#MAKMAEscena
‘¡Viva!, de Manuel Liñán
Teatre Martín i Soler
Palau de les Arts
Avda. del Professor López Piñero, València
Viernes 30 de enero de 2026
Dos años después de recibir el Premio Nacional de Danza 2017 en su modalidad de interpretación, el bailaor granadino ideó ‘¡Viva!’, una metamorfosis flamenca, atiborrada de pelucas, maquillaje, humor y bulerías, en el que Manuel Liñán y seis bailaores más se desatan del género y los roles y se mueven con pasión inusitada, dando una lección magistral de bata de cola y mantón. Le cayó otro premio, un Max (la lista de galardones que ha recibido este artífice de sesudos espectáculos de baile de autor hay que consultarla en Wikipedia para no abrumar al lector).
El bailaor, director y coreógrafo granadino nos recibe en el camerino del Palau de Les Arts mientras se prepara para la función. La entrevista se estira lo que dura su transformación: al principio, responde con la cara desnuda y camiseta, pero, a medida que el pincel le enciende los pómulos y el delineador hace que aparezca un nuevo filo en los ojos, es ya otro Manuel el que se despide, con un kimono rojo y las ganas puestas en el auditorio.
Así, nos damos cuenta de que hemos presenciado la metamorfosis que tanto apasiona al bailaor en su teoría personalísima, esa danza de sombras y colores que nace del espejo y, esta vez, finiquita en rojo.

¿Cuánto transforma lo que uno lleva puesto y qué intención hay de transformarse en el escenario?
Intención hay, porque siempre he tenido ganas de hacerlo, desde que era pequeño. Siempre me he sentido atraído por la figura femenina, por el vestuario, por la manera de maquillarse, por la manera que las bailaoras tienen de transformación; porque hay una transformación en ellas, también. Lo que pasa es que, por miedo a los prejuicios y a los juicios sociales, nunca tuve la valentía de hacerlo. Pero las ganas, de siempre.
Las etiquetas –ese crotal de ganado que nadie quiere recibir, pero todo el mundo estampa– de rompedor ¿desgastan? ¿Romper el molde es igual a romperse un poco uno mismo? ¿Es otro el Manuel Liñán del escenario?
No me siento otra persona, soy la misma. Una de las cosas que me costó más reflexionar cuando hice ‘¡Viva!’ es que hay una transformación, pero no hay un abandono de Manuel. O sea, sigo siendo Manuel, con un vocabulario corporal diferente y un vestuario diferente en ese momento. Ya ahora es habitual en mí. En ese momento, era diferente, con una forma de expresarme antes prohibida y con una manera de moverme diferente. Para mí, ha significado ampliar mi lenguaje dancístico.
¿Qué enseña un escenario que no sepa la vida? Y al revés.
La vida tiene más sentido en el escenario que fuera de él. Totalmente. O sea, en el escenario está la verdad del ser humano. En este caso, también por mis vivencias. Está la honestidad, está la emoción, está la fragilidad, están los sentimientos a flor de piel. No está la mentira; es imposible que quepa. Es un espacio más real. Si tuviera que decir cuál es mi vida, la que está en el escenario más que fuera de él.
¿Necesitas silencio o desorden para crear? Me viene a la cabeza Francis Bacon, con el estudio hecho una mierda, como habitación de adolescente.
No sabría qué decirte. Me siento muy bien en varias atmósferas: por ejemplo, en el mar. El mar, para mí, es muy inspirador y el teatro, también. Y la soledad, que no quiere decir que sea sin ruido, eh. El ruido no siempre es un bullicio ni estrés, sino como un sonido de fondo. Para mí, la inspiración está en la soledad y en la reflexión. Eso puede ser en el mar o puede ser cocinando.
¿Cuánto influye tu estado emocional, aunque sea ocasional, en el rumbo que toma cada obra?
Cuando hago un espectáculo, lo hago porque tengo una necesidad vital de tener que hacerlo. Reflexiono mucho sobre si merece la pena hacerlo no. Cuando tengo una idea, la dejo reposar un tiempo, veo si persiste, si sigue ahí dando la lata y, entonces, cuando ya veo que no se mueve, digo: “Hay que exponerlo”, ¿no? Hay que darle vida, darle forma, darle color.
¿Esas ideas, las sueñas, las anotas o las bailas?
No lo veo como ideas, sino como necesidades, creo que casi vitales. Necesitan salir y si me las guardara estarían como en un sitio muy oscuro. Una vez que salen hay otra reflexión y, creo, un crecimiento artístico y personal y humano.
¿Por qué te dejas guiar más en los ensayos o en la puesta en práctica de esas necesidades, como el oído, la mirada o el cuerpo entero?
La personalidad y la emoción lo dicen todo. Ahora mismo, es muy importante que las personas me emocionen y que tengan personalidad…
A veces, es deporte de riesgo.
Hombre, totalmente, da igual, aunque sea peligroso. Pero no creo que lo sea.

