Reyes Magos. Euskadi

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Los Reyes Magos
Cultos y navideños (VIII)
Navidad 2025

Viví mi infancia en Euskadi, en uno de esos pueblos marítimos que escalan desde el mar hacia la montaña, en los años 80 del pasado siglo. Ahora sé, pasados los años, que la prensa bautizó aquella época como ‘los años de plomo’, por el rastro de cadáveres, pólvora y silencio que el grupo terrorista ETA dejaba a su paso.

A mis 6 años, sin embargo, aquella sigla era solo una sombra que oscurecía el ánimo de mis padres, abuelos y tíos. Cuando ETA cometía un asesinato, sus conversaciones gravitaban en torno a la noticia y sus miradas se abismaban en las imágenes en blanco y negro de las víctimas —casi siempre de guardias civiles— que el telediario mostraba; entonces, el tono de sus palabras, al igual que sus rostros, se nublaba de una rabia herida y de un dolor agudo.

Era un estado de ánimo que, sin que yo comprendiera la gravedad política de los hechos, menoscababa los juegos que compartía con mis hermanos y primos. Nuestras risas y gritos chillones, surgidos de la espontaneidad lúdica, les molestaban de manera excesiva en comparación con los días anteriores a los atentados.

Nosotros, sin comprender el motivo de esa excesiva susceptibilidad e irritabilidad, por puro instinto, disminuíamos la intensidad sonora de nuestros movimientos y voces. Aprendimos a poner a nuestros juegos una sordina, al igual que un trompetista de jazz cuando quiere que su instrumento suene como un susurro lejano.

Cuando salíamos a jugar a la plaza o al parque, el ambiente entre las madres, también, estaba cargado de una suspicacia que se reflejaba en una exagerada atención hacia nosotros, que sentíamos como intensas reprimendas: “No te subas tan alto en el tobogán”; “no te alejes”; “vuelve aquí”.  Entre toda la retahíla de advertencias, había una que pronunciaban con desmedida angustia y terror: “Si ves un paquete en el suelo, no lo toques. Ni lo mires. No le des una patada”. 

Al caer la tarde, aburridos y cansados de tantas prohibiciones, todos los amigos nos preguntábamos por qué nuestras madres habían dejado de hablar entre ellas de sus cosas. Desde la cruel inocencia de la infancia, llegábamos a pensar que ETA era un rollo macabeo.

Solo ahora entiendo, con la perspectiva que dan los años, ese silencio ensangrentado de gris plomizo que se instalaba entre los adultos, en cada rincón del pueblo, en los días posteriores a los atentados.

Han pasado casi cuarenta y cinco años de esos recuerdos de infancia, y siete años desde que ETA anunció su disolución el 3 de mayo 2018. En este punto, el cuento se alejará un tanto de la consciencia de aquella niña pequeña para aproximarse a la de una mujer adulta.

Una mujer que quiere hacer memoria de un atentado que nos hizo comprender la mirada de terror y de angustia de nuestras madres cuando nos advertían –“si ves un paquete en el suelo, no lo toques. Ni lo mires. No le des una patada”–, y entender, brutalmente, que los monstruos no solo habitaban en los cuentos, sino que en la realidad de Euskadi, y en la del resto de España, se habían metamorfoseado en un grupo terrorista.

Hoy es Nochevieja de 2025. Al igual que cada año, antes de la cena familiar, mis primos, hermanos y yo misma tomamos una copa con la cuadrilla para felicitarnos el Año Nuevo. Entre los brindis, resuenan los nombres de los amigos que ya no están. Especialmente evocamos, con una resignación agridulce, a Íñigo. 

Su recuerdo se inicia con la pregunta que hizo a su amatxu, a los 6 años, en esa edad de la vida en la cual las historias mágicas empezaban a difuminarse bajo el halo de la realidad. O eso pensamos, hasta que escuchamos atónitos su creencia, sin titubeos, en los Reyes Magos.  

Es mi primo Juan, su mejor amigo, y que caminaba con él cuando ocurrió el suceso, quien nos sumerge en la escena:

“¿Os acordáis cuando Iñigo le preguntó a su madre: ‘¿Amatxu, los Reyes existen?’”. Y su amatxu, toda seria y cariñosa, le contestó: “Íñigo, claro que existen: Gaspar, Melchor y Baltasar”. Y, entonces, él le replicó: “Amatxu, esos ya sé que existen. Te preguntaba por los reyes de España”.

Hoy, desde mi mirada adulta, no me sorprende que Íñigo no dudase de los Magos de Oriente, sino cómo la ideología nacionalista había permeado perversamente en nuestras mentes, convirtiendo a España en una entelequia y no a los seres mágicos.

Íñigo murió unos días después de aquella pregunta. Dio un puntapié a un paquete bomba que ETA había colocado en los bajos del coche de un guardia civil. Cuando el agente movió su vehículo, la bomba se desprendió y quedó en la calle.

La prensa se limitó a reflejarlo, como lo narra el verso del poema de José Hierro, ‘Réquiem’ –una interpretación poética de la esquela de Manuel del Río aparecida en el The New York Times–: “Sin vuelo en el verso. Objetivamente”.