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‘La Estrella 13 (‘Aldea’ y ‘Padre’, juntos)’, de Juan Vicente Piqueras
Ilustrado por Susana López Arce
Editorial Creaciones Alalimón, 2026
Presentado en la Llibreria Ramon Llull el martes 13 de octubre de 2026
Una entrevista de Begoña Siles y Salva Torres
Juan Vicente Piqueras dirige el Instituto Cervantes de Tánger y su propia vida siguiendo una de las máximas del autor de ‘Don Quijote de la Mancha’: “El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho”. Y, desde que abandonara bien joven su Requena natal, este poeta empedernido no ha dejado de ocupar puestos de responsabilidad en diferentes institutos cervantinos repartidos por el mundo, confiando –de nuevo Cervantes– “en el tiempo, que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades”.
Esa mezcla de paso del tiempo, amargas dificultades y gentiles respuestas a los distintos contratiempos constituye la argamasa de la obra poética que vino a presentar en la Llibreria Ramon Llull de València y que, bajo el título de ‘La Estrella 13 (‘Aldea’ y ‘Padre’, juntos)’, acaba de publicar la editorial Creaciones Alalimón, ubicada en la tierra natal del autor.
Conversamos con él, poco antes de la presentación del libro, acompañados de su hermana Candela (“Mi hermana ungió de música y de risa mi niñez sin saberlo […] Tal era su milagro cada día”), repasando ambos poemarios como quien tira de moviola para ver pasar imágenes de una vida rica en matices. Una vida en la que se puede oler la tierra de la ‘Aldea’ y sentir los claroscuros del ‘Padre’ como metáforas del origen que todos perdemos para seguir buscándonos en él.

Vamos a empezar por la portada, que es de Susana López Arce. Recuerda al ojo de la ballena que aparece al final de ‘La dolce vita’, la película de Federico Fellini. Una ballena varada en una playa a la que van a dar unos jóvenes burgueses tras una noche de indolente juerga.
La portada es rara; es como un contrapunto al libro, porque el libro reúne, digamos, mi poesía rural. Es decir, reúne dos libros, ‘Aldea’ y ‘Padre’, que están basados e inspirados en mi infancia, mi madre, mi padre, los trabajos campesinos, mi hermana, la herida del origen y la cultura en la que uno creció, pues yo nací en una aldea campesina, sin agua corriente, con calles de tierra, y allí pasé los 16 primeros años de mi vida.
Ese es el escenario. Y la ballena es porque en mi poesía aparece tanto la mitología griega como la mitología bíblica con Lázaro, la anunciación y Jonás, el devorado por la ballena, el que vive dentro de la ballena, como vivió Pinocho. Es decir, la idea de vivir dentro de una ballena, en un mundo amniótico, protegido, fuera del mundo, sin saber qué está pasando fuera, hasta que te vomita la ballena en una playa de Tarsis o de Nínive.
La ballena aparece algunas veces, pero en realidad es como el contrapunto al mundo rural de secano, porque estamos hablando de un animal oceánico, inmenso y forma parte del sueño. Y está bien la alusión que tú haces a Fellini porque es más bien ese animal soñado y extraño que aparece agonizante en una playa.
Con respecto a la poesía, tú dices: “La poesía enciende hogueras, señales de humo, pone música póstuma al destierro”. Pero hay otro momento en el que escribes que tu padre era poeta porque “daba cada día nombre nuevo a las cosas de cada día». Esa es una definición muy buena de lo que es la poesía, como esta otra resulta excelente para ampliarla al orden creativo: “Solo sé escribir de aquello que no sé”.
Yo creo que la poesía está en la mirada; es como unas gafas. Y hay días que llevas gafas de prosa o gafas de prisa y otros en los que, de pronto, tu mirada es poética.
Y poética significa eso, que es como si vieras las cosas por primera vez. Como si de pronto un fruto o la luz o el temblor de un árbol o las personas mismas, cobraran una naturaleza emparentada con el primer día de la creación. Entonces, eso te lleva también a bautizarlas o a intentar nombrarlas de una determinada manera. No es fácil de explicar esto, ¿eh?
De manera que hay algo como de bautismal, de inicial, de querer poner nombre y de querer nombrar lo que es muy difícil de nombrar. Y es que lo que mueve al ser humano es muy misterioso: las pasiones, los sentimientos, las emociones; y tú te mueves en un terreno en que coges imágenes, metáforas, recuerdos, palabras y se ponen a bailar en el poema para intentar rebautizar o renombrar el mundo.
