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Entrevista a María Escribano, escritora e historiadora del arte
A propósito de la exposición ‘Maruja Mallo: Máscara y compás’
Museo Reina Sofía
Hasta el 16 de marzo de 2026
María Escribano no busca polemizar con la calidad de la exposición ‘Maruja Mallo: Máscara y compás’ en el Museo Reina Sofía, pero sí con el relato que la acompaña. La escritora e historiadora del arte, amiga de la pintora surrealista desde su regreso a España del exilio, reivindica la labor de décadas de investigadores, galeristas y críticos que, desde los años 70, rescataron y estudiaron la obra de la artista gallega.
En esta entrevista, Escribano pone los puntos sobre las íes: Maruja Mallo nunca fue una desconocida ni una olvidada, y ocultar ese rastro previo es, a sus ojos, una forma de adulterar la verdad historiográfica.
El motivo por el que te entrevisto es por tu relación con Maruja Mallo, durante estos últimos meses en boca de todos por su antológica en el Reina Sofía.
Quiero decir, para empezar, que esta exposición me parece muy pertinente. Es una gran artista y se merece una exposición en un museo nacional. Pero me parece también injusto que el relato en circulación sea el de que esta exposición descubre a Maruja Mallo. Este relato es el que se impuesto en la prensa, a costa, claro, de no mencionar todo el trabajo previo de estudio y difusión de su obra que se hizo durante años, desde que regresa a España en los años sesenta.
Empecemos por tu primera relación con Maruja Mallo, que al parecer es desde bien niña, cuando la descubres en tu casa leyendo una revista.
Sí, mi madre estaba suscrita a la revista argentina Para Ti. En ese momento, Argentina era bastante más moderna que España y esa revista, que era simplemente una revista de moda y actualidad, incluía de vez en cuando obras de Maruja. Recuerdo un reportaje, muy concretamente, en el que aparecía ella con todos sus cuadros detrás. Yo era pequeña, pero recuerdo muy bien las imágenes. Además, mi madre siempre quiso tener un cuadro de Maruja, de tal modo que quizás sea una de las primeras artistas cuyo nombre me suena desde niña.

Pero, después, hay otro contacto importante de mayor. Yo estaba casada con Ángel González García, un crítico de arte y también profesor en la universidad, que fue asesor en los años 70 de la Galería Multitud, galería que jugó un papel muy importante porque se dedicó fundamentalmente a rescatar a artistas de los años de nuestra vanguardia. De hecho, la primera exposición fue ‘Orígenes de la vanguardia española’, con una selección de artistas entre los que estaba Maruja. Multitud dedicó varias exposiciones a dar a conocer a nuestros artistas de preguerra y en casi todas figuraba Maruja Mallo.
Un día, entro en Multitud y la veo de espaldas, pequeñita como era y hablando con alguien sin parar, delante de su cuadro ‘Máscaras en la playa’. Multitud realizó también una gran labor localizando obras o realizando catálogos. Fue un trabajo increíble de difusión e investigación.
Ese fue el momento en que la conocí y, enseguida, me hice amiga suya porque me fascinó; me pareció una mujer culta e interesantísima con la que se podía hablar de todo. Para mí, fue como conocer a un ser mítico, irreal. Encontrarte, de repente, con alguien que ha sido mítico en tu vida, que conocías desde niña por la Para Ti y que era un ser que vivía al otro lado del mar, cuya existencia era algo novelesco, un ser que pertenecía a una generación idealizada por toda la mía, fue maravilloso. Porque, además, no se trataba solo de darlos a conocer, sino también de retomar aquel hilo perdido con la guerra.
Poco después, empecé a trabajar en ‘Imágenes‘, un programa cultural de TVE, y la llamábamos continuamente para intervenir, lo cual contribuyó mucho también a darla a conocer. Después, Joaquín Soler Serrano le hizo una larga entrevista en ‘A fondo’, un programa que fue muy popular. Por todo esto, Maruja Mallo llegó a ser bastante conocida.
