Alcaine Colomo

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Entrevista a Fernando Colomo y José Luis Alcaine
‘Las delicias del jardín’, de Fernando Colomo
Fotografía: José Luis Alcaine
‘CCCC Claves para el cine’
Dirige: Rafael Maluenda
Organiza: Consorci de Museus de la Comunitat Valenciana
Centre del Carme Cultura Contemporània (CCCC)
Miércoles 18 de febrero de 2026

Fernando Colomo y José Luis Alcaine: el primero, director de cine; el segundo, de fotografía. Dos viejos maestros del universo fílmico. ¿Dos maestros viejos? Para nada. Aunque ya octogenarios, ambos poseen el saber de lo pacientemente madurado y lo alegremente dejado a la inspiración más juvenil. Diríase, cuando hablan sin sentar cátedra, pero sentándola, que viven el cine como si fuera el elixir de una eterna juventud.

Han rodado recientemente ‘Las delicias del jardín’, una vuelta de tuerca a la famosa obra de El Bosco ‘El jardín de las delicias’. Como el pintor, también ellos se nutren de la realidad para, sin ir tan lejos como el genio holandés en la representación de los vicios y placeres humanos, acercarnos las siempre dificultosas relaciones personales y los efectos derivados del igualmente dificultoso acto creativo.

De hecho, la película parte del encuentro entre un padre y su hijo (encarnados por Fernando Colomo y su propio hijo Pablo Colomo), que se verán obligados a convivir para pintar una versión del famoso tríptico de El Bosco, que presentarán a un concurso millonario. Un padre que pinta abstracto y un hijo que lo hace desde lo figurativo, como reflejo de las diferentes maneras que tenemos los humanos de concebir el mundo, siempre tan dado a no dejarse representar unívocamente.

“Queríamos hacer una película experimental y nos ha salido una comedia”, señaló Colomo durante el coloquio posterior a la película presentada en el marco del ciclo ‘CCCC Claves para el cine’, que dirige Rafael Maluenda, organizado por el Consorci de Museus de la Comunitat Valenciana. Y es que, como sentenció John Lennon, la vida es aquello que te va sucediendo, mientras te empeñas en hacer otros planes.

Esa concurrencia de previsibilidad e imprevisibilidad, de orden y azar, atraviesa ‘Las delicias del jardín’, como diríase que forma parte del talante con el que ambos creadores encaran sus respectivos trabajos: Colomo, utilizando el despiste como brújula, y Alcaine, poniendo la luz cambiante al servicio de su conspicua mirada.

Fernando Colomo y José Luis Alcaine, en un momento de la entrevista en el Centre del Carme de València. Foto: Juan R Peiró (Consorci de Museus de la Comunitat Valenciana.

Empecemos por el título: ‘Las delicias del jardín’ en lugar de ‘El jardín de las delicias’.

Fernando Colomo (FC): Bueno, como lo que se trataba era de presentar a un concurso una versión del cuadro de El Bosco, lo lógico era utilizar el título de la obra, pero, claro, me di cuenta que había una película de Carlos Saura que ya se llamaba así (‘El jardín de las delicias’, 1970). Es entonces cuando decido cambiar el orden para que tenga otro sentido.

Quien anuncia el concurso, en la película, comienza a hablar del famoso tríptico de El Bosco en estos términos: “¿Qué es lo que hace que esta obra mantenga intacto todo su poder?” Y ahí se queda, porque, por corte, se pasa a otra secuencia. ¿Cuál podría ser ahora la respuesta a ese interrogante?

FC: Realmente es una obra única. No sé cuántos años emplearon en pintarla, pero incluso más que un cuadro de Antonio López. Es una cosmogonía. Además, lo cierras y se ve ahí como todo el mundo representado. O sea, es un intento de ver el mundo, la Edad Media, con todos sus vicios y virtudes. No sabes si es una condena, parece que es una crítica, pero el caso es que fue un cuadro que lo tuvo Felipe II en sus aposentos.

José Luis Alcaine (JLA): Felipe II tuvo muchos cuadros de El Bosco, porque fue un gran mayor admirador suyo. Y eso favoreció el poder tan fuerte que tiene España en la obra de El Bosco. El poder de conservar gran parte de su pintura y de sus creaciones, que disfrutamos en los museos. Y eso está muy bien.

Cartel de ‘Las delicias del jardín’, de Fernando Colomo.

Hablando de arte, ‘Las delicias del jardín’ contiene cierta crítica a ese tipo de arte frívolo que es noticia en los medios y que ha sido igualmente objeto de ironía en la serie ‘Malas artes’ (Mariano Cohn y Gastón Duprat). Hay quien ha formulado la idea de que el arte tiene dos amantes peligrosos: el capitalismo y la ideología.

FC: Bueno, el arte se ha convertido en un vehículo para mover el capital. O sea, para la especulación. Al principio nos sorprendía mucho que un cuadro de Van Gogh lo valoraran más que uno de Leonardo da Vinci, por ejemplo.