En el cine de Víctor Erice se da esa mirada poética en la medida en que, como él mismo dice, quiere captar siempre esa mirada inocente de cuando un niño observa por primera vez el mundo.
Sí, hay algo de inocencia, algo de extrañeza también; que te sorprenda algo normal. Es decir, si tú te acostumbras a ver las cosas, la mirada se automatiza y al final acabas no viendo de verdad. Es, también, la mirada del extranjero. Cuando tú llegas a otra cultura y de pronto ves cosas que para ti son raras, pero para ellos no lo son.
Entonces, esa mirada extraña del forastero, del que mira un poco desde fuera, distanciándote de ti mismo para verte desde arriba, está en el núcleo mismo de la poesía. Y, claro, está muy bien esa mirada de los orígenes de la que habla Víctor Erice. Sí, también.
En tu poesía se da esa especie de desdoblamiento del que estás hablando ahora. Como cuando dices: “Vuelve a pensar en los que son felices solo porque están lejos, sencillamente porque no son él”.
Claro, es que el que se va está añorando que se queda y ese juego siempre es una señal de exilio interior. Suele ocurrir que el que se va se deja una casa, se deja una habitación que a menudo sus padres conservan intacta, como el que se ha muerto. Cuando uno se muere, y no le han tirado todavía las cosas, deja una habitación con unos libros, con ciertos objetos y, de alguna manera, tú sigues allí. Porque allí está la vida que te esperaba.
Yo nací en una aldea, en medio de una vida atrasada. O sea, yo tenía que haber sido agricultor, haber cuidado las tierras y haberlas heredado. Fue mi hermana la que continuó esa tradición. Mi hermana, aquí presente, es entonces como mi alter ego y yo soy su after ego, porque yo vine después. Me podía haber quedado en mi pueblo y ser ahora bodeguero, pero siempre hay caminos que –no sé si tú vas eligiendo o la vida elige por ti– te van llevando por otros derroteros.
De manera que yo no soy campesino, pero en mí hay un campesino, porque yo iba a coger patatas con mi padre, a plantar ajos, y todos mis antepasados son campesinos. Entonces, yo creo que somos lo que somos, lo que podríamos haber sido, lo que soñamos que somos, lo que los otros ven que soy. En fin, que es todo muy complicado y muy misterioso.
La poesía intenta también dar cuenta de todos esos yoes, porque yo no es uno solo. Esto los portugueses lo saben mejor, sobre todo Pessoa. Es decir, que somos varios; dentro de nosotros no hay uno solo. Yo soy un campesino, un cosmopolita, alguien que nunca salió de su aldea, alguien que no ha vuelto, soy y no soy de aquí: toda esa vacilación está presente en el hombre.
Los juegos de palabras están muy presentes en tus poemas. Como cuando hablas de “libertad bajo confianza”, de “dermatitis utópica” o de que “nos buscamos mutua mente”. O este otro: “Bajo el mirar bulón de las estrellas caminamos. Aprendo a ser mar ido”. ¿Qué es lo que buscas mediante esos juegos de palabras?
Bueno, es que a mí me parece que en esos juegos de palabras se encuentran verdades. Pueden ser simplemente juegos de ingenio, pero hay veces que no son meros juegos de ingenio, sino que encuentran una verdad.
Y, luego, yo creo que eso va en el carácter. Mi padre también lo tenía, y mi madre, de manera que yo creo que es un poco heredado. En mi casa había mucho juego de palabras y mucha atención a las palabras. Al final, ya no es que yo juegue con las palabras, es que las palabras juegan conmigo, abusan de mí; son cosas que se te van ocurriendo como relámpagos.
Como afirmaba el gran poeta gaditano Carlos Edmundo de Ory, decir tonterías es uno de los mejores ejercicios espirituales. Eso, la poesía solemne lo ha olvidado, pero hay algo que conecta la función poética y la función cómica del lenguaje. O sea, hay algo en el chiste que está cerca del poema. Es ese chispazo de la inteligencia, del del verbo que dice otra cosa, cuando tú te esperabas lo contrario y te hace reír.
Hay algo también de las greguerías de Ramón Gómez de la Serna. Como el poema ‘La manga’, con los objetos cobrando vida sacados de su contexto habitual: “El día que me fui, tendida en la azotea, blanca, al sol, la camisa de mi padre levantaba una manga. ¿Me llamaba? ¿Se despedía de mí? […] ¿O simplemente la movía el viento?”
El humor me interesa mucho, pero hay que dosificarlo para que encuentre su punto idóneo. Me gustaría que la poesía fuera como la vida misma. Y en la vida misma se da todo junto: en un mismo día lloras, te emocionas, te ríes, vas a un funeral.