Tú colaboras en el catálogo de la exposición del CGAC, en Santiago de Compostela, que es la exposición que se utiliza para inaugurarlo, comisariada por Pilar Corredoira. No se pudo tener tanta obra como la comisaria hubiese deseado, ¿no es así?
Faltó, por ejemplo, la cuarta verbena [una de las cuatro pinturas de su serie ‘La verbena’ (1927), sobre fiestas madrileñas], que estaba en Buenos Aires, y que la actual exposición del Reina sí ha conseguido, pero la exposición en el CGAC, aunque no consiguió todos los cuadros que quiso, fue una buena exposición, que permitió una primera aproximación a Maruja Mallo bastante completa. Ese catálogo me consta que está agotado e, insisto, fue la primera exposición retrospectiva que se le hizo en España. Antes se había celebrado una, más modesta, en la Galería Ruiz Castillo, y luego la contrató como artista Manolo Montenegro, y ahí fue donde mi familia compró ‘La verbena’. Pero, bueno, lo importante es dejar claro que ni fue olvidada ni desconocida en absoluto.
Era tan desconocida para el gran público como lo pueda ser cualquier pintor de vanguardia ahora mismo, o quizás menos, por su aparición frecuente en TVE. Decir que se rescata del olvido a Maruja Mallo, a estas alturas, no me parece una expresión ni procedente ni justa porque desde los años 70 fue una artista apreciada y conocida.
Mira, estos son los tres catálogos [la entrevista fue realizada por videoconferencia] que le dedica Guillermo de Osma a Maruja Mallo con tres excelentes exposiciones, la primera del 92, que es posterior a la del CGAC, pero, desde luego, son anteriores a la del 2024-25, que ha hecho el Reina Sofía. Es decir, que Maruja Mallo ha sido una artista reconocida, dada a conocer, estudiada, premiada.
Aquí radica la injusticia, lo cual no desmerece en absoluto la calidad de la actual exposición, que, me he cansado de decirlo, está muy bien que se haya hecho, pero la exposición del CGAC estuvo también bien y la exposición en la Academia de San Fernando, en 2009, fue fantástica, con un catálogo completísimo, excelente. Me parece que lo honesto hubiera sido mencionar todo esto.
Y lo que tú decías, también, que esta señora fue reconocida oficialmente por dos autonomías y el Gobierno de España.
Exacto, por la Comunidad de Madrid, por la Xunta de Galicia, y fue reconocida con la Medalla Nacional de Artes Plásticas. Es decir, fue homenajeada a nivel nacional y a nivel autonómico. Además, tiene un catálogo razonado hecho por Guillermo de Osma, presentado en el Reina Sofía en tiempos de Manuel Borja-Villel. Es decir, que hacer una exposición de Maruja está muy bien; pero decir que se la acaba de descubrir, no. Esta es la cuestión.
Nadie ataca la exposición, que quede claro. Yo no ataco la exposición, no ataco que se haya querido dar un aire diferente a la exposición,porque, quizá, sea esa la obligación de todas las exposiciones: innovar algo. Está muy bien que se haya encargado el texto del catálogo a una especialista en pintura latinoamericana, que por lo visto es profesora en una universidad norteamericana.
Todo eso va en beneficio de Maruja, que es lo que todos queremos, sin ningún problema, pero sí me parece injusto, profundamente injusto, ocultar intencionadamente todo el trabajo anterior. Hay muchas formas de adulterar la verdad y una de ellas, y muy eficaz, es ocultar parte de la verdad. Quizás sea la forma más eficaz de adulterar la verdad, porque no mientes pero no lo cuentas todo y, por ello, estás engañando.
Y tú como historiadora lo sabes muy bien.
