La realidad entreverada de Scully y Tomasko

Sean Scully + Liliane Tomasko
Centro Cultural Bancaja
Plaza de Tetuán, 23. Valencia
Hasta el 15 de enero de 2017

Comparten vida y estudio. Hasta que la obra de ella ha empezado a cobrar dimensión y han tenido que separarse (artísticamente) por falta de espacio. Paradójicamente, la Fundación Bancaja ha reunido por primera vez sus obras en una gran exposición a modo de sendas y mayúsculas retrospectivas. Hablamos de Sean Scully (Dublín, 1945) y Liliane Tomasko (Zurich, 1967). El primero, artista “constructivo” y “obsesionado con las relaciones difíciles”; la segunda, “pintora de las ausencias”, como la llamó Javier Molins, comisario de la muestra que permanecerá en Valencia hasta el 15 de enero.

Scully, que aludió al ejemplo que para él supuso Paul Klee (“tanto la línea y lo abstracto con su sentido de misterio”), habló de su obra como “un arte de relaciones”. Relaciones entre franjas verticales y horizontales, ya sean plenas de color o difuminadas en su primera etapa impresionista, pero siempre matéricas y ancladas a la realidad. Y relaciones entre contrarios que le llevan a manifestar: “El arte es una fuerza contra la guerra”, enmendándole la plana a Picasso cuando dijo que el arte era guerra.

Obra de Sean Scully en el Centro Cultural Bancaja.

Obra de Sean Scully en el Centro Cultural Bancaja.

Y si el arte se opone a la guerra es porque, según Scully, “construye siempre puentes”. Por eso el arte “no puede solucionar un problema específico, pero puede abrir maneras de pensar de otra manera”. “Mi obra es construcción”, agrega. Esa obsesión por articular contrarios le ha convertido casi en un símbolo, ya que como recuerda el artista irlandés, afincado en Nueva York, con largas estancias en Barcelona y Mooseurach (Alemania), “el [periódico] Frankfurter Algemeine cada vez que hace un editorial sobre el conflicto europeo utiliza una imagen mía”. Y concluye con una sonrisa: “Siempre es mejor el bussiness, tener que negociar, que la guerra”.

La suya consiste precisamente en negociar entre sí bandas verticales y horizontales que lejos de ensimismarse en un ejercicio de abstracción “remiten siempre a la realidad”, subrayó Molins. El propio Scully lo resume así: “Intento pintar esa sensación de comunión elemental de mar y tierra, de cielo y tierra…pintar el modo en que los bloques del mundo se abrazan entre sí”. Y de modo más concreto: “El pueblo de los beduinos acostumbra a cubrir el suelo con varias capas de alfombras, de tal modo que su realidad pictórica se compone de capas físicas”.

Obra de Liliane Tomasko en el Centro Cultural Bancaja.

Obra de Liliane Tomasko en el Centro Cultural Bancaja.

¿Compite la obra de Scully con la de Tomasko? “No hay competición; nuestra relación es de armonía”, aclaró el artista, que habló de obras muy distintas: “La suya es más femenina”, centrada en los detalles, en cambio la suya se regía “por la arquitectura”. Y en palabras del propio Scully, de las que se hace eco Molins, Liliane sería “la pintora de lo perdido y abandonado. La pintora del recuerdo”. En su obra priman los rincones hogareños, los espacios habitados pero sin presencia humana, de la que se intuyen sus sombras a través del halo que dejan los objetos.

Sean Scully + Liliane Tomasko está integrada por más de 60 obras que proceden de la colección privada de ambos artistas, del IVAM, del Reina Sofía y de la colección de la propia Fundación Bancaja. Un video completa la exposición, en el cual Tomasko explicó que recogía “la repetición de la vida cotidiana”, instantes y detalles que vienen a rebufo de lo contenido en sus cuadros. De manera que aunque distantes entre sí, la obra de Scully y Tomasko viene a coincidir en ese punto que tiene el arte de sugerir emociones muchas veces contrarias.

Vista de la exposición de Sean Scully en el Centro Cultural Bancaja.

Vista de la exposición de Sean Scully en el Centro Cultural Bancaja.

Salva Torres

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