En ‘Stardust Memories’, una película de Woody Allen, él va en el metro, a las 7:30 de la mañana o así, con todo el mundo yendo al trabajo medio sonámbulo y, de pronto, entra en una estación y ve que en el otro metro hay una fiesta espectacular: serpentinas, chicas maravillosas abriendo botellas de champán, y enseguida se va. Y no dura más la secuencia, pero es impresionante.
En tus poemas también aparece mucho la palabra nostalgia: “Vive huyendo de su porvenir, avergonzado de sentir nostalgia de todo lo que quiso abandonar”. Pero luego, por otro lado, también hay como una melancolía vitalista: “No dice Buenas noches. Prefiere Hasta mañana […] No el no de la noche. Sí el sí del día”.
Yo nací en un mundo, como mi hermana, que estaba extinguiéndose, que es el de la cultura campesina. Es decir, tal y como vivía la gente en los pueblos, con sus animales, su huerto, su cultura de autoabastecimiento, su reciclaje –que lo inventaron ellos–, su no gastar, sus no vacaciones, su trabajar siempre.
A mi padre, a los 8 años, lo sacan de la escuela y lo ponen con un arado romano que se le cae de las manos, porque sus hermanos están en la guerra. Todo ese mundo es un mundo que vemos que está en extinción. Tú vas por las calles y ves las casas de campo en ruinas, todas caídas entre las viñas; ves aldeas abandonadas.
Esa melancolía viene de ahí, de ver un mundo desaparecido que se extingue. Tampoco intento hacer de eso una elegía. Entonces, en mi poesía sí que hay como la búsqueda de un alojamiento en aquel mundo que fue el tuyo y ahora buscas otro, pero no acabas de encontrarlo, porque el mundo que ves a tu alrededor no permite esas raíces.
Yo no me considera un exiliado ni un emigrante. Eso es otra cosa. Pero sí que consideras la historia de volver, no volver. En mi pueblo hay gente que se ha ido y no ha vuelto. Hay gente que vuelve siempre y vuelve a irse como yo.
Es decir, que hay todas las variantes y las conjugaciones de irse y de volver. Pero tú, yéndote, acabas llevándote lo que dejas; te lo llevas dentro con una intensidad que el que se queda no tiene. Yo veo que los que se han quedado no sienten con tanta intensidad lo que viven, porque lo dan por hecho. Si estás en el pueblo y en el bar jugando al dominó, no lo vives con la intensidad con la que lo vive el que se ha ido y lo echa de menos.
José Hierro decía: “Se canta lo que se pierde”.
No, eso era de Machado. Hierro decía: “Tarde se aprende lo sencillo”. Tarde se aprende lo sencillo, que también está muy bien.
Al final del libro, a modo de solapa de la contraportada se dice: “Sus poemas son variaciones sobre el tema de la Odisea, donde Ítaca es su aldea y sus padres la estrellas que lo guían”. ¿Tu hermana Candela sería Penélope tras tu larga travesía por ‘Aldea’ y ‘Padre’?
Pues va a resultar que sí, porque tenemos una diferencia de edad de seis años, y ya no es tanto por la diferencia, sino porque yo creo que, por su carácter, ella ya me cuidaba mucho desde niño.
Me llevaba de la mano a la escuela y era como una hermana madre. Siempre digo que era como la madre que estaba en el banquillo y, cuando mi madre ha muerto, ella ha salido de titular: ahora es la madre titular. O sea, que la actitud suya como hermana ha sido muy protectora, muy atenta.

Tú dices en un poema –que es muy psicoanalítico– que de la madre se huye para poder ser.
Sí, eso es muy psicoanalítico, es verdad. Pienso que es un proceso del crecimiento personal de todo el mundo. O sea, los chavales son rebeldes en la adolescencia y quieren matar al padre, que es otro concepto freudiano, o separarse de las faldas de la madre para poder ser, para poder tener una voz propia, un pensamiento propio, por eso salen rebotados.
Es la guerra generacional, porque yo quiero ser yo, no quiero ser todo heredado, todo labrado y masticado. Entonces, yo creo que de ahí viene eso, ¿no? Y sobre todo de los varones con las madres, porque tu madre –y esto es especialmente psicoanalítico– es tu primera historia de amor.
Hay dos cosas que son muy actuales: el tema del materialismo económico y el tema de las redes sociales. De lo primero, por ejemplo, dices que tu padre hacía cestas que luego regalaba, pero que, si alguien le proponía venderlas, replicaba: “Pero qué mundo, no pensáis más que en vender”.
