«Soy del amor al arte de Soledad Lorenzo»

MAKMA ISSUE #01
Entrevista a José Miguel G. Cortés, director del IVAM
MAKMA, Revista de Artes Visuales y Cultura Contemporánea, 2018

José Miguel G. Cortés, director del IVAM, habla en todo momento de proyecto, porque según él la mayoría de museos y centros de arte cuentan con programaciones que valen para cualquier sitio. Y su proyecto, con una mirada internacional y cosmopolita, no se olvida de la proximidad y la singularidad del entorno. También critica los tiempos livianos actuales que dan por válido todo, al tiempo que se manifiesta contrario a la dictadura de las audiencias. Sueña con un IVAM del siglo XXI ampliado, porque necesita más espacio para mostrar en condiciones los más de 100 años de arte moderno y contemporáneo que atesora el museo valenciano.

¿Qué tiene el IVAM que no tengan otros museos?

El IVAM fue uno de los primeros museos de arte moderno y contemporáneo que se creó en España y que lo ha hecho de una manera distinta. Incluso antes de inaugurarse ya tenía una colección importante. En otros muchos museos, primero se creó el espacio y luego se ha ido comprando la colección. Yo he intentado recuperar esa actitud de, lo primero de todo, tener un proyecto. De hecho, uno de los grandes problemas que ha tenido precisamente el IVAM durante estos últimos años es que no ha tenido un proyecto. Y el no tener proyecto lo que significa es que todo vale, de manera que no puedes discutir por qué se hace una cosa u otra porque no hay ningún criterio.

¿Y cuál es su proyecto?

El proyecto que yo presenté tiene unas características muy específicas. Por un lado, que tenga una mirada internacional y cosmopolita y, por otro, muy anclado en el entorno. Uno de los problemas que tenemos es que la inmensa mayoría de los museos y los centros de arte da igual que estén en Valencia o en Honolulu. Y me refiero a espacios tanto públicos como privados. Son programaciones que se pueden hacer en cualquier sitio. Un ejemplo (y no es que me parezca mal): la fotografía de calle norteamericana está muy bien pero la puedes hacer en Valencia, en Bilbao, Estrasburgo, Liverpool o donde sea. Entonces, trabajar el entorno es algo fundamental bajo mi punto de vista.

¿Cómo se atrae al público en la coyuntura actual?

Hay que trabajar con una concepción del arte que no se vea como un aspecto de banalización, de vulgarización del pensamiento. Creo que vivimos en unos tiempos livianos, en los cuales cualquier cosa es válida y no tienes que justificar nada, simplemente que está bien, es chulo, o es joven o es viejo, como si eso fuera un valor en sí mismo. Habrá gente joven que tenga discursos muy bien elaborados y gente mayor que no los tenga. El problema, entonces, no es ser joven o viejo, sino qué cuentas, en torno a qué.

Extracto inicial de la entrevista publicada en MAKMA ISSUE #01.

¿Y en qué se centra su proyecto, qué cuenta?

El actual proyecto del IVAM se basa en varios ejes. Y uno de ellos es el Mediterráneo, que es una parcela que nadie estaba reivindicando hasta ese momento. ¿Y por qué el Mediterráneo y no el Atlántico? Bueno, pues porque nuestras raíces históricas, sociales y culturales tienen que ver con el Mediterráneo.

¿Y eso atrae?

El IVAM no está en el ranking del número de visitantes. Esa no es nuestra lucha, no es nuestro planteamiento, no es nuestra liga. Nuestro planteamiento es: o el IVAM sirve para ampliar nuestra mente, para hacernos mejores sensitiva y conceptualmente, o no sirve para nada, por muchos millones de visitantes que tenga. A un museo no se le puede medir por el parámetro del número de visitantes –ese puede ser uno, pero secundario–. Lo fundamental es cómo ayudas a difundir el conocimiento del arte. Por poner un ejemplo, entre muchos: ¿qué es mejor, una película de La 2, que ven 100.000 personas (¡que ya son personas!), u otra de La 1 o de Telecinco, que ven dos millones de personas, que es un blockbuster sin el menor interés, ni fílmicamente ni en ningún otro sentido? Ahí está la cuestión.

También es importante cómo haces las cosas. Tú puedes hacer una exposición y poner los medios para que la gente la entienda. Las exposiciones temáticas son una forma de atraer a un público distinto. No se trata de hacer una programación difícil, críptica, extraña, sino de hacer una programación exigente, pero poniendo los medios para que a la gente le interese. ¿Que es complicado? Sí, es complicado, pero se trata de trabajar para lograrlo.

Esto nos lleva al dilema de ofrecer al público lo que supuestamente se espera de él o arriesgar a la hora de programar.

No se trata de culpabilizar a nadie, pero generalmente hay una conciencia de que todo tiene que ser flojo, débil, banal, superficial, una actitud no hedonista de la vida, sino intrascendente de la existencia, y que lo otro es aburrido. Y claro está que hay cosas sesudas, aburridas y mal planteadas, y cosas banales muy divertidas. No se trata de plantearlo en blanco o negro. Hoy en día ya no hay un público, sino muchos públicos, hay minorías de públicos. Y un centro vivo como el IVAM tiene que ser capaz de llegar a todas esas minorías con actividades diversas, sin importar si a una conferencia vienen diez o vienen cincuenta. Esa carrera alocada por la audiencia no nos lleva a ninguna parte.

¿Atender a lo más próximo significa descuidar lo más alejado y viceversa?

Pues no. Mira, un ejemplo, Josep Renau y Martha Rosler. En esta ciudad, en esta Comunidad, en este País Valenciano /llamémosle como queramos), a Josep Renau se le ha visto miles de veces, por arriba, por abajo, por delante, por detrás, de miles de maneras, pero, qué casualidad, a nadie se le había ocurrido plantear a Renau con otros artistas internacionales. ¡Joder, menudo olvido!

Portada de MAKMA ISSUE #01, a partir de una de las obras del proyecto ‘Caminos del deseo’, del artista y miembro de MAKMA Ismael Teira.

¿El IVAM, como museo público, se enfrenta al auge de la iniciativa privada por dejadez de las instituciones públicas en relación con la cultura?

Que quede claro, si alguien se gasta dinero en comprar arte, muchísimo mejor que si se lo gasta en un yate. Pero, ojito, porque esto es igual que los hospitales privados y las universidades privadas. ¿Quién tiene biblioteca? Los museos públicos. ¿Quién hace exposiciones y trabajos sobre cuestiones que nadie trabaja? El IVAM. Si me muestras siempre Sorolla o Manolo Valdés o un artista norteamericano muy conocido, pues vale, eso es lo mismo que hacen las universidades privadas. ¿Qué es lo que se vende, medicina, arquitectura y derecho? Perfecto, pues para mí y para ti, poesía francesa del XVIII. Yo vengo de la pública y ahí trabajamos sobre aspectos que nadie trabaja.

De manera que yo amor al arte, todo, pero soy del amor al arte de Soledad Lorenzo, que cede su obra al Reina Sofía, de Martínez Guerricabeitia, que cede su obra a la Universidad de Valencia, de los coleccionistas norteamericanos que dan 200 millones de dólares [y lo repite], 200 millones de dólares, para la ampliación del MoMA. Yo soy de esos.

Pero ante la dejadez de lo público –que la ha habido en materia de cultura–, lógico que se hayan volcado muchos en busca de esa iniciativa privada, ¿no?

¿Sabe las dificultades que hay para que un museo público funcione? Son brutales. De personal, de presupuesto, de cuestiones administrativas… La ley de mecenazgo permite que una empresa privada se desgrave por compra de obra y nosotros no. Tú tienes un Picasso, me lo cedes a mí y, hoy por hoy, no te lo puedes desgravar, y se lo cedes a una empresa privada y puedes hacerlo. ¡Si esto no es ir contra la institución pública, que venga dios y lo vea!

¿La colección del IVAM es uno de los puntos fuertes de su proyecto?

Estamos en lo mismo. No se trata de hacer colección por colección. Tenemos más de 11.000 obras. Y estamos en un intento de organizar, de estructurar la colección. Yo me encontré con cosas muy buenas y también con un totum revolutum. Por ejemplo, lo que se hizo con las vanguardias europeas de los años 20 y 30 todavía tiene coherencia. Esto es de lo mejor a nivel estatal. Es que en Valencia no se tiene ni idea de lo que tenemos. El tema también de fotografía, de arte pop español y extranjero, realmente bueno. Hasta los 70 tenemos una colección magnífica y a partir de ahí tenemos obras muy buenas, pero no tenemos colección.

¿Y qué presupuesto de compra tiene?

Cuando yo entré teníamos 80.000 euros y el año pasado ya teníamos 600.000. Hemos dado un salto importante.

Entonces, ¿existe ahora una mayor sensibilidad política?

No toda la que nos hubiera gustado, pero también es verdad que yo pido más.

Tiene contrato hasta 2020, ¿es tiempo suficiente para desarrollar su proyecto?

Para un museo como el IVAM yo pienso que cada cuatro años es poco, has de contar con un mínimo de 10 años. Menos, no te da tiempo a nada, entre que tomas posesión del cargo, conoces donde están las cosas y demás, se te he pasado ya un año.

¿Cómo está posicionado el IVAM con respecto a otros museos?

Pienso que tiene una identidad propia y muy específica. Estamos trabajando mucho en torno al Mediterráneo, o en la presencia de las mujeres en la colección. Y en museos importantes de arte moderno y contemporáneo solo estamos el Reina Sofía y nosotros. Y el IVAM antes.

Pero el IVAM arrastra cierta mala imagen de estos últimos años.

Es un trabajo larguísimo que hay que hacer. Pero lo cierto es que no hay nadie en España que le interese el arte que no valore al IVAM como uno de los mejores museos y con una programación más coherente y más interesante de este país. El MACBA en 2018 tiene seis exposiciones y nosotros tenemos 12.

José Miguel G. Cortés. Fotografía: Biel Aliño.

¿No caemos con eso a la valoración en función de la cantidad?

No, a ver, tampoco se puede obviar que si un museo como el MACBA hace seis exposiciones y de las seis, solamente una corresponde a una mujer, ya no es una cuestión de números, sino de cultura ideológica. Nosotros estamos prestando mucha atención al trabajo realizado por mujeres y por mujeres a las que, pensamos, no se les ha dado la oportunidad que merecen.

¿Qué le gustaría dejar como legado?

Me gustaría, en el 30 aniversario, darle un impulso al IVAM. En dos sentidos: por un lado, consolidar el museo de arte moderno, que sería el centro Julio González –y aquí incidir mucho en la colección–, y, por otro lado, digitalizar la colección para que pudiera estar a disposición de los estudiosos. Y una cosa más: ampliar la labor de la biblioteca, que es magnífica y ahora está muy reducida, y darle mayor importancia a la educación, a la didáctica. Todo eso con relación al centro Julio González.

Y luego, la ampliación del IVAM del siglo XXI, porque el IVAM necesita otros espacios, otras maneras de abordar el arte de los últimos 20 o 30 años y el arte del futuro. Y aquí no tenemos espacio para abordar todo esto. Nosotros tenemos, en cuanto a metros cuadrados y en cuanto a presupuesto, teniendo en cuenta el arco histórico que estamos trabajando, desde inicios del siglo XX hasta mañana, un espacio ridículo. Estamos trabajando un siglo. Hay sitios que tienen menos que nosotros, pero están trabajando con chavales jóvenes.

¿Cómo Luther King, usted también tiene el sueño de un IVAM del siglo XXI ampliado y carente de polémicas?

Bueno, cuando se creó el IVAM ya hubo mucha polémica, porque luego las cosas se mitifican. Yo considero que igual que digo que no se puede comprar o exponer cualquier cosa, sino que todo tiene que ir en función a un programa, también deberíamos tener las líneas muy claras con respecto a la política cultural que nos gustaría tener. Y hay cosas que son fundamentales. El IVAM se creó hace 29 años y medio y fue un acierto completo, a pesar de la polémica y que iban cuatro a las exposiciones, porque repito que aquí las cosas se mitifican. Al Centro del Carmen iban otros cuatro, porque yo estaba allí y la segunda exposición la hice yo. Y ahora parece que todo aquello era maravilloso, cuando resulta que el 80% de los que hablan de eso ni venían. Bueno, pues se trata de hacer una apuesta, y este es el momento de aprovechar el 30 aniversario del IVAM para hacerla.

Esta entrevista fue publicada en MAKMA ISSUE #01, revista especial en papel con motivo del quinto aniversario de MAKMA, Revista de Artes Visuales y Cultura Contemporánea, en junio de 2018.

José Miguel G. Cortés. Fotografía: José Cuéllar.

