“He contado la forja de un picoleto”

#MAKMALibros #MAKMAEntrevistas | Lorenzo Silva
‘El mal de Corcira’
Ediciones Destino, 2020
Domingo 2 de agosto de 2020

Titular una novela es como poner la guinda al pastel. Un título desafortunado puede echar por tierra años de trabajo. Conscientes de ello, los escritores se emplean a fondo en un supremo esfuerzo de síntesis, pues se trata de resumir el contenido del libro en un puñado de palabras. Y cuanto menos palabras mejor. A veces, se recurre a una referencia histórica para lograr ese fin. Lo hizo Javier Cercas en ‘Soldados de Salamina’ y lo ha hecho otro gran autor, Lorenzo Silva, en ‘El mal de Corcira‘ (Ediciones Destino, 2020), décima entrega de su serie sobre Bevilaqcua. En Corcira, la antigua Corfú, se produjo, hace 2.450 años, una terrible guerra civil relatada por Tucídides en la que Silva ve un espejo de la lucha que vivió en España contra ETA, pues tuvo efectos muy parecidos en la población vasca: “el enaltecimiento de los airados, el ostracismo de los sensatos y la perversión del lenguaje”, explica Silva.

Con esta novela cumple el deseo aplazado de abordar la lucha contra el terrorismo vasco en la que se forjó un joven Bevilacqua, en Guipuzcoa. A la vez que relata los orígenes de su personaje y cuenta la resolución de un crimen en el presente, plantea una cuestión crucial: en qué medida nos conforma aquello contra lo que luchamos.

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Portada de ‘El mal de Corcira’, de Lorenzo Silva.

“El mal de Corcira es un virus que cuando te lo inoculan te permite considerar que tu vecino, por no someterse a tu agenda o a tu visión de la vida, es un enemigo al que se puede no solo combatir, sino abatir”, dice Silva. “Desde el momento en el que una ideología acepta el sacrificio humano como instrumento de promoción, el desastre está servido. Sus efectos se proyectan más allá del presente, en las generaciones posteriores, sobre todo si ignoran lo que pasó porque alguien les ha legado una desmemoria selectiva”.

En una playa de Formentera aparece asesinado un varón que ha sido visto frecuentando ambientes gays. Cuando encargan a Bevilacqua la investigación, debido a la identidad del muerto, un ciudadano vasco condenado por colaborar con ETA, el subteniente y su equipo se trasladan a Guipúzcoa, una zona que conoce bien por su implicación, casi treinta años atrás, en la lucha antiterrorista. Sus recuerdos de juventud se entrelazan con sus pesquisas. 

“La novela es el relato de una investigación criminal en el presente, pero también la narración de cómo alguien aterriza casi como un marciano en la lucha antiterrorista, se implica a fondo en ella y esto acaba marcando su carácter para siempre”, comenta Silva. “En esa narración vemos a un guardia civil veinteañero que contrasta con el Bevilacqua maduro que lo recuerda. Es una especie de bildungsroman, o novela de formación, de cómo se hace mi protagonista lo que es. Muy bien podría llamarse ‘La forja de un picoleto’”.

Lorenzo Silva. Imagen cortesía del autor.

A la hora de abordar este proyecto, Silva pensó que resultaría difícil armar el pasado y el presente en un todo. “Tenía bien pensadas, antes de empezar, las dos historias y sus intersecciones, pero siempre, al pasar a la ejecución, es normal que surjan dificultades y problemas de ajuste. Sin embargo, y salvo un giro que era particularmente complejo, sobre todo a la hora de sincronizarlo en las dos historias, todo fluyó con una naturalidad que creo que se nota en la lectura”.

Para Silva, evolucionar y envejecer a la par que sus personajes estrella “es una gozosa forma de vivir dos existencias, en la que los logros de una hasta pueden llegar a compensar los tropiezos de la otra, y esto funciona en las dos direcciones. Para mí, Bevilacqua y Chamorro han sido el salvoconducto hacia la literatura como forma de vida. Gracias a ellos puedo dedicarme a tiempo completo a mi vocación, y hacerlo con entera libertad pese a haber renunciado a los ingresos que me daban las otras profesiones que tuve y que me permitían ser libre de escribir lo que quisiera cuando no me leía nadie. Esa libertad incluye escribir otras cosas que no tienen tanta venta ni despiertan tanto interés, y la siento también dentro de la escritura de la serie. Con Bevilacqua no hay tema que me interese al que no pueda acercarme, así lo he demostrado. Su mirada me da la posibilidad de hacerlo sin servidumbres ni deudas con nadie, ni siquiera con la Guardia Civil, que acepta que en mis novelas no todo sea ejemplar o idílico —y este libro es una muestra— con una naturalidad que ya quisiera uno ver en otros colectivos”.

Es inevitable la comparación de ‘El mal de Corcira’ con ‘Patria’, de Fernando Aramburu. “Tratan el mimo tema de fondo, pero las diferencias son grandes. Aramburu se centra en el drama de los vascos. En su novela, los guardias civiles, en su mayoría no vascos, son figurantes al fondo. En la mía, esos figurantes son protagonistas, y miran y cuentan cómo sufrieron, más que ningún otro colectivo, ese drama de los vascos e hicieron, más que nadie, para que al fin concluyera: para que ETA dejara de existir”.

En relación a los efectos de la COVID-19 en el mundo de la cultura, Silva reconoce que los escritores están más habituados al aislamiento y al trabajo en solitario que otros creadores, pero eso no le reconforta. “Espero que esta situación pase y todas las formas de cultura tengan la manera de producirse y comunicarse como antes. Como dijo Pericles a los atenienses, y recuerda Tucídides, nadie puede sentirse afortunado en medio de la desgracia de su ciudad”, concluye Silva.

Lorenzo Silva con su libro ‘El mal de Corcira’. Imagen cortesía del autor.

Bel Carrasco

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