Totalmente, y eso es ya completamente anacrónico, lo más anacrónico del mundo, y nosotros crecimos en ese mundo. Cuando yo digo que nacimos en un mundo en extinción, me refiero a que era un mundo donde todavía el dinero y la ganancia no habían ganado definitivamente la partida.
Y luego también está el tema de las pantallas de televisión, ahora extendidas al más amplio espectro de las redes sociales, terminando el poema ‘RTVE’ de la siguiente manera: “Puestos a elegir entre electrodomésticos, prefiero las noticias que da la lavadora”.
Hombre, claro, de todas las maneras: prefiero las noticias que da la lavadora.
Ese poema de Radio Televisión Española contiene mucho humor e ironía. Nos ha hecho mucha gracia por ese diálogo de tu padre con los programas de la televisión, a los que interpelaba porque creía que los presentadores le hablaban a él.
Claro, claro, es que mis padres hablaban con la tele. Por educación, se saludaban y todo. Nosotros vimos llegar la primera televisión y esa era la primera pantalla que aparecía en nuestras vidas. Y, no sé en qué momento, empezaron a aparecer pantallas interponiéndose entre la realidad y nosotros.
Es decir, que ahora, por ejemplo, nosotros estamos hablando y aquí hay una pantalla que nos graba. Pero, bueno, en todo caso, este era el mundo de antes. ‘Aldea’ y ‘Padre’ hablan de un mundo en extinción. Un mundo que intenta sobrevivir de otras maneras, como Álvaro [Ibáñez, editor del libro] haciendo esta editorial en Requena. Y aquí está Álvaro. Pregúntale algo.
[En ese momento, efectivamente, llegaba Álvaro Ibáñez, responsable de Creaciones Alalimón, trayendo varios ejemplares para la presentación en la librería Ramón Llull].
‘Aldea’ es de 2006 y ‘Padre’ de 2016, y juntos se editan ahora en 2026. Hay gente que le da mucha importancia a los números y no sé si, en este caso, es pura coincidencia o hay algo más.
Álvaro Ibáñez (AI): Pues no lo había pensado, pero no está buscado. Y si te pones a jugar con el 13, del título ‘La estrella 13’, y hoy, martes y 13, lo presentamos aquí en València, pues ya ni te cuento.

¿Y cómo te dio por editar estos dos libros?
AI: Bueno, yo llevo tres años con Alalimón y estos dos poemarios de Juanvi eran un poco referentes. En la editorial, lo que intentamos es hablar de lo rural desde lo rural. Todos estos temas están muy de moda, pero los discursos se están haciendo siempre desde la ciudad, así como sus respuestas.
La editorial se gestó con la idea de que el relato de lo que ocurre en lo rural naciera desde el propio ámbito rural, porque es necesario que nosotros contemos nuestra propia realidad y lo que nos atraviesa. Y Juanvi forma parte de esa diáspora de gente que ha dejado el entorno lo rural para seguir perteneciendo a él.
En una entrevista en Babelia, en 2017, decías que “más que lo que haces, eres lo que no estás dispuesto a hacer”. Es muy interesante esta distinción.
Juan Vicente Piqueras: Yo siempre he pensado que el currículum verdadero es el currículum negativo. Es decir, aquel que refleja, por ausentes, las cosas que no has hecho. Entonces, yo creo que las personas se definen también por lo que no están dispuestas a hacer, por lo que no van a hacer.
Como mi padre decía, hay cosas que prefiero regalarlas; también era muy de trueque. Me acuerdo de ir con él a La Manchuela con un remolque de melones y volver con un remolque de paja. “Nos han engañado”, le decía yo, “porque no vas a comparar melones con paja”. Pero, claro, él necesitaba paja porque tenía animales.
De manera que, sí, yo creo en eso. Estamos dispuestos a hacer hoy muchas cosas por dinero, como si fuera el gran argumento. ¡Joder, tío, es que me pagaban una pasta! Bueno, te pagaban una pasta, pero esa es la película indecente que conviene poner en entredicho.
Yo creo que lo que ha cambiado es que antes existía una cultura de la pobreza digna, una cultura de la dignidad. O sea, el pobre no era un muerto de hambre, ni un miserable. Era pobre, simplemente pobre, pero vivía dignamente.
La riqueza tiene un precio muy alto y le ha salido muy cara al mundo. Y esto es así porque ahora todo el mundo o es rico o quiere ser rico o está dispuesto a hacer todo por dinero. Y yo digo: no, todo no. Y por eso es un pensamiento muy anacrónico el que contienen estos dos poemarios.
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