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‘La tarta del presidente’, de Hasan Hadi
Reparto: Baneen Ahmad Nayyef, Sajad Mohamad Qasem, Waheed Thabet Khreibat, Rahim Alhaj y Muthanna Malaghi
Fotografía: Tudor Vladimir Panduru
105′, Irak, 2025
En su ya clásica ‘¿Dónde está la casa de mi amigo?’, el realizador Abbas Kiarostami nos situaba en un pequeño pueblo del norte de Irán. Allí conoceríamos a Ahmed, un niño que, como cada día, sale de su modesta vivienda para ir a la escuela donde quedará fuertemente impresionado cuando su profesor reprende a su amigo Mohamed por no haber hecho las tareas que les había pedido el día anterior y le amenaza con expulsarlo si vuelve a repetirse.
Este suceso será el catalizador de una trama que se disparará cuando, al regresar a casa, Ahmed se da cuenta de que se ha llevado por error el cuaderno de ejercicios de su amigo. Temiendo que Mohamed sea castigado por su culpa, Ahmed emprende un viaje al pueblo vecino a fin de devolver el cuaderno, excusa que sirve al realizador para construir un viaje emocional, físico y social sobre este universo rural.
Esta premisa dramática ha marcado a todo un género cinematográfico que tendrá su continuidad en obras como ‘El globo blanco’, del también director iraní Jafar Panahi, cinta en la que una niña realizará un periplo similar en busca de un pez dorado que necesita para celebrar el año nuevo, pretexto que servirá de catalizador para plasmar, de forma políticamente más directa y ya en un entorno urbano, sus inquietudes sobre la sociedad de su país. Esta es la fórmula que, con variaciones, ha empleado el irakí Hasan Hadi para su trabajo de debut.
‘La tarta del presidente’ nos sitúa en Irak, en la década de los 90. En este contexto, una niña, Lamia, es elegida entre sus compañeros de clase para hacer un pastel con motivo del cumpleaños del presidente Sadam Husein. El problema es que Bibi, la abuela de Lamia, con quien reside, es muy pobre y no tiene los ingredientes.

Al mismo tiempo, Bibi llevará a Lamia a ver a una tía suya con quien pretende dejarla. A su edad, la abuela se encuentra físicamente muy débil y ya no puede ocuparse de ella. Pero Lamia no quiere separarse de Bibi y, renegando de ese destino que le han preparado sin consultarla, decide escapar, dispuesta a encontrar los ingredientes del pastel que le ha encomendado su maestro.
Como en la película de Kiarostami, Hasan Hadi utiliza esta excusa argumental para realizar un doble viaje, interior y exterior. En ese primer viaje interior, Hadi confrontará dos mundos, el de la infancia y el de los adultos. Lamia se opone a los planes de su abuela y escapa ante un destino al que se resiste. Un destino que, iremos comprendiendo, está relacionado con la pérdida de su inocencia infantil.
De un lado, la vida junto a su abuela, la calidez de un hogar, la seguridad de un hábitat conocido. Del otro, la incertidumbre y la soledad ante un futuro ignoto en otro espacio, otras gentes, otras reglas. Lamia huye sin darse cuenta del daño que hace a aquellos que más la quieren, herida en lo que percibe como una traición a su lealtad, sin entender que, al contrario, su abuela solo busca lo mejor para ella.

Lamia tendrá que enfrentarse, así, al mundo exterior para comprender, en este viaje iniciático, cómo es esa otra realidad, más real, que le espera, qué peligros la amenazan en cada rincón de una sociedad corrompida desde sus cimientos. Este será, de un modo consciente o inconsciente, su aprendizaje.
Emulando el trabajo de Kiarostami, Hasan Hadi busca en todo momento esa verdad filmada que esponje cada fotograma de su película. El resultado, sin embargo, resulta desigual. Tres son, al menos, las razones que acompañan una sensación de agarrotamiento que condiciona a esta producción.
En primer lugar, nos topamos con la propia dirección de actores. Si Kiarostami lograba transmitir una impresión de espontaneidad que se pegaba a la piel, hay algo en los personajes de Hadi que resulta como entumecido, como si en esa búsqueda tras los pasos del maestro, la copia le hubiera quedado algo desvaída, demasiado evidente.
Los personajes de Hadi no se mueven en su espacio de manera natural, sino al dictado de las órdenes del director, lo que deja una impronta en las interpretaciones que se perciben demasiado rígidas, poco carnales.
No ayuda mucho a sus propósitos una dirección de cámara que se siente igualmente impuesta a la narración, con unas composiciones que establecen un marco y unos límites del espacio de acción, dentro del set de rodaje, palpables, lo que parece limitar los movimientos de los actores que no se mueven con la ligereza que sin duda pretendía el director irakí.

