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‘El mal’, de Juanma Bajo Ulloa
Reparto: Natalia Tena, Belén Fabra, Tony Dalton, Fernando Gil, Natalia Ruiz Risueño, Aritz Kortabarria y María Schwinning
Música: Koldo Uriarte
Fotografía: Diego Trenas
129′, España, 2026
Estreno: 16 de enero de 2026
Cines Kinépolis València
Elvira Nous es una escritora cuya carrera se encuentra en un punto muerto. A pesar de la calidad de su trabajo, siente que este no tiene el éxito que cree merecer, mientras no puede dejar de sufrir que otras escritoras alcancen mayor popularidad vendiendo solo apariencia.
Un día, Elvira conoce a Martin, una extraña mujer que le hará una todavía más extraña proposición. Martin dice que tiene un don: matar a otras personas. Martin lleva años cometiendo una serie de crímenes cuyo relato ha conservado en una especie de diario que ahora le ofrece a Elvira para que cuente su historia en uno de sus libros.
Ante esta inverosímil propuesta, Elvira duda, pero la escabrosa narración de los hechos que le presenta Martin quizá le sirva para esa novela que estaba buscando y que la llevará a esa fama que tanto parece desear. Elvira tendrá que enfrentarse, además, a otros dos conflictos. De un lado, frente a Thomas, su editor, un hombre en el que no confía y que quiere casarse con ella. De otro, ante su hija Sandra, una joven que sufre una enfermedad hereditaria de la que culpa a su madre y contra la que se va a revelar.
Esta es la trama de ‘El mal’, la última producción de Juanma Bajo Ulloa, un relato que resulta de una peculiar mezcla de géneros en el que, al mismo tiempo, el realizador vasco ha logrado engarzar algunas de sus obsesiones habituales. Un paso más en la carrera de un director atípico que, como comenta en esta entrevista, ha pivotado en los márgenes de una industria que no siempre le ha acogido con los brazos abiertos.
Tampoco es algo que parezca que le preocupe. De hecho, podríamos decir que es desde esa indiferencia desde donde Ulloa ha forjado su identidad. En todo caso, si hay algo que le inquieta será su conexión con el público. ‘El mal’ se estrena este viernes 16 de enero en salas comerciales.

‘El mal’ me parece un título que es, en estos tiempos que corren, toda una declaración de intenciones. ¿Cuál es ese primer impulso que te animó a construir una historia sobre el mal, precisamente?
Bueno, en la película hay una enfermedad hereditaria que llaman “el mal”, o que la hija de Elvira llama el mal (“mamá, he heredado el mal”), que se conoce como osteogénesis imperfecta. Es una enfermedad que cada generación puede o no heredar, y es eso lo que ella le achaca a su madre, que lo único que ha heredado de su familia ha sido el mal.
Lo llaman así como concepto, pero, al mismo tiempo, supone también una reflexión sobre la maldad, sobre el mal. Cuando me pongo a hacer el ejercicio de hablar del lado oscuro del ser humano, que es lo que me interesa (porque el lado luminoso se estudia permanentemente, se nos hablan de él en infinidad de lugares, de lo que es capaz el ser humano, en términos positivos), la sombra siempre aparece como negada, no nos interesa reconocerla, siempre está en el otro.
El otro es el malvado, el que peca, el que miente, el que está equivocado. Me parecía muy interesante hablar de ese lado oscuro y, después de esa reflexión, me di cuenta que ese concepto, en castellano, es el mal. A partir ahí, construyo el personaje de Martin, que representa la esencia de la maldad porque es un ser que no está movido por su rencor, por su odio, por un resentimiento o una venganza contra la humanidad que la trató mal, todo eso que vemos siempre en los personajes de ficción, sino que, simplemente, tiene la capacidad del mal. Es decir, que tiene un don y, además, quiere reconocimiento por él.
Ese es el primer personaje que construyo y, a partir de ahí, se construyen todos los demás. Pero, bueno, no deja de ser una película de suspense, una película, vamos a decir, del circuito comercial de entretenimiento; quizá con un plus o con una pátina de tesis o de reflexión sobre la psicología humana y sobre la capacidad de hacer el mal, sobre qué estamos dispuestos a hacer o hasta dónde podemos llegar para obtener nuestros fines y cómo lo justificamos.
