Democratización y muerte del arte

17 Razones para no ser artista (Aprendizaje del desapego)
Alberto Adsuara
Editorial NPQ
Julio 2018

Provocador, polémico, osado, arrogante. En su último libro Alberto Adsuara presenta un manifiesto en el que expresa su gran amor al arte y, al mismo tiempo, una crítica demoledora a sus circunstancias actuales. Porque el artista de hoy ya no busca la excelencia o crear un estilo propio, sino que es esclavo del marketing, dependiente de los mecenas que son las instituciones y crea condicionado por la implacable censura de lo políticamente correcto.

¿Vale la pena ser artista? ¿Trabajar gratis o casi gratis, combinar la creación con cualquier otra actividad alimenticia y luchar contra los elementos para llegar a fin de mes y sobre todo para que tu obra vea la luz? Según Adsuara, hay muchas razones para negarse a contraer un compromiso vital con la actividad artística.

Después de varias décadas consagrado a la fotografía, Adsuara decidió, a finales de 2010, colgar la cámara. A petición del también fotógrafo Paco Salinas, organizador del festival FotoEncuentros, ofreció un taller en el que reflejaba su experiencia de abandono y desapego hacia su propia obra, ‘Emboscadura. Preferiría no hacerlo’. Casi una década más tarde aparece en la editorial NPQ su libro, ’17 Razones para no ser artista (Aprendizaje del desapego)’ en el que desarrolla plenamente sus argumentos.

Imagen de una de las obras de Alberto Adsuara. Fotografía cortesía del autor.

“Publicar este libro responde a la necesidad de dejar negro sobre blanco esas ideas”, dice Adsuara. “Pienso que quienes sólo leen en digital en realidad no leen, curiosean. Además, y fundamentalmente, porque la idea del artista está obsoleta, como digo en el libro. Los artistas van de libres y de guays, pero no pueden ser otra cosa que “unas doña ineses, unas novicias que suspiran por el abrazo de un protector. Los artistas abrazan eufóricos la democratización porque les permite estar en la calle, pero sin renunciar a lo que en el fondo más desean: tener un valor económico justo en el mercado. Pero todo no puede ser, como bien saben los que transitan a la madurez. No se puede ser al mismo tiempo hippie y yuppie”.

Adsuara es profesor de ESAT (Escuela Superior de Arte y Tecnología), autor de varios ensayos sobre arte, estética y literatura y de un blog dedicado a estos temas. Tras abandonar la fotografía artística se dedica a creaciones audiovisuales y es autor de un largometraje, ‘Error fatal’ y dos cortos: ‘Siempre’ y ‘Love birds’.

En su opinión, “si a la palabra arte se le introduce un aclarativo ‘audiovisual’, no se está hablando de arte en sentido estricto”. No niega el componente artístico que tienen la literatura, el teatro y el cine, “pero arte es, en sentido estricto, lo que estudian los alumnos de Bellas Artes. Este arte es el que está acabado, muerto en la medida en la que se acabaron los Grandes Relatos y nacieron las redes. La creatividad, eso sí, sigue muy viva”.

Imagen del cartel de ‘Error Fatal’, de Alberto Adsuara. Fotografía cortesía del autor.

El Arte con mayúscula ya no existe, sentencia. “Harald Szeeman dio el pistoletazo de salida, Lehman Brothers el gran empujón y la redes sociales la estocada definitiva. Szeeman mostrando un sistema que ya no contemplaba la linealidad histórica y usando nuevas metodologías en el relato del concepto de arte. Por su parte Lehman Brothers desvinculó de forma brutal el concepto arte del concepto futuro. Su caída, causa de la la gran crisis mundial, extirpó al producto/arte esa condición sagrada sostenida por un mercado disparatado y mostrenco. Y las redes sociales han hecho real la verdadera democratización del arte, algo en lo que el arte venía fracasando desde hacía más de un siglo. Las redes hicieron posible y verdadera esa ecuación que tanto excitaba a los elitistas artistas, que eran todos: Arte=Vida”.

Uno de los temas más polémicos que plantea Adsuara es la idea de que la fotografía ha muerto, aunque hoy se hagan más fotografías que nunca. ¿Por qué entonar el réquiem? “La explicación se encuentra en el pixel”, responde. “Las fotografías analógicas están compuestas por granitos de halogenuro poco definidos y por tanto orgánicos, lo que hace muy difícil su adulteración. La fotografía quedaba vinculada a la verdad, por mucho que eso lo cuestionaran muchos teóricos. Sin embargo, la unidad que constituye las fotografías digitales es el pixel, que es perfectamente ortogonal y por ello hace muy fácil su manipulación. Resulta exageradamente fácil engañar con una fotografía digital, lo que convierte en sospechosa toda imagen. Y cuando toda imagen es sospechosa, es decir, cuando una imagen no puede asegurar su vinculación con la verdad, esa fotografía no podrá ser más que una parte del espectáculo. Hoy se hacen más fotografías que nunca, miles de millones a diario. Por eso está muerta. Y por eso es una de las asignaturas más difíciles de impartir. Un alumno mío de primer curso de 18 años ha hecho muchas más fotos que yo”.

A pesar de sus opiniones radicales, Adsuara no alberga un sentimiento de rencor o tristeza y conserva la esperanza en el futuro del arte. “Cuando afirmo que el arte ha desaparecido no lo hago entristecido, ni existe en mí ningún tipo de nostalgia”, comenta. “El arte por fin se ha democratizado, que es lo que él mismo pretendía desde hace dos siglos. Por fin está en la calle. Las redes sociales han conseguido que las instituciones parezcan desfasadas y patéticas erigiéndose en portavoces de lo bueno y lo verdadero. El nativo digital puede ser inculto, pero no tiene un pelo de tonto”, concluye Alberto Adsuara.

‘Error fatal’, de Alberto Adsuara. Imagen cortesía del autor.

Bel Carrasco

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