Salman Rushdie. Cuchillo

#MAKMALibros
‘Cuchillo. Meditaciones tras un intento de asesinato’, de Salman Rushdie
Traducción de Luís Murillo Fort
Penguin Random House, 2024
Los Desayunos del Ateneo con Salman Rushdie
En conversación con Javier Cercas
Ateneo de Madrid

Aparece en escena Salman con un cristal de la gafa pirateado. El ojo derecho tapado por un cristal negro. Camisa clara, traje gris y zapatillas de suela blanca. Tiene un andar tan suave que parece flotar ante un auditórium repleto, en una sala del Ateneo de Madrid que puede asemejarse a la del auditorio de Chautauqua, en Estados Unidos, donde sufrió el ataque en 2022.

Hay una clara diferencia: dos hombres del servicio secreto estadounidense están apostados a ambos lados del escenario. Allí, en cambio, no hubo seguridad. Una diferencia que pudo ser mortal.

Está hoy aquí porque vive para contarlo. Y también lo ha escrito. ‘Cuchillo‘ ha titulado esta memoria necesaria porque dice que “en la era de las mentiras, los autores de ficción tenemos que dedicarnos a contar la verdad”.

Salman Rushdie. Cuchillo

Su verdad es un caso público desde hace treinta y cinco años, cuando el ayatolá iraní Jomeini publicó la fetua condenándolo a muerte por escribir ‘Los versos satánicos’. Justo hace unas horas sabemos que el ayatolá Raisi, presidente de Irán, acaba de morir en un accidente de helicóptero. Cruces del destino. Salman vive, el ayatolá está muerto.

En un auditórium como este –pensarlo da escalofríos– avanzó por un pasillo el potencial asesino. Al mismo Salman le resulta extraño, en retrospectiva, constatar que no hubiese seguridad o protección alguna aquel día en el que se realizaba el acto, donde era la figura central, para hablar de “la importancia de mantener a los escritores a salvo de todo riesgo”, dentro del proyecto lanzado por Henry Reese y su esposa Diane Samuels, denominado ‘Ciudad Asilo’. Todos confiados después de más treinta años de la amenaza de los radicales iraníes.

“Vivimos en una época en que la cuestión del momento cambia todo el tiempo”, comenta Salman Rushdie para entender que todo el mundo estuviese ya despreocupado por ese peligro que pendía sobre su cabeza. Incluso él parecía olvidarlo en ocasiones.

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Pero nos reveló, en esta charla pública en Madrid, que, mientras vivía en Londres y le protegía el servicio secreto británico, varias veces fueron descubiertos complots para intentar asesinarle. Hasta seis intentos. De nada se informó para no poner en peligro a las fuentes que sirvieron para desbaratarlos.

Siguió con su vida sabiendo diferenciar, eso sí, entre peligro y riesgo (danger and risk): “No es muy arriesgado ir al cine una tarde en Nueva York si nadie lo ha planeado ni saben que lo vas a hacer. El peligro existe, pero el riesgo es mínimo”.

Hasta que aconteció el día menos deseado. Salman vio venir al asesino. Corría por el pasillo hasta llegar a él. Y permaneció inmóvil. Ni escapo ni se escondió. Solo levanto la mano. Y el fanático le descosió a cuchilladas. “Recurro a la palabra griega agelasta (el que no sabe reír) para describir a los fanáticos. El humor es la respuesta al fanatismo. ¿Se imaginan a un humorista talibán?”.

Siempre hay humor en la literatura de Rushdie (con huellas de Cervantes y García Márquez). Hoy, incluso sonríe de vez en cuando, aunque rememorar aquellos instantes en los que la muerte fue a visitarlo no es tema para risas.

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Pero lo que más me sorprende de este hombre que tengo enfrente –vivo de milagro tras las cuchilladas por el pecho, el cuello, la espalada, y el ojo perdido para siempre– es su exquisita calma. “Me he sentido más conectado con mi cuerpo que nunca en mi vida”, confiesa.

Su afirmación me lleva a recordar lo que escribió Leonora Carrington cuando salió del psiquiátrico de Santander, en 1940: “Yo no tenía idea de la importancia de la salud, de la absoluta necesidad de contar con un cuerpo sano, para evitar el desastre en la liberación de la mente”. Tomar conciencia física de uno mismo.

Rushdie paso más de seis meses entre hospitales y curas de recuperación. “El mayor cambio en mi mente es el de estar más en contacto con mi cuerpo”, resalta el escritor. En el frontispicio de la obra deja patente la frase de Samuel Beckett: “Somos otros, ya no lo que éramos antes de la desgracia de ayer”.

Está a su lado Javier Cercas, que nos lo presenta; saca a pasear su habitual carácter pasional para resaltar el valor de la literatura, de los escritores ante las amenazadas del mundo. Salman Rushdie permanece tranquilo, desgranando los hechos, sus antecedentes, sus consecuencias, el odio de los otros, los intentos de dialogo, la difícil recuperación, la solución de la escritura.

En este relato de lo que pasó en Chautuaqua, de la visita del ángel de la muerte y de su clara resurrección personal cuando ya había decidido incluso dejar de escribir, asistimos al acto de meter “el cuchillo en el agua”. La forma de amansar el odio. “Este libro es una respuesta al fanatismo”. Salman Rushdie puede y, sobre todo, quiere seguir sonriendo.