Salva Torres

«‘Cantares’ es una película barricada del presente»

‘Cantares de una revolución’, de Ramón Lluís Bande
Con Nacho Vegas
80′
De La Piedra Producciones, 2018
IX Atlàntida Film Fest

Citados en el distrito oeste de Gijón, entre vestigios de industria decadente, extintas ciudadelas, astilleros, lozas y suzukis, Ramón Lluís Bande, provisto con antiparras de inquietante cineasta y densos aditamentos de nicotina, eclosiona, tan introspectivo como locuaz, de su despacho en el estudio de De La Piedra Producciones, ubicado en el corazón periférico del barrio del que es oriundo: El Natahoyo.

Su más reciente película, ‘Cantares de una revolución’ –un heterodoxo musical sustentado por la elocuente prosodia del cantautor Nacho Vegas, cuyos fundamentos y estructura se polarizan en torno de la figura y testimonio del sindicalista y político socialista asturiano Belarmino Tomás [Lavandera, (Gijón), 1892 – México, 1950] y las canciones populares que nos hubo legado la revolución proletaria asturiana de 1934 (ambos abatidos por el olvido oscurantista e inmisericorde)– participa en la novena edición de Atlàntida Film Fest, implementado por Filmin, cuya plataforma aloja, sapientemente, el último lustro cinematográfico de Bande, vertebrado, en buena parte, por los soterrados acentos de la memoria histórica en Asturias durante la Guerra Civil.

Con tal motivo, MAKMA entrevista a este ubérrimo y lúcido creador –novelista, poeta, dramaturgo, músico, director del magazín cultural ‘Pieces’ para la TPA–, con el fin de desentrañar alguna de las copiosas singularidades históricas y cinematográficas que convierten a ‘Cantares de una revolución’ en un filme tan eminente como imprescindible.

La gestación del proyecto ‘Cantares de una revolución’ se sustenta en dos elementos fundamentales: la figura de Belarmino Tomás y la historia de los cantares populares de la lucha obrera durante el siglo XX, en ambos casos circunscritos a la revolución asturiana de octubre de 1934. ¿Quién fue Belarmino Tomás y qué papel desempeñó durante esta revolución?

Belarmino Tomás creo que fue la figura política más importante del siglo XX en Asturies, y por sus característiques, completamente desconocida en el tiempu actual. Hubo una campaña premeditada de olvido hacia su figura. Describiendo muy pocos elementos de su vida podemos ver su importancia.

Él fue discípulo de Manuel Llaneza y, a través de su relación con él, fue responsable del SOMA (Sindicato de Obreros Mineros de Asturias) a principios del siglo XX. Con esa experiencia en el SOMA, hay un primer momento que a mí me parez muy importante: fue el dirigente del pozo San Vicente, que fue el primer caso de mina socializada en el Estado español, de mina que pasó al control de los propios trabajadores. Después, en 1934, fue uno de los principales dirigentes de la Revolución y el que negoció la rendición, el final, con López Ochoa (Eduardo López Ochoa, general de división del Ejército de Tierra). En las elecciones del 36 fue diputado por Asturies en Madrid y, con el golpe de estado, fue la máxima autoridad republicana en Asturies, primero como representante del Frente Popular y como gobernador de Asturies del Gobierno de la República y, después, como presidente del Consejo Interprovincial de Asturies y León.

Los dos últimos meses de guerra –cosa muy interesante–, desde el 24 de agosto al 21 de octubre de 1937 –que cae Xixón, Asturies y el Frente Norte– fue presidente del Consejo Soberano de Asturies y León. El Consejo se vio obligado a declarar la soberanía, con lo cual el fascismo derrota en Asturies a un gobierno soberano. Tras la caída de Xixón sale a Francia y vuelve a entrar en zona republicana, siendo delegado del Aire del Gobierno de la República hasta el 39 y, después, vive el exilio en México, donde no abandona ni la militancia socialista ni el compromiso, por un lado, con los exiliados asturianos en México –de los que siguió cuidando, entre comillas–, ni su papel como máximo representante de los mineros asturianos en organizaciones sindicales a nivel mundial.

Este paso a vuela pluma por su vida creo que da la entidad del personaje. Entonces, siempre me pareció muy extraño que los asturianos no conozcamos a Belarmino Tomás; y también hay algo que siempre me gusta en mi trabajo, que es encontrar los espacios donde la memoria se politiza, donde la memoria conflictúa al presente.

Por ello me parecía muy interesante ver por qué, aún estando en un país, en Asturies, en el que –menos estos últimos cuatro años de gobierno anecdótico de la derecha– gobernó el mismo partido en el militaba Belarmino Tomás, no se conoce esa figura y por qué no se interpretaron políticamente todos estos sucesos: el 34, el 36 y el 37. Por qué se nos hurtó esa historia, que paye fundamental para entender lo que significó la clase obrera como sujeto político en Asturies y en la conformación de la identidad colectiva de los asturianos; cómo esa identidad colectiva está directamente vinculada a la clase, que es una cosa que no pasó en otros sitios del Estado. Mientras en la resistencia antifascista catalana o vasca había elementos de la burguesía y elementos nacionalistas propios, aquí siempre se vinculó nación, o esti conceptu de colectivo, a clase.

Parezme que ahí hay muchas claves pa entender quién fuimos y quién somos; y en el momento político actual que vive el Estado español, muchas claves muy interesantes para resolver ciertos embrollos que tienen que ver con identidad de clase.

Esta reflexión se emparenta con la extremidad musical de la película. ¿Qué relato componen y qué elementos destacarías de las letras de las nueve canciones interpretadas por Nacho Vegas en ‘Cantares de una revolución’?

La parte musical de la película nació de un proyecto anterior. Nacho y yo estábamos preparando para la televisión pública asturiana una serie que se acercaba a la historia de Asturies del siglo XX a través de la música popular. Encontrábamos cómo había canciones que contaben la Guerra Civil, la Revolución, la inmigración de principios de siglo, la lucha de la guerrilla en el monte; cómo todos esos momentos históricos, que pa nosotros eren muy importantes, habíen quedao prendíos en la música popular. Entós, estábamos trabajando en esto y, a la vez, yo en el guion sobre la vida de Belarmino Tomás. Llegó un momento en el que unimos les dos coses: ¿Y si contamos la vida de Belarmino Tomás solo durante la Revolución y a través de la música popular?

Nacho Vegas en el cementerio de El Salvador de Oviedo, durante un instante de ‘Cantares de una revolución’, de Ramón Lluís Bande. Fotografía cortesía de Filmin.

Lo que más nos interesó, en concreto, de las canciones de la Revolución era que nacíen de los propios revolucionarios. Había dos coses: una, temáticamente, que las canciones cuentan la revolución en marcha, tal y como la están sintiendo y viviendo los protagonistas, y, por otro lado, lo nacional, cómo para hacer popular eses letres o compartir esos mensajes se apoyaben en la cultura musical tradicional; cómo utilizaben eses melodíes tradicionales pa enganchar esas letras de la revolución en marcha. Entós, están los dos pilares, que a mí me parecen interesantes, pa definir la identidad colectiva de aquel momento: la clase y la pertenencia a una realidad cultural determinada, a la que llegaben o a la que traducían a través de las melodías de la música popular.

En entrevistas previas has afirmado que “no podemos estudiar el presente sin volver al 34” y, a la par, “el pasado me interesa lo justo para enmendar el presente”.

Yo creo que se corre un peligro, que se vio en el Estado español –hay ejemplos en Argentina y en otros sitios–: cuando la memoria se institucionaliza se despolitiza y se elimina su poder de influencia en el presente político. A mí una memoria política desprovista de su capacidad de influencia en el presente político no me interesa. Creo que ye muy interesante recuperar todo el siglo XX político, porque creo que es un período histórico no clausurado; vivimos dentro de ese momento histórico.

Sobre todo vinculado con la memoria democrática, a la que te refieres.

Sí. El relato hegemónico que tiene el Estado español sobre la Guerra Civil es el relato franquista: el de la guerra fratricida de hermanos contra hermanos, de un falsu humanismo de baja intensidad y de baja calidad humana. Hay otra cosa más peligrosa que esta, que ye que el relato hegemónico de la Transición también es el franquista; el del proceso ejemplar de reconciliación, con ciento veinte mil conciudadanos en cuentas, todavía. Entós, algo huele mal ahí.

Yo planteé desde hace años mi cine como la generación de relatos contrahegemónicos de esto. Mis películas empiezan en el 34, en el 37, pero hablan del 2018, del 2019, de la poca calidad democrática de los consensos del 78. Y yo, que quiero que mi cine sea muy poco impositivo al espectador, sí perfila una pregunta base, que ye por qué no conocemos estas historias, qué significa esto en nuestro presente democrático y cómo condiciona la lectura de ese relato hegemónico.

¿Crees que hay una predominante perspectiva de equidistancia en el relato oficial?

Sí, pero es un relato que compró la izquierda, también. No vamos a decir nombres, pero novelistas de izquierdes comparten el relato del franquismo; hay muches noveles así de escritores, masculinos y femeninos, vinculados claramente con la izquierda, sobre todo porque sí que ye cierto, y yo creo que no ye discutible, que en la Guerra Civil hubo republicanos que eren unos grandes hijos de puta y, seguramente, hubo fascistas que eren buenes persones. Eso no entra en la discusión, porque eso no ye importante; lo importante está en explicar bien el origen de la guerra, y el origen de la guerra fue un golpe de estado fascista contra la legalidad republicana. Esto sitúa la historia en su justa medida. No ye una historia tampoco de buenos y malos ni de repartir carnés, pero sí que hay unas legitimidades que son atacades.

Ramón Lluís Bande durante un instante de la entrevista. Fotografía: Merche Medina.

Siempre digo, ahora que estoy estudiando mucho la Guerra Civil en Asturies, que aquí no hubo guerra de asturianos contra asturianos, ni siquiera, específicamente, de asturianos contra españoles. Aquí hubo una guerra de asturianos contra italianos, contra moros, contra alemanes; y esto sitúa a la guerra en un terminu que sería más justo, que sería Guerra de España, no como Guerra Civil, que ye una manera de nombrarla que no define lo que fue. Una Guerra de España que fue la primera batalla de la II Guerra Mundial, donde el fascismo internacional probó armas y estrategies, y fue la primera batalla que el fascismo internacional ganaba en Europa, que después se llevó a otros lados y que en el 45, con la desnazificación, se olvidaron de España. La lucha contra el fascismo en el 45 tendría que haber acabado con la liberación de España, con la vuelta de la República española. Eso no se hizo por miedo al comunismo.

Todo esto parez como muy complejo y con muchos nudos. Yo creo que ye hora de aplicase, poco a poco, a ir deshaciendo nudos y tener una plasmación más cercana, porque si no no podemos entender nuestro presente políticu. Si no entendemos que ninguna persona digna puede defender la bandera rojigualda como bandera de unidad –porque la legítima era la tricolor y la actual era la bandera del fascismo–, no va a poder haber una reconciliación con esa bandera.

Albert Camus –autor referido, por cierto, en el introito de la película– escribió que “Fue en España donde mi generación aprendió que uno puede tener razón y ser derrotado, golpeado, que la fuerza puede destruir el alma, y que a veces el coraje no obtiene recompensa”, sentencia que uno emparenta con una de tus declaraciones, en las que manifiestas que “hay derrotas que son fuente de identidades”, en tanto que “parámetros simbólicos de reconocimiento”.

Sí, yo creo que, sobre todo teniendo en cuanta a la clase y al país al que pertenezco, que como no reivindiquemos derrotas no tenemos nada que reivindicar. Hay derrotas que son generadoras de identidad. El intento de hacer una revolución en 1934, aunque ese intento fuera fallido, debería servir, casi, como momento fundacional de la clase obrera asturiana como sujeto político. Todo esto marcaría mucho la evolución de Asturies a lo largo del siglo XX.

Una de las medidas que tomó el franquismo en respuesta a la Revolución fue generar una dependencia de la economía pública de toda la economía asturiana. La manera que tenía el franquismo de controlar a la clase obrera asturiana era controlar los puestos de trabajo, controlar les condiciones de vida de los trabajadores –por eso Hunosa y Ensidesa–, por su fuerte carga identitaria, como clase que pertenece a un territorio. El franquismo tuvo mucha precaución con eses dos realidades. Tampoco le salió muy bien, porque la única vez que el franquismo se ve obligado a sentarse a negociar es en el 63, en Asturies otra vez, donde el franquismo negocia con el movimiento obrero asturianu.

«Hay una secuencia de la yo estoy muy orgullosu, que ye la de los herederos de la Revolución en el parque (Sama). Esa secuencia representa lo que paye el arte cinematográfico. En un plano grabado en presente tienes cien años. Cómo el cine cuenta un siglo». Fotografía cortesía de Filmin.

Toda esa identidad de lucha –que ya había tenido y había dado señales de preexistencia, con les huelgues del 17 y del 19–, en el 34, con el nacimiento del UHP (Uníos Hermanos Proletarios), esta unión de todes les sensibilidades de la izquierda –socialistas, republicanos, comunistas o libertarios–, que tuvieran un proyecto común, condicionó una identidad muy fuerte de la izquierda asturiana que con la Transición no se llegó a reivindicar; la izquierda, los protagonistas de la Revolución, siempre tuvieron muy mala conciencia sobre esa revolución, sobre todo el Partido Socialista, pero también el Partido Comunista (los libertarios dejaron de existir). No se reivindicó con orgullo aquel intento. Ni, incluso cuestionándolo: fue un error, pero vamos a estudiar ese error, por qué llegamos a él.

