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Imágenes de la muerte ritualizada en MUVAET

Imágenes de muerte. Representaciones fotográficas de la muerte ritualizada.
Museu Valencià d’Etnologia. Sala II
Comisaria de la exposición: Virginia de La Cruz Lichet, especialista en fotografía postmortem y autora de la monografía “El retrato y la muerte”.

La exposición propone una reflexión sobre el papel de la fotografía, una técnica novedosa a finales del siglo XIX, en el rito funerario.
Esta muestra está comisariada por Virginia de Cruz Lichet, especialista en fotografía postmortem y autora de la monografía “El retrato y la muerte”. La exposición cuenta con más de 100 imágenes, procedentes de las colecciones de José Huguet Chanzá, Javier Sánchez Portas, Julio José García Mena y la propia Virginia de La Cruz Lichet.

“Imágenes de muerte. Representaciones fotográficas de la muerte ritualizada” se inaugurará en el Museu Valencià d’Etnología el miércoles día 20 de diciembre, y estará abierta al público hasta el mes de junio de 2018.

En la época en la que nace la fotografía, la sociedad occidental mantenía un diálogo estrecho con todo lo relacionado con la muerte. Es en la era victoriana cuando surgen los grandes cementerios europeos y norteamericanos, las grandes esculturas como los memorials y, cómo no, la fotografía postmortem. Todas estas prácticas artísticas responden a una misma actitud y necesidad existencial frente a la muerte, y por ello alcanzan un gran desarrollo y su máximo apogeo a lo largo del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX. Esta predisposición del hombre por mostrar y embellecer todo lo relativo a este tránsito, es fruto de esa actitud que mantiene hacia la muerte. En realidad no podemos decir tampoco que el retrato fotográfico postmortem sea una moda decimonónica, ya que esta tradición de representación fue heredada de la pintura. La fotografía postmortem se inserta dentro del género retratístico y nace a raíz de las inquietudes que ha experimentado el hombre ante la incertidumbre de la muerte, intentado recrear unas creencias y tradiciones que le ayudan claramente a sobreponerse y dar sentido a un hecho aún inexplicable para él.

Para entender la práctica del retrato postmortem es necesario conocer el contexto en el que surge, pero también la tradición de la que procede. Como buena heredera de la pintura, la fotografía le usurpó primero y liberó después de esa función de representación fiel de la realidad. Los retratos, las vistas, la captación de los monumentos y tipos sociales realizadas por los acuarelistas en los viajes de exploración, todos estos géneros pasaron a ser captados por un medio fotográfico que permite obtener una imagen que permanece en el tiempo, como un instrumento que certifica y documenta una realidad que se construye en cada fotografía. Hasta la aparición de la cámara “leica” y la reducción a un instante (un clic) de los tiempos de exposición, el fotógrafo preparaba, al igual que un pintor, el encuadre, la entrada de la luz, la composición y disposición de los personajes. En este sentido, como apunta la comisaria la fotografía era tenía cierto matiz de simulacro.

En efecto, los primeros fotógrafos de fotografía postmortem debían trabajar en los domicilios de los difuntos y preparar, como si de su propio estudio se tratase, las cuestiones técnicas como el decorado, la luz y la composición escénica. Normalmente solía utilizar el mismo decorado que se disponía para el velatorio, y ubicaba el cuerpo del difunto lo más cerca de la luz natural.

En un primer momento, esto funcionó pero poco a poco se observó que para el retrato postmortem concretamente, el fotógrafo debía encontrar una nueva manera de retratar, una nueva manera de mirar, es decir una nueva forma de enfrentarse a la muerte.

Cuando hablamos de fotografía postmortem hablamos de una fotografía que tiene la función de representar el cuerpo del difunto. Por ello es necesario utilizar correctamente esta terminología para no llevarnos a confusión. Hay que considerar, pues, que la fotografía fúnebre –o de difuntos– abarcaría todas estas modalidades en torno al tema de la muerte y del rito funerario, mientras que se hablaría de retrato fotográfico postmortem cuando el difunto aparece representado en la imagen.

Sanchís (València)  [Retrato de niño  difunto] Victòria. s.d.. Archivo José Huguet

Sanchís (València)
[Retrato de niño difunto] Victòria. s.d.. Archivo José Huguet

Según Jay Ruby, en su monografía «Secure the shadow», publicada en el año de 1995 se pueden distinguir tres tipologías con respecto a los retratos fotográficos postmortem: como vivos (as Alive), como durmiendo (as Asleep), como muertos (as Dead).

La primera tipología (as Alive) –que predomina en las décadas de 1840 y 1850– consistía en representar los difuntos como si estuvieran vivos, en actitud de juego (para niños) o leyendo (para adultos) incluso con los ojos abiertos en muchos casos; en definitiva rechazando por completo el hecho acontecido, lo que resulta bastante comprensible en el caso de los niños donde la muerte siempre resulta prematura y muy dolorosa.

Entre los años de 1860 y 1880, se instaura una segunda tipología denominada «as Asleep», que funciona como una etapa de transición entre la primera y la última. Como su nombre indica, se trata de representar al difunto como si estuviera dormido, entendiendo el sueño como primera idea de muerte; convirtiéndose ésta en la forma más suave de representarla.

Por último, estaría la tipología «as Dead» que se impondrá a finales del XIX, coincidiendo con un cambio de actitud frente a la muerte y donde el difunto muestra, sin simulacros que lo oculten, su nuevo estatus social.

Las dos primeras tipologías se incluyen dentro de esa negación de la muerte, mientras que la última funciona como claro ejemplo de aceptación de ésta misma.

A este grupo de imágenes, exclusivamente postmortem todas ellas, habría que añadir otras como la de los arreglos florales, las de escenas narrativas de luto o las representaciones estereotipadas del dolor, incluso los “posthumous mourning portraits” –artefactos para sobrellevar el luto–; sin olvidar tampoco aquellos retratos que aparecen en las lápidas, o las tarjetas conmemorativas –mourning-cards– que eran diseñadas para los álbumes fotográficos. Todo ello forma parte de lo que hoy denominamos la fotografía fúnebre –o de difuntos– que se inserta inexorablemente en este género.

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