La Grazia

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‘La Grazia’, de Paolo Sorrentino
Reparto: Toni Servillo, Anna Ferzetti, Orlando Cinque, Massimo Venturiello y Milvia Marigliano
Fotografía: Daria D’Antonio
133′, Italia, 2025

El reciente caso de Noelia Castillo ha traído al primer plano de la actualidad otro de esos tantos debates públicos, tan necesarios como irremediablemente mal resueltos, que sobresaltan a cada rato la actualidad política de nuestro país. Un debate que, como sucede siempre o casi siempre, ha quedado relegado a una lucha entre bandos.

Piense lo que piense cada uno sobre la eutanasia, el caso de Castillo me trajo a la memoria el recuerdo de la tramitación de una ley que en España se saldó saltándose la consulta a los órganos consultivos correspondientes y mediando una exposición parlamentaria tosca, burda, entre bloques ideológicos, en la que nunca cupo una explicación solvente sobre su desarrollo ni una confrontación de ideas realmente elevada sobre una cuestión de hondas implicaciones históricas, políticas, psicológicas, sociológicas, culturales y filosóficas muy profundas, y tras la que, de nuevo, el ciudadano corriente quedó condenado a un mero papel de espectador.

Impulsada por un Gobierno progresista que tenía por bandera la transparencia y la participación ciudadana, ¿acaso la aprobación de dicha ley no hubiera merecido un referéndum apoyado por un debate realmente serio? El problema, como ocurre en tantas otras ocasiones, es que, si bien la discusión quedaba cerrada desde el punto de vista legislativo, sus huellas, sus heridas, como ha demostrado el caso de Castillo, quedaban abiertas. 

No resolver limpiamente las dudas sobre los límites y condiciones de una reforma de ese calado dejan dichas dudas sin resolver, y estas quedan ahí, enquistadas, por mucho que quieras encerrarlas en un cajón. Pero, como es un saber común para el ciudadano corriente, la política ya no parece que esté para resolver grandes conflictos, sino para perpetuarlos en el tiempo (en interés propio). Pero, ¿y si no fuera así? Y si la política sí que sirviera para resolver estos conflictos. ¿Te lo imaginas?

La Grazia’, última producción del italiano Paolo Sorrentino, nos presenta a Mariano De Santis, un hipotético presidente de la República italiana que se encuentra en una particular coyuntura. A seis meses del final de su mandato, De Santis, un político democristiano, se enfrenta a dos crisis personales: el fin de su carrera y la aprobación de una ley que legalice la práctica de la eutanasia que, de una manera o de otra, sabe que condicionará la imagen de su legado.

Al mismo tiempo y mientras toma una decisión, De Santis tendrá que resolver dos peticiones de amnistía: una para una mujer que mató a un marido que la maltrataba y otra para un hombre que ayudó a su esposa enferma a morir.

Como siempre que nos enfrentamos a un nuevo trabajo de Sorrentino, caben destacar dos cualidades de su cine: su potencia visual y la profundidad de su discurso. En el plano visual, Sorrentino demuestra una vez más que es uno de los directores más sólidos del panorama cinematográfico contemporáneo.

Con frecuencia, a su obra se le ha acusado de un frívolo esteticismo. Y es cierto que en su cine hay un particular gusto por una composición efectista que hay quien ha querido ver como una debilidad. De ahí el rechazo que supuso su anterior película, ‘Parthenope’, en la que muchos críticos quisieron ver, atrapados quizá por la urgencia, un mero ejercicio formal sin contenido. Una especie de bombonera sin fondo, como un anuncio de Gucci.

Y, si bien ‘Parthenope’ se puede contar entre sus películas menos compactas, reducir su propuesta a una mera forma es no leer su mensaje, quizá porque ese mensaje o discurso, como ocurría en la serie ‘El joven Papa’, no correspondía con ciertos planteamientos ideológicos.

O lo que puede ser aún peor: una disociación que desprecia la propia búsqueda del director (fallida o exitosa) por encontrar en cada proyecto una estructura que cuente por sí misma o refuerce aquello que, de pretender decir algo, quiere decir. Hablar de la decadencia de una cierta visión mercantilista de la belleza desde la confrontación con sus propios modos estéticos, no parece tan descabellado como puede parecer, a menos que uno no se haya dado cuenta o quiera mirar hacia otra parte.

