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Jaime Siles
XXXV Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana
“Los poemas nos ocurren; no se nos ocurren”. Esta frase es la puerta de entrada a la página web del poeta valenciano Jaime Siles (València, 1951), que acaba de hacerse con el XXXV Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. Un galardón de prestigio que convocan conjuntamente Patrimonio Nacional y la Universidad de Salamanca y que comparte con nombres como el de José Hierro, Antonio Gamoneda, Mario Benedetti, Piedad Bonnett, Antonio Colinas, Caballero Bonald, Gioconda Belli, Luis Alberto de Cuenca o Álvaro Mutis, entre otros.
El jurado ha destacado de Siles “su capacidad para reunir lo abstracto y lo sensorial, con una expresión cercana al discurso científico” y, también, que “indaga con la palabra en un problema fundamental: la identidad y su relación con todos los aspectos de la naturaleza humana”. Su portavoz, la poeta Raquel Lanseros, destacó de su poesía “su reflexión constante sobre el propio hecho lingüístico”, así como su tendencia a la “esencialización”.
La presidenta de Patrimonio Nacional, Ana de la Cueva, destacó de Siles que “cumple el ideal renacentista de artista total” por la versatilidad de sus ocupaciones, que incluyen también la traducción, la filología y los estudios clásicos.
En este sentido, el rector de la Universidad de Salamanca, Juan Manuel Corchado, destacó que fue alumno de la USAL, donde se doctoró en Filología y donde, durante un tiempo, ejerció como profesor interino. En la actualidad, sigue vinculado a Salamanca como miembro del Instituto de Estudios Medievales y Renacentistas.
Siles nació en València en 1951 y antes que el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana recibió el Premio Nacional de Literatura y el Premio Internacional Generación del 27, entre otras distinciones.
La reciente publicación de ‘El tiempo y su espuma. Correspondencia personal’ (Pre-Textos) permitió ahondar en la relación con el también poeta Juan Gil-Albert y profundizar en la relación de decanato que este último ejerció sobre el “grupo valenciano”, por el que pasarán también Francisco Brines, Guillermo Carnero o Alfonso López Gradolí, entre otros.

En su ensayo ‘El texto y su doble. Notas para una poética y dudas para una poética posible’, Siles desarrolla la compleja dimensión metalingüística que caracteriza su poesía. Y reivindica que la única vida propia de un poeta son sus poemas.
“Las otras vidas –la familiar, la social, la profesional– son pseudovidas y han sido inventadas por los otros, por la sociedad, por el Estado, por la religión o por la Historia, pero no por el poeta, que vive sólo en su, o sus, personas poemáticas. Fuera de ellas, ni está, ni existe, ni es”.
Con el término persona poemática, Siles explica que la verdadera identidad del creador no es la física, sino aquella que surge del entrecruzamiento con el lenguaje. De hecho, que los poemas “nos ocurran” revela que la creación tiene una cierta relación con la experiencia de ser poseído.
Así describe su persona poemática: “Llega en un ritmo, precedido de imágenes que a veces son palabras, y la veo irse dejando, como el mar, la humedad de su tinta en la espuma y arena de sus páginas. Pero sé que no viene, sino que se me lleva a mí; que se me lleva a un sitio donde sólo el lector podrá encontrarme. Porque el poema nos lleva a un lugar donde nos esperamos sólo a nosotros mismos”.
Hay una primera aproximación aquí a un tema central de la poesía de Siles: la identidad. Pero no la identidad como herencia cultural, o como persona social, sino la conciencia de identidad que surge al descubrir que el hombre es un hecho de lenguaje.
“Los temas de mis poemas han sido siempre estos: la identidad como problema y el lenguaje como realidad. Y mis formalizaciones de ello han sido, a su vez, varias. El tiempo ha aparecido muy tarde en mi obra; el sentimiento del no ser también”.
Es por esto por lo que “el yo social de un poeta nunca es el más representativo, ni tampoco el más interesante”, frente a esa tendencia tan extendida entre los creadores hoy que los lleva a pensar que nos importan sus opiniones sobre el mundo. “El único yo de un poeta son sus poemas porque, cuando el yo desaparezca, sólo los poemas quedarán y el será, al fin, sólo sus poemas, que es lo único que ha sido siempre”.
En su ensayo ‘El texto y su doble’, Siles admite que en la primera parte de su vida le interesaron las cuestiones abstractas, y en la segunda sólo las concretas. “Y tanto en una como en otra siempre me equivoqué. El error forma parte de nuestra sustancia y yo no he sido –ni en esto ni en nada– una excepción”.
Llegados a este punto, el poeta valenciano ofrece una especie de autorretrato moral de sí mismo y de sus convicciones. “Creo en los valores, pero desconfío de las reglas, incluidas aquellas que aparento seguir. Me he sentido atraído por un sinfín de cosas en las que puse tanto empeño como, luego, desdén. Pasión y abulia son los estados constantes de mi ánimo”.

A pesar de todo lo dicho, reivindica Jaime Siles el amor como “lo único por lo que vale la pena vivir”, y no es una frase más, pues en ese mismo texto admite que le pasó por la cabeza la idea del suicidio.
En cambio, la cultura, a la que ha dedicado la mayor parte de su tiempo, es presentada sólo como un “engaño”, aunque no un engaño cualquiera, sino un engaño importante, incluso esencial. “La cultura sólo es un engaño: una construcción o un artificio para hacer más fácil lo difícil, o una máscara para hacer más llevadera la absoluta imperfección del yo”, reconoce el poeta valenciano.
“Hubiera querido cantar al ser, pero mi experiencia más inmediata es la Nada, y mi experiencia de la historia me ha convencido de que el paso del tiempo no hace al hombre mejor –tampoco el Estado, que es su imagen y que lo representa”.
“Soy un nihilista gozoso y sonriente, que he pedido liberarme de todo menos de mí: me sobrellevo pues, como una carga y soy alguien con el que hace tiempo que no me identifico”. Tal vez por eso el tema principal de su escritura sea “el del lenguaje entendido y vivido como una falsa identidad”.
Aunque también como una verdadera identidad pues el poeta no vive en el yo real, que es el ficticio, sino en el ultrarreal, que es el poemático, según nos explica también Siles. El lenguaje como espacio de descubrimiento, pero también como trampa y territorio para el enredo metafísico.
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