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‘Orwell. 2+2=5’, de Raoul Peck
Documental
119′, Francia, 2025
En el año 1948, el escritor británico George Orwell publicaba una de sus novelas más icónicas. Su título surgió de la necesidad del autor de situar su argumento en un futuro lo más lejano posible a su tiempo. A falta de una solución más ocurrente, Orwell cogió las dos últimas cifras del año en curso y, simplemente, les dio la vuelta. Desde entonces, ‘1984’ se ha convertido en todo un referente de la ciencia ficción distópica, un relato de tintes políticos cuyo discurso se ha mantenido vigente hasta la actualidad.
Y para dar fe de esa actualidad no hace falta irse muy lejos. Corría el año 2011 cuando las calles de las principales ciudades de Estados Unidos (y de España) se levantaban contra el orden político y económico vigente como consecuencia de la primera gran crisis que iba a sufrir el mundo desde su entrada en el nuevo siglo. De repente, las democracias occidentales eran sometidas al juicio de una ciudadanía que había visto sus derechos y expectativas pisoteados.
En lugar de defender los intereses de ese pueblo al que decía representar y proteger, el poder político se habría dedicado a manipularlo a través de discursos del miedo (la famosa “doctrina del shock” que expusiera la escritora Naomi Klein) a fin de someterlo a sus propósitos.
Una ciudadanía que se sentía controlada, vigilada a través de los medios de comunicación de masas y la propaganda de los partidos. Entre la mucha literatura que, en aquellos años del descontento, pasó de mano en mano, se encontraba la novela de Orwell, una atención que, desde entonces, le ha hecho disfrutar de una larga primavera editorial.

Esta vigencia parece ser la inspiración para el último trabajo documental del director haitiano Raoul Peck (‘El joven Marx’, ‘I Am Not Your Negro’). ‘Orwell: 2+2=5’ toma la obra del autor británico para proponer un viaje por una autopista de varios carriles.
Por un lado, Peck repasa la biografía de Orwell a fin de acercarla al público de hoy. Una biografía que estará íntimamente relacionada con su pensamiento político y, en consecuencia, con su obra literaria.
Entre dichas relaciones, Peck establece una serie de analogías con la situación política mundial contemporánea. ¿Acaso no vivimos en una especie de dictadura como la que Orwell describía en su novela?, parece preguntarnos el director.

Existen tantos aciertos como resbalones en la propuesta de Peck. Entre los aciertos está el propio propósito del director de divulgar una figura, aunque no lo parezca, tan poco conocida como la de Orwell. Con demasiada frecuencia, la obra de George Orwell ha sido tomada por comentaristas de todo signo ideológico para utilizarla, moldearla y ajustarla a sus discursos particulares.
Eso ha permitido que su pensamiento, siempre diáfano, sin dobleces, pero mucho más sutil y poliédrico de lo que se suele suponer, acabe en poder de unas manos menos nobles que, bien por ignorancia o de manera intencionada, terminarán tomando la parte por el todo con el propósito de usarlo como arma arrojadiza contra sus enemigos, recurriendo con frecuencia a los mismos argumentos para atacar posiciones radicalmente antitéticas.
Nacido en una familia de clase media-baja (su padre era un funcionario del departamento británico del opio en la India), aunque no pasó estrecheces, estaba a años luz de las élites de su tiempo. Esta posición a medio camino de todo, como expone el documental, iba a condicionar su mirada hacia el mundo.
Dos experiencias marcarían su formación cultural y política: su etapa de estudiante internado en una escuela privada (como becado) y sus primeros años de soldado al servicio del Imperio británico en Birmania. De ambas vivencias, Orwell acogió un profundo desafecto hacia cualquier forma de totalitarismo y sus métodos de sometimiento y control.
Si su extracto social le hizo recelar del poder y colocarse políticamente del lado de los más desfavorecidos, su formación académica e intelectual moldeó su sensibilidad artística y su compromiso con una literatura concebida como instrumento de denuncia para señalar toda forma de opresión, grande o pequeña. Todo ello derivaría en un sentido de la justicia –o de lo justo– insobornable.
Y ahí está la clave. Al tratar de actualizar la obra de Orwell, no es solo el mundo el que se pone bajo la lupa inapelable de su juicio (¿qué habría pensado Orwell de esto o aquello?), también aquel que trate de emprender la tarea acabará pasando por el examen. No es tanto qué nuevos males vamos a denunciar, sino hasta qué extremo somos capaces de llevar nuestro propio compromiso con la causa.
Esto no es algo que venga impuesto por ninguna teoría o capricho, está implícito en la relación de Orwell con la verdad… Con toda la verdad. Así, siguiendo con su ejemplo, ante cualquier confrontación entre partes, señalaremos los pecados cometidos por el bando agresor. Pero si, bien por conveniencia, miedo o pereza, dejamos de señalar las faltas del otro bando, el trabajo quedará a medio hacer y nuestro análisis, incompleto. Y, entonces, ¿de qué sirve?
Como quizá sepa todo el mundo y rescata el trabajo de Peck, el tercer acontecimiento que marcó la vida y la obra de Orwell fue la guerra civil española. Comprometido con la lucha por la libertad ante el avance del fascismo en Europa, Orwell se presentó voluntario para defender a la Segunda República contra el alzamiento de Franco.