Con ‘La Grazia’, los críticos parece que se han quedado más tranquilos ante un Sorrentino que, se ha dicho, se muestra más comedido, cosa de lo que no estoy completamente seguro. Si acaso, quizá cabría entender que el director italiano ha adaptado su mirada al ritmo interno y el sentido de un relato y, sobre todo, un personaje principal cuyas cuitas internas apuntan hacia espacios diferentes.

Sorrentino es un esteta, claro, pero un esteta con una mirada propia, lo cual es mucho decir en estos tiempos que corren. Un director con una capacidad en apariencia inabarcable para coger desprevenido a un espectador que, con cada nueva propuesta, tropieza con un catálogo de imágenes que desafía sus expectativas.

Si cineastas como Wong Kar-wai o Nicolas Winding Refn, por poner un par de ejemplos de otros estetas más o menos radicales, parecen haber agotado su imaginario, Sorrentino sigue trazando caminos personales sin traicionarse a sí mismo, quizá porque, en el fondo, sí tiene algo que decir. Un ejercicio de confrontación con el espectador y con el mundo que es, sobre todo, ético, como veremos.

Fotograma de ‘La Grazia’, de Paolo Sorrentino.

Un director que, además, mira al mundo sin prejuicios, dando valor artístico a aquello que otros despreciarían, entendiendo el arte como una forma de expresión en continuidad que mira al pasado sin miedo a atender a otros estilos contemporáneos, aunque le sean generacional y culturalmente ajenos, apropiándose de ellos con gran desenvoltura.

Una mixtura que no solo encontramos en las imágenes, también en el empleo de la música de una banda sonora en la que cabe de todo, desde la música instrumental, la electrónica o los nuevos estilos urbanos. Este diálogo entre pasado y presente, entre el hoy y el ayer, quedará bien anclado en el relato. Nada es gratuito, aunque lo parezca.

Ambos ejes, imagen y sonido, música y texto, se confabulan para poner al director y al espectador ante un reto mayor: narrar la historia de un hombre que piensa. Acuciado por la duda, enfrentado a una serie de decisiones de complejas consecuencias, De Santis debe inclinarse por una solución que, sabe, no contentará a nadie, y menos que a nadie, a sí mismo.

Pero si la duda es el nudo del relato, ¿cómo representarla? ¿Cómo sumergir al espectador en la propia experiencia íntima de ese devenir interior en el que se va a ver inmerso el personaje? Tres son las herramientas en las que se apoya Sorrentino para sostener su propuesta: los diálogos, en los que De Santis confrontará sus reflexiones con otros personajes; la voz en off, como expresión de ese debate o discusión interior; y el tempo narrativo.

Fotograma de ‘La Grazia’, de Paolo Sorrentino.

En este sentido, la primera escena de la película ya va a condicionar su desarrollo. De Santis pasea por la azotea de la residencia presidencial. Es la última hora de la tarde y el sol cae sobre los tejados de Roma. Pero De Santis no está allí para contemplar este bello atardecer. Bajo la atenta mirada de su asistente personal, dialoga consigo mismo, contempla el mundo (esa Italia que es el centro de la obra de Sorrentino) y medita. Un hombre solo con sus pensamientos.

Dos cuestiones parecen atribular a este presidente hipotético. Por un lado, la aprobación de una ley que afrenta a sus propias creencias. Sorrentino pone con inteligencia a un político conservador para alimentar el conflicto. Sin embargo, De Santis es más perspicaz que su propia posición ideológica.

En primer lugar, se enfrentará a una opinión pública que va a condenarlo haga lo que haga. “Si no la firmo [la ley], soy un torturador. Si la firmo soy un asesino”, se dice en voz alta. Interpretado magistralmente por Toni Servillo, De Santis se halla en una encrucijada, pues satisfacer los deseos de unos implicará defraudar al otro bando.