En esta parte de lucha contra la identidad de clase, que quiere debilitar la posible pervivencia de la lucha de clases, juega un papel importante volver a contarnos nuestra historia. Porque el olvido del 34, en la gira de presentación de ‘Cantares de una revolución’, siempre lo relacioné mucho con la capacidad de normalizar a la extrema derecha en España, que fue tan sencillo. Cómo la presencia de VOX, cómo ser fascista volvía a ser una opción tolerable en España.

Cuando la izquierda institucional hizo que la clase obrera se quedara sin referentes históricos, sin relato, ye mucho más fácil legitimar cualquier otra cosa. Date cuenta que el 34 realmente estalla cuando es posible que tres ministros de la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas) y la extrema derecha entren en el gobierno de la República.

Por tanto, ¿adviertes semejanzas con el presente político?

Hay una equivalencia con el momento político actual. Hay una evolución que la extrema derecha tien clara. Ahora, les reuniones entre PP, Ciudadanos y VOX ye la nueva CEDA, sin embargo la izquierda tien miedo a, frente a eso, nos defendenos con el Frente Popular.

El PSOE no quiere ni oir hablar del Frente Popular. Pedro Sánchez solo podía ser presidente el jueves (25 de julio de 2019) con el Frente Popular, es decir, con el voto a favor de Unidas Podemos y la abstención de nacionalistas catalanes y vascos, que sería una reorganización del Frente Popular 2.0 o 4.0 del Frente Popular. Pero como no cuidemos esa historia, como no nos contemos ese relato, como incluso la izquierda tien miedo a este relato… Hay que evolucionar y, seguramente, el Frente Popular hizo cosas mal, pero la unidad de la izquierda y la unidad de clase van a ser imprescindibles si nos queremos seguir defendiendo. Hay que darse cuenta de que del 34 llegamos a Santi Abascal, sin forzar, o sea que… Pero también ellos lo tienen claro. El 34 estalla por un discurso de Gil-Robles (José María Gil-Robles, diputado en las Cortes republicanas y ministro de la Guerra en 1935) en Covadonga, que vino a provocar, y Santi Abascal empezó la campaña electoral en Covadonga.

En qué medida ‘Cantares de una revolución’, amén de una reivindicación, es una celebración?

Yo creo que el elemento musical lo convierte en celebrativo. La música popular siempre mete ese carácter, no diría festivo, pero sí celebrativo. Desde el cine ye más fácil celebrar que reivindicar, porque en la celebración va implícita la reivindicación. Pero al decidir que la vamos a montar sobre canciones, que cuenten coses muy dures, estas siempre te llevan a la celebración. Sí que a mí me gusta definir la película así, más que como reivindicación –que va de suyo, sobre todo por el otro cincuenta por ciento de la película, que son los testimonios de Belarmino Tomás–.

Ramón Lluís Bande y Jose Ramón Alarcón durante un instante de la entrevista. Fotografía: Merche Medina.

¿Debe considerarse la película como un musical, en todo caso, heterodoxo?

Sí, yo siempre dije que esta película era un musical; heterodoxo dijeron otros (yo siempre me encuentro a gusto con la palabra heterodoxo). En el fondo ‘Cantares de una revolución’ bebe de ‘Equí y n’otro tiempu’ (Ramón Lluís Bande, 2014), en la importancia de los espacios y la resignificación que el cine puede hacer de los espacios, pero aquí teníamos el añadidu de situar cuerpos en espacios; y, después, una cosa que la gente no ve a primera vista, pero, claro, no hay nada más coreográfico que la lectura, que el movimiento de las palabras en la pantalla y en la sala. Era un trabajo de cómo la imagen sonora llenaba la imagen visual; cómo conseguía construir una imagen dialéctica que fuera la suma de lo que se oye y lo que se ve, dentro de la conciencia de estar haciendo una película musical, no un documental musical, que también.

Eso es una segunda parte, una segunda lectura de la película, que ye cómo un músico popular del siglo XXI se enfrenta a la reconstrucción de la herencia musical. Esa ye otra película que está en esta, pero la que está en primer término es la otra, la que cuenta la historia. Era esta relación de cuerpo-espacio-palabra en el espacio lo que decidió la puesta en escena de todes les secuencies.

Sueles perfilarte como un director obsesionado por la estructura de tus películas.

Sí, yo soy un director que me gusten mucho les estructures muy cerraes. A mí lo único que me preocupa de una película ye la estructura; en una estructura bien cerrada puedes meter cualquier cosa; cómo estén los actores ya me importa menos si todo lo demás funciona. Precisamente por esto, soy un director que me gusta imponer poques coses a mis películes. La suerte con este tipo de pelis ye que me vienen heches: al aceptar una cronología, unos hechos y unos espacios, yo solo tengo que ordenar eso dentro de la generación de un relato, pero no tomo decisiones gratuitas que me costaría mucho tomar. Soy incapaz de decir “que el actor haga esto”, porque podría hacer esto o cualquier otra cosa.

Si te fijes en todas mis películas, como en ‘Equí y n’otro tiempu’, las secuencias están rodadas en el mismo día en que pasó, en el espacio, porque así el plan de producción ya me lo da la realidad y yo no tengo que imponer nada a la película, ye ir detrás d’ella. Aquí (‘Cantares de una revolución’) pasa un poco lo mismo, sí que está todo muy controlado, pero todo está editado. A Aída de la Fuente la mataron donde la mataron, la Universidad de Oviedo está donde está, el parque de Sama, el balcón del Ayuntamiento, etc. Todo ve viene dado y yo lo que intento ye organizalo en una estructura que tenga más o menos sentido; solo tengo que intentar contalo bien.

¿Cuáles han sido hasta ahora las reacciones y expectativas de los espectadores frente a ‘Cantares de una revolución’, tanto asturianos como de otras localidades en las que se ha exhibido la película?

En Asturies fue espectacular, muy emocionante estrenar en el Festival de Cine de Xixón (Premio Especial del Jurado del 56 FICX), un festival con el que yo estuve varios años enfadado –estuve fuera, estrenaba en Sevilla–. El año anterior había vuelto con ‘Escoréu’ (‘Escoréu, 24 d’Avientu de 1937’, Ramón Lluís Bande, 2018), con el cambio de dirección del festival. ‘Cantares de una revolución’ ya se estrenó en sección oficial en Xixón, en el Teatro Jovellanos, que, por otru lau, ye un espacio muy vinculado a la figura de Belarmino Tomás, cuando era el Teatro Dindurra.

Del estreno me quedo con un momento: al final, con los primeros créditos, cuando mi hija sale y le pone una flor a la tumba de Belarmino Tomás y sale la foto de Belarmino, el público se levantó en el teatro y empezó a aplaudir a la figura de Belarmino Tomás, que para mí eso era muy importante en esta película. También funcionó muy bien en el estreno en Madrid –estuvo nueve días en la Cinemateca– y en otros festivales y ciudades en las que se proyectó.

Hay la confirmación de una tristeza. Los encuentros con el público son casi iguales en Asturies que fuera; el nivel de desconocimiento es el mismo en Madrid que en Llanes o que en Mieres. Eso creo que indica la necesidad de la existencia de la película. Es un poco triste por lo que dice de nosotros, pero también muy interesante, porque conocíen poco o nada que en el 34 en Asturies se hubiera intentado la última revolución proletaria en Europa Occidental y que fuera triunfante durante quince días.

Por otru lau, yo veía durante el proceso de ‘Cantares’ su relación con el presente y, de repente, la explosión de VOX y la naturalización de la extrema derecha convirtieron la película en completamente actual. Vimos cómo en quince días y en tres puntos del mundo la extrema derecha estaba completamente normalizada en España, dándole un significado que no tenía: que era una película barricada del presente, en el sentido de que hay que parar a la extrema derecha. La extrema derecha puede vendenos su discurso porque desconocemos estes histories, porque no tenemos anticuerpos de relato contra ellos. La actualidad repolitizó el presente de la película.

Ramón Lluís Bande. Fotografía: Merche Medina.

Jose Ramón Alarcón

El paseo. Cultura en València

Hace unos días acompañé a mi hijo a un cumpleaños al Bioparc. Es un lugar bonito en el que puedes llegar a tener la sensación de que los animales son privilegiados que disfrutan de unos ecosistemas hechos a su medida. No puedo evitar recordar al lobo de Tasmania, al sapo dorado, a la foca monje o al tigre de Java, todos ellos extinguidos, en mayor o menor medida, por la acción humana.

Dejé a mi hijo con sus amigos y seguí con la bicicleta por el cauce que recorre el río Turia, hasta que llegué a Manises. Bajo unos puentes de madera vi familias de patos; las madres protegían a los polluelos de los ruidos de la autovía y de los adolescentes que disfrutaban tirándoles piedrecitas. Me acerqué hasta la orilla: plásticos, latas y envoltorios de Hacendado se mimetizan entre el verde eléctrico de los arbustos. El hombre ha sido capaz de generar 8.300 millones de toneladas de plástico de los que 6.300 millones de toneladas se convirtieron en residuos. Algunos patos volaron asustados por mi presencia e intuyo que indiferentes a mis ensoñaciones. Tuve el impulso de volver a por mi hijo y marcharnos a casa, pero ¿qué culpa tiene él?

Había pedaleado media hora pensando en los proyectos que tengo en la cabeza, pero al llegar al final del trayecto me asaltó una noticia leída en prensa: “La galería Pepita Lumier echa el cierre en València”. Cristina Chumillas y Lucía Vilar intentarán seguir con el proyecto, pero dándole un giro, eliminando el espacio físico. También Librería Dadá cierra de forma temporal; Inma Pérez buscará nuevas fórmulas que le permitan seguir peleándose con el día a día. Espacios, librerías, galerías, revistas, editoriales, teatros, todos ellos forman parte del tejido cultural valenciano. No quiero recordar a los que ya no están –cada uno tuvo, en su momento, razones para no continuar–, pero creo que es obligado pensar en qué está ocurriendo con la cultura en València. Tenemos Feria del Libro, festivales de barrio, La Mostra, Cinema Jove… Tiene que ser difícil gestionarlo todo y no puede ser producto de la casualidad que se reproduzcan los comportamientos.

A fin de cuentas, ¿qué es la cultura? Edward B. Tylor, en 1871, la definió como todo complejo que incluye el conocimiento, las creencias, el arte, la moral, el derecho, las costumbres y los hábitos y capacidades adquiridas por el hombre como miembro de la sociedad.

Ya, eso está bien, pero ¿qué piensan los políticos de la cultura? Como acabamos de vivir un proceso electoral largo, es fácil indagar en cuáles son sus ideas acerca de este tema, me refiero a aquello que se vea reflejado en sus programas electorales:

PSOE: hacer un pacto de Estado por la cultura (suena bien, pero si no son capaces de pactar para ocupar los sillones del Congreso… No acabo de creerlo), Ley de Mecenazgo, financiación para la RAE, destinar parte de la recaudación de la lotería para la producción de cine; PP: Plan Nacional de Tauromaquia (ahí tenemos a la cultura), fiscalía especializada en la protección de la propiedad intelectual (quizá ya no sea necesaria dentro de unos pocos años), blindar el archivo de Salamanca, Ley de Mecenazgo; Unidas Podemos: plan de reforma de RTVE, Estatuto del Artista (ocurre lo mismo que con la fiscalía del PP), potenciar la producción de cine en las lenguas del Estado; Ciudadanos: difusión de la Historia de España, Ley de Mecenazgo (parece que ahí todos coinciden, que paguen otros), rebaja del IVA cultural, plan estratégico del patrimonio cultural; VOX: favorecer el arraigo a la tierra y las tradiciones folclóricas (cómo te quedas al leer su programa…).

Según sus programas parece que la solución política al problema cultural está en aplicar deducciones fiscales a aquellos que se animen a actuar como mecenas (financiar y proteger a los artistas).

En un reciente estudio de la Generalitat de la Comunitat Valenciana, elaborado por Antonio Ariño y Ramón Llopis, se concluye que el 33 % de los valencianos pasa de la cultura, aunque el 56 %, no obstante, piensa que la cultura es importante. Según Ariño, “la revolución digital ha hecho que los bienes culturales pasen a estar en nuestro bolsillo”. Carmen Amoraga se encuentra “satisfecha” de alguna de las iniciativas puestas en marcha desde la Conselleria de Cultura. Hemos de entender que las ayudas a una Feria del Libro que cada año pierde más el pulso con la ciudadanía, o el fomento de Cinema Jove, con un contrato a su director Carlos Madrid que sugiere una apuesta cortoplacista, llenen de “orgullo y satisfacción” a la actual secretaria autonómica de Cultura y Deporte. Serán estos unos años fértiles para la cultura valenciana, pensaron muchos de los agentes culturales hace cuatro años.