Orwell sabía y comprendió antes que nadie que la guerra en España era un experimento para medir las fuerzas de cara a una próxima conflagración mundial. Su experiencia, descrita en ‘Homenaje a Cataluña’, le deparó, sin embargo, no pocas decepciones, no tanto por la acción del enemigo o la dureza de la guerra, sino por el lado de aquellos que había venido a defender.
Alistado en las filas del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), Orwell fue objeto de otra guerra dentro del bando republicano encabezada, esta vez, por un Partido Comunista que, siguiendo órdenes de Stalin, trató de esquilmar a todo aquel que pudiera cuestionar su hegemonía o se resistiera a los planes diseñados por Moscú.
El resultado sería su segunda obra más reseñada, ‘Rebelión en la granja’, en la que ya analizaba cómo funcionaban los mecanismos de sometimiento y manipulación del lenguaje propios de cualquier totalitarismo. Para Orwell, tan mal estaban las dictaduras de derechas como las formas totalitarias avaladas por las izquierdas. Y esto Peck lo sabe muy bien.
Raoul Peck toma como arranque inicial de su trabajo un momento específico de ‘1984’. En esa escena, su protagonista, Winston Smith, es interrogado por la policía del Gran Hermano, que tratará de doblegar su voluntad. Pero al poder ya no le bastará con que Wilson agache dócilmente la cabeza: necesita que se convierta en un sujeto sinceramente entregado a sus carceleros.
Para ello, no solo tendrá que obedecer las reglas, tendrá que aceptar cualquier verdad que se le imponga, por muy absurda que sea o afrente a la misma realidad que le dicten sus sentidos o su razón.

Sobre esta premisa, Peck, como Orwell, denuncia las dictaduras que asolaron al mundo a lo largo del siglo XX. De Franco o Hitler, a Lenin y Stalin, de Pinochet a Pol Pot, el realizador haitiano da cuenta de una historia del horror. Y, como Orwell, Peck no escatima en señalar a culpables de uno y otro lado. Ahora bien, será en el momento que tenga que trasladar estas mismas reflexiones al presente cuando la película empiece a dudar.
Para Peck, el mundo ha cambiado, pero no tanto. De alguna manera, hoy estamos sometidos a las mismas estrategias de control y adoctrinamiento que Orwell describía en sus libros, lo que establece una línea en continuidad entre su mundo y el nuestro. En la era de Internet y las redes sociales, la mentira campa a sus anchas confundiendo a un ciudadano al que, como le pasaba a Winston Smith y remarca el título de la película, debe aceptar, contra sus convicciones, que dos más dos son cinco, en lugar de cuatro.
Pero es cuando tiene que señalar a los responsables cuando su propuesta se queda corta. Para Peck, la lista de responsables de esta catástrofe está clara. De un lado: Donald Trump, Giorgia Meloni, Viktor Orbán, Marine Le Pen o Vladimir Putin. Del lado opuesto, sin embargo, la lista se acota a la China de Xi Jinping.
Dos apreciaciones. La primera es que se nota que Peck conoce mejor los mecanismos que funcionan en las trastiendas de los Gobiernos occidentales que de la China moderna. Así, mientras sabe establecer los vínculos entre el avance de ciertos liderazgos y los mecanismos de manipulación adscritos a las formas de la política americana o europea contemporánea, en el caso de China se queda en la superficie, con apenas un par de imágenes en todo el metraje.
Por otra parte, el problema que tiene Peck –y que Orwell sí afrontó en sus ensayos– es que, en muchos casos, ya no se tratará de señalar a regímenes directamente totalitarios, sino a las democracias sofisticadas. Y aquí los mecanismos de control se vuelven más sibilinos, más opacos, lo que parece empujarle a no atender a la otra mitad implicada en la ecuación.
Un ejemplo. En sendas escenas de la película, Peck muestra las imágenes del asalto al Capitolio de 2021 y las manifestaciones tras el asesinato de George Floyd, en Estados Unidos. Ambos momentos se presentan al espectador como símbolos de manipulación y represión del poder hacia sus ciudadanos. Peck se queda aquí, quizá porque no pudo abarcar más espacio de tiempo, quizá por comodidad. Pero la historia continúa.
Tras la caída de Trump, vino la única legislatura de Joe Biden, cuya gestión condujo de nuevo al poder al presidente defenestrado. ¿Qué hizo que los estadounidenses cayeran de nuevo en la trampa? ¿Qué parte tuvo Biden de responsabilidad? ¿Fue solo un ejercicio de propaganda? Y lo mismo parece que está sucediendo en todo Occidente. Orwell no habría dejado escapar la ocasión para hincar el diente en esa grieta. Peck se enfrenta al pasado, pero al presente no quiere tomarle el pulso.
Una narración que cae con frecuencia en la reiteración de una misma idea, lo que le obliga, además, a construir una estructura por momentos más confusa de lo que requiere el mensaje final, es decir, que el poder nos miente y nos manipula.
Peck emplea un lenguaje convencional y pierde la ocasión de proponer un tipo de juego visual que ensamble forma y contenido en una pieza que terminará girando sobre sí misma en un metraje de casi dos horas de duración. Orwell, quizá, requería un cuchillo un poco más afilado.
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