Pero ahí está su valor como político. Sea cual sea su decisión, se guiará por sus convicciones. De Santis no solo debe decantarse por un lado u otro, quiere llegar a una conclusión propia que le convenza, primero, a él mismo de qué es lo más justo o adecuado. Y eso requiere, sobre todo, tiempo.

Fotograma de ‘La Grazia’, de Paolo Sorrentino.

Pero para lo que De Santis es cautela, buen juicio, precaución, para Dorotea, su hija y asistente, es cobardía y comodidad. Enfilado el final de su último mandato, De Santis podría pasar el reto de aprobar la ley a su sucesor. Políticamente, nadie se lo reprocharía. De hecho, parece lo más habitual dentro de un cierto contexto.

Sorrentino confronta aquí dos lógicas radicalmente enfrentadas. Por una parte, la lógica del activista. Para Dorotea, “todo se reduce a una pregunta: ¿de quién son nuestros días?”. Para De Santis, caben muchos matices. Para Dorotea, no hay otra respuesta posible que la aprobación de la ley. Para su padre, lo confuso, lo delicado de la experiencia humana va mucho más allá, lo que requiere sabiduría, saber escuchar, entender sin prejuicios a aquello que sucede en los márgenes, fuera de toda razón militante o teoría legislativa.

Ahí está el quid del asunto. ‘La Grazia’ del título de la película no se refiere, pues, a esas dos amnistías que De Santis debe conceder: es la belleza de esa duda, dirá uno de los personajes. Para resolverla, De Santis tendrá que salir de sí mismo y romper algunas reglas que hasta ahora le eran sagradas. Aquí no habrá vencedores o vencidos, como cree la vehemente Dorotea; solo hay personas. Y en ese terreno nada es blanco o negro; todo está lleno de grises.

La otra cuestión nos remite a nuestra relación con el pasado, es decir, con nuestra propia memoria. De Santis arrastra aquí un doble conflicto. De un lado, el sufrimiento por la muerte de su esposa, el amor de su vida. De otro, una mancha en aquella vida común, un desliz que le persigue desde hace cuarenta años y que oscurece ese mismo recuerdo. Recuerdo que le confronta, a su vez, a la soledad que se abre en ese futuro que le espera cuando deje la política y a su propia mezquindad.

Pero es que, a diferencia de lo que sucede en buena parte del cine contemporáneo, los personajes de Sorrentino, cumpliendo con su papel instrumental dentro de su estrategia discursiva, son, sobre todo, seres humanos cargados de debilidades. Esta lucha con su pasado puede parecer desconectada del drama principal, pero no es así.

Mientras De Santis parece atrapado entre sus recuerdos, sus hijos, más jóvenes, piden la palabra para ocuparse del futuro. “El pasado es una carga”, dice uno de los personajes. “Y el futuro, un vacío”. Frente al supuesto saber de la juventud, de lo nuevo, la vanguardia, Mariano De Santis contrapone la paciencia de la sabiduría que le da una mirada más amplia, también imperfecta, pero más humana. Una lección magistral.

Y de fondo, envolviéndolo todo, un misterio. Aparece aquí aquello que no tiene explicación o una respuesta evidente, lo simbólico, lo atávico, aquello que da cuerpo, dimensión superior a esa experiencia humana.

En la película de Sorrentino, las grandes frases o situaciones no cobrarían sentido sin estos detalles, eso que puede parecer anecdótico, una extravagancia, un capricho del director, pero que, en realidad, recoge esa verdad oculta que el espectador tiene que desentrañar, allí donde su atención y su mirada quedan secuestradas sin un asidero firme al que agarrarse.

En la pantalla de uno de los salones de la residencia presidencial, De Santis establece comunicación con uno de los astronautas de una misión espacial (increíble cómo la película de Sorrentino conecta con este preciso momento de nuestra historia). La conexión no es fluida y la comunicación falla de tal forma que no pueden escucharse.

De repente, sin que sepamos por qué, el astronauta, creyendo encontrarse solo, llora. ¿Por qué llora el astronauta? Sorrentino es uno de los directores con más capacidad para leer nuestro tiempo que existe hoy en el mundo. Una pieza magistral.