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‘Pícnic extraterrestre’, de Arkadi y Borís Strugatski
Traducción de Raquel Marqués
Editorial Sexto Piso
2025, 205 páginas
En el último trimestre del año pasado, la editorial Sexto Piso presentó una nueva edición del libro de los hermanos Strugatski ‘Pícnic extraterrestre’. Publicado antes en España por Gigamesh, conducido por una labor de traducción de Raquel Marqués García recuperada ahora, y revelada, previamente, gracias a, por ejemplo, una tirada argentina, he aquí una de las expresiones más relevantes de las letras de ciencia ficción de la Unión Soviética.
De hecho, la obra de los autores, en conjunto, es seguramente la más notable, y también característica, del género en el antiguo estado durante los años sesenta y setenta, tal cual acreditan las extrañas iluminaciones de ‘Qué difícil es ser Dios’.
La novela se refiere al escenario dejado por los extraterrestres después de una visita a la Tierra, la Zona. Estos seres de otro mundo no visitan nuestro planeta con intenciones belicosas o para tratar de comunicarse. Sencillamente, como indica el texto de la contraportada, pasan un rato y se marchan sin más, como excursionistas descuidados.

El lugar utilizado para la “merienda” alien, sellado por las autoridades de inmediato, se convierte en un territorio misterioso, explorado y saqueado. El texto de los Strugatski se asemeja, en cierto modo, a la explicación de una resaca. Habla de las incursiones de varios individuos en el espacio prohibido en busca de restos de objetos fabulosos del espacio exterior para poder venderlos en el mercado negro. Estos buscadores de lo insólito, fuera de la visión oficial, son los stalkers.
El relato se organiza conforme al monitoreo de uno de estos personajes, Redrick Schuhart, durante varios años. La estructura del conjunto, dividida en cuatro partes, ocupa casi una década de su singladura profesional-personal, y por lo tanto pone de manifiesto una serie de transformaciones cruciales sobre una escena vigilada y paranoica.
Estos cambios afectan de igual manera al propio escrito. Según avanza, la peculiar, y sorprendente, ironía instalada en los párrafos se convierte primero en una reseña agresiva y desencantada y, a continuación, en una visión de la tragedia. La propia sustancia del libro experimenta una mutación excepcional.
Así, la narrativa acerca del contrabando de material raro de ciencia, en el último acto, abandona el anclaje con las configuraciones de una cierta manifestación de la ficción literaria para aludir a la aspiración fantástica de lo sublime.
En efecto, en el último capítulo, el protagonista, después de desaparecer de la redacción tras ser encarcelado, regresa para visitar, de nuevo la Zona, acompañado del hijo de un antiguo compañero, y tratar de encontrar una bola dorada que, al parecer, si existe de verdad, concede aquello que una persona desea sin siquiera saberlo. En este punto, la atadura a la perspectiva especulativa se rompe y surge el mito, la verdadera visión de lo imposible.
De esta manera, ‘Pícnic extraterrestre’ es una novela sobre el intento inútil de conquistar lo impensable, y un ejercicio teórico de cómo precisarlo en el papel. Por eso es tan valioso para el conjunto la incorporación, a modo de epílogo, de un revelador comentario escrito por Borís Strugatski años después de la publicación definitiva de la obra, es decir, la editada hoy, y del fallecimiento de su hermano.
De algún modo, esta observación, con respecto a la historia de la escritura y la edición, completa las intenciones conceptuales esparcidas a lo largo del volumen. En apenas diez páginas, el escritor salda cuentas con los estúpidos, los canallas o los delatores que, de una manera u otra, lesionan, entorpecen o prohíben, en su momento, el lanzamiento, compartiendo, por ejemplo, una parte de una lista absurda de documentos relacionados con la denuncia de la conducta amoral de los personajes o la utilización de cuadros de violencia física o vulgarismos y argot.

Pero también se refiere, con emocionado afecto, a la labor creativa compartida con Arkadi, al recuerdo de los compañeros ligados entonces a las imágenes de la ciencia ficción, al encuentro de la palabra Stalker, hoy tan asociada a las redes sociales, a partir, por lo menos hasta cierto punto, de las memorias de la lectura de una traducción prerrevolucionaria de un libro de Kipling, y, por supuesto, a Andrei Tarkovski, quien en 1979 presenta su fascinante lectura de cine de la historia.
El regreso de ‘Pícnic extraterrestre’ a las librerías supone también, justamente, la invitación a precisar un nuevo dialogo con las imágenes del largometraje. Sin embargo, éste no resulta una traducción clásica del material original.
Antes, decía que el libro es la explicación de una resaca, pues bien, la película es, posiblemente, la exposición de la resaca tras la resaca. El cineasta recoge, ante todo, la esencia del capítulo último, y, sobre la base de sus ruinas, traza una suerte de continuación, convirtiendo los distintos cuerpos en una áspera abstracción.
Redrick Schuhart ha desaparecido o, en todo caso, se ha vuelto un tipo sin nombre y enigmático, conducido, es cierto, por emociones semejantes. Con sus planos, Tarkovski descubre una nueva dimensión de la Zona, ese punto sin esperanza, desnudo y roto, incrustado en el corazón de la Unión Soviética, que, posiblemente, cuenta con significaciones potentes del pasado, el presente y el futuro.
¿Acaso los tres exploradores, decididos a descubrir la ubicación de la fabulosa bola dorada, no vagan en Stalker por encima de una evocación del terrible mañana de Chernóbil? Desde luego que sí. La película completa la novela con un largo capítulo sin esperanza. Curiosamente, lo mismo que el escrito, al final, decide invocar la ilusión. Quizá el sueño puede, a pesar de todo, señalar la posibilidad de la endeble esperanza.

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