Javier Gilabert

#MAKMALibros
‘Todavía el asombro’, de Javier Gilabert
XV Premio de Poesía Blas de Otero
Ediciones El Gallo de Oro, 2023

Gran admiración o extrañeza dice el diccionario de la RAE que significa asombro en primera acepción. Gran admiración, no una normal, sino una grande, una admiración que nos haga conmovernos, que nos haga abrir los ojos y estar atentos, que nos predisponga a acoger aquello que observamos, aquello que escuchamos. Pero también extrañeza, porque lo extraño es lo exótico, lo advenedizo, lo ajeno a nosotros y algo así siempre genera interés, despierta nuestra curiosidad.

Y todo esto para llegar al título del poemario de Javier Gilabert, ‘Todavía el asombro’, XV Premio de Poesía Blas de Otero. Antes de abrir el libro, ya desde el título, encontramos la fuerza de la poesía que nos va a admirar dentro. Versos que evocan en nosotros el asombro de la palabra elegida, igual que es asombro lo que mueve a Gilabert.

Deslumbramiento por las cosas más sencillas de la vida, por el amanecer diario y los sonidos que nos trae, por el pájaro que se escucha desde la ventana, por la luz que irrumpe en la habitación, por todas esas cosas que van dando contorno a la trascendencia cotidiana, esa que no debe nunca pasar desapercibida, esa que nos empuja a ser conscientes de nuestro lugar y encontrar las palabras para contarlo. Ese es el asombro que todavía dura en él, ese es el deslumbramiento de la mirada poética de la que se apodera Gilabert en estos versos.

Javier Gilabert. Todavía el asombro

¿Cuál es el origen de estos versos?

Soy un autor tardío. Publiqué mi primer poemario, ‘En los estantes‘, en 2019. Tras él, durante casi un par de años me dediqué a hacer ejercicio poético, partiendo de fotografías que yo mismo tomaba y publicaba en Instagram. Generalmente, captaba imágenes de aquello que llamaba mi atención: nubes, atardeceres, árboles, aves…, y trabajaba sobre ellas de un modo ekfrástico, dejándome llevar por la sorpresa y el asombro, pero utilizando siempre imparisílabos. Ese fue el caldo del cultivo del que luego fui seleccionando, decantando y puliendo una y otra vez hasta que reuní lo que finalmente quedó en el libro.

O la misma pregunta reformulada: ¿de qué te asombras como poeta?

Afirmaba mi querido y admirado Rafael Guillén, a quien está dedicado ‘Todavía el asombro’, que “todo es materia poética.” La poesía no es sino la visión de una de las caras ocultas de la realidad. “La belleza está ahí, el poeta sólo pone los ojos”, decía también Rafael. “Se trata de mirar / es el secreto”, me atrevo a apostillar yo.

Donde acaba la realidad, empieza el misterio, y ese es justo el punto que, a mi entender, permite que dé comienzo el poema. “Cuanto más fuerte sea la sensación de estar despierto, más viva esté la vida y, por ende, más se convierta en elemento poético”, me confesaba. Quizá en eso consista escribir poesía: en permitir que el asombro suceda.

¿Y como persona? ¿Hay una mirada diferente entre la mirada del poeta y la del maestro?

En mi caso, la mirada de uno es inseparable de la del otro, pues son lo mismo. Yo soy maestro de primaria y tengo la gran fortuna de asistir a diario al asombro más puro que pueda existir: el de los niños. El tiempo nos va haciendo inmunes a él, pero hay esperanza: basta querer “volver a ser el niño / dispuesto a descubrir / lo bello que se esconde / tras las pequeñas cosas”.

El poeta Javier Gilabert. Foto: Javier Martín Ruiz.

A lo largo de estos poemas hay un deseo expresado de ser mejor: mejor persona, mejor observador, mejor… Vivimos tiempos complicados, parecía que determinadas cosas no podían ir peor y pueden, aunque no lo creamos. ¿Piensas que para ti escribir estos poemas ha sido un modo de intentar encontrar una esperanza –“La esperanza/ se aferra a lo que puede y allí crece”, escribes en uno de ellos–?

“Si alguna vez el miedo / pudiera con nosotros, / no habría más poemas. / No existe, no imagino, / un miedo tan inmenso”, también escribo. Y así lo creo. Escribir poesía me permite conocerme mejor, saber cómo soy en realidad. También me ayuda a exorcizar demonios interiores y, por qué no, a tratar de mejorar, tanto en la vida como en la propia escritura.

“La poesía es la esperanza de quienes no tienen esperanza”, sostiene Raúl Zurita. Y, a continuación, afirma, “y una luz para los que no encuentran una respuesta.” Suscribo punto por punto.

Otro de los conceptos recurrentes a lo largo de los versos es la mirada, o más bien el contraste entre ver y mirar, entre simplemente pasar por la vida o hacer un esfuerzo por aprehender lo que nos rodea. Vivir y mirar poniendo empeño en ello. ¿Hacia dónde te lleva ese deseo de mirar a tu alrededor?

“Mirar requiere esfuerzo e intención”, sostengo también en este libro. Si desde el mismo momento en el que abrimos los ojos cada mañana ponemos empeño en mirar cuanto a nuestro alrededor es maravilla y es regalo, más intensa será la sensación del estar vivos y mayor la posibilidad de escapar de la inercia de este tiempo en que vivimos, donde lo siguiente es lo mejor, el deseo de lo que está por venir prevalece sobre lo maravilloso que ya tenemos, que comienza, como sugiero, en las cosas más sencillas.

De lo contrario, “la vida a la que no dabas valor” se va esfumando y cuando “de pronto reivindica su lugar” es ya demasiado tarde. La mirada atenta es el preámbulo del asombro, comenta Julen Carreño en el prólogo, y yo añado que la mirada del asombro no es otra cosa que el camino de la vida verdadera, la victoria de lo real sobre la realidad.

Ver esta publicación en Instagram

Una publicación compartida por Javier Gilabert (@eltiolasnubes)

El libro empieza con una cita de Catulo y termina con una de Marcial. Ambas hacen referencia a la muerte, aunque tal vez, leyéndolas más intensamente, lo que nos explican es cómo vivir mejor para llegar a ese momento de lo inevitable, de la muerte en estado de gracia, de tranquilidad y perdón. ¿Es el asombro lo que nos va a llevar hasta ese momento? ¿Solo aquellos que dejemos que cada día la vida nos asombre viviremos mereciendo llegar a un final sereno?

Si tuviera la respuesta a tan profunda pregunta, más que maestro sería filósofo o teólogo, o quizá ambas cosas [risas]. Sí que creo que el asombro puede desempeñar un papel crucial en la forma en que vivimos y, por ende, en cómo enfrentemos la muerte. En ‘Todavía el asombro’ intento transmitir la idea de que cada día ofrece la oportunidad de descubrir algo nuevo, algo que nos sorprenda y nos haga reflexionar.

Vivir con asombro implica ser consciente de la belleza y de la complejidad de la vida, incluso cuando la inevitable presencia del miedo se cruza en ella. Vivir asombrados puede significar que lo hagamos con plenitud, apreciando cada momento, tratando de encontrar la sabiduría y la paz interior.

Así pues, intuyo que aquellos que permiten que cada día les asombre, que encuentran belleza en la existencia cotidiana, están construyendo una base para llegar a un final mejor. La vida es efímera, pero el asombro nos permite encontrar significado y consuelo, y quizás, al final de un largo camino, alcanzar el final con cierta sensación de plenitud y aceptación.

Javier Gilabert
El poeta Javier Gilabert. Foto: Javier Martín Ruiz.