Se han hecho cosas, por ejemplo, el Ayuntamiento de València ha generado ayudas de 150.000 € destinados a la programación de proyectos culturales sin ánimo de lucro y con carácter asociativo; Glòria Tello hace un llamamiento a la participación. Se recupera, también desde el Ayuntamiento de València, La Mostra, después de estar suspendida desde 2011 (en la 33ª edición se destinaron 40.000 € en premios, 72.170 € para la directora gerente Rosa Roig y 65.000 € más para Eduardo Guillot (vicedirector y responsable de programación).

Entonces, ¿por qué el ánimo de los personajes que forman el entramado cultural: artistas, escritores, galeristas, programadores, etc., está tan bajo? ¿Falla algo? ¿Qué haría falta?

ARÍSTIDES ROSELL. GALERÍA IMPREVISUAL

Siento la necesidad de preguntar a alguno de esos personajes cuál es su percepción, no quiero dejarme influir por mi escéptica visión del vaso medio vacío mientras escucho el aleteo de los patos y entiendo que ese ruido de pluma contra pluma lo emiten a modo de queja. Es por eso que me he acercado hasta la Galería Imprevisual (c/Doctor Sumsi, 35) y, además de disfrutar de una maravillosa exposición de carteles de cine cubanos, aprovecho para hablar con Arístides Rosell.

Arístides Rosell posa junto a una de sus obras y el volumen ‘El cartel. Revolución’. Fotografía cortesía de Ximo Rochera.

Lo encuentro hablando con el artista Vicent Marco sobre el seminario impartido en el Sporting Club Russafa por Marta Pérez Ibáñez “El artista y la autogestión: emprender en el mundo del arte”. ¿Es la cultura un comercio?, comentan. Arístides me dice que no le gusta hablar de datos económicos, así que comienza haciéndolo sobre los movimientos culturales que se generaron en los barrios a partir de 2006-2008:

–Había desidia y silencio cultural, desde 2008, y, concretamente, en el barrio del Cabanyal se genera una barricada cultural que no quiere dejar morir la arquitectura o la cultura; se genera una revolución cultural que llena de eventos la ciudad. A partir de la crisis emergen los movimientos culturales en los barrios (siguiendo la inercia del Cabanyal), los artistas se instalan en esos barrios y se generan interconexiones. Sin embargo, no existe comunicación directa con la Administración. No existe apoyo, que es algo que no tiene que ver con las subvenciones. Podríamos decir que hay una desidia cultural política.

No obstante –prosigue Arístides–, esos movimientos emergentes contra la voluntad política continúan con fuerza (Russafart, Russafa Escénica, Cabanyal Íntim, Ciutat Vella Oberta…). Creo que los políticos no han amparado a estos movimientos (por cierto, esto no es original de València, más bien es una dinámica internacional). Se han sacado subvenciones y líneas de actuación, pero en ningún caso se ha acompañado. Pienso que los políticos no estaban preparados. Solo se ha hecho un diagnóstico, pero nunca se vio a esos movimientos como aliados –Arístides acaba de hacerme de espejo. En su frente he visto volar también esos patos del Turia–.

Tiene que marcharse a una reunión en Buñol para preparar un festival. Me queda preguntarle si ve el futuro con escepticismo o con ilusión. Él responde rápido mientras recoge su bolso y se prepara para salir conmigo de su galería:

–Con ilusión, siempre hay que dejar un margen de actuación. Ya están los diagnósticos. Ahora,¿actuamos?

DANIEL GASCÓ. VIDEOCLUB STROMBOLI

Me alejo con la bicicleta y recorro migratoriamente la calle Centelles hasta mi nueva parada: el Videoclub Stromboli. Allí espero encontrarme a Daniel Gascó. Le abordo directamente; casi sin darle las buenas tardes, le pregunto su impresión sobre los logros culturales en estos últimos años. Comienza diciendo que no cree que haya un buen reparto de los recursos y que también se han producido situaciones injustas (como en el caso de La Mostra).

Daniel Gascó en las dependencias de su Videoclub Stromboli. Fotografía cortesía de Ximo Rochera.

–Parece que a veces lo social y lo democrático no tenga que ver con la cultura –continúa hablándome de la gran cantidad de acontecimientos que hay en València–. Estoy de acuerdo con Maite Ibañez en que hay mucha dispersión de la cultura en cuanto a número de festivales. Falta cohesión o recortar su número.

Le interrumpo diciéndole que quizá eso significaría ir a una política de grandes acontecimientos, de fotografía para artículo de prensa.

–Por ejemplo, el número de acontecimientos cinematográficos del año no se corresponde con la infraestructura. Creo que faltan salas. No todo puede ir a la Filmoteca, porque afecta a su normal funcionamiento –responde Gascó.

Mi hijo me enseña la película que quiere que alquilemos y me apremia a que acabe con mi charla, así que le pregunto directamente sobre cómo ve el futuro:

–València es una ciudad muy culta, por encima de los políticos que haya. Está dentro de la médula de la ciudad: gente que trabaja porque sí, una especie de voluntariado no remunerado, gente muy generosa. No creo tanto en los políticos. No pienso que dos o tres personas con poder puedan organizar culturalmente la ciudad. Son estas personas las que en ocasiones desestiman proyectos muy importantes. Lo hacen por miopía o por incapacidad, o porque sí.

Acaba con una frase que me deja pensando mientras pedaleo hasta mi nuevo destino:

–Hay militancia cultural.

INMA PÉREZ. LIBRERÍA DADÁ

Muevo los pedales con menos ganas que hace solo unas horas y no es que esté cansado, más bien es una especie de nube gris que ha comenzado a envolverme y que ha dejado un ambiente un poco pegajoso que no me permite pedalear libremente, aunque sigo haciéndolo hasta la calle del poeta Monmeneu, 18. Allí se encuentra el Espacio Paco Bascuñán y, de forma temporal, Inma Pérez ha desplazado dadaístamente parte de sus libros y de la Librería Dadá, en esa especie de éxodo forzado en el que se encuentra inmersa. La terraza interior rodeada de plantas es un lugar magnífico para conversar.

Inma Pérez durante un instante de la entrevista en el Espacio Paco Bascuñán. Fotografía cortesía de Ximo Rochera.

No dejo pasar muchos minutos antes de abordar a Inma con la primera pregunta:

–Después de muchos años con gobiernos que no parecía que favoreciesen demasiado a la cultura, se recibió con mucha ilusión el cambio político en la Comunitat y en la ciudad; sin embargo, parece que la sensación entre aquellos que se dedican a la gestión cultural es que tampoco han cambiado mucho las cosas. ¿Cuál es tu percepción?

–(Sonríe antes de comenzar a hablar) Quizá esperábamos demasiado, teníamos muchas ganas de que los nuevos gestores, que conocían y nos conocían, pudieran cambiar las cosas –yo tengo la intención de no interrumpir su discurso, así que permanezco callado–. Han puesto en marcha iniciativas necesarias, pero, para mí, algunas cosas se han hecho sin contar con muchos de los que ya estábamos. No todos estamos agremiados o asociados, no todos tenemos la misma visibilidad ni los mismos medios, pero estamos trabajando también cada día en el sector y nos hubiese gustado formar parte de la elaboración de estrategias puntuales o de la redacción de diagnósticos sobre el estado de la situación, por ejemplo, pues nos afecta lo que ellos decidan.

(Asiento con la cabeza y dejo que continúe). Si queremos fortalecer el sector cultural, se debe abordar detectando los problemas desde la diversidad y la realidad de todos, teniendo en cuenta que lo que vale para uno no vale, seguramente, para los demás. Deberíamos dejar también de pensar en términos cortoplacistas y establecer medidas destinadas a que podamos crecer y consolidarnos, a medio y a largo plazo, teniendo en cuenta también que lo que vale para hoy quizá no valga para mañana. Muchos llevamos algunos lustros sobreviviendo– asevera.

Me gustaría hablar sobre los museos, concretamente sobre las librerías albergadas en el interior de los museos, así que comienzo diciéndole que cuando alguien viaja a diferentes ciudades de Europa y recorre sus museos se da cuenta de lo que significa tener una librería dentro de uno de ellos. Creo que su opinión es una de las más válidas en la Comunitat Valenciana para desvelarnos por qué, en València, independientemente del color político, no tenemos librerías de ese tipo. Inma, seguramente, ha tenido que contestar esta pregunta muchas veces (incluso a ella misma), por esa razón su respuesta salta como accionada por un mecanismo de muelles:

–Es algo complejo de explicar y daría para una charla –sonríe, nuevamente, y continúa con una explicación que intuyo será clarificadora–. En primer lugar, porque no hay demanda real. La mayoría de la gente que visita un museo espera comprar algún souvenir o merchandising, esperan encontrar eso porque es lo que ven en todos los lados. Este material cuesta mucho de producir y mucho más de vender porque las cifras reales de visitantes, que no asistentes, no mantienen un negocio vendiendo solamente postales o lápices, que es lo que casi todo el mundo quiere, algo que no sea caro. El gasto por visitante es muy reducido y el gasto que genera el negocio es más elevado, por eso se termina cerrando.

La venta de catálogos –revela–, además, es también reducida; se siguen regalando bastantes ejemplares, otros tantos terminan en algunas librerías a precios reducidos…, así que por una parte o por otra tampoco se genera demanda, salvo momentos puntuales y eso tampoco da para mantenerte. No olvidemos que, muchas veces, estos visitantes de museos se encuentran con puntos de información donde tienen de forma totalmente gratuita revistas, carteles…; y el paso por una tienda, o librería, es para mirar, porque ya han cargado previamente sin tener que pagar nada por ello –indica Inma Pérez.

Habla con rapidez y con fluidez. Pienso que cuando alguien ha vivido de cerca problemas similares se genera cierta empatía instantánea. No puedo dejar de pensar en el cierre de Le Petit Canibaal o en el necesario giro del proyecto Canibaal. Entiendo perfectamente de qué está hablando Inma y sé que no necesita que le diga que comprendo cada una de sus palabras. En ocasiones nos podemos permitir hablar con las miradas.

–En segundo lugar –prosigue–, porque la institución, la que sea, no siempre cree en la librería, en una librería. Se debe sacar rédito económico (totalmente de acuerdo y nada que objetar) con una licitación, atendiendo al negocio que alguien abrirá y los supuestos beneficios que éste obtendrá, por eso se licita con un precio que va al alza. Suele ser una licitación de duración muy reducida que, muchas veces, no permite amortizar inversión alguna, pues no solo compras material, también mobiliario, equipamiento diverso y quizá debes contratar personal; siempre está el riesgo de que cuatro años después decidan que, una vez terminado el contrato, quieran otro modelo de negocio y tú te puedes quedar compuesto y con una librería/tienda en marcha.

No hay estudios rigurosos –continúa– sobre el impacto económico de los visitantes, lo que no ayuda al que arriesga su capital, que se debe guiar por lo que pide la institución, o lo que le dicen los que allí trabajan, mayormente en las oficinas, pero que luego resulta que puede que no sea totalmente cierto. Se trabaja sobre expectativas, pero no sobre la realidad –asevera.

Mi hijo da vueltas por el patio y husmea entre las plantas, me pregunta si puede sacar la bolsa con sus piezas de Lego para entretenerse. Inma le mira de reojo y sigue contestándome:

–Una librería en un museo es un valor añadido, no debería ser sólo una tienda de souvenirs o un espacio que todo el mundo espera; y no es el mismo modelo de negocio, las librerías tienen márgenes comerciales prácticamente invariables y los precios de los libros son fijos y están regulados por ley, cuesta mucho producir beneficio económico. La librería genera comunidad, que se une a la del propio museo.

Apostar por un espacio así en las instituciones –mantiene– supondría cambiar los pliegos, para que fueran más ajustados a la realidad y más flexibles, pues todas y cada una de las decisiones que además se toman en estas instituciones repercuten directamente en el devenir de la implantación y consolidación de la librería. En un sólo año puede cambiar muchísimo el panorama, y por muchas razones.

Yo he estado 12 años en un museo –recuerda Inma Pérez–, durante un tiempo en dos, y los retrasos en la publicación de los catálogos, los cambios de dirección, la subida del precio de las entradas, la modificación del horario de apertura y hasta el cierre de la cafetería pueden repercutir directamente en tu negocio. Montar una librería en un museo debería ser una gran y magnífica oportunidad, pero en estos momentos es una auténtica locura –concluye.

Recuerdo las palabras de Arístides Rosell sobre los tiempos de diagnosis, así que decido hacerle una última pregunta a esta librera incansable:

–¿Crees que nos esperan otros cuatro años de diagnosis o quizá se pongan a trabajar en serio? Me refiero a si ves el futuro de la cultura con escepticismo o con cierta ilusión (Inma levanta la mirada con cierta pereza por responder a una pregunta que quizá se haya formulado demasiadas veces en las calles y en algunos espacios culturales).