Elvira dice en un momento de la película: “Lo que ayer está bien, hoy está mal”. ¿Somos así? ¿Tan volubles? ¿Nuestra construcción del mal es tan caprichosa que está cambiando constantemente?
Yo no lo llamaría ser volubles, diría interesados. De hecho, eso que ayer estaba mal y hoy está bien yo creo que lo mueven dos razones: una, lo que llamamos la civilización, es decir, que, en la medida en la que nos vamos civilizando, vamos no tolerando determinadas cosas porque creemos que no son buenas para la sociedad.
Mientras, por otro lado, vamos justificando otras cosas por interés, como hacen, por ejemplo, los Gobiernos, que, normalmente, manipulan las leyes, la moral, la ética e, incluso, nos adoctrinan de una manera o de otra por intereses propios. Pero la sociedad ha creado esa ética y esa moral porque prospera más, en cierto modo.
Cuando se estudia, por ejemplo, al Homo sapiens, aquellas comunidades previas que no tenían colaboración entre sí, es decir, donde el amor no triunfaba, sino que triunfaba más el odio, la venganza, las rencillas, no prosperaron y desaparecieron. Y aquellas que tuvieron una colaboración, vamos a decir, beneficiosa, en la que se ayudaban unos a otros (uno se dañaba en la guerra y lo curaban, o iba a cazar y venía con una herida y lo mismo), esas comunidades donde el amor era más evidente triunfaron y se convirtieron en el Homo sapiens, que es el que ha dominado el planeta.
Fíjate que, al final, el mal te lleva a un lugar oscuro y negativo, y el bien, la bondad, el amor, lo que quieras, nos lleva al éxito. Por eso se aplica esos mecanismos de ética-moral, porque son beneficiosos para el ser humano. No es algo tan gratuito.

Sin embargo, hay un momento de la película en el que Elvira dice: “El amor es interés”. Pensaba si, acaso, a base de criticar tanto el amor, no lo hemos arrinconado hasta un punto en el que ya no nos queda un hueco para él. Algo de eso parece que nos dice la película.
Claro, pero piensa que esto lo dice el personaje de Elvira cuando llevamos una hora y media de película. Es decir, en ese punto los dos personajes ya tienen un recorrido, una metamorfosis. Al inicio de la película, ves que, con Elvira, el personaje que interpreta Belén Fabra, desarrollas una cierta empatía. Te parece razonable, es una persona ambiciosa, que sufre… Estás de su lado.
Pero, según va avanzando la película, va perdiendo esa empatía, los escrúpulos, y va empezando a hacer cosas terribles. Y cada vez se atreve más, cada vez llega más lejos. Entonces, la persona que dice esto está ya muy cerca del lado oscuro, está diciendo que no cree siquiera en el amor, incluso justifica que el amor es por interés, que, en el amor, el que más ama, pierde.
Son pensamientos escépticos de alguien que se está yendo al lado negativo. No digo que tenga razón o no; yo no juzgo a los personajes, eso es cosa del público, que cada uno piense lo que quiera, pero no es la misma persona que empezó la película, estamos ya en una metamorfosis oscura.
Al principio de la película, Elvira se pregunta si la gente quiere saber la verdad. Para ella, solo el 1 % de la gente quiere saber la verdad porque la verdad da miedo. ¿Por qué da miedo la verdad?
Sí, la verdad da miedo, dice Thomas [Tony Dalton]. Esto es una consecuencia de algo en lo que yo, igual que Thomas, creo claramente. Yo creo que, si te cruzas por la calle con diez personas y les preguntas: “¿Usted quiere conocerse a sí misma? ¿Usted quiere conocer la verdad?”, te van a decir sí, pero no es cierto.
El proceso de conocerse a uno mismo, es decir, de enfrentarse a la verdad, es un proceso que muy pocas personas en la sociedad son capaces de hacer, incluso algo que deseen hacer, realmente. Lo que desean es que les cuentes una serie de mentiras. Eso lo puedes comprobar, por ejemplo, cuando metes a alguien en una terapia en la que se le obliga a escarbar en el subconsciente, a sacar sus heridas infantiles. Muchos fracasan.
Yo recuerdo un caso muy interesante, que a mí me dio esta pauta, de una universidad catalana que había estudiado las sustancias nocivas que había en la comida que comemos actualmente. Los más jóvenes tenían muchas, los más viejos tenían menos, porque habían tomado menos tóxicos.
