Enrique Zabala

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Enrique Zabala (València, 1966-2026)
Obituario

‘¿Qué mundo es este’?, por utilizar el título de su última exposición en València, más concretamente en Shiras Galería, que se lleva por delante a Enrique Zabala cuando apenas alcanzaba los 60 años de edad. Así, de muerte repentina, nos deja quien ha ido creando una obra con efluvios del arte pop y “con una fuerte influencia del fotorrealismo, combinando la estética kitsch con la americana de Sam Shepard y el ethos punk de Lou Reed”, según las propias palabras del artista valenciano.

Sus pinturas, “caracterizadas por su claridad y nitidez”, y la “precisión estilística” que subraya la dualidad “entre su apariencia superficial y sus significados más profundos”, reflejan, a tenor de sus propias confesiones, el perfil de quien, igualmente, era tan claro y nítido como profundo. Un ser humano entrañable, que nos deja con las entrañas al aire tras recibir la noticia de su inesperada muerte.

Valgan los textos que a continuación reproducimos como sentido homenaje a un artista que, como me comentó en cierta ocasión, buscaba el reflejo natural de las cosas para preguntarse: “¿Y qué aparece cuando no quieres que aparezca nada de ti? Pues sale la muerte; el miedo a ella”.

Shiras Galería, 2025
Enrique Zabala, en su exposición de Shiras Galería en 2025. Foto: Merche Medina.

Ángela Navarro se hizo eco de su última exposición en València, presentando en Shiras Galería las series pictóricas ‘¿Qué mundo es este?’ y ‘Dust’, que, fruto de unas fotografías tomadas en Las Vegas y en Nueva York, configuran una perspectiva tan descriptiva como desoladora de su experiencia vital al otro lado del océano, escribía Navarro, recogiendo, de entrada, esta reflexión de Zabala: “Yo trabajo con series y, aunque son muy diferentes unas de otras, tienen algo en común”.

Sobre ‘Dust’, un conjunto de cuadros que ilustran un relato de Sam Shepard, del que la serie pictórica toma el nombre, afirmó que cada obra tiene como título una frase del relato. Entre paisajes áridos y zonas industriales de Las Vegas, reflejadas con una impecable minuciosidad, el pintor señaló que los cuadros son los escenarios de los personajes del guionista de ‘Paris, Texas’, película de Wim Wenders.

“Las tramas de Shepard se caracterizan por personajes fallidos, que algo han hecho mal, y ese error que cometieron les fastidia toda la vida. En ‘Paris, Texas, Travis, que le pegó a su mujer, se dedica a deambular por el desierto y a dejarse morir. La gente va a Las Vegas a dejarse morir; está todo relacionado, hay un montón de referencias cruzadas”, añadió el artista.

Como un personaje más, Zabala confesó que su paso por la ciudad también tuvo ese origen: “Yo quería vivir ese momento de completo abandono de uno mismo, ir a una ciudad donde no hay nada que puedas hacer más que dar dinero. Está diseñada para que no sepas qué hora es ni qué estás haciendo. No hay una comunidad ni un espacio público, es un elemento monstruoso”.

Una pulsión que parece conducir al pintor hacia su propia disolución: el hiperrealismo de sus cuadros intenta borrar cada huella de su subjetividad, plasmar la realidad de la forma más fidedigna posible. Sin embargo, como reivindica el propio artista, el interés reside en aquello que resta tras su determinada e imposible ausencia.

“Soy una especie de cámara e impresora; soy una máquina. No quiero que nada de mí se vea en el cuadro, pero no dejo de ser un ser humano. ¿Qué es lo que aparece de mí en estos cuadros cuando yo no quiero que aparezca nada? Yo creo que es el pálpito más humano que tenemos los humanos, es la tristeza de la muerte y el hecho de cesar. Si te das cuenta, son cuadros tremendamente tristes. Es como la última visión de antes de irse”.

Con la serie ‘¿Qué mundo es este?’, el autor mantiene la simbología de los personajes perdidos. Con Nueva York como escenario, nos presenta a algunos iconos de la cultura popular que aparecen en esos paisajes urbanos, desde carteles con Harry Dean Stanton hasta las fotografías de Patti Smith realizadas por Mapplethorpe, Lou Reed, Marsha P. Johnson, en una escultura de Kiyan Williams, o los bustos del Titanic Memorial realizados por Gertrude Whitney. Todas ellas son imágenes reconocibles, pero ya desposeídas de su esencia por su futilidad en la era de la reproductibilidad, lo que mantiene ese carácter de perdidos, despojados de su contexto.