–Ahora mismo tengo ante mí una situación muy complicada y solamente pienso en cómo salir adelante, así que quizá no esperaré nada de nadie para no sentirme defraudada o decepcionada.

Ojalá que lo nuevos gestores lo tengan claro esta vez y que lo podamos ver, porque ya no habrá margen para excusas y quizá no más oportunidades –confiesa.

Ha sido un día intenso: he recorrido carriles bici que antes no existían y me he podido acercar a espacios naturales, librería, galería y videoclub sin apenas salir de ellos. He estado en contacto con la naturaleza y disfrutado viendo a mi hijo pasarlo bien. He podido ver una València más amable para las familias y los niños y, para ser justos, cierta predisposición hacia la cultura, pero no puedo dejar de hacerme la siguiente pregunta: ¿es suficiente con tener una buena predisposición hacia la cultura después de haber cubierto una legislatura?

Puede que la política cultural sea como un elefante: grande y majestuoso, pero con movimientos muy lentos.

Detalle de un paseo elefantiásico por Bioparc. Fotografía: Ximo Rochera.

Ximo Rochera

Tras el acerbo óxido de la culpa: Eduardo Goldman

‘Como perro que aúlla en la oscuridad’, de Eduardo Goldman
Huso, 2019
XXXII Semana Negra de Gijón

Prófugo del portuario invierno pampeano y atravesando, guarecido y discreto, el castellano atlántico, recala sobre los alquitranes del norte, entre canículas sintéticas y periferia, la preclara silueta fusiforme de un autor tan conceptivo como clarividente: Eduardo Goldman.

Si vívidos se asilan aún en la memoria los ecos holocáusticos de su excelsa obra polifónica ‘El último chiste del Gran Jacobi (Huso, 2018), el escritor porteño acontece en la hacienda noir de la Semana Negra gijonesa con el pulso atribulado de la omnímoda culpa, que uniforma la túrbida conciencia de su personaje protagónico en ‘Como perro que aúlla en la oscuridad’ (Huso, 2019).

De este modo, Eduardo Goldman se enfrenta, para MAKMA, a la deriva literaria y las inflexiones de su creación, y revisita, sintético, los obscuros meandros del auxilio, el misterio, el recuerdo insomne, los acerbos óxidos del desprecio y el hediondo desequilibrio de la contradicción.

‘Como perro que aúlla en la oscuridad’…

Todos somos como perro que aúlla en la oscuridad. El aullido del perro es la soledad, es la búsqueda, el socorro de pedir que alguien lo auxilie, que lo acompañe; y esos somos nosotros, seres solitarios que buscamos ayuda todo el tiempo, que de alguna manera aullamos –no con aullidos, pero hay muchas maneras de aullar–.

Uno a uno fue subiendo los escalones, en puntas de pie. Lo desquiciaba la oscuridad viscosa que flotaba escaleras arriba, y también el silencio”…

Es, de golpe, encontrarse con algo inesperado, no se sabe qué va a pasar. Hay un peligro latente y una búsqueda que resolver. ¿Qué está pasando? Es el misterio. El misterio es, justamente, lo que nos espanta y, a la vez, nos atrae, y corremos hacia él, rogando porque no sea tan malo, pero esperando, incluso a veces, lo peor.

Los escritores Eduardo Goldman y Miguel Barrero durante la presentación de ‘Como perro que aúlla en la oscuridad’ (Huso, 2019) en la XXXII Semana Negra de Gijón. Fotografía: Jose Ramón Alarcón.

Bonet despertó con un sabor amargo, la lengua pastosa. Abrazaba la almohada húmeda como a un cuerpo que ya no está. Sábana y colcha arremolinadas sobre el piso de madera. Dolor de cabeza”…

Es la depresión. A veces despertamos así, o por un sueño o por un recuerdo, o por nuestra situación actual, real. Sentimos que no tenemos salida, sentimos una falta de fuerza vital. Y sentimos la lengua amarga porque no tenemos nada dulce que percibir. Sentimos la sequedad de nuestra vida. Toda la sequedad se concentra en la boca, y eso tiene mucho que ver con la falta de timón de nuestra existencia. En esta novela y, en este caso, Bonet es un antihéroe, le falta un timón, que ha sido abandonado por su esposa y su hijo. Se siente fracasado. Lucha con eso y con un elemento más: una culpa. La culpa de haber matado a alguien injustamente.

El Focus atravesaba la noche bulliciosa del viernes. La gente, ávida por sentirse viva, nutría las colas frente a restaurantes, cines, teatros. Grupúsculos de adolescentes hacían la previa con faso y birra junto a la puerta de un maxiquiosco”…

Él iba en un coche –el inspector Bonet– y miraba la vida –la vida que no sentía dentro de sí–. Miraba y, de alguna manera, envidiaba; y despreciaba, pero envidiaba eso que veía: la fiesta. La fiesta donde él sentía que no lo habían invitado.

Se sintió incómodo. Hubiese preferido que esa mujer de aspecto humilde y ojos tan oscuros como desafiantes le cerrara la puerta en el entrecejo para entonces maldecir a gusto y alejarse cuanto antes de esa casilla paupérrima y volar hacia el Departamento”…

El inspector, como todo ser humano, tiene sus contradicciones y una de ellas son los prejuicios. La gente que él considera inferior, que en el fondo no es tan inferior, y eso le da un cachetazo; cachetazo que asume heroicamente como merecido. De alguna manera, se dispone a cambiar.

Sacó de la heladera una botella de torrontés y sirvió dos copas (…). Andrea asintió con la cabeza y bebió, aún más tensa. Había develado en su brindis, y en cierto temblor de su voz, que no pasaba por un buen momento”…

Andrea había invitado a una amiga médica a que le ayudara a resolver el caso que la estaba torturando. Andrea es periodista; fue despedida por meterse en algo que no debía. El tema es que era periodista y era gay, y había intentado en algún momento un acercamiento. Y era muy contradictorio para ella, porque necesitaba a esa amiga, pero, a la vez, se quería defender de ella. La necesitaba para seguir investigando.

Portada de ‘Como perro que aúlla en la oscuridad’, de Eduardo Goldman (Huso2019), realizada por el artista Fernando García del Real. Fotografía: Jose Ramón Alarcón.

La oficina central de Homicidios era un enjambre de gente desbordada. La cantidad de robos y crímenes que inundaban como una marea roja las calles de Buenos Aires recargaban a la división con más casos de los que se veía en condiciones de resolver”…

La situación era muy crítica. Hay tantos crímenes que no alcanzan los medios para los policías. Ese es el marco en el que vive el inspector Bonet. Por eso, a veces, tiene que resolver un caso y le dan otro y otro, y eso lo empieza a volver loco. Pero, así y todo, él sigue dispuesto a resolver el caso que está haciendo desaparecer a tantas personas jóvenes en Buenos Aires.

Roy no se había despegado del lugar. Cada tanto soltaba un gemido y raspaba el portón con su pata. Agachado junto a él estaba el viejito cartonero”…

Roy es el perro que aúlla, pero a la vez es el héroe de la historia. Él sabía donde buscar y encontró el camino que necesitaban tanto Bonet como la periodista.

Cuando se abrió la puerta del ascensor, la sola vista del pasillo de la clínica le activó un área primitiva del cerebro que lo puso en un estado de alerta salvaje. Sus puños se endurecieron”…

Él fue a ver a Andrea. Andrea había sido raptada y casi asesinada por esta mafia. Él logró salvarla. Cuando fue a buscarla a un sanatorio, por un momento se paralizó porque rememoró todo lo que vivió el día anterior, donde casi pierde lo que sería el amor de su vida.

Mil veces soñó la sorpresa y el espanto eternizados en el gesto moribundo del muchacho, mil veces trató de arrancar su dedo del gatillo fácil en esa maldita décima de segundo”…

La culpa. La culpa de haber matado a ese muchacho, de haberle privado de un futuro que pudo haber tenido, pero que ya no va a tener. La culpa con la cual debe cargar y que debe buscar cómo compensar. La forma de compensar será con su propia persona.

Eduardo Goldman en la XXXII Semana Negra de Gijón. Fotografía: Jose Ramón Alarcón.

Jose Ramón Alarcón

Entre rejas: Javier Valenzuela

‘Pólvora, tabaco y cuero’, de Javier Valenzuela
Huso, 2019
XXXII Semana Negra de Gijón

Debido a los inquietantes testimonios que referían virulentos encomios, siniestras soflamas y ácratas exhortaciones recogidos durante el desenlace crepuscular de la segunda jornada de la trigésimo segunda edición de la Semana Negra de Gijón, MAKMA se ve impelida a interrogar al escritor y periodista garnatí Javier Valenzuela, con motivo de su laringítica e incendiaria presentación de ‘Pólvora, tabaco y cuero’ (Huso, 2019), novela de umbilicales acentos republicanos asentados, “con plomo en las entrañas”, en el luctuoso, gélido y sombrío Madrid de la Navidad de 1936.

Huérfano de flexos y bajo el fulgor desocupado e indulgente de los neones feriales, Valenzuela se persona sardónico y donoso, con paso de hechuras vívidas y bélicas, a media voz de nicotinas pretéritas y corresponsalías comanches, provisto con la osadía rotativa de todos los enveses y el denuedo ineludible de la obra literaria sapiente y joven. Impleméntese preventivo control sobre el subversivo discurso de este individuo aventurado y expuesto.

¿Dónde estaba usted durante la tarde-noche de autos del sábado 6 de julio de 2019?

Se lo confieso, señor comisario, estaba en la Semana Negra de Gijón, pero le juro por la salud de mis hijas que me pagué todos los libros que compré y todas las cervezas que bebí, y, además, también se lo aseguro, todas las cervezas que ingerí eran sin alcohol (contrastar con los encargados vespertinos de la Carpa del Encuentro).

Jose Ramón Alarcón y Javier Valenzuela durtante la presentación de ‘Pólvora, tabaco y cuero’ (Huso, 2019) en la XXXII Semana Negra de Gijón. Fotografía: Mayda Bustamante.

¿Era aún a la luz del día y ante el inquieto público esa presentación de ‘Pólvora, tabaco y cuero’?

Era a la luz del día y no sé si había sido autorizada o no por los responsables gubernativos pertinentes (alzamiento de hombro diestro y siniestro).

¿Confiesa usted haber perpetrado un hallazgo literario ambientado en la Guerra Civil Española?

Sí. Sí, señor comisario, pero yo creía que el delito de decir que los republicanos tenían razón en 1936 estaba prescrito, porque hace ya más de ochenta años del final de la Guerra Civil (tono instructivo y cáustico).

Yo creía que escribir que aquella era gente leal y valiente que defendía la capital de España frente a las fuerzas del general Franco y sus aliados, Hitler y Mussolini, yo creía, se lo juro, que ese delito estaba ya prescrito (reitera, jadeante).

Si hubiera sabido que no se puede hacer, no lo hubiera hecho (contrición dubitativa. Revisar prosodia de la grabación).

¿Mantiene que le han auxiliado en este crimen noir Miguel de Cervantes Saavedra y Benito Pérez Galdós?

Lo confieso. Pero los dos están muertos, señor comisario. Don Miguel –ya sé, ya sé–, no se me escapa que pudo ser un judío converso, y don Benito Pérez Galdós también, que era un liberal republicano, y en el ejemplo de ambos me inspiré. Sí, lo reconozco. Pero, bueno, es gente que ya está muerta, que no hace daño a nadie (parece reportar periferia anacrónica a sus responsabilidades).

¿Ha insinuado en algún momento que es Madrid, de nuevo, ciudad sitiada, como asevera que lo fue en el 36?

No. Ahora la ciudad ha sido tomada desde dentro por los que quizás sean herederos de aquel general Franco y de sus aliados. Han conquistado el poder sin necesidad de bombardearla por tierra, mar y aire, sino ganando unas elecciones. Pero intuyo que vienen a ser más o menos los mismos, solo que en versión 2019, claro. Ahora ya no se lleva lo de las camisas negras y azules y los correajes paramilitares (desliza quebrantado y febril).

¿Ha encontrado usted sospechosos en la presente Semana Negra de Gijón, de la que pretendía huir ahora por ferrocarril?

Sí, estaba llena de sospechosos, de gente que tendría un gran interés para las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado y los servicios de inteligencia. Todo gente que escribe un periodismo y novelas negras que son críticas con el sistema y que, verdaderamente, pertenecen a ese gremio que son calificados como «sospechosos habituales».

Ahí estaba, por ejemplo, Alberto Arce, un periodista gijonés que cubrió las guerras y las matanzas de Centroamérica y que, al parecer, en sus artículos y crónicas periodísticas de aquellos sucesos era muy crítico con las organizaciones capitalistas y derechistas que dominan el continente (ufana delación).

¿Corrobora haber escrito usted, y solo usted, un artículo titulado ‘Una España negra como el carbón’ en la revista MAKMA en papel de 2018? En caso afirmativo, ¿suscribe ahora sus palabras?