Y cuando acabaron, después de años de estudios, un periodista les preguntó cuál era su conclusión final, y la conclusión es que la gente no quiere saberlo. O sea, llegaron a la conclusión de que la gente no quería conocer ese estudio. ¿Por qué? Porque eso les obligaba a una serie de responsabilidades para las cuales no estaban preparados.

De alguna manera, no queremos conocernos a nosotros mismos, sería la conclusión.
Ni que la comida tiene toxicidad ni que la tarjeta de crédito se te está acabando. Por eso la tarjeta de crédito tiene tanto éxito, porque, si sacas el dinero del bolsillo, vas viendo que te queda poco y ya no quieres gastar; pero como la tarjeta es ciega, la vas metiendo.
La conexión con la verdad ocurre raras veces y muy poca gente está preparada. En la película, hay mucho de esto. Hay un momento en que el editor le dice a Elvira: “No hagas esos libros tan duros en los que le dices a la gente como es. La gente no quiere conocer la verdad”. Y ella le responde: “Alguien tiene que decirla”. Se cree moralmente por encima; el ego.
De alguna forma, tu filmografía ha estado siempre buscando su hueco en una industria donde la ortodoxia o ciertos temas se imponen. Pensaba si eso no es también una manera de enfrentarse y enfrentar a los demás con la verdad o, al menos, con una verdad.
Sí. A ver, yo me reflejo, no en ese personaje, en todos. En todos creo que tengo algo que es mío y por eso me siento capaz de hablar de ellos con su voz, y de dirigir también a los intérpretes en ese sentido. Pero sí que hay una cierta relación con alguien que busca su verdad, que es mi obra. Para mí, hacer películas es mi verdad, no tengo otra.
Hago películas de personajes y, de alguna forma, intento indagar en el alma humana, en la psique humana, entender por qué hacemos las cosas, pero me encuentro con una industria muy refractaria que tiene dos bases: una es lo comercial, lo más infantil, lo menos profundo, para que la gente no piense, algo que sea de consumo rápido y olvidable. Y, en el otro lado, hay un cine muy ideológico, muy protegido políticamente, que sigue las tesis del sistema, que sigue las tesis del partido político en el poder en ese momento; como ocurría con Franco, pero ahora ocurre de otra manera.
Y entonces, claro, en medio no queda hueco. Tú eres un grano en el culo. Eso hace que cueste mucho poner en marcha un proyecto; exhibirlo, difundirlo, ya ni te cuento, eso se convierte en una pelea constante. De alguna forma, es como que no perteneces a la industria, estás fuera, y aquí hay algo de eso también, de mi verdad. No sé si la verdad, pero sí mi verdad; la quiero contar y me cuesta.
Para mí, el personaje de Martin, del que ya has hablado un poco, representaría la otra cara, ese elemento que viene a tentarte para que te vayas al otro lado. ¿Tú te has sentido tentado? ¿Hay algo de ti en eso también?
Sí. Yo creo que, cuando tú te conviertes en creador, lo que ocurre con el cine es que es una herramienta de emoción y de narración muy poderosa. Tú manipulas a la gente con tu obra; la gente ve tu película, siente cosas y, a veces, cambia de opinión sobre algo porque ve tu película.
¿Qué ocurre? Que el poder sabe eso y convierte a los creadores un poco en propagandistas. Y algunos son claramente propagandistas de los de poner el micrófono e hincharse a hacer consignas. Entonces, claro, si el sistema ve que tu obra no va a ser propagandística y que no vas a ser fácilmente manipulable, pues estás jodido, tienes un problema.
Entonces, te tienta diciendo: “Mira, si vas por aquí, haciendo este tipo de cine, todo te será más fácil”. A mí no me ha tentado porque no creo en el autor haciendo propaganda del sistema. Cuidado, acepto hacer un encargo, que me paguen; he hecho anuncios, videoclips… Me pagan y ya está, no le doy más vueltas.
Pero cuando una obra es muy personal y es tuya, de alguna forma, tengo una responsabilidad de decir algo honesto. La gente confía en que tú vas a decir algo personal, tuyo. Si eso está al servicio de un tercero en el que no crees, me parece deshonesto.

La película diría que es una mezcla de, por lo menos, tres géneros. Tiene elementos de thriller, de terror y elementos fantásticos. Quizás ha sido un proceso natural, del propio relato que te fue llevando por ahí, pero quería preguntarte cómo encajaste esos tres elementos.
