‘Basuraleza’, la amenaza silenciosa

Nos encontramos en un momento donde la contaminación medioambiental forma parte de nuestro día a día, siendo totalmente habitual ver en los medios de comunicación noticias de última hora alertando del grave estado al que el ser humano está sometiendo a los ecosistemas acuático y terrestre. Lo más triste de todo esto es que nadie parece ser culpable pero todos lo somos.

El plástico, vidrio y diversos metales son algunos de los materiales más contaminantes que afectan en gran medida a los océanos, dado su carácter biodegradable lento que en muchos casos perdura cientos de años. Sin embargo su uso durante el paso del tiempo ha ido adquiriendo popularidad, llegando a producirse millones de toneladas en tan solo un año. Latas de refrescos, redes de pesca, botellas de agua, bolsas de la compra, y envases que albergan sustancias líquidas son vertidos a los mares sin tener consciencia de las repercusiones que esto tiene en la fauna y flora marina. Especies acuáticas que ingieren residuos microplásticos llegan a sufrir terribles dolores e incluso la muerte, redes de pesca a la deriva que se convierten en prisiones de tortugas, focas y delfines, praderas oceánicas plagadas de objetos residuales que alteran el ciclo vital y reproductivo de estos seres vivos.

Isla de basura del Pacífico.  Imagen cortesía El Telégrafo.

Isla de basura del Pacífico. Imagen, cortesía El Telégrafo.

El gran parche de basura del Pacífico. Imagen cortesía SkyAlert.

El gran parche de basura del Pacífico. Imagen, cortesía SkyAlert.

Sin ir más lejos, hace aproximadamente un mes en la costa de Tailandia, concretamente en el canal de Songhkla murió agonizando una ballena tras ingerir nada menos que ochenta bolsas de plástico. Realidades que están mucho más cerca de lo que parece, ya que el pasado 22 de abril en Murcia se corrió la voz de otra muerte por contaminación pero esta vez de un cachalote. Treinta kilos de plástico tuvieron la culpa. Y esto no es más que una pequeña parte de las consecuencias que provoca la ambición e inconsciencia que puede llegar a tener el ser humano. Se llega a tal extremo, que encontramos hasta cinco grandes acumulaciones de residuos plásticos sin límite de extensión, desde botellas y bolsas hasta los omnipresentes microplásticos que se concentran en torno el Pacífico Sur y Norte, Océano Índico y Atlántico Sur y Norte.

Se trata del ciclo vital que acaba por el mismo lugar por el que empezó. Los envases y plásticos vertidos al mar por el ser humano, incluso en periodo de descomposición, son ingeridos por los animales que habitan en él, creyendo que es comida, sufriendo efectos nocivos a corto, medio y largo plazo. En este punto es donde “recogemos lo que sembramos”, viéndose perjudicada nuestra salud al comer el mismo pescado que previamente ha sido víctima de la contaminación residual plástica propagada por nosotros mismos.

Resulta increíble, pero a la contaminación hídrica -que tiene como gran referente al plástico-, se le suma la liberación de partículas de ciertas sustancias químicas que afectan directamente a la atmósfera, tras la filtración de sustancias en el suelo, generando alteraciones físico-químicas que determinan la inhabitabilidad del lugar por emulsión de material radiactivo, y contaminación acústica, plasmada en una serie de sonidos que resultan dañinos para el medio o seres que habitan en él.

Un mundo sometido a la constante alteración que viene dada por el ser humano y su idea de progresión continua, arrastrando con él un elevado número de víctimas y destrozas naturales.

«La contaminación nunca debería ser el precio de la prosperidad.»
– Al Gore

Ave ingiriendo un vaso de plástico. Imagen cortesía NEWS|MUNDO.

Ave ingiriendo un vaso de plástico. Imagen, cortesía NEWS|MUNDO.

 

Tortuga enredada en una red de pesca. Premio World Press Photo 2017. Fotografía de Francis Pérez.

Tortuga enredada en una red de pesca. Premio World Press Photo 2017. Fotografía de Francis Pérez.

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