Torrijos

MAKMALibros
‘Catedral de escombros. Una anatomía del derrumbe’, de Pedro Torrijos
Serie ENDEBATE
Penguin Libros, 2025

¿Existe alguna relación entre la DANA de València y el hundimiento de una fábrica de prendas de ropa en Bangladesh? ¿Y con el desbordamiento de la presa de Vajount (Italia), que causó la muerte de miles personas? ¿O con un empresario y político español que pasó por la cárcel y fue figura mediática en los 90?

No hay una conexión aparente entre estos hechos que Pedro Torrijos incluye en una ecuación que formula en su último libro, ‘Catedral de escombros. Anatomía del derrumbe‘ (Penguin Libros, 2025). Sin embargo, bajo su mirada surgen inquietantes nexos que revelan la fragilidad de una normalidad en la que estamos instalados que, de repente, puede mudar en escenario de una matanza.

Pueblos ahogados por avalanchas de agua, centros comerciales que sepultan a los compradores, fábricas, teatros, simples viviendas unifamiliares como las de los municipios del sur de València, asoladas por la gran riada de 2024, donde murieron atrapadas decenas de personas.

Cuando la editorial Debate le propuso que escribiera un libro sobre la DANA de València, Torrijos, que no deseaba hacer solo una crónica de un hecho puntual, aprovechó para abordar un tema que conoce y le interesa: la relación entre el hombre y las construcciones que levanta para protegerse de la intemperie y dominar la naturaleza. Muros indestructibles que, en determinadas circunstancias, se convierten en fuerzas destructivas.

Catedral de escombros. Pedro Torrijos

Con ese objetivo asume el papel de guía en un viaje al corazón del horror y nos relata, con ritmo trepidante, un cuento terrorífico desprovisto de morbo y melodramas. Los datos y cifras que maneja son los cimientos de una torre habitada por rostros, nombres y apellidos tanto de las víctimas como de los responsables de las hecatombes.

Y ya en el prólogo apunta a uno de ellos: un personaje entre lo grotesco y lo siniestro, Jesús Gil y Gil, empresario, alcalde de Marbella y presidente del Atlético de Madrid. Uno de los subproductos que generó la llamada cultura –o, mejor, incultura– del pelotazo de finales del siglo XX: dinero rápido y corrupción a manta.

Torrijos evoca la obscena imagen de Gil (que muchos recordarán) parloteando en un jacuzzi rodeado de bellezas en bikini. Lo que no se debe olvidar es que ese individuo fue condenado a cinco años de cárcel por homicidio involuntario, aunque solo cumplió uno y medio tras la concesión del indulto de Franco.

En junio de 1969, el restaurante de la urbanización Los Ángeles de San Rafael (Segovia), cuya construcción había supervisado, se desplomó sobre los comensales causando 58 muertos y decenas de heridos. Se fue de rositas con unos cuantos millones y, en vez de vergüenza, se cubrió de gloria.

Torrijos utiliza su mirada sobre la DANA como hilo conductor para ensartar un conjunto de desastres, la mayoría de los cuales se hubieran podido evitar de no ser por la improvisación, negligencia y codicia humana.

Uno de los más letales ocurrió el 24 de abril de 2013 en Bangladesh, al desplomarse el edificio Rana Plaza, en cuyas plantas superiores se confeccionaba ropa para firmas occidentales como Benetton, Mango o Primark. Murieron 3.000 personas, casi todas jóvenes costureras. Ese año, Inditex declaró un beneficio de 2.337 millones de euros.

Aparte de un gran impacto mediático, todas estas tragedias desencadenen un proceso similar: estupor, rabia, duelo, oleadas de solidaridad y morbo, y la urgente necesidad de buscar un culpable para tener un fin de la historia y poder pasar página. En el caso de València, fueron muchos los señalados.

Se culpó al Gobierno, a la Generalitat, a la Confederación Hidrográfica del Júcar, al cambio climático, incluso a la democracia por haber suprimido unos azudes. ¿La dimisión de Mazón pone punto final a la tragedia? Torrijos no se define en ese sentido, pero escribe: “Una tragedia sin desenlace no se va; se queda agazapada en algún lugar blando del cuerpo esperando estallar en otra parte”.

En medio del horror surge, a veces, la belleza de un gesto de heroísmo, de una inesperada salvación. Como la de Reshna Begum, una de las trabajadoras del Rana Plaza de Bangladesh que sobrevivió 17 días sepultada bajo los escombros, en una burbuja de aire, bebiendo el agua que goteaban las cañerías rotas y alimentándose de los tentempiés que llevaban sus compañeras, muertas a su alrededor. 

También sorprende el acto de expiación extrema de los estadounidenses Reginald Geare y Harry Crandall, arquitecto y empresario, respectivamente, del Teatro Knickerbocker de Wasgington D.C., que el 28 de enero de 1922 se hundió bajo el peso de la nieve compactada en su tejado.

El arquitecto participó en las tareas de rescate y asistencia a las víctimas, a la que se sumó un grupo de militares bajo las órdenes de un joven oficial llamado George Patton. Cinco años más tarde, Geare se quitó la vida y Crandall lo hizo en 1937. Sin haber sido acusados por la opinión pública, ambos sucumbieron a su conciencia en un acto de justicia poética.

Pedro Torrijos, autor de ‘Catedral de escombros. Una anatomía del derrumbre’ (editorial Debate). Foto: Lupe de la Vallina.

Arquitecto y divulgador de historias sobre arquitectura en las redes, Pedro Torrijos estudió música y es, sobre todo, narrador, autor de ‘Territorios improbables’ y ‘La tormenta de cristal’. Con este libro de pequeñas dimensiones y compacto contenido no pretende dar lecciones, sino poner rostro a las víctimas.

Un ensayo híbrido entre la crónica histórica y arquitectónica, la reflexión política y el análisis cultural, que analiza un tema con grandes resonancias en la actualidad: la fragilidad de nuestras construcciones —no solo materiales sino también sociales, mediáticas o políticas— y su tendencia a colapsar.

‘Catedral de escombros’ no es un manual técnico ni un tratado de urbanismo, sino una reflexión sobre cómo construimos y narramos nuestras catástrofes. Su tesis es que el desastre no es excepción, sino atmósfera, pues vivimos rodeados de estructuras que aparentan solidez, pero que esconden grietas éticas y materiales.

El libro propone rebelarse contra la inexistencia de la vida normal, no como nostalgia, sino como acto de resistencia: distinguir señales en medio del ruido, no dejar que el espectáculo absorba la memoria de los muertos ni que la catástrofe se diluya en consumo. La vida normal, escribe Torrijos, “es un lugar delicado y precioso, y quizá el único que merece ser protegido frente a la tentación del colapso”.