Lo que ocurre es que yo creo que los géneros, que entiendo que son mecanismos que funcionan perfectamente, de alguna forma, te encorsetan. Y yo no vengo del mundo del cine de la universidad, de estudiar cinematografía; yo soy un espectador. He aprendido viendo cine, pero también viendo videoclips, cómics, digamos que vengo de la práctica, de mi cámara de Super 8.
Entonces, ahí no tengo ningún tipo de prejuicio ni cortapisa a la hora de cambiar, de probar y experimentar. Me interesa, sobre todo, el cine personal, el cine psicológico, pero lo que le veo al suspense es que es el mecanismo por el cual engancho al espectador. Es decir, quiero contar algo que yo considero valioso, que puede ser sofisticado, que, incluso, puede ser sesudo, no lo sé, o psicológicamente complicado. Pero utilizando el suspense consigo atraparlo, consigo hacerlo atractivo.
Alguna vez suelo decir que yo aspiro a contar una historia de forma que, incluso aquel al que no le interese nada, no pueda dejar de mirar la pantalla. Mi obligación es esa, contarla de tal manera que el tipo menos interesado en mi obra, en mi discurso que haya en la sala, diga: “No me interesa nada lo que me están contando, pero estoy hipnotizado”. Esa sería mi obligación como cineasta.

A pesar de esos géneros que comentamos, he visto que en la película hay un cierto humor soterrado…
Así es.
… que se sostiene en una serie de elementos hiperbólicos con los que juega. ¿Qué papel tiene para ti ese humor? ¿Cómo has hecho convivir ese elemento serio, de suspense o terror, con ese humor?
Bueno, yo lo llamaría sarcasmo. Es como una ironía llevada al humor negro porque, aparte de que el humor me interesa muchísimo (creo que es la expresión de inteligencia del ser humano), es que yo, por muchas situaciones grotescas y trágicas que me pueda imaginar, cuando las enfoco desde fuera, empiezan a tomar un giro tragicómico.
Alguien decía que el humor es tragedia más tiempo. Te caes en la calle, te resbalas y te rompes un pie: tragedia. Pasa una semana, se lo cuentas a los amigos: ¡qué risa! Ha pasado una semana, pero ya no hay tragedia.
Entonces, como eso está presente en el propio ser humano, en la vida, en la que permanentemente están ocurriendo cosas, vamos a decir, surrealistas, extrañas que pueden parecer cómicas, me parecía que, incluso cuando se habla desde el drama o desde el terror o el suspense, siempre hay un lugar para ese punto un poco sarcástico o tragicómico.
Te quería preguntar por esas mariposas que aparecen en tu película y que han formado parte de todo tu cine. No daremos muchas pistas para no revelar el final, pero yo lo relaciono con la infancia. No sé si tiene ese sentido.
Todos los animales tienen un simbolismo, pero yo creo que la mariposa es el más simbólico de todos porque representa a la inteligencia, el renacer, la metamorfosis, el contraste entre la belleza y lo grotesco, los gusanos, las alas, la libertad. Todo eso me resulta muy interesante, me suele salir casi sin querer y, desde mi primera película, lo utilizo para crear ese simbolismo metafórico. Y aquí también.
De hecho, hay un momento de la película en el que las mariposas no existen, solo las está soñando, el personaje ya está en su mundo idealizado: “Sí, soy famosa; soy famosa en un ámbito en el que me van a matar, pero, al menos, soy famosa”. En ese momento, el personaje es como una niña en un parque de atracciones lleno de mariposas que revolotean a su alrededor. Y, bueno, ahí cobra un elemento fantástico, como decías, y un tanto sarcástico también [risas].
¿Dirías que esa búsqueda de la notoriedad que tanto desea tu personaje es la perdición de la sociedad contemporánea?
Es una de ellas. Yo creo que eso se ve de manea especialmente grave en la nueva generación. Los han convertido en egocéntricos y en narcisistas que están permanentemente en la comparación. Este tiene más éxito que yo, es más guapo, tiene más likes, mira qué bien se lo pasa, yo también lo quiero.
¿Y esforzarse? No, esforzarse para qué, si este no se esfuerza y mira lo que consigue. Lo que es tener infinitas referencias, pero muy pocos referentes reales de gente que tenga una madurez, una solidez y que pueda decirles cómo actuar en la vida. Sí, yo creo que es una sociedad profundamente alienada, en ese sentido.