La perspectiva del sueño americano, tan alejada de las obras de Zabala, se desvanece, como advierte el pintor: “El despropósito de aquello, el culto de lo portátil y el pensamiento de que lo más profundo se encuentra en la superficie, para algunos continúa vigente”. “Los americanos venden sus imágenes muy hábilmente; formamos parte de su imperio. Me ha interesado siempre cómo funciona el midcult y la copia bastarda de la obra de culto. La cultura de base, popular y sin pretensión”, concluyó el artista.

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Galería Rosa Santos, 2007

En medio del desierto de Nevada, allí donde el silencio es más penetrante, surge Las Vegas, la ciudad del ocio y del entretenimiento. Del silencio al bullicio en apenas 500 metros. Esta paradoja es la que fascinó a Enrique Zabala (València, 1966) cuando se encontró por primera vez con la metrópoli de los casinos. Fue hace veinte años y venía precedido de otro viaje a la selva africana. Esa extraña conexión entre lo real de la selva y lo artificial de Las Vegas sigue siendo el motivo de sus reflexiones. Reflexiones que exhibe en la Galería Rosa Santos de València.

Cuadros, bocetos y un video recogen la experiencia de Zabala en la ciudad norteamericana. Experiencia que él ha sintetizado en el cruce que conforman Las Vegas Boulevard y Tropicana Avenue. De hecho, ‘Cruce’ es el título de la exposición. Un cruce físico y mental, que el artista hilvana según recorremos las diferentes estancias que acogen sus pinturas e imágenes.

Todo tiene relación: el video de entrada, con la cámara subjetiva y obsesiva, y ese deambular por pasarelas, escaleras mecánicas y ascensores; los bocetos en blanco y negro, con textos “de carácter paranoico”, subraya Zabala; la visión más superficial de los cuadros de color brillante y, por último, los más tenebrosos de la planta superior, que son “como fantasmas”, puntualiza el artista.

‘Tropicana & Las Vegas Boulevard 01’ (2007), de Enrique Zabala, perteneciente a su serie sobre Las Vegas.

Y tiene relación porque, en el fondo, todo remite a esa paradoja entre el bullicio de la ciudad de los casinos y cierto vacío interior. “A mí me toca fibras que están muy dentro, porque la misma soledad que sientes en la selva o en el desierto, la sientes también en este cruce de Las Vegas”, explica Zabala. De ahí el contraste entre el abigarrado mundo pleno de color de los cuadros de la segunda planta, y el sombrío blanco y negro interior de los casinos. “La gente allí no te mira, es como si fueras un fantasma que los dueños de los casinos dirigen para sacarte la pasta”.

Esa mezcla de artificialidad y fantasmagoría atraviesa toda la exposición. “En los cuadros de visión más superficial he evitado la presencia de nubes, porque me interesaba subrayar su carácter netamente artificial, al tiempo que no pongo nada de mí mismo: lo que se ve es lo que está en ese cruce”. La búsqueda de ese reflejo natural de las cosas le lleva a Zabala a preguntarse: “¿Y qué aparece cuando no quieres que aparezca nada de ti? Pues sale la muerte; el miedo a ella”.

He ahí la paradoja. Quizás la misma que subyace en el hecho de que en el nacimiento de Las Vegas estuviera la mafia detrás. Lo real del desierto, incluso de la actividad criminal, junto al oropel del ocio. Paradoja de la que Enrique Zabala da cumplido testimonio en el brillante y a la vez tenebroso ‘Cruce’ de su exposición.

Museo de la Ciudad, 2010
Imagen de la ‘Serie Rangali’ (2009), de Enrique Zabala, expuesta en el Museo de la Ciudad de València.

Dicen que justo antes de morir nos invade una luz blanca. Y así, cegados por ella, partimos hacia el otro mundo. ¿Qué mira esa mujer del cuadro? Su tronco inferior se ofrece desnudo a la vista del espectador, mientras el tronco superior gira envuelto en un floreado vestido.

Recorremos fascinados su cuerpo: primero atraídos por sus piernas, después contrariados por ese rostro que se nos niega; hasta que finalmente aceptamos ubicar el erotismo en su mirada. Y, de nuevo, ¿qué mira esa mujer? Pues la enigmática e intensa luz blanca por oposición al claroscuro del barco.

La mujer, magnetizada por esa luz, invita al espectador a seguir el rumbo que traza su mirada y el barco, quién sabe si a la deriva. Y cegados por esa luz, preludio de la muerte, alcanzamos a sentir lo que ese cuerpo ladeado nos solicitaba.