Luego nos sorprendía que un NFT, que era como una fotocopia de una cosa de no sé qué, lo valoraran más que un Van Gogh. El arte es utilizado como un mecanismo para mover el dinero, porque, como no se puede demostrar lo que vale realmente, tú le puedes poner la cantidad que quieras, superando en inversión a un piso, a un chalet, a un solar.

Con respecto a la ideología, la verdad es que no sabría decirte, porque yo creo que el capitalismo, en este sentido, lo ha invadido todo. Lo curioso es que el que no se nutre de esas cantidades de dinero es el artista. Esa es la paradoja y es ahí donde está el truco. Todo es un tinglado.

¿En qué fechas rodasteis la película? Porque, según comentaste José Luis en otra ocasión, era mejor rodar en exteriores en invierno que en verano, porque la luz del verano era mucho más dura y hacía una luz más fea.

JLA: Rodamos a finales de septiembre. O sea, ya casi en otoño. De todas maneras, el tiempo no influyó mucho en el rodaje porque es una película de interiores. Hay poco exterior. Hay un atardecer, pero no muy marcado, porque no marcan demasiado los atardeceres ni los amaneceres cuando es invierno.

Y es curioso porque los inviernos dan unos atardeceres y unos amaneceres preciosos. Es la mejor época para rodar atardeceres, pero tienes que tener un sitio para verlo, porque como la luz es muy baja, en la en la ciudad prácticamente no se ven esos atardeceres.

José Luis Alcaine, en un momento de la entrevista. Foto: Juan R Peiró (Consorci de Museus de la Comunitat Valenciana).

También has dicho que en ‘Las delicias del jardín’ has ido un poco al enfoque de todo, para que el espectador pueda fijarse en muchas cosas.

JLA: Yo persigo que todo tenga su historia, que todo te comunique algo y que eso sea parte de la vida que se proyecta en pantalla. Creo que todo participa. Es decir, igual que ahora mismo en esto que estamos haciendo participas tú, él, pero además la foto de Ava Gardner ahí al fondo, la biblioteca. Todo eso forma parte de la vida y de nosotros ahora mismo. Yo quiero que pase exactamente igual en una pantalla.

Sueles subrayar que la luz no ha de ser artificiosa, ha de ser creíble. ¿Rodar con móviles plantea alguna alteración?

JLA: No, ninguna, lo único que hace falta es que te lo plantees. Mi problema de siempre no es iluminar decorados, es iluminar personas; que esas personas tengan entidad y se vea bien lo que expresan, porque para mí siempre la cara es la expresión. Es decir, cuando nos miramos, yo estoy pendiente de lo que expresan tu cara, tus ojos. Y, sin embargo, parece como si en el cine actual eso se dejase un poco de lado: se le da más poder a la palabra, a la discusión, a la interpretación, digamos, facial; que se vea bien. Y ese es un problema del que hemos huido tanto Fernando como yo.

¿Rodar con móviles da más libertad a los actores?

FC: La ventaja que tiene, para nosotros los actores, es que no hay problemas de marcas. La técnica está al servicio de la interpretación. En un cine tradicional, si te pasas un poquito de la marca, a no ser que el de foco sea muy bueno, te tienen que cortar porque dicen: «Te has movido y ya no estás a foco».

Tradicionalmente es al revés. Venimos de una tradición de cámaras tremendas que se tienen que mover sobre grúas para hacer alturas, para deslizarse sobre raíles, y todo eso hace que el actor siempre se haya tenido que adaptar. O sea, saber dónde van las marcas, dónde decir cada frase y tal.

Y aquí teníamos muchísima libertad. Hay que tener en cuenta que en esta película hay muchos que hacen de sí mismos, como Antonio López, como el propio Javier de Juan. Entonces, a estos no les dábamos el guion. Les contábamos un poco la historia y listo. No le empezábamos a decir: «Párate aquí; aquí di esta frase, pero no, espera, lo has hecho mal, hay que repetir. Es que no se te ve”. Rodar con móviles te da mucha libertad.

José Luis Alcaine, Fernando Colomo y Rafael Maluenda, en un instante del coloquio posterior a la proyección de ‘Las delicias del jardín’, en el Centre del Carme. Foto: Juan R Peiró.

JLA: Y luego eso permite otra cosa, que es que la pantalla se convierte un poquito como la vida misma, que tiene profundidad, porque normalmente la pantalla hoy en día es una pantalla plana, en donde ocurre que hay un actor que está a foco y ya todo lo demás está desenfocado.

Entonces, eso significa que, si hay una escena con cuatro o cinco actores, hay cinco cámaras para cada actor, pero como individual. Sin embargo, la puesta en escena de esta película es una puesta en escena en profundidad, que no quiere individualizar actores, sino que lo que quiere es presenciar relaciones humanas. Y eso es totalmente distinto a lo que se hace normalmente.

