Choun Vilayleck

#MAKMAArte
‘Même la mère’, de Choun Vilayleck
Galería del Tossal
Plaza del Tossal, València
Hasta el 3 de mayo de 2026

Choun Vilayleck (Angers, 1970) es un artista cuya obra desafía la pesadez de la materia para habitar la levedad del aire. Formado en la Escuela de Bellas Artes de Angers, Vilayleck ha desarrollado un lenguaje único basado en lo que denomina “dibujos en el espacio”: estructuras filiformes de hierro que, en ocasiones, se recubren con la fragilidad del papel de Laos.

Su trabajo evoca la poética de los móviles del escultor estadounidense Alexander Calder (1898-1976), con quien comparte esa obsesión por la línea que flota, y se conecta con el imaginario del escultor belga Panamarenko (1940-2019) a través de sus vaisseaux (naves), esas máquinas utópicas que parecen listas para un viaje imaginario.

En su exposición ‘Même la mère’, en la Galería del Tossal, el artista propone un diálogo íntimo entre su obra y la solidez de la muralla islámica del siglo XI. Una muestra que se realiza en el marco de la cooperación cultural entre València y la ciudad de Angers, entre cuyas actividades prosigue el intercambio iniciado en 2025 con la exposición ‘Éloge de la lenteur’ (‘Elogio de la lentitud’), de Antonio Samo, en el RU Repaire-Urbain, invitando ahora al creador angevino a ocupar este emblemático espacio hasta el 3 de mayo.

Para Vilayleck, tal y como confiesa en esta entrevista, el respeto al entorno es vital, afirmando que “cuando hago un montaje, es fundamental que ninguna de las dos partes –ni la obra ni el lugar– predomine sobre la otra”.

Esta delicadeza se traduce, así, en una instalación que ensalza el patrimonio del histórico emplazamiento en el barrio del Carme de València. “La intención es que la instalación le rinda honores al muro, que le devuelva la muralla al visitante”, explica el artista sobre el juego de sombras que proyectan sus piezas suspendidas.

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La muestra es, en esencia, un ejercicio de “generosidad y liberación” donde el metal y la luz crean un ecosistema suspendido que acaricia la historia.

‘Même la mère’ juega en su título con la homofonía en francés entre ‘madre’ y ‘mar’. ¿Qué buscas explorar en ese espacio común donde la figura materna y la inmensidad del océano se encuentran?

En realidad, el título empezó casi como una broma, un juego de palabras para rebajar la presión que supone titular una muestra. Sin embargo, ese juego acabó revelando una profundidad real: la inmensidad del mar y el concepto de la madre se encuentran en un punto de origen y libertad. Para mí, es una forma de liberar la tensión del proceso creativo y permitir que el espectador navegue por esa inmensidad sin un destino rígido.

Choun Vilayleck. 'Même la mère'. Galería del Tossal
Choun Vilayleck ante uno de sus libros de artista presentes en la exposición: “El papel, digamos, en dos dimensiones, es reflexión y liberación, y los móviles es libertad”. Foto: Merche Medina.

La muestra sumerge al visitante en un banco de peces metálico. ¿Por qué elegiste el agua como hilo conductor para dialogar con un espacio tan terrestre y sólido como una galería histórica?

Fue una decisión instintiva. Al visitar por primera vez la Galería del Tossal, me impactó el contraste entre lo blanco, lo moderno y lo histórico del muro. Sentí que debía haber un diálogo donde ambos existieran sin anularse. El agua, a través de este banco de peces o acuario suspendido, permite que la obra flote en el espacio sin tocar ni invadir la piedra antigua de la muralla, respetando su fuerza histórica.

Utilizas metal modelado a mano y papeles cuidadosamente seleccionados de Laos. ¿Cómo logras que materiales tan distintos –la rigidez del hierro y la fragilidad del papel– se unan para crear algo que parece flotar?

El uso del papel de Laos surgió casi por casualidad; mi madre me lo trae cada vez que viaja allí. Elegí este tipo de papel, similar al tibetano, por su relación con la humedad: es un material que no se deforma ni se mueve una vez seco. Si usara otro papel, su tensión acabaría doblando el hilo de hierro y la escultura perdería su forma original. Es esa estabilidad la que permite que el hierro y el papel se unan en una armonía que parece desafiar la gravedad.

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Se dice que tus esculturas son “dibujos en el espacio”. ¿Sientes que tus manos actúan de forma diferente cuando sostienen la pluma para sus tintas chinas que cuando moldean la estructura de una escultura?

Absolutamente. Son procesos paralelos que se alimentan entre sí. La escultura requiere una concentración y una tensión física inmensas; es un trabajo de precisión en tres dimensiones. Por el contrario, los dibujos con tinta china son mi vía de liberación, un ejercicio de soltura y generosidad. Trabajo en ambos al mismo tiempo: mientras la escultura me exige rigor, el cuaderno me permite soltar la mano y mantener vivo el instinto.

Tus obras conviven en València con una muralla islámica histórica. ¿Qué impresión te provoca ver cómo las sombras de tus esculturas contemporáneas tocan las piedras de un muro con siglos de antigüedad?

Para mí era fundamental respetar el sitio; no quería imponer nada sobre la muralla. Por eso decidí usar el techo para colgar las piezas. Lo más hermoso es ver cómo la instalación devuelve la muralla al visitante: las esculturas no ocultan la piedra, sino que sus sombras interactúan con ella, creando un diálogo entre el presente y el pasado. Es un encuentro donde la ligereza de la sombra respeta la solidez del muro.

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El gran número de piezas crea un efecto de barrera infranqueable, pero a la vez su transparencia nos invita a entrar. ¿Es esta una metáfora de cómo entiendes el arte: algo que nos detiene pero que también nos deja pasar?

Sí, funciona de forma similar a un acuario. Hay una barrera visual, un banco denso de piezas que parece detenernos, pero al ser estructuras de hilo de hierro, la mirada puede atravesarlas. Es ese juego entre lo que se ve y lo que se puede tocar, entre la presencia física y la transparencia, lo que invita al espectador a descubrir qué hay detrás y a sentirse parte de ese desplazamiento colectivo.

Tu trabajo evoca las estructuras utópicas del artista belga Panamarenko. ¿Te consideras un creador de máquinas que, aunque no vuelan de verdad, permiten que el espectador viaje con la imaginación?

Me gusta pensar en mis obras como naves o vaisseaux. Son construcciones que parecen tener una dirección propia, que avanzan imperceptiblemente con humildad. Al igual que las máquinas de Panamarenko, mis esculturas no necesitan motor para desplazarse; su viaje ocurre en la imaginación del espectador, en esa capacidad de sugerir vuelo o navegación en un espacio estático.

En esta exposición buscas la “perfecta armonía entre forma y lugar”. Después de todo el proceso de montaje en València, ¿has encontrado esa respuesta que buscabas en la Galería del Tossal?

Sí, creo que la respuesta está en la convivencia. Cuando realizo un montaje, busco que ninguna de las dos partes –ni la obra ni el lugar– predomine sobre la otra. En la Galería del Tossal, las esculturas se mimetizan con el espacio de tal forma que parecen haber nacido allí. Ver cómo conviven mis dibujos en el aire con la historia de València me da la sensación de que esa armonía que buscaba se ha completado.

Choun Vilayleck. 'Même la mère'. Galería del Tossal
Choun Vilayleck, junto a diversas piezas de su exposición en la Galería del Tossal. Foto: Merche Medina.