Ante el precipicio, solo los intrépidos dan un pasito al frente. ¿Has sentido alguna vez el vértigo y el viento en la cara de pensar “esto, quizá, es demasiado arriesgado”?
Mira, dos ejemplos. Uno es con ‘¡Viva!’. Cuando ya tenía claro lo que quería hacer fui muy directo a lo que quería hacer y cómo lo quería hacer. Pero es verdad que, en el momento, justo antes de abrirse el telón, dije: “Buff, ¿qué estoy haciendo?”. No llegué a tomar conciencia porque fueron solo unos segundos de pensar en qué iba a pasar unos instantes después, pero ¿sabes?, fue una idea que se fue de la cabeza y que no volvió más y aquí estoy con todas las consecuencias.
Luego, por ejemplo, con ‘Muerta de amor’, que se hizo un documental. Cuando lo vi, me di cuenta de que me exponía mucho contando muchas verdades. Y hubo un momento en que me arrepentí. Después, reflexiono y digo: “Es que, si no lo hubiera contado, tampoco tendría sentido que hubiera un espectáculo o un documental”. Si haces las cosas a medias, mejor no lo hagas.
La provocación ¿es un lenguaje o un método?
Tiene que ver con cada uno. Con quién lo reciba. Yo no parto de la provocación, sino de una necesidad vital. ‘¡Viva!’ es una vuelta a mi infancia; ‘Muerta de amor’ es dar naturalidad a mis emociones, a las relaciones entre homosexuales, a la manera de relacionarme.
Habrá gente a la que le provoque algo. No lo dudo. Incluso habrá gente a la que le provoque maldad u otras cosas bonitas. Pero yo no parto de ahí, soy consciente de que cada uno tiene una educación diferente y, desgraciadamente, algunos se sentirán provocados. Si la provocación es a reflexionar, a lo mejor sí soy un provocador, pero no es mi punto de partida ni mi finalidad.

¿La creatividad puede llegar a ser aburrida? ¿El cuerpo se acostumbra a esa tolerancia y hace falta más dosis de riesgo, de atrevimiento?
Para mí nunca va a ser aburrida la creatividad porque es infinita. Tiene un poder, así es como la veo y como la vivo. Así que para nada puede acabar en aburrimiento.
El Farruco decía que bailaba como los caballos. ¿Cómo dice Manuel Liñán que baila Manuel Liñán?
No lo sé, tío.
[Pregunta al fotógrafo:
—Sergio, ¿cómo bailo yo? Como un animal.
—Como una bestia, como un caballo desbocado].
Soy muy intenso, eso sí, lo reconozco, pero no sé qué animal sería. Una pantera, va; algo así.
Si el arte es una forma de hablarle al mundo, ¿qué quieres que le quede claro?
La diversidad. Por supuesto, que no hubiera guerras, la emoción…; que el ser humano se rigiera no tanto por el enfrentamiento como por los sentimientos, por la emoción, por la comprensión, por la empatía y por el amor. Creo que lo principal, en ese caso, sería el amor, sería el líder.
Estás más optimista que una miss en una gala.
El arte ya es una forma de hablarle al mundo. Ojalá fuera la única. Para mí, el arte es la herramienta que utilizo para manifestarme ante el mundo. En esta entrevista te podría estar mintiendo un montón, todo lo que quisiera… O sea, yo no, yo aquí te puedo estar mintiendo un montón todo lo que yo quiera.
Manuel, hombre…, no lo hagas.
[Ríe] No lo estoy haciendo, pero podría. Y a eso voy: aquí podría engañar, pero en el escenario, en el arte, no. No cabe la mentira. Lo único que quisiera que quedara claro es que en mis mensajes hay muchísima verdad y muchísima emoción. Y creo que eso, en la época en que vivimos, es importante.

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