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‘El nombre de la rosa’, de Milo Manara y Umberto Eco
Lumen, 2023 y 2026 (dos volúmenes)
Umberto Eco publica ‘El nombre de la rosa’ en 1980. El libro, una erudita fusión de narración histórica, ensayo de arte y thriller, consigue un importante éxito de crítica y público. El buen funcionamiento impulsa, a continuación, un proyecto de adaptación al cine a cargo de Jean-Jacques Annaud, el entonces celebrado autor de ‘En busca del fuego’ (1981).
La traducción presentada seis años después de la publicación de la novela, actuada por Sean Connery y Christian Slater, y acariciada por recuerdos de Conan Doyle, confirma la victoria y en algún punto –al menos, a efectos populares– aventaja al enfoque original con su apabullante recreación de los misterios de una abadía benedictina en la primera mitad del siglo XIV y su entrañable descripción de la relación paternofilial de los dos detectives franciscanos protagonistas.
En 2019, la RAI presentó una nueva versión de la obra en forma de miniserie. Dirigida por Giacomo Battiato e interpretada por John Turturro y Rupert Everett, este producto intenta plantear una idea alternativa y suficiente, pero no se atreve a dejar atrás la memoria del largometraje de Annaud, o no sabe hacerlo. Así, con rapidez, ‘El nombre de la rosa 2019’ cae en el olvido.
Solo cuatro años después de la emisión aparece en Italia una nueva variante a modo de novela gráfica. En efecto, Milo Manara, el célebre historietista italiano, se aproxima en 2023 a las palabras de Eco y plantea una visión, a un tiempo, incondicional e innovadora. En realidad, propone, con la conexión en las viñetas de filosofía, pensamiento cultural e intriga sherlockholmesiana, un hábil encuentro de las energías de la obra inicial y su famosa variación de celuloide.

Aun así, y a pesar de la manifiesta dependencia de las expresiones anteriores, voluntaria o no, es importante señalar que el autor, a diferencia de Battiato un poco antes, sí consigue encontrar en la exposición del relato una mirada particular, acaso porque presenta una vía de expresión inédita.
Con todo, el recorrido del cómic de ‘El nombre de la rosa’ (Lumen) no es exactamente cómodo para el artista. A decir verdad, en sus páginas, en paralelo a la exposición del relato de Guillermo de Baskerville y su pupilo, Adso de Melk, aparecen las pruebas de un enfrentamiento tenaz entre su genio particular y el de Eco y Annaud.

La rememoración de las invenciones pasadas, a veces, choca contra el desarrollo natural de una moderna representación que parece, a pesar de todo, asumir las reglas estrictas de la propuesta, a fin de concederse, eso sí, plena libertad formal en la exhibición de unos cuadros de alucinaciones que, con mucha diferencia, resultan los más sobresalientes del proyecto.
Efectivamente, la maravilla diabólica característica de Manara reluce en unas grandes ilustraciones de paranoia demoníaca no muy alejada de las perspectivas inquietantes de El Bosco. Ahí surgen, de manera fugaz, sus típicas imágenes sexualizadas de la mujer como símbolo fuera del alcance. Las escenas de delirio, ensoñación o llamada pretérita, muy diferentes a las utilizadas antes en las leídas del libro, se convierten, desde luego, en el corazón salvaje de una propuesta que parece ahogada en todo momento por un corsé.
‘El nombre de la rosa’ progresa sacudida por sus complicaciones internas. Esto, sin embargo, produce las invenciones más singulares. A pesar de mantenerse fiel a identificados pensamientos previos, decide reformular la apariencia de los cuerpos y los escenarios.
De esta forma, las tenebrosas formas de la película ceden el paso a una perturbante imagen armoniosa coloreada con matices otoñales. El cómic parece atrapado en una pintura eterna de la estación, en contraste con los hostiles espacios invernales de la adaptación de cine. La opresión monstruosa de allí se transforma en un aullido esteticista.

Otro de los cambios más destacados en la fisonomía concierne a los distintos personajes, en especial a un fray Guillermo presentando por Manara con las trazas del Marlon Brando de comienzos de los años 70. Esta creación, que seguramente va mucho más allá de una simple llamada admirada, provoca una extraña voltereta temporal al introducir, en efecto, a un hombre con una presencia diferente a la que tenía en el momento de la publicación de la novela.
La elección de Brando transforma completamente la personalidad y las significaciones originales del protagonista. De repente, el brillante profesor Connery, el 007 del siglo XIV, es un tipo cínico empujado por sus fantasmas y secretos. Manara, además, no maquilla la actitud insolente innata del actor, por el contrario, la intensifica, generando en la imagen una potencia anacrónica muy estimulante.

El protagonista de ‘El último tango en París’ (Bernardo Bertolucci, 1972) no es la única figura de cine que interviene acá; el británico Paul Bettany también irrumpe en las viñetas caracterizado de uno de los monjes. Su presencia, rápidamente, hace referencia a su personaje del torturado Silas de ‘El código Da Vinci’ (Ron Howard, 2006). El recuerdo de esta creación concede, secretamente, con la conexión imprevista de obras, una fuerza singular, atemporal, a las apariciones.
Con relación a las dificultades soportadas por la propuesta de Manara, hay una particularmente importante que corresponde a su propio contenido y a la decisión de abordar o no una vía de reflexión apuntada. ‘El nombre de la rosa’ propone su mirada sobre la historia, recuperando impresiones del libro cambiadas por la película, como el desenlace en la abadía o las discusiones teológicas.
Sin embargo, antes de comenzar con todo esto, presenta un breve prólogo donde vemos a Umberto Eco, convertido en personaje, recordando las investigaciones teóricas que, más tarde, sirven de base para la redacción.
Esta aparición, un dibujo de la introducción ‘Naturalmente, un manuscrito’, complica, con su paso a las viñetas, un poco la lectura porque anuncia una actuación que, realmente, no se va a dar a propósito de los distintos procesos de escritura del volumen original, y que se conecta, por ejemplo, con ‘Dos mujeres desnudas’, el reciente trabajo de Luz sobre la pintura de Otto Mueller.
En ese cómic, el lector descubre, desde el sorprendente punto de vista del cuadro, toda su historia, a partir de la creación en 1919 hasta la llegada en 2001 a un museo de Colonia. Es absurdo, naturalmente, fabular acerca de un trabajo inexistente, o incluso lamentar su no participación en un grupo concreto, pero es cierto también que esas primeras páginas con Eco son bastante emocionantes e invitan a imaginar una aproximación distinta.
‘El nombre de la rosa’ de Manara se publica en Italia con La nave di Teseo Editore en dos volúmenes. El primero, en 2023, y el siguiente, dos años después. En España se respeta esta distribución original. La primera edición de la segunda parte llega a las librerías en estas últimas semanas con una bonita edición de Lumen. Su aparición permite al aficionado continuar con el descubrimiento de una nueva interpretación discutible y siempre emocionante.
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