De haber sabido que eso podía molestar a los que llevan con tanta maestría nuestro país no lo hubiera escrito (analizar en este punto fonética y gesto de aparente contrición). Pero en aquel momento estaba muy impresionado por la cantidad de casos de corrupción que gangrenan nuestra vida política, económica y cultural.

Lo escribí en lo que llamaríamos un arrebato de indignación; así que, aunque tenga que ser condenado en forma de multa e, incluso, de cárcel por esos hechos, creo que tengo el atenuante y hasta el eximente, reitero, del arrebato de ira y de indignación.

El escritor y periodista Javier Valenzuela en la Semana Negra de Gijón. Fotografía: Jose Ramón Alarcón

Jose Ramón Alarcón

«Tengo una creencia del amor impropia de mi edad»

La banda, de Roberto Bueso
Presentada en el Festival Cinema Jove de Valencia
Viernes 21 de junio de 2019

El valenciano Roberto Bueso debuta en el largometraje con La banda, película con la que tuvo el honor de participar en la Sección Oficial del pasado Festival de Málaga y que ahora se ha presentado en Cinema Jove. Cuenta la historia de cuatro amigos unidos por esa banda municipal de música a la que alude el título, centrándose en Edu (Gonzálo Fernández), que regresa al pueblo tras su estancia en Londres. En la capital inglesa, ha sido incapaz de culminar la audición a la que se presentaba, ocultándoselo a sus padres y amigos, lo que le sumerge en una gran incertidumbre. La película, producida por Fernando Bovaira, ha contado con un presupuesto de 600.000 euros y rodada en diferentes municipios valencianos.

Los chicos de Marco Ferreri aparece en un momento de La banda. ¿Ha sido su principal referencia?

Bueno, la referencia básica, para mí, es Los inútiles, de Federico Fellini. También está Diner, de Barry Levinson. Los chicos viene después. Yo tenía ya escrito el guión y, por tema de derechos, no podía utilizar imágenes de otras dos películas y recordé la de Ferreri, que vi hace un montón de tiempo, y de repente cuadró todo. Es una película que comparte muchas cosas: una juventud desnortada en un momento de cambio, y una película también de iniciación.

Fotograma de La banda, de Roberto Bueso. Fotografía de Natxo Martínez por cortesía de la productora.

La visión que ofrece la película de esa juventud es más bien amable. ¿Quería alejarse de esas otras visiones más crudas de cierto cine posmoderno?

Lo hago por tendencia natural. En algunos momentos sí me planteé si no estaba siendo demasiado amable. Creo que hay que reconocer los problemas, pero después no dejarse vencer del todo. Va en mi carácter. La película trata de quitarle gravedad a todo lo que le está pasando a Edu. Es un chico que llega al pueblo con una serie de problemas, asustado, que tiene que tomar una serie de decisiones y no sabe qué camino escoger, pero que cuando se le van despertando los sentidos, los fantasmas que tiene en su cabeza van desapareciendo.

El título, La banda, ¿juega con el doble sentido de la palabra?

Sí, yo tenía claro que quería hablar de una pandilla de amigos, pero en esa doble acepción de colegas de toda la vida, pero al mismo tiempo de la banda musical, que es un fenómeno muy nuestro, muy valenciano.

La película refleja la oposición entre la vida tradicional del pueblo y el de las grandes ciudades, como Valencia o Londres, de la que viene su protagonista.

Sí, a mí me ha servido para hablar de la zona de confort. Esto de cabeza de ratón o cola de león está en la película. Esa cosa de ¿qué hago, me quedo en el pueblo y llevo una vida más tranquila, o me atrevo a salir y buscármela por ahí? Es una zona de confort de la que Edu tiene que despegar.

Fotograma de ‘La banda’, de Roberto Bueso. Fotografía de Natxo Martínez cortesía de la productora.

El sexo y la muerte son dos de los temas centrales del arte y ambos están en su película.

Yo creo que tienen mucha relación. Edu llega al punto culminante de su relación con Alicia [Charlotte Vega], que es la chica que encarna su ideal romántico, el amor platónico, y cuando consigue lo que estaba ansiando, resulta que se ensombrece, dándose cuenta que ese no es el camino, aunque todavía no encuentra palabras. Y la muerte de la madre de su amigo Juanma [Pepo Llopis] le sirve para meterle en una serie de pensamientos más profundos acerca de lo que está haciendo en su vida.

El miedo al compromiso, al casamiento, también está muy presente.

Hay elementos personales en la película, sin ser autobiografía. Me he dado cuenta, por ejemplo, que en mis relaciones con las chicas tengo una creencia en el amor que a lo mejor no se corresponde con mi edad. Y el lugar en el que encuentro que hay algo ahí operando es el poder de la imagen que tengo de mis padres, que llevan casi 50 años casados y todavía tienen gestos de novios.

“Son cosas que pasan”, dice uno de los personajes, refiriéndose a la infidelidad. “No, son cosas que haces”, responde otro.

Es que ese nivel ético forma parte de nuestras vidas. Sabemos cuando nos hemos comportado mal con un amigo. Y esta frase que mencionas, en la que uno deja de desviar balones y asume sus actos, creo que es fundamental para ese proceso de madurez. Y a mí me interesaba, porque creo que una cosa es la moralina y otra muy distinta es tener un punto de vista moral sobre las cosas. Me daba miedo que esta frase sonara demasiado moralista, pero creo que no, e incluso me parece que es algo a lo que aspirar. Alude a no descargar la responsabilidad fuera, sino asumir lo que hacemos.

Fotograma de ‘La banda’, de Roberto Bueso. Fotografía de Natxo Martínez por cortesía de la productora.

“No encontramos ese lugar en El Saler, porque ya no existe”. ¿Despegarse de cierto lugar imaginario cuesta?

Los personajes están tratando de encontrar su lugar en el mundo. Y en esa búsqueda, Edu toma la peor de decisión, que es la de tratar de encontrarlo en el pasado. Es algo terrible que hacemos, porque somos reduccionistas cuando pensamos que el pasado fue mejor. En el fondo, lo que hacemos es intentar un viaje al pasado, a ese momento en el que no tomaste la decisión correcta, cuando resulta que ese lugar ya no existe y tú tampoco eres ya el mismo. Entonces, lo que toca es pasar página y enfrentarte al mundo, sin miedo y sin lastres.

Ha utilizado muchos lugares como escenarios para la película: Carcaixent, Alzira, Algemesí, La Vall d’Uixó, Valencia, Londres. ¿Fue complicado el rodaje?

Fue sencillo ir a rodar a los sitios, porque encontramos mucho apoyo y facilidades. Y luego hay cosas que aprendes. Por ejemplo, uno de los errores que me achaco es la cantidad de localizaciones que tenía en el guión. Eso nos complicó mucho. Le da cierto color, tiene algo positivo, pero hubo localizaciones que cayeron luego en montaje y ahí palmamos media jornada. Tenía que haber limitado un poco más las localizaciones.

Cartel de ‘La banda’, de Roberto Bueso.

Aparecen dobles de los protagonistas en los títulos de crédito. ¿Por qué razón?

Sí, los tuvimos para la secuencia de la Albufera, porque el agua estaba helada. Los protagonistas se tiran, pero para planos recurso y planos generales empleamos especialistas que aguantaban un poco más en el agua. Es una secuencia que está  grabada también en piscina, porque los planos cortos no son ya la Albufera, pero nos quedó muy bien y nadie lo nota.

Es su ópera prima, ¿le costó lograr la financiación?

La película tiene ayudas del ICAA, del IVC, de À Punt Media, de Movistar y de TVE que entró después del rodaje. Se hizo con unos 600.000 euros. Fernando Bovaira ya nos decía que encontrar financiación para este tipo de películas es muy difícil. Es valenciana, hecha con actores no profesionales y sin grandes estrellas. Hay pocos asideros. Lamentablemente es así, porque cuando no tienes una televisión tipo Telecinco o Antena3, con las que ya tienes hecha la financiación, pues hay que lograrla como si fuera un puzzle, iniciando el camino y atrayendo poco a poco el dinero. Fue muy complicado, pero estoy muy contento con el resultado.

¿El cine valenciano está de enhorabuena?

Yo estudié en Madrid y vine a Valencia, que es de donde soy, y la sensación que tengo es de cierto optimismo. Ahora bien, lo de cine valenciano pues habrá que esperar. Lo que hay que hacer es buenas películas y, lo mismo que ha pasado en Cataluña o el País Vasco, contar historias desde lo nuestro, de lo que conocemos, con vocación de que sean universales. Y lo que es muy sano es que haya todo tipo de películas, desde thriller hasta comedias más desenfadadas a otras más pequeñas y tiernas, y que todo camine a la vez.

Roberto Bueso, a la derecha, dando instrucciones a los actores González y Charlotte Vega. Fotografía de Natxo Martínez por cortesía de la productora.

Salva Torres

Democratización y muerte del arte

17 Razones para no ser artista (Aprendizaje del desapego)
Alberto Adsuara
Editorial NPQ
Julio 2018

Provocador, polémico, osado, arrogante. En su último libro Alberto Adsuara presenta un manifiesto en el que expresa su gran amor al arte y, al mismo tiempo, una crítica demoledora a sus circunstancias actuales. Porque el artista de hoy ya no busca la excelencia o crear un estilo propio, sino que es esclavo del marketing, dependiente de los mecenas que son las instituciones y crea condicionado por la implacable censura de lo políticamente correcto.

¿Vale la pena ser artista? ¿Trabajar gratis o casi gratis, combinar la creación con cualquier otra actividad alimenticia y luchar contra los elementos para llegar a fin de mes y sobre todo para que tu obra vea la luz? Según Adsuara, hay muchas razones para negarse a contraer un compromiso vital con la actividad artística.

Después de varias décadas consagrado a la fotografía, Adsuara decidió, a finales de 2010, colgar la cámara. A petición del también fotógrafo Paco Salinas, organizador del festival FotoEncuentros, ofreció un taller en el que reflejaba su experiencia de abandono y desapego hacia su propia obra, ‘Emboscadura. Preferiría no hacerlo’. Casi una década más tarde aparece en la editorial NPQ su libro, ’17 Razones para no ser artista (Aprendizaje del desapego)’ en el que desarrolla plenamente sus argumentos.

Imagen de una de las obras de Alberto Adsuara. Fotografía cortesía del autor.

“Publicar este libro responde a la necesidad de dejar negro sobre blanco esas ideas”, dice Adsuara. “Pienso que quienes sólo leen en digital en realidad no leen, curiosean. Además, y fundamentalmente, porque la idea del artista está obsoleta, como digo en el libro. Los artistas van de libres y de guays, pero no pueden ser otra cosa que “unas doña ineses, unas novicias que suspiran por el abrazo de un protector. Los artistas abrazan eufóricos la democratización porque les permite estar en la calle, pero sin renunciar a lo que en el fondo más desean: tener un valor económico justo en el mercado. Pero todo no puede ser, como bien saben los que transitan a la madurez. No se puede ser al mismo tiempo hippie y yuppie”.

Adsuara es profesor de ESAT (Escuela Superior de Arte y Tecnología), autor de varios ensayos sobre arte, estética y literatura y de un blog dedicado a estos temas. Tras abandonar la fotografía artística se dedica a creaciones audiovisuales y es autor de un largometraje, ‘Error fatal’ y dos cortos: ‘Siempre’ y ‘Love birds’.

En su opinión, “si a la palabra arte se le introduce un aclarativo ‘audiovisual’, no se está hablando de arte en sentido estricto”. No niega el componente artístico que tienen la literatura, el teatro y el cine, “pero arte es, en sentido estricto, lo que estudian los alumnos de Bellas Artes. Este arte es el que está acabado, muerto en la medida en la que se acabaron los Grandes Relatos y nacieron las redes. La creatividad, eso sí, sigue muy viva”.

Imagen del cartel de ‘Error Fatal’, de Alberto Adsuara. Fotografía cortesía del autor.

El Arte con mayúscula ya no existe, sentencia. “Harald Szeeman dio el pistoletazo de salida, Lehman Brothers el gran empujón y la redes sociales la estocada definitiva. Szeeman mostrando un sistema que ya no contemplaba la linealidad histórica y usando nuevas metodologías en el relato del concepto de arte. Por su parte Lehman Brothers desvinculó de forma brutal el concepto arte del concepto futuro. Su caída, causa de la la gran crisis mundial, extirpó al producto/arte esa condición sagrada sostenida por un mercado disparatado y mostrenco. Y las redes sociales han hecho real la verdadera democratización del arte, algo en lo que el arte venía fracasando desde hacía más de un siglo. Las redes hicieron posible y verdadera esa ecuación que tanto excitaba a los elitistas artistas, que eran todos: Arte=Vida”.

