“En el instante de una caricatura, debes estar bien”

#MAKMAEntrevistas | Ismael Rumbeu (caricaturista)
Diciembre de 2019
(Puedes encontrarlo en el centro de València, en las proximidades de la Plaza de la Reina o la calle del Miguelete)
(+34 674 816 854 | caricatur@gmail.com)

Caricaturista de profesión y amante de su oficio desde la perspectiva constante de la vieja escuela, las páginas de El Mundo, Metrópolis, Mondo Sonoro o Fancomic! se han nutrido de los dibujos de Ismael Rumbeu, quien ha colaborado con publicaciones especializadas como Ganadería Tashumante o el fanzine numerado Cataclystics. Actualmente, dispone de un permiso municipal para dibujar en la vía pública, concretamente en Ciutat Vella (València). Como artista, además, ha realizado acciones performativas: «En una ocasión dibujé obras de arte de la historia universal con los ojos cerrados, y al final se parecían».

Caricatura es una palabra que procede del italiano caricare (exagerar). 

Sí, a veces en la calle oigo a los niños decir: «¡Mira, papá!, está haciendo caricaturas, ¿qué es eso?», a lo que responde el padre: «Exagerar los rasgos». Yo, a veces, intento corregir y les digo que exagerarlos, sí, o, incluso, esconderlos, es decir, exagerar unos y esconder otros. Por ejemplo, si uno tiene las orejas grandes, pues en vez de agrandar las orejas le hago los ojitos pequeños, y ya parece que las tiene más grandes. A veces, me pasa que alguno me dice: «Pásate», y digo: «Me voy a pasar», y hago la nariz grande, los ojos grandes, la boca grande, y parece él, en grande. En realidad, la caricatura es, más bien, una exageración selectiva.

Ismael Rumbeu durante la creación de una de sus caricaturas en la calle. Fotografía cortesía del artista.

Hay personas que tienen móviles con buenas cámaras que permiten representar de manera fiel la realidad y, sin embargo, siguen abusando de los retoques. ¿Qué crees que diferencia a un caricaturista de un robot con inteligencia artificial?

Yo creo que, en realidad, esas personas no quieren reflejar la realidad, sino un estado de ánimo. Me imagino las generaciones venideras cuando vean las instantáneas de sus antepasados: «¡Mira, la abuela tenía orejas de gato!», algo que no sucede con el álbum de fotos de nuestros padres. Esos filtros fotográficos no hacen más que complacer la idea distorsionada que tienes de ti mismo. El caricaturista te analiza desde fuera y, por lo tanto, acierta más el momento que está captando. Es importante que tanto el que dibuja como el dibujado posean un estado de ánimo positivo, que haya alegría en ese momento. Pocas veces se dibuja bien a alguien con una depresión profunda –en ese instante tienes que estar bien–. Por eso los niños son un gran mercado, y también las parejas enamoradas.

Parte de la magia de la caricatura está en que no la puedes ver hasta que esté finalizada. 

Yo tardo cinco minutos en hacerla, lo que antiguamente se tardaba en revelar una foto, o menos. El otro día vino un niño que insistía en que la quería ver y su padre le explico que no podía hacerlo hasta que acabara de dibujar, que esperar también formaba parte del juego. Esa magia se pierde con las aplicaciones del móvil. Los niños hoy en día no están acostumbrados a esperar.

Asociamos al caricaturista, de manera un tanto precaria, con la calle. ¿Es ese su lugar natural, perdiendo todo su sentido al trasladarse a otro espacio (como suele pasar, para algunos, con el arte urbano o, específicamente, con el grafiti, que no se entiende sin la calle)?

La caricatura siempre fue algo de la calle. Cuando me dan una foto, aunque esté en la calle –si no tengo delante a nadie para decirle: «A ver, mira aquí, sonríe»–, me pregunto: «¿Pero qué estoy haciendo yo aquí, solo, mirando el móvil?». Por eso se pierde mucha conexión y mucha psicología. Me cuesta una barbaridad dibujar con unas caras estáticas, sale una cosa mucho más fría. Lo de la calle tiene frescura cuando hay relación entre el dibujante y el paciente, o víctima, o como quieras llamarle. Esa relación también puede ser de amistad; mucha gente te saluda: «Mira, me dibujaste el otro día».

Una pareja caricaturizada por Ismael Rumbeu. Fotografía cortesía del artista.

¿Alguna vez has conseguido enfadar a alguna persona caricaturizada?

Sí, una vez un señor se me puso a llorar. Le dije que le devolvía el dinero, que no entendía por qué seguía allí, llorando, y que la gente lo viera, me estaba quitando el buen karma. Le pedí, por favor, que se fuera. Le pregunté a su mujer qué es lo que pasaba, por qué lloraba su marido, y me dijo que porque le había hecho un melón, una barriga. Otra pareja adolescente me pidió un dibujo abrazaditos, una cosa así agarrados por detrás, sin que se viera nada, ¡y la que se montó en la calle! Era en el paseo marítimo, muchísima gente se quedaba mirando hasta que llegó la madre y me dijo que yo no podía hacer eso. A partir de ese momento hay cosas que ya no dibujo, nunca me había pasado. La madre me rompió la caricatura por motivos éticos, morales, no sé.

¿Alguien te lo ha puesto especialmente difícil por tener una cara demasiado perfecta como para ser caricaturizada?

Me pudo pasar un poco al principio, que alguna mujer era tan guapa, lo tenía todo tan bien en su sitio, que resultaba peliagudo. Optaba, entonces, por aproximarme a lo que sería una Nancy bien maquillada, y salía, pero nunca llegue a decir que no podía. A veces, haciendo la cabeza grande y el cuerpo pequeño ya está. Otras veces también hago a gente seria o cabreada, pero, generalmente, salen riendo. En una ocasión dibujé la caricatura de un difunto. Le dije a la viuda que yo era caricaturista, a lo que la mujer respondió: «Sí, házmelo». Insistí en advertirle que iba a dibujar a su marido sonriendo, y ella sentenció: «Sí, sí, hazlo», y me puse manos a la obra.

Ismael Rumbeu dibujando en el estudio de la ceramista Eugenia Boscá. Fotografía cortesía del artista.

Ismael T.

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