Arantxa Cortés (‘La Fe’)

#MAKMAEscena
‘La Fe’
Dirigido por Arantxa Cortés y Tomàs Verdú
Con Lia Herbor, Paula Martínez, Francesc Romeu y Resu Belmonte
Laboratorio ‘Ínsula Dramataria Josep Lluis Sirera’
Institut Valencià de Cultura

“Hermana…”. Según el tono del apelativo podemos ubicarnos en un convento o en un parque de extrarradio. Las expresiones religiosas pueblan nuestro lenguaje. Por muy laica que se presente la sociedad contemporánea, en el imaginario colectivo aparece la literatura bíblica como la madre de las letras y, así, de nuestra relación con el mundo.

Observamos en la creación artística contemporánea una tendencia a la reapropiación de esta simbología, potenciando su valor estético y deshaciéndose del peso moral. En esta línea, encontramos ‘La Fe’, texto teatral escrito por la joven autora Arantxa Cortés dentro del Laboratorio ‘Ínsula Dramataria Josep Lluis Sirera’, impulsado por el Institut Valencià de Cultura.

La autora confiesa que sus rupturas más doloras han sido de amistades. Como el amor de Dios, que es incondicional, bajo ese pretexto construimos las relaciones de amistad, sobre todo en edades más tempranas. Y, cuando se rompe algo que prometía ser eterno, el mundo se torna un poco más gris. Por suerte, con los años dejamos de ser tan tremendistas, pero el final de esa primera amistad, la que te acompaña en el descubrimiento del mundo, deja una cicatriz como un ombligo.

El pasado mes de noviembre, Arantxa Cortés presentaba en el Teatre Rialto una lectura dramatizada de ‘La Fe’, muestra del trabajo realizado en la ‘Ínsula Dramataria’. Para ponerle cuerpo a este texto, Arantxa contó con la codirección de Tomàs Verdú, el diseño sonoro de Lucía Gea, el diseño de luces de Diego Sánchez y las interpretaciones de Lia Herbor, Paula Martínez, Francesc Romeu y Resu Belmonte.

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Durante nueve meses, cuatro autores valencianos (Arantxa Cortés, Mertxe Aguilar, Manu Valls y Borja López Collado) han desarrollado sus textos teatrales con el apoyo del IVC, mentorizados por Pazo Zarzoso y José Sanchís Sinisterra. Con esta sería la sexta edición del programa, por donde han pasado prestigiosos dramaturgos de nuestra tierra como Carles Alberola, Guadalupe Sáez, Toni Agustí, Javier Sahuquillo, Begoña Tena, Maribel Bayona, y un largo etcétera. La Ínsula se ha consolidado como un lugar necesario para impulsar la escritura teatral valenciana y fortalecer la industria local.

Arantxa Cortés es la autora más joven en pasar por la Ínsula y no por ello cuenta con un currículum menos brillante. Diplomada en Arte Dramático en la ESAD de València, en 2022 recibe el premio Ciutat de Castelló a mejor texto teatral por ‘Los domingos son días de descanso’ y recibe la ayuda de escritura del IVC para su segunda pieza, ‘CORE o de como toqué el cielo y me tragué un ángel al caer’, recientemente publicada en la revista Redescénica.

En 2023, como ya sabemos, entra como residente en la ‘Ínsula Dramataria’, pero esto es solo el principio. Su proyecto escénico, en plena efervescencia, toma ahora el nombre de La Vulgar, con el que pretende “trabajar un teatro desde la pura mierda poética. Dejar la palabra a un lado y ponerla en pie, metiéndome de lleno en la danza (desde una perspectiva bacanal), la sonoridad y el videoarte. Desacralizar el teatro y regocijarnos entre nuestra pura suciedad, desde nosotras mismas. O desde nuestros alter egos”.

El 19 de abril de 2024 podremos ver, por fin, el montaje teatral de ‘CORE’ en La Rambleta. Para ver ‘La Fe’ montada en todo su esplendor aún tendremos que esperar un poco, pero el texto será publicado y, nos asegura, la veremos próximamente sobre los escenarios.

Arantxa Cortés. La Fe
La dramaturga Arantxa Cortés, codirectora de ‘La Fe’. Fotografía cortesía de la autora.

La literatura bíblica vertebra la pieza y en el texto abundan las referencias religiosas. Podría decirse que se trata de una tendencia de la creación artística actual. En tu caso, ¿por qué aparece este elemento?