Uno de los temas más polémicos que plantea Adsuara es la idea de que la fotografía ha muerto, aunque hoy se hagan más fotografías que nunca. ¿Por qué entonar el réquiem? “La explicación se encuentra en el pixel”, responde. “Las fotografías analógicas están compuestas por granitos de halogenuro poco definidos y por tanto orgánicos, lo que hace muy difícil su adulteración. La fotografía quedaba vinculada a la verdad, por mucho que eso lo cuestionaran muchos teóricos. Sin embargo, la unidad que constituye las fotografías digitales es el pixel, que es perfectamente ortogonal y por ello hace muy fácil su manipulación. Resulta exageradamente fácil engañar con una fotografía digital, lo que convierte en sospechosa toda imagen. Y cuando toda imagen es sospechosa, es decir, cuando una imagen no puede asegurar su vinculación con la verdad, esa fotografía no podrá ser más que una parte del espectáculo. Hoy se hacen más fotografías que nunca, miles de millones a diario. Por eso está muerta. Y por eso es una de las asignaturas más difíciles de impartir. Un alumno mío de primer curso de 18 años ha hecho muchas más fotos que yo”.

A pesar de sus opiniones radicales, Adsuara no alberga un sentimiento de rencor o tristeza y conserva la esperanza en el futuro del arte. “Cuando afirmo que el arte ha desaparecido no lo hago entristecido, ni existe en mí ningún tipo de nostalgia”, comenta. “El arte por fin se ha democratizado, que es lo que él mismo pretendía desde hace dos siglos. Por fin está en la calle. Las redes sociales han conseguido que las instituciones parezcan desfasadas y patéticas erigiéndose en portavoces de lo bueno y lo verdadero. El nativo digital puede ser inculto, pero no tiene un pelo de tonto”, concluye Alberto Adsuara.

‘Error fatal’, de Alberto Adsuara. Imagen cortesía del autor.

Bel Carrasco

La caricatura costumbrista de Panxito y Kolo

‘Diario de un perroflauta. Panxito y yo’, by Kolo
NPQ Editores, 2019
54 Fira del Llibre de València
Jardines de Viveros
Patio del Museo
Sábado 4 de mayo de 2019 a las 18:00

Concitado el orbe librero y editorial en los huertos taifas de Viveros, eclosiona, entre rúbricas y dedicatorias, un sujeto comedidamente enjuto y cuantiosamiente dichoso, barbiespeso y bermejo, abnegado y didáctico, que porta consigo un agudo y cáustico dietario gráfico, aflautado y costumbrista de las vicisitudes y contingencias estacionales acaecidas y procuradas junto a su expósito y sagaz cómplice: Raúl Colomer, Kolo.

Con motivo de la reciente publicación de ‘Diario de un perroflauta. Panxito y yo’ (NPQ Editores, 2019) y su presentación en la 54 Fira del Llibre de València –este sábado 4 de mayo a las 18:00, en compañía del escritor Vicente Marco, autor del prólogo–, MAKMA entrevista a Kolo en pleno y ubérrimo atletismo ferial, con el fin de conocer algunos detalles del volumen y de los diversos proyectos en curso que atesora el artista alborayense, huérfano por estos lares, ineludiblemente, del conspicuo can.

¿Quién es Panxito y en qué circunstancias entró a formar parte de tu existencia?

Panxito es mi perrete y compañero. En mi familia siempre hemos tenido perro y yo, después de una temporada viviendo y yendo de aquí para allá por temas laborales, empezaba a estabilizarme en Valencia con el tema de la ilustración y el diseño; el ronroneo de la compañía de un perro lo llevaba de siempre. Fue mi prima quien un día me llamó y me dijo que había rescatado a un perro que iba por en medio de la carretera; si conocía a alguien que lo pudiera adoptar. Y ese alguien fui yo. Lo vi y nos enamoramos.

¿Cuándo realizaste la primera viñeta con ambos como protagonistas? ¿Habías merodeado antes por el humor gráfico?

La primera viñeta la hice en 2016, a lápiz, en una hoja cuadriculada y arrugada, pero no fue hasta 2018, más o menos, cuando ya empecé a publicarlas en las redes de una forma periódica. En cuanto al humor gráfico, como viñeta pura y dura, no de una manera profesional, pero (y ahora voy a divagar) las raíces y referentes de la mayoría de los ilustradores de mi generación son los cómics, sobre todo de Mortadelo y Filemón, Superlópez, Astérix, etc. Y eso lo llevas siempre. En otros trabajos de ilustración, como infantil e, incluso, cartelería, si la ocasión lo requiere, siempre incluyes matices del humor gráfico.

Viñeta que principia la estación invernal de ‘Diario de un perroflauta. Panxito y yo’ (NPQ Editores, 2019). Fotografía cortesía del artista.

Tomar la determinación de publicar una viñeta diaria matutina y compartirla con inmediatez en tu perfil personal de Facebook ha contribuido a grangearte una numerosa, activa y heterogénea audiencia. ¿Consideras que este manifiesto ejercicio de perseverancia y regularidad, combinado con la incursión temática en el universo de lo cotidiano, han sido determinantes para trascender y universalizar vuestras singladuras?

Sí, sin duda, pero ha sido recíproco; de hecho, son los comentarios y el cariño de la gente, sobre todo por Panxito, los que me animan, día a día, a subir la viñeta de Panxito matutina.

¿Cuáles son los grandes/pequeños temas fundamentales que se concitan en ‘Diario de un perroflauta. Panxito y yo’?

Todo gira alrededor de la caricaturización de la cotidianidad, de los pequeños detalles que forman parte de nuestra vida, que ahora damos como triviales, pero luego son los recuerdos que con más ternura rememoras.

La lectura de ‘Diario de un perroflauta. Panxito y yo’ (NPQ Editores, 2019) así lo confirma. Fotografía cortesía del artista.

¿Has estimado o te han sugerido realizar humor gráfico político?

Sí, de hecho, publiqué varias viñetas en alguna revista digital y subo alguna a redes de vez en cuando, pero no acaba de interesarme; le veo un tono de confrontación que no acaba de agradarme y no lleva a ningún lado. No es que lo critique, sino que, incluso, lo encuentro necesario, pero prefiero seguir otro camino; aparte, creo que estamos sobresaturados de una información política que cada vez más se parece a la prensa amarilla o a la liga de fútbol. Cuando se habla de las personas se habla de una forma genérica, aunque también hay que decir que somos nosotros mismos los que repetimos como loritos todo lo que nos quieren meter… Me he puesto muy serio. ¿Saben aquell que diu…?

¿Piensas que transitar del ámbito digital al feudo del papel ha sido un camino ineludible? ¿Ha auxiliado su incursión en el mapa editorial a dotar de orden y un sentido diverso al microcosmos de Kolo y Panxito?

Sí, no era la intención, pero ya el año pasado Quique y Paz, de la editorial NPQ, fieles seguidores de Panxito, me lo propusieron y la insistencia de la gente acabó por convencerme. En cuanto al orden, no soy muy ordenado, pero sí le ha dado, cuando menos, un envase.

Teresa Ramos junto a sus hijos, Javier, Juan Luís y Kolo, amén de Panxito, con motivo de la exposición ‘Deportes Colomer’, en homenaje a Teresa. Fotografía cortesía del artista.

Además de esta ya dilatada dedicación matinal, te has vinculado profesionalmente con el escritor Vicente Marco, conformando juntos el proyecto MarcoKolo. ¿En qué consiste?

Vicente y yo ya llevamos muchos años trabajando juntos y hace tres o cuatro creamos MarcoKolo, que es una especie de marca que abarca desde proyectos artístico-literarios, hasta un amplio abanico de talleres donde cohabitan la ilustración, la escritura, el teatro, la escenografía, la pintura, el cómic, etc. Tanto para un público infantil como adulto.

Igualmente, una razonable parte de tu trabajo se emparenta con la pintura ¿Atesoras algún proyecto en curso o una exposición en el horizonte?

Sí, precisamente el 10 de mayo, y en homenaje a mi madre, inauguro junto a mis hermanos y ella misma una exposición que combina ilustración y pintura. Aparte, junto a unos amiguetes, Alex Badal y Monty, hemos formado El Embarke, que consiste en un espectáculo de poesía, música y pintura en directo; y también junto a Nayra López Martos estamos preparando, con vistas a después del verano, una exposición conjunta llamada ‘Caretas y caretos’, donde, con dos estilos muy diferentes, casi extremos, nos adentramos en el interior del ser humano a través de los rostros.

Pintor, diseñador gráfico, ilustrador, cartelista y docente. Pareces erigirte en un artista tan prolífico como ubicuo. ¿De qué modo organizas tu tiempo?

No lo sé.
Yo solo quiero irme a mi pueblo a andar por la montaña.

Kolo y Panxito celebran, ufanos, la publicación de ‘Diario de un perroflauta. Panxito y yo’ (NPQ Editores, 2019). Fotografía cortesía del artista.

Jose Ramón Alarcón

Consagrados al microrrelato

‘Los pescadores de perlas’, VV.AA.
Editorial Montesinos, 2019

Cada época tiene la literatura que se merece y necesita. Literatura que en su temática y estilo refleja los intereses y preocupaciones dominantes de quienes la crean y disfrutan. Por eso no es nada extraño que en esto tiempos de inmediatez, fragmentación y vértigo haya brotado una nueva forma de expresión literaria que ya tiene carta de naturaleza como cuarto género: El microrrelato. Los micros brotaron como hongos después de la lluvia con el cambio de siglo y, aunque en origen su espacio natural fueron los blogs y redes sociales, no tardaron en saltar al papel tanto en revistas literarias como en libros.

La revista Quimera fue una de las primeras en incluir en sus páginas a los autores de micros, en 2003 y dos años más tarde publicó una antología, ‘Ciempiés: los microrrelatos de Quimera’. Dieciseis años más tarde, Montesinos edita una nueva colección más ambiciosa y totalmente actualizada, coordinada por Ginés S. Cutillas, ‘Los pescadores de perlas’, un título homenaje a la ópera de Bizet. En ella aparecen 80 escritores de nueve países hispanohablantes, entre ellos dos valencianos: Elena Casero y Kike Parra. En la introducción, Cutillas da cuenta de la consolidación del nuevo género gracias a la concurrencia de diversos factores. Los congresos y simposios dedicados a él, los concursos, el interés de las pequeñas editoriales por potenciarlo, y la existencia de numerosas tesis y estudios sobre el tema.

“En estos últimos dieciseís años las temáticas de los microrrelatos han cambiado poco”, dice Cutillas. “El autor de microrrelato se parece al de aforismo en el sentido de que busca la verdad y quiere enviar un mensaje elevado al lector, por lo que el amor, la muerte, el sexo, los miedos ancestrales y los demás temas inherentes a la condición humana se ven representados en el género. Las extensiones, curiosamente, se han ido unificando. Existe una teoría de que microrrelato es aquello que cabe en una unidad visual. Si hablamos de un libro, sería una página, dos a lo sumo; si hablamos de Internet, lo que cabe en una pantalla de ordenador. También encuentras autores que arriesgan, y llegan a las tres o cuatro páginas apoyándose en la tensión narrativa que hayan sido capaces de construir, o, por el contrario, lo intentan con pequeños alumbramientos de unas pocas palabras. Creo que donde más se ha innovado es en la forma física de los microrrelatos, es decir, en la disposición espacial de los textos. Ahora se juega más con las formas: títulos más largos que los cuerpos o cuerpos inexistentes, caligramas, textos puestos en columnas a modo de espejos de las tramas, palíndromos. Todo esto sin dejar de lado el texto clásico, claro”.

Las biobibliografías de los 80 autores que incluye el texto dejan claro que su perfil es muy variado. ¿Pero se podría definir un perfil del lector de micros? “El lector de micros es un lector avanzado. Suelen ser personas que han leído mucho y se enfrentan a los textos en una suerte de desafío, aportar el cincuenta por cien al rompecabezas que ha planteado el autor. Al ser los textos tan exigentes, se suele dar que el lector de microrrelatos sea a su vez también escritor de estas pequeñas píldoras, pues no deja de ser un juego metaliterario entre personas que se enfrentan a la literatura desde una distancia más cercana”.

Para Elena Casero “escribir microrrelatos es un reto, un ejercicio de síntesis no siempre es fácil de conseguir”. Autora de cinco novelas y un libro de cuentos, además de otro de micros, Casero combina distintos géneros. “Estar en esta antología es un lujo. Ver tus micros entre tantos otros de grandes autoras y autores que han sido tus propios maestros, da un poco de vértigo. Exactamente el mismo que el hecho de que hayan aparecido previamente en un revista literaria como Quimera. Es un aliciente para seguir trabajando y estudiando la técnica de su escritura”. La música es su segunda pasión, pues Casero estudia piano y toca el oboe.

