Futurismo. Florencia

#MAKMAArte
Regreso al futurismo
‘Depero. Cavalcata fantastica’
Comisarios: Sergio Risaliti andEva Francioli
Un proyecto deMuseo Novecento
Palazzo Medici Riccardi
Via Camillo Cavour 3, Florencia (Italia)
Hasta el 28 de enero de 2024

En su indispensable ‘Historia de las literaturas de vanguardia’, el ahora reivindicado Guillermo de Torre (‘El orden del azar’, Anagrama) colocó al movimiento futurista en el último capítulo, para, en la segunda edición, resituarlo al lugar de honor que le correspondía: al inicio del libro. Se le debía esa posición por ser, sin duda, la primera de las vanguardias, con su ‘Manifiesto’ publicado en febrero de 1909 en portada de Le Figaro: el adelantado de los movimientos que vinieron a cambiar la concepción de las artes en siglo XX.

Tras tiempos de crítica y olvido, una centuria después, Marinetti y sus acólitos vuelven a la carga removiendo los cimientos de la mismísima galería florentina de los Uffizi. Justo bajo las esculturas clásicas y los Botticelli, se presentaba durante 2023 una exhibición de la parafernalia que generaron aquellos modernos italianos, amantes de la velocidad y el cambio: revistas, manifiestos, grabados, panfletos, y cuadros se acumulan en la antesala del arte más clásico para revindicar la aportación italiana a las vanguardias como “prima della rivoluzione”.

Coetáneo del expresionismo alemán y el cubismo parisino, el futurismo italiano trajo el fulgor de un fuego artificial. Vistoso e instantáneo. Parecía de una actualidad inagotable, escribe De Torre. “Sus manifiestos ininterrumpidos, sus alardes llamativos, sus ocurrencias pintorescas valieron a (su principal mentor) Marinetti una popularidad de primer plano”. “Tuvo un claro papel libertador en la impulsión de la cultura italiana y la europea” (Galletti).

Futurismo
Diversas publicaciones de la muestra ‘Riviste. La cultura in Italia nel primo ‘900’, en la Gallerie degli Uffizi.

A escasos metros de los Uffizi, en la Piazza de la Republica está el Gran Caffè Le Giubbe Rosse, desde donde los artistas florentinos tramaban su asalto a las artes desde la conocida como cueva diabólica, al fondo del local. Giovanni Papini, Soffici y Palazeschi fundaron en 1913 la revista Lacerba (bien representada en la actual exposición), rechazada por la burguesía local, pero recibida con entusiasmo por los artistas e intelectuales ávidos de un cambio. Se reunían en este café, fundado por dos hermanos alemanes, al que daba nombre el color rojo de las chaquetas de los camareros.

La corriente florentina no dejaba títere con cabeza, incluso entre los futuristas, denunciando a los Marinetti y Boccioni, tachándoles de meros expresionistas, faltos de talento y con técnica insuficiente. Los futuristas oficiales viajaron a Florencia en busca del enfrentamiento con sus cítricos. El café fue testigo de los debates –muy subidos de tono, pero sin llegar a las manos–, que acabaron en un acuerdo de integración de los florentinos en el movimiento, pero –eso sí– dejándoles margen para conservar su punto de vista crítico.

Florencia es mucha Florencia. El histórico café está a la espera de su reapertura, tras una larga restauración, para volver en esplendor como las actuales muestras sobre el futurismo: la que presenta los Uffizi, dedicada principalmente a las revistas y panfletos del movimiento, y la atractiva y colorista ‘Cavalcata fantastica’, de Fortunato Depero, en las salas del Palazzo Medici Riccardi.

Futurismo. Depero
Imagen de la exposición ‘Depero. Cavalcata fantastica’, en el Palazzo Medici Riccardi.

Un paseo entre sus trabajos contagia de la velocidad y el colorido que aplicó el futurismo a las obras así catalogadas. Aún desprenden ese revestimiento plástico atrayente y un alcance espectacular que caracterizó al futurismo en general. Aupado en la velocidad que imprimía a sus representaciones de motocicletas y vehículos en marcha (presentes en esta exposición), Fortunato Depero marchó a Nueva York en busca de reconocimiento y mercado.

Era el año 1929 y el hundimiento de la bolsa le dejó sin la gloria ansiada. Al igual que él, el movimiento también se eclipsó rápidamente, pasando de ser el más vistoso de los ismos al mas relegado. “Un futurismo sin futuro”, sentenció Guillermo de Torre. “Si para Plotino no podía hablarse de futuro ni de pasado, puesto que lo eterno se encuentra siempre en el presente, para Marinetti y los suyos ninguno de esos estados tuvo una realidad inquietante”.

Sobrevenida la Segunda Gran Guerra, ese esplendor geométrico y dinámico del mundo moderno que vendía el futurismo quedó marchitado. Sus proclamas incandescentes, su rutilante optimismo y el vitalismo desenfrenado aparecieron como anacrónicas. La flor futurista se marchito enseguida.

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¿Quedó algo del futurismo, vilipendiado por su filofascismo o por su vacuidad meramente formalista? Lo cierto es que fue la primera corriente que supo articular con más coherencia sus propósitos, abriendo el camino al resto de vanguardias que proliferaron inmediatamente después. Colocó al arte italiano en el mapa, aunque su imposible batalla contra el tiempo iba a marcar una muerte anunciada sin remedio.

Contempladas hoy en Florencia las obras trufadas de color y velocidad de Depero, y las revistas, manifiestos y demás papelería futurista alojada temporalmente en los Uffizi, nadie podrá negarle a la primera de las vanguardias una chispeante creatividad. La modernolatría –el mito de lo moderno abanderado por Marinetti y los suyos– trajo visiones fulgurantes en sus manifiestos, un lirismo desatado de lunas eléctricas, su visión polifónica de las multitudes y su apología de la velocidad y la agresividad. Pero en su envés llevaba el sello de lo efímero porque, en realidad, nunca quiso perdurar.

Funcionó “a modo de puente nietzscheano entre dos abismos –para una hipotética superliteratura que aún no ha llegado–, se avino a pasar porque estuvo siempre proyectado hacia el futuro”. Un futuro que se convirtió de inmediato en actual y devoró, por tanto, la propuesta de ese salto en lo temporal.

Fue Italia (su cultura agonizante) la que más necesito del futurismo para poder abrazarse a una modernidad ahogada por el clasicismo y los oropeles renacentistas. Un impulso de futuro que sus locos artistas de principios de siglo gritaron alto y claro, con vehemencia y constancia, dejando las joyas que hoy contemplamos expuestas como homenaje a aquel salto al vacío que resultó ser muy concreto. El futuro había sido conquistado. No había marcha atrás.