La religión aparece en todas mis obras desde ‘Los domingos son días de descanso’, donde hablo de la familia y de la tradición. Empecé interesándome por la ficción bíblica y el hueco que ocupa en el imaginario colectivo. Me leí la Biblia este verano y me pareció un acto poético bellísimo. En la pieza incluyo algunos versículos y hay uno en especial que dice “tú has convertido mi lamento en danza”.

También considero que estamos en un momento en el que necesitamos creer en algo, porque nos encontramos perdidos. Como tendencia artística, creo que estamos intentando transformar la percepción que tenemos de la fe y del cristianismo, porque, quieras o no, no puedes huir de ellos. Toda la sociedad está impregnada por el imaginario bíblico.

A mí me interesa, especialmente, romper lo que se considera sagrado y bajarlo a un plano más terrenal. Esta historia habla de la amistad y de la fe ciega que vuelcas en ella como se la tienes a una deidad. Muchas veces te aferras a una amistad porque en tus creencias no existe la posibilidad de que eso pueda desaparecer, y eso, en parte, es como una religión.

La fe puede ser una creencia ciega, pero también un compromiso consciente: decidir creer en el amor propio y ajeno. Pero, como le sucede a una de las protagonistas, a veces el amor se trunca y la fe se ve debilitada. ¿Crees que se puede sanar esa herida?

Totalmente. Cuando empecé a escribir la obra, en un principio terminaba con la muerte de la amistad, pero luego añadí una última escena, con la mosca y ese nuevo personaje que se acerca a pedirle fuego, y para mí significa que se abre otra nueva historia. Obviamente, esa historia ha sucedido, ha dejado huella, te ha modificado, se ha acabado, ha dolido, pero eso te lleva a aprender. Los daños de la ruptura no se tapan, pero se puede reconstruir de otra manera.

A nivel narrativo, me parece interesante ese final esperanzador donde se muestra que hay amor después del amor. Muchas veces, las tramas se quedan únicamente en el conflicto y siempre estamos repitiendo el relato del amor único y verdadero. Pero en esta otra vía vemos que el mundo no se acaba después de una ruptura.

Nos han enseñado que en el relato lo que prima es el conflicto, pero, justamente, la escena donde sucede la ruptura entre ellas no se muestra, no se sabe qué ha pasado. Esto es algo que con Paco Zarzoso lo discutí muchísimo, porque él me animaba a que el conflicto fuera visible, pero para mí no era importante, era más importante qué pasa después. También considero que una ruptura es mucho más dolorosa cuando no ha pasado nada, simplemente habéis cambiado, sois personas diferentes, os queréis, pero ya no puede existir el mismo vínculo.

@arantxa_________

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♬ Legacy – Sara Landry

Igual que omites el conflicto, existen otros vacíos en tu obra. Me refiero al juego con lo no-dicho, lo que piensan en voz alta los personajes, pero que nunca llegan a revelar a su compañera.

Durante la adolescencia, tu amiga es la persona con la que más te comunicas, la que se entera de todo, a la que le puedes sacar el tampón si hace falta. Pero en esa intimidad también hay incomunicación. La Hermana 2 es más transparente y parece la más vulnerable. La Hermana 1 cumple más el papel de madre salvadora que intenta cuidar y proteger, pero en ella no hay comunicación, es una roca. En un momento de la obra, dice que su madre no le dice “te quiero” y ella ha aprendido que las muestras de afecto la debilitan, pero, al final, la que es debilitada por no abrirse es ella.

Hay cosas que no se dicen, pero se cantan o se bailan. La música está presente en toda la obra, mezclando música religiosa con electrónica. ¿Pueden ser la música y la danza sustitutivos del lenguaje verbal?

A la primera persona que llamé cuando arrancó el proyecto fue a Lucía Gea, la encargada del paisaje sonoro. Quería que la pieza cogiera un cuerpo que con las palabras no podía plasmar. Para mí, lo interesante es que la palabra esté en un plano más terrenal, mientras que el espacio sonoro es más etéreo. La música es un personaje que acompaña a Dios y Lucía Gea representa a San Pedro. Y, en cuanto a lo que viene refiriéndose a la danza, espero que, cuando la monte, hable el cuerpo. También me interesa desvincular lo que dice la palabra de lo que representa el cuerpo. Más que danza, sería un trabajo de expresión corporal.

Me gustaría que hablásemos también del programa de la ‘Ínsula Dramataria’. En las sesiones en grupo, todos compartís vuestros trabajos y os dais feedback mutuamente. ¿Es muy doloroso sentir que tocan y cuestionan tu texto? ¿Cómo es esa gestión del ego?