Pues absolutamente. Cada época pone el foco sobre las cosas que le interesan y oculta las que no le interesan, las mantiene en penumbra. Ese es un recurso que se ha empleado habitualmente a lo largo de la historia, porque la historia se ha contado a conveniencia. A los clásicos, por ejemplo, se los lee como se les quiere leer en cada momento; cada época se fija en un aspecto determinado de los clásicos . Tú puedes leer a Cervantes destacándolo como un gran escritor, como un soldado héroe de Lepanto o como un gay. Las tres cosas pueden ser ciertas o no, esa no es la cuestión.
La cuestión es que cada época pone el foco en un aspecto y enfatiza lo que le interesa. Así se va modelando nuestra forma de pensar y hay que ser muy profundamente rebelde para no dejarse influenciar por los vientos que soplan en cada momento y para poner siempre en cuestión lo que se nos va tratando de inocular.
A Maruja Mallo se la puede contar como una gran pintora y una mujer muy culta o como una mujer extravagante que iba pintada llamativamente y vestía de un modo inusual. Puedes poner el foco en su libertad sexual y en que era muy transgresora, cuando, por ejemplo, su pintura, desde un punto de vista formal, no lo es tanto. Depende de lo que esté de moda en cada momento. Lo de Maruja Mallo es solo una pequeña muestra de cómo se suelen hacer las cosas
Tú prestas una obra para la actual exposición, que ya estuvo en el Centro Botín, donde yo la vi, y no sé si llegaré a verla aquí en el Reina. Tú prestas esta ‘Verbena’, pero a ti te interesan más otras obras de Maruja Mallo. Eso me llama mucho la atención.
Bueno, yo procuro ser objetiva. A mí, la ‘Verbenas’ me encantan; creo que tienen un valor histórico interesantísimo, por lo que significan, de acercamiento a lo popular desde la vanguardia. Mis padres compraron ‘La Verbena’ porque les gustaba y, sobre todo, se dejaron asesorar por Fernando Huici, mi segundo marido, que era crítico de arte, y por mí. La compraron porque nos gustaba muchísimo. Es un cuadro histórico que se expuso en la única exposición que se hizo en la sede de la Revista de Occidente, de Ortega y Gasset, quien las alabó mucho, y representa muy bien ese gusto por lo popular que tuvo nuestra vanguardia
Porque a Maruja, como a toda su generación, le interesaba todo lo que fuera puro arte popular anónimo, y pura técnica popular. Ella me comentaba con admiración la ingeniería popular que había construido las norias, los caballitos, todo eso. A ella todo eso le encantaba. Y también todo el surrealismo que había en la imaginería de las verbenas, con aquellos ángeles y aquellos cerdos que iban en los carruseles. Todo eso, a ella le encantaba y yo lo compartía absolutamente. Pero, aparte de las ‘Verbenas’, me gustan mucho las cabezas. Me parecen maravillosas.

Me decías que lo que más te impresionó de Maruja Mallo fue la vastísima cultura que tenía, tal vez por eso se podía permitir ser una mujer tan estrambótica y estrafalaria, porque era culta.
Pues es posible. Como la gente siempre se queda con los más obvio, se quedaron con que se pintaba muchísimo, con sus vestidos disparatados, con su forma de vestir estrafalaria, que no era intencionada, porque ella creía que iba estupenda. Ella no pretendía ir de mamarracho por la vida, en absoluto. Bueno, yo creo que no iba así, pero aparte de lo que yo creyera, ella no pretendía dar una imagen extravagante.
Ella me decía, encantada, que se teñía el pelo de “rubio veneciano”. La verdad es que era un rubio muy especial, pero cuando yo la empecé a tratar, a mí lo que me gustó y me pareció singular fue su falta de convencionalidad en su forma de comportarse y en su forma de vestir, acompañada de una cultura importante, al igual que su formación, y de muy buena educación. Si solo me hubiera fijado en su aspecto más estrambótico, no me hubiera interesado.
