Ser grandes en Japón

#MAKMAEscena
‘Ser grandes en Japón’
Texto: Antonio Escámez
Dirección: Rafael Calatayud
Interpretación: Rafael Calatayud y Miguel Seguí
‘Residències Creació 2025-2026’
Sala Carme Teatre
Gregori Gea 6, València

Dentro del programa ‘Residències Creació 2025-2026’ de la Sala Carme Teatre se ha estrenado ‘Ser grandes en Japón’, una obra teatral escrita por Antonio Escámez y dirigida por Rafael Calatayud, quien además comparte escenario con Miguel Seguí. El resultado es uno de los mejores montajes de la temporada y una de las agradables sorpresas de la cartelera teatral de esta primera mitad de 2026.

Si estás estudiando teatro, es una masterclass del trabajo del actor y la creación de personajes. Y, si formas parte de la profesión escénica, es una oportunidad de ver teatro del de verdad, del que te atrapa con una historia que se pasa en un suspiro y donde querer transmitir y salir de lugares comunes se convierte en acción y en un soplo de aire fresco. Se está contando una historia y la crean dos personajes que nos la transmiten.

La gran química actoral se completa con una puesta en escena atmosférica, donde cada detalle y elemento juega a favor. Rafael Calatayud arriesga con un personaje lleno de aristas y contradicciones, un actor que ve cómo tiene que amoldarse a los nuevos tiempos o dejar de serlo, que vive entre una máscara social y el devenir vital lleno de claroscuros, con una gran sensibilidad y humanidad tamizada de sarcasmo y crítica.

Miguel Seguí crea un personaje muy creíble, un camarero que es actor y que ha tenido que renunciar a su arte, y que se reencuentra con alguien que ama. Los dos entran en un juego que se va aclarando durante la obra, donde también se exploran los silencios, las miradas y las pausas incómodas. Todo tiene un por qué y no se queda en lo superficial.

‘Ser grandes en Japón’, con Rafael Calatayud y Miguel Seguí.

En palabras del dramaturgo Antonio Escámez, esta obra nace de una reflexión personal tras una serie de circunstancias personales y de un viaje a Tánger para encontrarse consigo mismo que fue el germen del relato. “La obra habla de la muerte y de lo opuesto a la muerte, que es para mí el deseo. Lo decía Tennessee Williams también. Tener una segunda oportunidad en la vida para volver a empezar”, señala Escámez.

Una historia que para él se comenzó a escribir en un proceso de estructura sobre lo que quería contar en escena: “Me fascinan mucho las estructuras… Esta obra se cuenta con una muy concreta y muy teatral. Son dos personajes que se encuentran y se genera un conflicto. Voy a hacer referencias a ‘La huella’, a ese juego de thriller entre los dos personajes”.

“Es importante encontrar la estructura. Pienso en los temas, en las imágenes… Con Rafael, luego, lo potenciamos; nos interesaba mucho hacer teatro, teatro de palabras y de actores, de personajes, de una situación muy concreta y poco abalorio y adorno. Para volver a ver qué poder tiene la palabra para evocar, y para ver eso necesitaba una estructura para mí muy afinada”, añade.

Insiste Escámez que se centró mucho en la estructura y que, ya cuando la encontró, dar con los diálogos fue “muy sencillo, porque en la estructura también estaba qué iba a pasar con estos personajes”. Hay homenajes a Tennessee Williams, a Pinter, a toda la historia del teatro: “Al teatro del absurdo, a los silencios pinterianos, a la verborrea de Tennessee Williams. Una vez encontré eso, me fue fácil encontrar lo otro”, precisa.

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Para Antonio Escámez, este montaje teatral no solo le ha llevado a trabajar en la parcela de escritura y dramaturgia, sino también en la producción, promoción y comunicación: “Cuando tienes un proyecto, no solo sirve con tener una buena pieza o tener unos grandes actores. No es suficiente. Tienes que cuidar mucho; es mi bebé. He aprendido a producir, a hacer relaciones públicas, a hablar en televisión. He aprendido todo eso”.

Para la escritura teatral, nunca se olvida de los autores de referencia en busca de inspiración: “Autores como Rodolf Sirera. ‘El verí del teatre’ siempre ha sido un referente para mí. También autores contemporáneos como Víctor Sánchez, Lucía Carballal, la nueva dramaturgia española o Paco Zarzoso, que ha sido uno de mis grandes maestros, y el primero que en la Escuela de Arte Dramático me animó a escribir. Creo que no puedes escribir si, asimismo, no conoces primero a los clásicos en profundidad. Tennessee Williams, Genet y Voltaire son mi ideología de cabecera”.

Rafael Calatayud se encarga de la puesta en escena y la dirección escénica, además de la interpretación, lo que le lleva a compartir esa dualidad que a veces se da en la profesión escénica: la de estar dentro y fuera del escenario.

“No es la primera vez que hago esta doble función. Lo hice en ‘Una jornada particular’ y en ‘Hora y media de retraso’. Cuando leí ‘Ser grandes en Japón’, pensé que podría interpretar a ese señor actor hundido en la miseria. Me autodirigí con tiempo. Es un personaje con muchas aristas y con una partitura emocional que no podía ser solo quedarse con esa parte dramática vital que lo secuestra e invade”.

Y añade Calatayud: “Ahí entra el sentido del humor, la forma de decir una frase o cómo defender un silencio. Es uno de esos grandes y complejos personajes donde el disfraz y el maquillaje es imposible. Gobierna el alma”.

Rafael Calatayud, Miguel Seguí y Antonio Escámez, al frente de la obra ‘Ser grandes en Japón’. Imagen cortesía del autor.

La dirección la llevó a cabo después de revisar y trabajar junto con Antonio Escámez el texto y proponerle cambios, “siempre a la par”, subraya. Además, la escena nos envuelve con su atmósfera y es casi como un microcosmos donde los dos personajes se mueven.

“Sí. Tenía muy clara la propuesta escénica. Nunca fue en un realismo. El objetivo fue enmarcar la pieza en esa poética voraz y surreal que la envuelve y seleccionar unas músicas que acompañaran esos momentos cruciales, imprescindibles, como canciones donde no se canta, se habla o hacen compañía a un silencio”.

Dice Calatayud que quería convertir la escena “en una prolongación del patio de butacas y una plataforma móvil que avanza hasta tirarnos de cualquier escenario”. Como se dice en un momento de la obra: “Y el techo aquí para un actor, no es precisamente de cristal”.

Tras recibir el texto, enseguida tuvo claro que quería interpretar al personaje además de dirigir la función: “Cuando me llegó la primera versión de Antonio, me fascinó el hecho de sospechar que estaba escrito en una noche, en unas horas. Esas horas mágicas donde el dolor se transforma en arte. Y me recordó a muchas de esas obras inéditas y poco representadas de Williams donde la lógica se pierde para dar paso al sin sentido o sentido emocional que las gobierna. Me fascinó el encuentro de estos dos personajes y ese silencio vital y poético de la pieza”.

Un magnífico texto de Antonio Escámez y excelente dirección de Rafael Calatayud sobre dos generaciones de actores, uno en la madurez y aceptando su edad y las cosas que no podrá hacer, y el otro más joven, pero renunciando a su arte porque no puede trabajar de ello.

Hablamos de Tánger, hablamos de Japón y, sobre todo, hablamos de una noche, de un encuentro y de dos personas que dan ese paso adelante para vivir sus vidas a pesar de su mediocre entorno laboral y social.