Dalí putrefacto (Parte 2)

Dalí putrefacto: guía personal de la exposición del verano

Dalí putrefacto (Parte 1)

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– Sala 4: El surrealismo. El surrealismo era él. Dalí al crear el método paranoico crítico da la vuelta al calcetín del psicoanálisis de Freud y decide ponerse en contacto con su horrible inconsciente para crear una nueva manera de mirar el mundo que en el caso de Dalí terminaba en los extremos de su bigote. Nada más entrar, una alegría: “A veces escupo por placer sobre el retrato de su madre” donde Dalí para hacer una gracia a sus amigotes surrealistas decide hacer una broma anticlerical que Eugeni D´Ors recoge para la prensa catalana haciendo que un notario de Figueres, el papá de Dalí, monte en cólera. En frente de él “Los primeros días de primavera” que certifica que la relación con el padre va por mal camino. Una vez en la sala grande, Dalí da muestras de imágenes dobles (esas extrañas figuras formadas por otros objetos del fondo que tanto deben a Giuseppe Arcimboldo), relojes blandos, huevos, grillos y hormigas. Destaca sobre esa marabunta de símbolos personales “El gran masturbador” que significa la despedida del artista de esta prolongada y mitificada práctica tras conocer a Gala quien abandona a su marido Paul Eluard y a su hija tras unas vacaciones en Cadaqués. Delante de ese cuadro los norteamericanos abren la boca y los jubilados escuchan atentamente las explicaciones de los guías que van señalando cada uno de los símbolos: el rostro de Dalí deformado y mirando hacia el suelo, el león como deseo sexual feroz, el lirio de la pureza masturbatoria, el terrible saltamontes lleno de hormigas, Gala sacada de un cromo prerrafaelista que aplasta unos genitales encerrados en un claustrofóbicos calzoncillos blancos y Gala convertida en la parte inferior en las piedras de Cadaqués. En la misma sala, la escultura “Busto de mujer retrospectivo” con el que Dalí tantas veces denostado por los surrealista vuelve a insuflar vida al movimiento y lo consigue amontonando objetos (un busto, un pan, un tintero) que funcionaran como esas imágenes dobles que conservan su integridad pero que se influyen unas a otras hasta crear algo fantástico. Para terminar, dos obras más: el diminuto “El espectro del sex-appeal” donde un Dalí vestido de niño marinerito sujetando un aro y un palo que se convierte en un pene óseo se ve aplastado por una representación femenina monstruosa y “Guillermo Tell” donde Dalí da muestras de su fascinación por las figuras autoritarias masculinas (su padre, Hitler, Franco) que en este caso se representa en la figura de un Dios-padre castrador que con unas tijeras se sitúa delante de una fuente sin caño. Dalí definitivamente puede no estar muerto, pero desde luego, ha dejado de conservar el misterio de los grandes enigmas.

– Sala 5: El mito trágico de “El Angelus”. Dalí juega a ser historiador del arte y lleva a la máxima expresión su método paranoico-crítico en un largo análisis del cuadro de Millet que es escrito entre 1932 y 1935 pero que se pierde en su huida precipitada de Francia siendo recuperado en la década de los sesenta. En él desmenuza paranoicamente el cuadro y descubre que la posición de la campesina es igual a la de una mantis religiosa a punto de saltar para devorar al macho, por ese arte de birlibirloque neurótico la escena de piedad campesina que pintó Millet se transforma en una brutal representación de las tensiones de la pareja heterosexual en una imagen que le sirve para dilucidar que su destino es ser devorado por la Mantis Gala. Además a partir de una serie de conversaciones con un descendiente de Millet hace un descubrimiento fantástico: la cesta de patatas que sirve como exvoto de piedad campesina en el cuadro de Millet es en realidad un repintado sobre el ataúd de un niño (el rezo del ángelus sería originalmente un rezo fúnebre) que es interpretado por Dalí como la presencia de su hermano-copia muerto.

– Salas 6 y 7: El rostro de la guerra y el surrealismo después de 1936. Dalí se pasa dos décadas huyendo. Dalí corre y, según el escritor George Orwell, Dalí escapa como una rata de Francia con una única pregunta en su mente: cuál será la próxima ciudad que me obsequie con su gastronomía. Dalí ve el rostro de la guerra de reojo y lo pinta como una sucesión de fantasmagóricas calaveras unas dentro de otras, que dan mucho miedo y que contradicen al cegador sol californiano que lo acoge. Dalí, pese a ello, no deja de intentar llegar muy hondo dentro de sí mismo y muy superficialmente fuera de él tal como lo podemos ver en “Construcción blanda con judías: premonición de la guerra civil” (1936) donde un monstruo que se pelea consigo mismo, un Cronos devorando a sus hijos, se convierte en una metáfora de la lucha fratricida española, la Guerra Civil. Esta visión terrible, como la que tenemos enfrente “Canibalismo en otoño”, deja claro que su interpretación de la Guerra Civil no es política como la de Picasso sino telúrica y mágica ya que el enfrentamiento que refleja no se produce entre dos facciones ideológicas sino entre dos fuerzas de la naturaleza en un conflicto inevitable como el del roce de las capas tectónicas. Bajo ese prisma poético la muerte de Lorca se convierte en un acto poético realizado por un autoritario Padre España acharolado. Al final de la sala “El enigma de Hitler” de 1939 donde Dalí parece aplicar su simbología a hechos contemporáneos alejándose momentáneamente de esa fascinación por las figuras autoritarias y sus cánticos al placer lechoso y wagneriano que le producía Hitler y que le valieron la expulsión del surrealismo. Supuestamente “El enigma de Hitler” estaría reflejando las terribles consecuencias de la Conferencia de Munich (con el teléfono roto y lloroso) que se produjo entre Alemania (foto de Hitler), Inglaterra y Francia (el paraguas cerrado de Neville Chamberlain) y que permitió a la Alemania nazi conquistar Checoslovaquia y con ello provocar esa gran hambruna que representa el plato vacío y esa pérdida de identidad europea que representa la mujer con el velo negro. De la siguiente sala, la del surrealismo después de 1936 aunque mucha gente se maraville con esa sucesión de cromos que es “Sueño causado por el vuelo de una abeja alrededor de una granada un segundo antes de despertar”, esa tan famosa de los tigres saliendo de la granada, creo que conviene detenerse en “La metamorfosis de Narciso” por su fino análisis de su narcisismo como acto de amor propio que se expande al prójimo. Este es uno de los últimos cuadros donde aparece el tema de la mano masturbatoria, en este caso petrificada y de la que surge la flor de narciso y que en su forma humanoide representa al pintor. Lo que resulta curioso es que su reflejo no es otra cosa que una mujer, la propia Gala: “Gala es mi narciso” dijo. El amor al prójimo como una manera de explorar nuestro amor propio.

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