‘Las delicias del jardín’ es también la historia de dos generaciones: un padre al que le gusta el arte abstracto, y un hijo que se inclina por lo figurativo; el padre socialista y el hijo liberal.

FC: Claro, pero fíjate que mi padre era militar y partidario de Franco, y yo era rojo, de manera que había que tener mucho cuidado. Y ahora está pasando al revés. De manera que hay una generación que se ha pasado al figurativo, en términos políticos (risas). Yo espero que sus hijos vuelvan al abstracto (risas de nuevo).

JLA: Actualmente, lo que todo político busca es un contrario, es decir, un enemigo, porque es muy fácil ir contra alguien y basarlo todo en esa oposición. Es facilísimo. Y, sin embargo, ir con alguien parece que cuesta un trabajo terrible; no se puede hacer. Y este es el resultado.

Fernando Colomo, en un momento de la entrevista. Foto: Juan R Peiró (Consorci de Museus de la Comunitat Valenciana).

¿La comedia ayuda a flexibilizar esas diferencias?

FC: Sin duda. Hay que tener en cuenta que la tensión contenida en la película se debe a que el padre y el hijo tienen que convivir bajo el mismo techo, que esto también se puede extrapolar de lo familiar a toda la sociedad. Es decir, esta España que tenemos dividida en dos bandos tan radicales, que unos son del Madrid, otros del Barça…

JLA: Yo no sé si consuela o no, pero la verdad es que esa radicalización se ve casi en el mundo entero; se está viendo por todas partes. Supongo que es porque se van, digamos, emulando todos los problemas.

FC: Ya lo decía Antonio Machado: “Españolito que vienes al mundo, te guarde Dios, que una de las dos Españas ha de helarte el corazón”.

¿Nos reímos de las mismas cosas, a pesar de todas esas diferencias?

FC: Bueno, la gente se ríe de cosas que uno no espera. De hecho, quitamos casi todos los gags que había en la película, porque cuando fuerzas la risa y esta no se produce, es como un boxeador que le da un puñetazo al aire.

JLA: Yo, en este caso, siempre tengo en mente los dibujos animados del Correcaminos, que corre y corre y, cuando el camino se ha acabado, mira para abajo, se da cuenta del vacío y se cae. Pues es un poco eso.

FC: Y luego hay muchas cosas que realmente no pensábamos que iba a ser tan comedia y, de pronto, a la gente le hace gracia.

JLA: Siempre pasa en las películas, en las comedias, que de repente la gente se ríe en sitios en los que tú no habías pensado que se iban a reír y lo hacen, por una buena interpretación o por lo quesea. En este sentido, los actores tienen mucho poder, porque pueden cambiar todo el sentido de algo, simplemente por cómo lo dicen y lo expresan.

José Luis Alcaine, mostrando el móvil con el que se hizo ‘Las delicias del jardín’, durante el coloquio posterior a la película en el Centre del Carme de València. Foto: Juan R Peiró.

¿Rodar con móviles abarata el trabajo de producción?

JLA: La película se rodó en solo cuatro semanas y está como muy conseguida; es muy redonda. En cuatro semanas y sin una sola hora extra, porque las películas ahora se pueden rodar en cuatro o cinco semanas, pero se hacen 20 o 30 horas semanales de extra. Nosotros grabamos ocho horas por día. Y eso da cierta frescura.

FC: Y luego pasa otra cosa, y es que el actor tampoco es una máquina. O sea, el actor te lo hace bien una vez, o dos veces como mucho, y a partir de ahí ya va para abajo.

JLA: En eso te igualas –no sé si lo buscas– a John Ford, que decía que el actor está bien en una o dos tomas, y después ya no existen. A mí, en esto, me hacía gracia Moncho Armendáriz. En ‘Tasio’, llegaba a realizar 70, 80, 90 tomas, y de repente decía: «Bueno, que positiven la 7, la 10 y la 14». Y dice uno: “¡Mecachis, porqué hemos seguido aquí horas y horas!”.

En ‘El jardín de las delicias’, El Bosco compone un gran fresco de los vicios y placeres mundanos. En ‘Las delicias del jardín’, aparece el sexo comparando los devaneos del padre y del hijo, de nuevo tan diferentes.

FC: La forma que han tenido de relacionarse ellos, es diferente de la que hemos tenido nosotros. En nuestra época, con la dictadura de Franco y la censura que había, la represión y todas esas cosas, las relaciones sexuales se daban en un país como amordazado.

Era una cosa acojonante, o sea, ibas a un parque con tu novia y aparecía un guardia por detrás que te decía: «A ver, esos modales». Y en las generaciones de ahora es todo lo contrario, pero de pronto descubres que también tienen sus problemas. O sea, nada es perfecto.

JLA: Todo está en movimiento. No te puedes apoyar en algo, porque de repente se mueve.