MAKMA ISSUE #03 | Los Nuevos Años 20
Editorial
MAKMA, Revista de Artes Visuales y Cultura Contemporánea, 2020

¿Qué es un artista? ¿Para qué sirve? La sola pregunta ya puede levantar suspicacias: ¿cómo que para qué sirve? Aún así, la formulamos con la sana intención de probar el rumbo que toman sus posibles respuestas. Una, quizás provocadora, es que no sirve para nada, haciendo precisamente de su inutilidad, virtud. Ser artista sería, por seguir al poeta Rainer Maria Rilke, “no calcular, no contar, sino madurar como el árbol que no apremia su savia, mas permanece tranquilo y confiado bajo las tormentas de la primavera, sin temor a que tras ella nunca pueda llegar otro verano,” que, “a pesar de todo, llega, pero solo para quienes sepan tener paciencia”.

En este caso, por tanto, ser artista es saber conjugar la aparente inutilidad de su trabajo con la paciencia, no exenta de una precipitada cascada de interrogaciones que lo asolan mientras crea. Una inutilidad que contrasta con el pragmatismo de una sociedad del bienestar, que convierte al sujeto en consumidor apegado a los objetos que finalmente lo objetivan a él. De manera que el artista, haciendo de su inutilidad bandera, termina siendo aquel que se resiste a formar parte de una cadena productiva, en la que prima el engranaje en detrimento de un pedaleo más libre.

Portada de MAKMA ISSUE #03 | Los Nuevos Años 20, realizada por el Premio Nacional de Diseño Óscar Mariné. Editorial
Portada de MAKMA ISSUE #03 | Los Nuevos Años 20, realizada por el Premio Nacional de Diseño Óscar Mariné.

Oscar Wilde afirmó que a un hombre se le podía perdonar que hiciera algo útil, siempre y cuando no admirara lo así realizado. Porque para admirar “infinitamente” una obra ya estaban las cosas inútiles que produce el artista con su arte. Al enfrentarse a lo desconocido, allí donde el arte merece su justo nombre, el artista pierde las horas en busca de aquello que no termina de encontrar porque se le resiste. Inútil será decirle que a santo de qué viene tanto esfuerzo baldío: jamás lo entenderá – como el resto de los mortales, tan pragmáticos, tampoco entiende tamaña pérdida de tiempo explorando las sombras que, encima, le inquietan–.

Mortales, como usted y como yo, que luego, sin embargo, consumimos su arte. Porque esa es otra: encerrados en nuestras casas, ya sea motu proprio u obligados por causas externas como la imprevista pandemia, resulta que pasamos el tiempo recreándonos con los diversos productos de una cultura que, ahora sí, proclamamos necesaria. Lo proclamamos, pero sin tener en cuenta las horas inútiles que el artista se pasa creando sus obras, cuyo precio discutimos hasta el punto de reclamar incluso su gratuidad.

También sirve el artista –y esta es una acepción más extendida y hasta reconocida sin ambages– para comprometerse socialmente con sus obras críticas. De manera que, frente al artista inútil, se yergue el artista activista, este sí, empoderado por la utilidad de su obra comprometida. Ahora bien, ¿comprometida con qué? ¿Y con quién?

“Para un artista”, decía Máximo Gorki, “la libertad es tan indispensable como el talento y la inteligencia”. Si ese talento se pone al servicio de una causa, por muy noble que sea, rebajando la complejidad de una obra a la más simple lectura ideológica, habremos ganado la simpatía de un espectador cómplice, perdiendo esa otra lectura más abierta de quien se siente concernido por las pasiones que nos habitan.

Los artistas activistas, que se quieren útiles socialmente, encuentran sin problemas la causa en la que volcar su creatividad. Más que preguntarse, en este caso, tratan de dar respuesta a cierto malestar social, concitado en torno a un poder que se quiere violentar. Más que interrogantes, en sus obras hay proclamas, y más que ficción, donde el artista encuentra la mejor forma de plantear lo que nos pasa, en sus productos comprometidos aflora una realidad que exige ser interpretada en términos críticos, es decir, claramente asociados a una postura bienintencionada políticamente.

“¿Qué tiene de malo la inutilidad?”, se preguntó el escritor Paul Auster cuando le fue concedido, en 2006, el premio Príncipe de Asturias. Y él mismo lo respondía: “La creación de una obra de arte es lo que nos distingue de las demás criaturas que pueblan este planeta”. Obras en las que los artistas, si aceptan el compromiso vital de ponerse en entredicho durante el propio acto creativo, se arriesgan a quedar en mal lugar. Ese, precisamente, del que huyen los artistas que buscan la utilidad del compromiso, para formar parte de un espacio seguro desde el que arremeter con su obra crítica.

Hay un bolero que dice: “No sabes qué terribles pueden ser las gentes demasiado buenas”. Frente a tanta causa noble que reivindicar, objeto del artista útil en su proclamación comprometida a través de su airada creación, quizás convenga rescatar al artista inútil que navega siempre a contracorriente. Devolvámosle al arte su libertad, al margen de las útiles consignas del mercado y de la corrección política. Si, como dice Woody Allen, todo lo que tenemos en la vida es imaginación, no dejes que nadie te la secuestre.

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Este artículo fue publicado en MAKMA ISSUE #03 | Los Nuevos Años 20, en diciembre de 2020.

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