Cuando entré, no me consideraba autora, me sentía una impostora. En ese sentido, no he tenido tan presente el ego, al contrario, me ha enseñado a tenerlo un poco. He aprendido a diferenciar qué cojo y qué no, qué estoy contando y de qué manera. Mertxe Aguilar, por ejemplo, me impulsó a desarrollar más el elemento de la mosca. Pero cada compañero tiene una opinión y no puedes seguir las tres opiniones, tienes que decidir, y yo había veces que no escogía ninguna. He intentado que mi obra tuviese un imaginario propio y he aprendido a defender lo que a mí me importa, como, por ejemplo, que no se mostrase el conflicto entre las hermanas.

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Recuperando la idea de la mosca, ahora que la mencionas. La mosca atraviesa toda la pieza y toma multitud de matices. ¿Cómo surge este símbolo?

Tiene varias connotaciones. La mosca es lo primero que aparece cuando vas a fallecer, antes incluso de que se dé la muerte. En los hospitales, saben que un paciente va a morir, muchas veces, porque en la habitación aparecen moscas. Entonces, en cierta manera, representan la muerte. Al principio dudé entre mosca o cucaracha, pero es que la mosca te acompaña todo el rato. Es la mosca cojonera, es ese runrún incesante en la mente.

Por último, en el proyecto, que este año tenía que versar sobre la ceguera, el punto ciego, para mí, es la mosca. La Hermana 1, después de tomar popper, tiene un desprendimiento de retina que le causa las moscas volantes, unos puntitos negros en la vista. La mosca lo abarcaba todo, desde lo elevado por el vuelo, hasta la mierda, la muerte, lo más bajo.

En el coloquio también decías que, originalmente, querías hablar de la sanidad pública, del Hospital La Fe, pero luego sentiste que aún no era tu momento de meterte en ese tema. ¿Por qué? Esto me lleva a preguntarte: ¿cuál es el vínculo entre las experiencias personales de un autor y su obra?

Creo que, hoy en día, se puede hablar casi de cualquier cosa mientras sea desde el respeto y el entendimiento. Por el punto en el que estoy, yo prefiero hablar de cosas cercanas, que me golpean, antes que hablar de algo externo. En algún momento lo haré. El tema de La Fe fue porque mi abuela estuvo ingresada en la UCI y tantas horas en la sala de espera me llevaban a escribir desde ese escenario.

Pero luego pensé que, en una residencia de escritura donde yo tampoco tengo el cien por cien de los derechos de lo que escribo –porque, al final, es un encargo para el IVC–, no podía ser tan política como me gustaría serlo. Para eso prefiero hablar de algo mío y hacer un ejercicio de autoficción. El tema de la sanidad pública lo trataré cuando pueda hacerlo desde una identidad política y una reivindicación.

Un instante de ‘La Fe’ en el Teatre Rialto de València. Fotografía cortesía del IVC.

Se supone que la muestra de ‘La Fe’ era una lectura dramatizada, pero hay un despliegue técnico brutal, con escenografía, diseño de luces, movimiento y un director de escena externo. ¿Cuál es la diferencia entre una lectura dramatizada y un montaje teatral?

Tomàs y yo hicimos un trabajo previo brutal para poder llegar a los ocho ensayos de la manera más profesional posible. Queríamos aprovechar que estábamos en el Rialto y que teníamos los medios para poner en pie algo como ‘La Fe’.

Para el diseño de luces contábamos con Diego Sánchez, que hizo un trabajo increíble y consiguió plasmar los nueve meses de trabajo con el texto en un día. Estábamos todas tan motivadas que hicimos lo posible para que se acercase a un montaje teatral. Obviamente, es una lectura porque las actrices están con el texto en la mano, pero considero que ahora las lecturas se están transformando. El resto de mis compañeras también están trabajando así sus muestras.

Por último, ahora que estamos en un momento tan delicado para la cultura, que se están cerrando teatros y ciclos, ¿qué crees que aporta la Ínsula al tejido local y cómo podemos defenderla?

La ‘Ínsula Dramataria’ lleva seis años funcionando, de donde han salido veinticuatro proyectos o más. Estamos acostumbrados a otro tipo de residencias, más enfocadas a las escénicas, pero para la escritura es muy difícil encontrar apoyos. En la Ínsula estás nueve meses escribiendo, con unos tutores y unos compañeros que también aportan al proyecto. Me parece un regalo.

Espero que no se acabe y, si deja de contar con el apoyo de la Administración pública, que podamos los artistas impulsarlo de otra manera. Roberto y Paco, en estos seis años, han hecho un trabajazo. Este proyecto debería estar consolidado y no debería moverse, pero con los recortes que se esperan en cultura, creo que la Ínsula no va a continuar, por lo menos de la manera en que la conocemos.