Si la poética de Kiarostami se basaba en aquello que no se nombraba, pero quedaba impreso en cada gesto de sus personajes, aquí el peso de esa búsqueda parece condicionar una gestualidad a la que le falta esa chispa de vida, ese calor humano. Si en el cine de los dos directores iraníes, la metáfora brotaba, por decirlo de alguna manera, del relato, en Hadi esa búsqueda de lo simbólico resultará, como consecuencia, demasiado construida, lo que hará que pierda potencia dramática.
Así, en una de las escenas de la película, Lamia y su amigo Saeedf, que le acompañará en su viaje, se retan a mirarse a los ojos a ver quién parpadea antes. La escena remite a un juego infantil, lo que ya lleva consigo una carga alegórica que alude a la progresiva corrupción de esa mirada inocente de la infancia, pero su inclusión en la corriente de la historia resulta forzada, como si a Hadi le importara más la imagen que su justificación dentro del relato.
Una escena que se repetirá varias veces a lo largo de la película, lo que da muestra de su intencionalidad, pero sin lograr desprenderse de esa sensación de coda incrustada en el conjunto de situaciones dramáticas que irán viviendo los personajes.
Todos estos conflictos formales tienen su origen, a criterio de este cronista, en un guion que tiene ciertas dificultades para establecer la lógica interna que empujan esas situaciones que marcan el desarrollo de la trama. Ya la propia premisa de partida arrastra su pequeña disociación contra el principio de verosimilitud, al verse condicionada por la mano visible del director y autor, a su vez, del libreto.
Así como en ‘¿Dónde está la casa de mi amigo?’, Ahmed escapaba para buscar la casa de su compañero movido por un claro sentimiento de culpa dentro de su lógica infantil, las motivaciones de Lamia no parecen lo suficientemente poderosas para emprender el peligroso viaje que le espera.

En ese sentido, tanto la película de Kiarostami como la de Hadi tienen una estructura de road movie o viaje por etapas, pero mientras el primero lograba sostener la motivación de los distintos conflictos que van a justificar cada una de esas paradas de manera orgánica, íntima, en el segundo quedan encajadas de forma un poco inarmónica. Hadi tiene el itinerario marcado (conseguir cada ingrediente que Lamia necesita para preparar la tarta del presidente), pero este resulta por momentos azaroso, demasiado atado a las pretensiones últimas del director.
Esto no quiere decir que ‘La tarta del presidente’ no contenga momentos de cierta belleza. Cabe destacar los pasajes en los que Hadi nos muestra el entorno de las marismas en las que Lamia vive con su abuela, una especie de Venecia rural formada por chabolas de caña, paisaje evocador que nos remite al mundo de la infancia y los cuentos infantiles.
El director iraquí explota bien ese paisaje (especialmente en las escenas nocturnas, en las que el director de fotografía rumano Tudor Vladimir Panduru, colaborador, entre otros, de Cristian Mungiu, da lo mejor de la película) en un juego de espejos con el mundo que se va a encontrar en la ciudad. De un lado, la calma, el orden de la naturaleza, el cielo abierto, el agua. Del otro, el caos de una urbe dominada por el ruido y el polvo que todo lo carcome.
Por contraste, quizá la parte más interesante de la propuesta de Hasan Hadi se encuentra en ese paisaje de fondo que sirve de escenario a las peripecias de su protagonista. Asumiendo de buena fe el retrato que Hadi nos propone, para un occidental, resulta ilustrativo descubrir este universo del que hemos sido protagonistas indirectos, pero que se encontraba cerrado a nuestros ojos.
Un mundo que, curiosamente, se desarrolla en la más absoluta cotidianidad. Sobre las casas flotantes de madera sobrevuelan los aviones de caza y la figura de Husein ocupa cada espacio público, como un cuerpo omnipresente.
Sin embargo, si bien la vida de las personas se desarrolla en un día a día marcado por las restricciones impuestas por el bloqueo económico al que los americanos han sometido al país, esta se desarrolla con esa fortaleza íntima a la que se ve abocada una comunidad que se ha acostumbrado a luchar por su supervivencia.
En este contexto, la presencia del régimen se siente como ese ojo que describía Orwell en su novela ‘1984’, uno ojo que ve y, a su vez, deja hacer, sin llegar a entrometerse del todo en el día a día de sus ciudadanos. Es ese submundo, más que la historia de Lamia, lo que le interesa al director.
Una estructura social donde la falta de recursos empuja el ingenio de unos habitantes que tendrán que encontrar, frente a las carencias, salidas alternativas. Tras la huida de Lamia, su abuela tendrá que ser ingresada en un hospital. El problema es que el bloqueo ha establecido fuertes carestías de medicamentos. Sin embargo, la doctora que atiende a la anciana no parece perturbarse. Está acostumbrada.
El Irak de Hasan Hadi se mueve en dos planos. Uno, el del poder, representado por la presencia de los militares que patrullan las calles de la ciudad y establecen una férrea burocracia. Por otra parte, aparece una comunidad que se protege a sí misma tras la picaresca. Aquí, la estafa, el engaño, la mentira se convierten en armas poderosas y mecanismo de (auto) extorsión.
En el Irán de Hadi no existe la solidaridad de clase ni la comprensión ante las necesidades del otro, todo depende de un intercambio interesado entre partes. Un sálvese quien pueda en el que un kilo de harina para hacer un pastel se puede convertir en un tesoro de alto valor en un mercado dominado por pequeñas mafias subalternas.
Lamia tendrá que aprender a sobrevivir en este mundo. A lo largo del camino, entenderá que las cosas no son lo que parecen, que los amigos hay que cuidarlos porque no hay demasiados y que la vida es un bien muy preciado que pende de un hilo muy fino, supeditada a decisiones tomadas a kilómetros de distancia. La guerra aparece, así, como un engendro que amenaza la poca estabilidad que cabe disfrutar. Sabemos lo que sucederá después.
En su debut, Hasan Hadi ha abordado un proyecto ambicioso al que le pesan la falta de experiencia y la sombra de unos referentes de los que no ha podido despegarse. Esperemos que, en el futuro, logre desarrollar su talento y encuentre su propia voz.
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