo de calle”, destacó la comisaria. Calles que pateó como nadie, al tiempo que dignificaba la profesión del fotoperiodista con imágenes tomadas al vuelo y reveladas con su temible espíritu burlón. “Poseía un gran sentido del humor”, señaló Oviaño. Espíritu que tal vez le venía de su afición por la güija, de cuya pronunciación fonética se supone que le viene el sobrenombre de Weegee, ya que el suyo verdadero era Arthur H. Fellig (1899-1968). Arthur, una vez llegó a Estados Unidos, porque de su natal Ucrania salió con el nombre de Usher.

Simply Add Boiling Water. Fotografía de Weegee en la exposición 'Weegee The Famous' en el MuVIM.

Simply Add Boiling Water. Fotografía de Weegee en la exposición ‘Weegee The Famous’ en el MuVIM. ©Weegee-Caravan.

Sea como fuere, Weegee sintetizó las cualidades del fotoperiodista: rapidez de gatillo en situaciones límite de tiempo, agudeza para encuadrar lo relevante y el aderezo de un talento innato para congelar en un instante la fluyente vida. Algo que hizo igualmente con los retratos de damas de la alta sociedad, de personajes famosos como Marilyn Monroe, Andy Warhol, Peter Sellers o la pin-up Betty Page, y hasta cualquiera de los mendigos o gente de mal vivir que se encontraba por esas calles que tan a menudo frecuentaba.

Fue tal su talento, que hasta el MoMA de Nueva York abrió las puertas de su museo, algo inaudito, al fotoperiodismo de Weegee. En España, tan sólo la Fundación Telefónica y ahora el MuVIM se han hecho eco de sus hallazgos fotográficos. “El fotoperiodismo no era considerado hasta que apareció él”, insistió Oviaño, a la que secundó Bernardo Carrión, como portavoz de Valencia Negra. “La fotografía, y sobre todo la Weegee, es fundamental dentro del territorio negro; es una exposición que ya teníamos pensada desde la pasada edición”.

Two Offenders in the Paddy Wagon. Fotografía de Weegee en la exposición 'Weegee The Famous' en el MuVIM.

Two Offenders in the Paddy Wagon. Fotografía de Weegee en la exposición ‘Weegee The Famous’ en el MuVIM.

El casi centenar de piezas exhibidas en el hall del MuVIM abarca desde lo sórdido y la carnaza (asesinatos y sucesos), a la crónica de la ciudad, siempre bajo ese toque divertido que tanto Oviaño como Carrión recordaron a modo de sello de su trabajo.

También el cine se nutrió de su talento, haciéndose eco de sus imágenes películas como The Naked City (‘La ciudad desnuda’), de Jules Dassin, o ‘The Public Eye’ (El ojo público), de Howard Franklin, protagonizada por Joe Pesci en una imagen calcada a la que el propio Weegee tomó como autorretrato y que sirve para abrir la exposición. Carrión concluyó advirtiendo de lo difícil que lo tendría ahora Weegee con los medios digitales y la velocidad de la red social. ¡Quién sabe!

Lovers with 3-D glasses at the Palace Theater (Infra-red), 1943. Fotografía de Weegee en el MuVIM.

Lovers with 3-D glasses at the Palace Theater (Infra-red), 1943. Fotografía de Weegee en el MuVIM. ©Weegee-Caravan.

Salva Torres

El Teatre Micalet, con Ovidi Montllor

Primavera Ovidi
Teatre Micalet
C / Mestre Palau, 3. València
Divendres 20 de març, a les 20.00h

Músics, actors, actrius i amics (amb un nodrit grup d´alcoians) s’han volgut unir a aquesta data per recordar al gran poeta i cantautor d´Alcoi que ens va deixar ara fa 20 anys. Amb projeccions audiovisuals, cançons, música i recitació de poemes variats l’Ovidi i el seu llegat pujaran a l’escenari del Teatre Micalet on ell mateix havia actuat en diverses ocasions. L’última vegada que el va visitar va ser l’any 1994 quan la Societat Coral el Micalet li va atorgar la distinció de Miquelet d’honor.

Cartel anunciador de la Primavera Ovidi en el Teatre Micalet, obra de Albert.

Cartel anunciador de la Primavera Ovidi en el Teatre Micalet, obra de Manuel Bellver.

La música de Miquel Gil, acompanyada de la ballarina Isabel Anyó; Enric Casassús, Ricard Oliver, Julio Galcerà, Ester Andújar, Carlos Marquina, Ximo Seró, Ferran Rodes i Pep Bornay i poemes de Vicent Andrés Estellés, Joan Salvat Papasseit, Blai Bonet, Joan Valls, Joan Fuster, Manel Rodríguez-Castelló, Jordi Botella, Joan Brossa, Guillem d´Efak en les veus de Neus Agulló, Juli Mira, Pepa Miralles, Juli Cantó, Manel Rodríguez-Castelló, Rosanna Espinós, Reis Juan, Amàlia Garrigós i Pilar Almeria; i un audiovisual sobre «l’artista, el cantant i el pallasso» amb la participació de Jordi Botella, Josep Vicent Frenchina i Toni Tordera.

“Amb l’acte de Primavera Ovidi, no solament volem recordar i reinvindicar l’artista i l’amic, amb l’inevitable punt de nostàlgia que la seua absència comporta, sinó, sobretot, actualitzar el seu llegat humà i artístic, compromès amb el seu poble. L’Ovidi ens incita a la memòria i difusió de les seues cançons i el seu art interpretatiu, i a l’actualització del seu llegat cívic i llibertari, sí, però també és per a nosaltres un estímul constant de creació, una primavera il·lusionada, plena d’energia, radicalment vital, perpètuament renovada”.

Ovidi Montllor.

Ovidi Montllor.

Manel Rodríguez Castelló