Razones para seguir escribiendo

Fahrenheit 451
Escritores en plena canícula
Mamen Monsoriu y Kike Parra
Lunes 17 de agosto de 2020

El mundo que describe Ray Bradbury en su distopía ‘Fahrenheit 451’ parece muy lejano a la realidad actual. Nadie quema libros, existen infinidad de bibliotecas y librerías que han logrado superar la crisis de la Covid. Sin embargo, es obvio que la lectura de ficción está en declive, sobre todo entre los jóvenes y en lo que respecta a los clásicos. Incluso los lectores más adictos se nutren de novedades y, en general, de obras de entretenimiento. Cuando la novela se publicó, en 1953, Bradbury dijo haberse inspirado en la censura de la era McCarthy. Años más tarde señaló que su historia también refleja la forma en que los medios de comunicación de masas reducen el interés por la literatura. Y hoy día, con las redes sociales y nuevas tecnologías, esa amenaza se ha multiplicado exponencialmente.

Por fortuna los escritores todavía encuentran razones para seguir hilvanando sus historias. Sobreponiéndose a la languidez de la canícula y a sabiendas de lo difícil que es llegar al lector. Razones personales y muy diversas, como expresarse a través de la poesía, explorar las relaciones con sus padres o pensar que el mundo será más suyo cuando más escriban. Son las motivaciones de los invitados de esta entrega. La poeta Mamen Monsoriu, que abrió a finales del pasado año una librería en Russafa, El Imperio, y Kike Parra, autor de varios libros de relatos que imparte, junto a Bárbara Blasco, talleres de escritura creativa.  

Mamen Monsoriu. Imagen cortesía del autor.

“Este año paso el verano entre libros”, dice Monsoriu. “Suena a sueño, ¿verdad? Las circunstancias me impiden alejarme mucho de la librería que regento en Valencia. El único sol que veo irrumpe por mi puerta a las siete de la tarde. Paso las horas aquí, en una habitación donde lo más destilado es el sudor de mi frente. Si tuviera marca del bikini, seguramente tendría forma de libro. Abierto. Porque en verano todos estamos más receptivos a las historias en general, y a los libros en particular. Este verano las olas no tienen forma de bache: los baches tienen forma de ola. En cualquier caso, estoy aprendiendo a saltarlos. Es curioso: este verano mis ojos brillan más que el sol”.

Monsoriu se dedica a escribir un libro que se publicará a final de año, donde cuenta su propia historia, “la de una derrota con sabor a victoria”, dice. “Cuento cosas como que tirar la toalla es el paso previo para meterse en el mar. Y que el punto donde todo acaba es también el mismo donde todo empieza.  Es verano, y es momento de estar como Dios nos trajo al mundo: vulnerables. Si en el mundo todavía queda algo invulnerable es el papel”.

Mamen Monsoriu. Imagen cortesía del autor.

El confinamiento pudo haber supuesto el fin de su relación con la literatura y los libros. Sin embargo, ocurrió lo contrario. Como dicen los chinos, la crisis propició la oportunidad, y así surgió el proyecto la poesía se lleva. “Se lleva, porque está a la moda, y porque ahora puedes llevarla a donde vayas”, comenta Monsoriu. Se trata de una colección de seis micropoemarios, cada uno con una temática diferente. Seis recopilaciones de micropoemas escritos, la mayoría de ellos, durante el confinamiento. Vida, (des)amor, sexo, juegos de palabras, amor propio y canciones son las seis temáticas que, respectivamente, integrarán esta colección. Cada 15 días tiene lugar un lanzamiento, y a aquellos que estén suscritos al proyecto, les llegará a sus hogares el mismo día de su salida al mercado. También es posible adquirirlos individualmente.

Monsoriu está leyendo ‘Hágase mi voluntad’ el tercer libro del poeta malagueño Ángelo Néstore que le sorprendió con ‘Actos impuros’. “Cuando descubro a un autor con el que me siento en sintonía, me gusta leer todos sus libros de carrerilla. Observar su recorrido, apreciar su evolución”, concluye Monsoriu.

Portada de ‘Ninguna mujer ha pisado la luna’, de Kike Parra.

Kike Parra procura salir poco y pasear por espacios abiertos. «Si estoy en casa suelo cocinar y eso me lleva a abrir más botellas de vino, pero también leo más y escribo más. Este verano lo paso en el monte o al borde del mar, en casas con o sin amigos. Del verano me disgusta la temperatura, pero como hay más horas de sol y duermo menos,  tengo más tiempo para mí. Estoy aprovechando para cerrar una colección de relatos de ficción y una novela autobiográfica. Necesito hablar sobre la relación con mis padres y la escritura, pero no quiero que hayan muerto para hacerlo».

Han pasado dos años desde que publicó su último libro de relatos, ‘Ninguna mujer ha pisado la luna’ (Relee), y cinco desde que lo escribió. «Hace unos días pensaba en las ideas para cuentos nuevos que han pasado por mi cabeza desde 2015 hasta aquí, historias que tengo embastadas o bocetadas. Y llegué a la conclusión de que escribo menos de lo que tendría que escribir. No me refiero a que tendría que escribir para que alguien me leyese, sino que tendría que hacerlo porque el mundo que me rodea será más mi mundo cuanto más escriba. Estoy en esa fase de que odio no escribir. No escribir es perder el tiempo».

Sus últimas lecturas recomendables son: ‘San, el libro de los milagros’, de Manuel Astur;  ‘Poeta chileno’, de Alejandro Zambra, y ‘Panza de burro’, de Andrea Abreu. “Creo que los tres tienen algo en común: la oralidad o, al menos, algún tipo de oralidad interesante. Además, están muy bien escritos”, concluye Parra.

Kike Parra. Imagen cortesía del autor.

Bel Carrasco

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