Tenía un buen conocimiento de la historia del arte, por ejemplo. La gente que suele ser más canónica intelectualmente acostumbra a ser más formal en su imagen. Suelen ser señoras que van con trajes de chaqueta y aspecto sobrio. Entonces, a mí me gustó mucho que ella fuese lo suficientemente fuerte intelectualmente como para permitirse el lujo de vestir como le daba la gana, como a ella le gustaba realmente, con mucho color.
Ella odiaba el negro; a mí siempre decía que odiaba el negro y se vestía con mucho color. Pero luego hablabas con ella y resulta que sabía un montón de historia del arte. Sabía de geometría, adoraba el quattrocento italiano, sabía lo que era la proporción áurea. Todo eso, a mí me interesaba muchísimo. Esa mezcla me pareció increíble.
Ella me dijo un día que se preguntaba por qué había tantos poetas antes en la guerra. Algo que atribuía a conjunciones astrales, porque era el momento en el que estaba haciendo la serie de los Moradores del Vacío’ y le interesaban temas esotéricos, pero yo creo que todos los grandes momentos intelectuales surgen de la fusión, del intercambio de ideas, como ocurrió en el Renacimiento italiano o en la Grecia clásica. Ese intercambio de ideas es tan importante como leer libros. Es fundamental.
Son los poetas los que a veces rompen los esquemas de los artistas plásticos y los que los someten a retos. Creo que cuando se junta un grupo de gente interesante, se autofecunda. La gente inteligente se autoalimenta. Estar rodeado de gente inteligente es fundamental. Aquel momento de los años 20 y 30 fue el momento de la Residencia de Estudiantes, que actúo de punto de reunión. Fíjate que había gente catalana, gallega, andaluza, había gente de todas partes y pintores, poetas o científicos. Todos confluyeron en la Residencia. Eso fue fundamental.
🤔 ¿Conoces a Maruja Mallo?
— Museo Reina Sofía (@museoreinasofia) November 5, 2025
Fue una de las figuras más transgresoras del arte español del siglo XXI, y ahora puedes disfrutar de su obra en el Reina gracias a la exposición “Máscara y Compás”.
Os dejamos por aquí algunas reacciones de nuestros visitantes 🫢 pic.twitter.com/IqPqNmJmGl
Una cosa que me contabas el otro día, que me gustó mucho porque luego yo lo asocié, después de que acabamos la conversación, con unas declaraciones de Eugenio Granell a propósito de un cuadro (porque él había pintado un cuadro cuando estaba en el exilio y, veinte o veinticinco años después, le puso el título). Y creo que eran ‘Los Amantes del Orzán’ o ‘Los amantes de Riazor’, una de las dos playas de Coruña. Y me contabas que Maruja Mallo tiene una relación con Miguel Hernández, y fruto de ella le brota un cuadro tras dormir al raso, algo que me parece muy bonito.
Eso me lo comentó en exclusiva y fue tan interesante que luego te cuento una consecuencia de esto. Me contó que estaba en uno de aquellos paseos que daban con la Escuela de Vallecas, por los alrededores de Madrid, en los que empezaron a interesarse por la vida rural y, como apreciaban mucho la ciencia popular, les parecía que un ejemplo de esto era la arquitectura popular. Maruja tiene toda una serie sobre este tema.
Entonces, me contó que pasó una noche con Miguel Hernández debajo de una parra y que cuando se despertaron todo el techo tenía un aroma intenso, porque estaba lleno de racimos dorados. Así que debía de ser septiembre. “El cuadro –me dijo literalmente– me brotó mucho después en Punta del Este”. Se trata, claro, de la serie de los racimos de uvas, aunque debió de hacer un dibujo a lápiz enseguida, porque este dibujo existe.
Yo me encontré con él en ARCO, en la Galería Guillermo de Osma, y me quedé atónita porque era justo la representación plástica de lo que me había contado Maruja. Finalmente, lo compró la Fundación Masaveu.