Por su parte, el alzireño Kike Parra, profesor de escritura creativa y director de la colección Microsaurio, considera que escribir microrrelatos “está dentro de lo que espero de mí como escritor”. “Me gusta escribir cualquier tipo de texto, simplemente por divertirme y aprender algo”, dice. “Si escribo poemas, lo hago para llevarme a terrenos que no suelo pisar. Lo mismo espero de los microrrelatos. A veces aún escribo microficciones, puede que funcionen o no, que me gusten o no. Aun así, lo hago. Estoy en un momento de mi vida en el que me atrevo a probar cualquier formato: novela, relatos, poemas, artículos… Escribir un buen microrrelato exige mucho. O se es casi perfecto, o no hay mucho que hacer. Por eso no entiendo a quienes consideran que escribir un buen microrrelato está al alcance de cualquiera. Escribir está al alcance de cualquiera; hacer algo destacable, ya no”.

“Tener unos cuantos textos cortos míos en ‘Los pescadores de perlas’ es un honor”, añade Parra. “Me hace feliz. No soy un autor consagrado del género, pero estoy muy contento de estar en una antología en la que hay nombres de algunos que sí lo son”, concluye Kike Parra.

Bel Carrasco

«10 Sentidos tiene ya un discurso propio»

Desayunos MAKMA en NH Collection Valencia Colón
‘Bestias’. Festival 10 Sentidos
Diversas sedes de Valencia
Del 3 al 19 de mayo de 2019
Con Meritxell Barberá e Inma García, directoras del festival
Entrevista realizada por Merche Medina, Salva Torres y Jose Ramón Alarcón, del equipo de redacción de MAKMA

Con motivo de la octava edición del Festival 10 Sentidos, formulado bajo el lema ‘Bestias’, que transcurrirá del 3 al 19 de mayo de 2019 en diversos espacios institucionales, teatros, centros de arte y espacios públicos, #DesayunosMAKMA entrevista a Mertixell Barberá e Inma García –responsables de su dirección artística y técnica–, con el objetivo de adentrarnos en el fundamento proposicional y programático del festival de las artes vivas de València.

BESTIAS

“Somos brutos, somos feroces, somos crueles.
Somos indomables, somos impulsivos, somos temerarios.
Somos viscerales, somos imprevisibles, somos violentos.
Somos BESTIAS”

Conducido por la explícita pretensión de condenar la violencia, criticar el abuso de poder y el empleo indiscriminado de la fuerza en sus múltiples morfologías posibles, la presente edición del Festival 10 Sentidos refrenda su argumento y su “apuesta por un discurso de arte y acción social a partes iguales, por eso cada lema trata de reflexionar sobre un tema que afecta a nuestra sociedad”, introduce Meritxell Barberá, con la singularidad de que ‘Bestias’ –cuya imagen y diseño ha sido creado por la Agencia Player– “podría ser, hasta ahora, el tema del festival más comprometido, porque otros lemas han estado dirigidos a un colectivo o a un extracto de la sociedad” y, sin embargo, y “desgraciadamente, el tema de la violencia es tan amplio y afecta a tantas personas, que, absolutamente, todas y todos nos hemos podido sentir o nos sentiremos identificados”, puesto que, en algún momentos de nuestras existencias, “vamos a vivir una situación de violencia, bien porque nosotros la experimentemos o porque seamos víctimas”, concluye.

“Estamos radicalmente en contra de la violencia, pero todos somos violentos. Y esa dicotomía nos atormenta”

De este modo y orientadas por un estentóreo concepto que ejerce, a la par, como sustantivo y epíteto, las directoras del festival procuran deliberar respecto de la crueldad, la coacción, la ferocidad o la profanación que habita en los individuos y su consiguiente interaccion social. “La violencia es algo intrínseco al ser humano, ya no tanto el ser violento o no; es algo acerca de lo que nos gustaría reflexionar en el festival: aquellos dos grandes bloques del pensamiento, aquellos que piensan que el ser humano es un ser violento por naturaleza y que, precisamente, su educación y su contexto es lo que hará que esa bestia no aparezca; o si, por el contrario, somos seres completamente pacíficos y son nuestras propias frustraciones, los sistemas, lo que nos corrompe y hace que aparezca”.

A la postre, “el arte ofrece esas herramientas para lanzar esas preguntas y reflexionar en torno a un tema que es preocupante. Estamos hablando de que la violencia sacude nuestras vidas de una manera absoluta en todos los escenarios: contra las personas mayores, contra niños y adolescentes, lgbtfobia, violencia machista, violencia bélica, violencia contra el medio ambiente”, asevera Meritxell Barberá. “Los creadores y las creadoras nos sentimos identificados siempre, desde los inicios y cada uno desde su disciplina, con hacer una reflexión en torno de situaciones de violencia. Nos interesa. Y si nos interesa es porque interesa a la sociedad”, determina Inma García.

Meritxell Barberá e Inma García, directoras del Festival 10 Sentidos, junto a Jose Ramón Alarcón y Salva Torres, durante un instante de los #DesayunosMAKMA. Fotografía: Merche Medina.

SEDES Y PROGRAMACIÓN

La ciudad de València prosigue uniformándose con el overol de las artes vivas durante las tres primeras semanas de mayo, cuyo cronograma asentará sus raíces en el Monasterio de San Miguel de los Reyes, el Palau de la Generalitat, el Palau de les Arts, el Centre del Carme, el MuVIM, La Nau, La Naves, la Filmoteca de València o la Plaza del Ayuntamiento, entre otros, incluyendo dos peculiarísimas sedes, como son el refugio antiaéreo del Ayuntamiento de Valéncia y de Serranos.

No obstante, con el determinante objetivo de que el Festival 10 Sentidos alimente sus extremidades geográficas y cronológicas, las directoras han procurado expandir su zona de influencia escénica, incluyendo a Sagunto y Alzira como epicentros determinados de actividades paralelas a lo largo de 2019, en tanto que “es una forma de darle este tipo de programación y contenidos a otros públicos y puntos geográficos”. No en vano, “para 2020 ya existen diversos lugares interesados. Nuestra idea es que a nivel nacional se produzca ese salto”, adelanta Inma García, quien apunta que “tenemos un programa internacional muy potente; esto, al fin y al cabo, te abre puertas y lugares de conexión. Se generan sinergias de interrelación”.

AQUASONIC

‘Aquasonic’, de la compañía danesa Between Music – en el Monasterio de San Miguel de los Reyes (2 de mayo)–, dedicada a la creación y producción de espectáculos híbridos entre las artes visuales y las nuevas tecnologías, se erige en el concierto inaugural de la octava edición del festival. Este grupo de música “lleva más de diez años investigando la manera de generar instrumentos que puedan tocarse debajo del agua, sumergidos en cinco acuarios independientes” y mediante apnea, indica García. De este modo, Between Music “crea el terreno previo a que salgan las bestias”, en tanto que “algo que está a punto de explotar tras una meditación inicial, como cuando te concentras antes de emprender un ataque”, rubrica Barberá.

Imagen del concierto ‘Aquasonic’, de la compañía danesa Between Music. Fotografía cortesía del festival.

MACHO MAN

De la mano del director escénico Álex Rigola y su compañía Heartbreak Hotel, el Centre del Carme acogerá el espectáculo-instalación de teatro-documento ‘Macho Man’ (del 12 al 19 de mayo), producido junto a Temporada Alta 2018, Teatros del Canal y Festival 10 Sentidos, y gestado con la intención de buscar “nuevas maneras de tomar conciencia del machismo extremo mediante la fusión de los conocimientos en artes escénicas, artes plásticas, psicología y documentación”.

Indica Inma García que “’Macho Man’ es un proyecto clave del festival, que denuncia la violencia machista. Dirigimos todos los pases de la mañana a institutos, porque, en realidad, el proyecto está muy dirigido a la gente joven, para tomar esa conciencia. Los grupos de los institutos han respondido muy bien, los pases están llenos. Por las tardes tenemos los pases abiertos a público en general”. Si bien, los trabajos de Rigola “son proyectos de excelencia y estéticamente nos encantó, el calado te deja conmovida”.

Un montaje que principia sentenciando que “una de cada tres mujeres hemos sido o vamos a ser víctimas de violencia de género”.

CERTAMEN COREOGRÁFICO

Erigido en una incuestionable referencia desde su implementación en la edición de 2015, el Certamen Coreográfico 10 Sentidos –Sala Matilde Salvador de La Nau (18 de mayo)–, postulado en un principio como “algo más anecdótico” que “se ha convertido en un festival dentro del festival”, afirma Meritxell Barberá, concita a diez creadores de danza, seleccionados de entre más de 400 propuestas “de todo el mundo y de un nivel tan alto que ojalá tuviéramos presupuesto para incluir a todas”, matiza Inma García. No en vano, “el certamen sirve de plataforma para hablar de los nuevos lenguajes en la danza a nivel mundial”.

De este modo, el jurado, compuesto por Valentina Marini, Marie Brolin-Tani, Claudipo Kogon, Roberto Fratini, Cristina Alonso, María-Carmela Mini y Mónica Pérez, decidirá la pieza ganadora, amén de la entrega de un premio honorífico resultante de la votación del público asistente.

Imagen del espectáculo-instalación de teatro-documento ‘Macho Man’, de Álex Rigola. Fotografía cortesía del festival.

PLAZA DEL AYUNTAMIENTO

Como viene siendo habitual en las ediciones precedentes, la Plaza del Ayuntamiento de València se materializará centro escénico y proposicional durante el sábado 11 de mayo, a modo de “jornada abierta a la ciudadanía”, refrenda Barberá. Durante doce horas de actividades consecutivas, transitarán la plaza con programación infantil, masterclass, música, danza, performance, intervenciones artísticas y recitales poéticos, autores y compañías como RIMA y su workshop, impartido por Isabel Puig, sobre la fuerza expresiva de las emociones; Taller Taiji y su clase abierta de artes marciales; Ángeles de Trapo con su ‘Error 404’ –“dirigido a adolescentes y niños, trata el tema de la violencia en la nuevas tecnologías y redes sociales”–; o la poesía sonora de Jesús Ge y la compañía Cantaticó, entre otras y sugerentes propuestas que alimentarán el fecundo programa de esta cita urbana y sabatina.

LOUISE LECAVALIER

EL Teatro Principal acogerá el domingo 5 de mayo a la conspicua bailarina canadiense Louise Lecavalier, de quien “dicen que es la bailarina del siglo XX”, apostilla Barberá; artista que “ha trabajado las artes marciales coreografiadas” y cuyo baile extremo se hubo convertido en “referente en el universo cinematográfico”, gracias a películas como ‘Matrix’. Junto a su compañero, Frédéric Tavernini, Lecavalier interpretará la obra ‘So Blue’, cuya presentación se complementa con una exposición en el vestíbulo del teatro acerca del devenir profesional de la coreógrafa y el desarrollo de un coloquio ulterior al espectáculo.

Un instante de la “obra épica” ‘Vortex’, de Phia Ménard. Fotografía cortesía del festival.

PHIA MÉNARD

Considerada como una “animal escénica”, la artista y malabarista transexual francesa Phia Ménard recala en Espai Rambleta (8 y 9 de mayo) con la “obra épica” ‘Vortex’; una pieza que conversa sobre “la violencia sufrida y la abrumadora experiencia del proceso de cambio”. Tal y como se determina en el programa, “despertar al otro que llevamos dentro: nuestra parte oculta, disfrazada bajo un uniforme prestado”. “Un trabajo que todos debemos ver”, concluye Inma García.

Amén de la sugerencias precedentes, el Festival 10 Sentidos se completa con más de una veintena de actividades, entre conferencias, intervenciones artísticas, espectáculos de danza, teatro y performance, cine y literatura, contando con la presencia, verbigracia, del performer y bailarín neoyorkino Shamel Pitts (4 de mayo); el coloquio con las artistas Mª Jesús Gonzáles y Patricia Gómez (7 de mayo); el video y la fotografía de Greta Alfaro (del 10 al 19 de mayo); el flamenco electrónico de Los Voluble y el circo al aire libre de Groupe LAPS durante el Día Internacional de los Museos (18 de mayo); la presencia del director de cine Enrique Urbizu y su ‘No habrá paz para los malvados’ (8 de mayo); la propuesta ‘Galerías a lo bestia’ y su recorrido por Set Espai D’Art, Luis Adelantado y Pepita Lumier (15 de mayo) o ‘Literatura Bestia’, que confecciona un mapa literario por una decena de librerias valencianas, como Dadá, Railowsky, Miranfú, La Batisfera y Primado, entre otras.

Para Meritxel Barberá e Inma García “el festival tiene ya un discurso propio, que lo identifica completamente; es singular. Hay otras iniciativas que han surgido a partir del Festival 10 Sentidos, de lo cual nosotras estamos muy orgullosas”.

A la postre, “la educación a nivel artístico es la clave fundamental que todavía está por explotar y por trabajar para conseguir el público del futuro”. Por tanto, “el objetivo es conseguir público para la danza, y para que esto se consiga se debe tener programación habitual durante todo el año. Las instituciones públicas tienen esa obligación y compromiso”.

+Info en http://www.festival10sentidos.com/

Inma García y Meritxell Barberá, directoras del Festival 10 Sentidos. Fotografía: Merche Medina.

Jose Ramón Alarcón