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‘Ceniza en la boca’, de Diego Luna
Reparto: Anna Díaz, Adriana Paz, Irene Escolar, Luisa Huertas, Laura Gómez, Charlie Rowe
Música: Raquel García-Tomas
Fotografía: Damián García
México, 2026, 97’
Estreno: 9 de octubre de 2026
Cuando uno piensa en Diego Luna, enseguida se le presentan títulos como ‘Y tu mamá también’ de Alfonso Cuarón o, más recientemente, series como ‘Rogue One: Una historia de Star Wars’, ‘Narcos: México’ o ‘Andor’. Pero la carrera de este exitoso actor mexicano no se limita a la interpretación, también en el terreno de la dirección lleva ya algunos años marcando el camino.
Una filmografía que arrancaba en el año 2007 con ‘J.C. Chávez’, un trabajo documental sobre el ascenso del famoso boxeador mexicano con el que, como comenta en esta entrevista, rompía la mano. A este título le siguieron otros como la comedia ‘Abel’, su participación en el trabajo colectivo ‘Revolución’, ‘César Chávez’ y ‘Mr. Pig’, un drama en torno a los conflictos en el mundo rural en Estados Unidos protagonizado por el gran Danny Glover.
Luna vuelve a la dirección, diez años después, con un relato que nos fuerza a mirar a uno de los conflictos más complejos a los que se enfrentan las sociedades modernas: la inmigración. Basada en la novela de Brenda Navarro, ‘Ceniza en la boca’ cuenta la historia de Lucila, una joven mexicana que viaja a España junto a su hermano pequeño para reunirse con su madre, a la que no ven desde hace ocho años.
Lucila abandona su hogar, bajo la tutela de sus abuelos, en busca de una ausencia que la ha marcado profundamente y, de paso, tratar de construir una vida mejor, libre de miedos y, sobre todo, de una violencia que señorea a un país en descomposición. Pero Lucila pronto descubrirá que esa Europa soñada está muy lejos del paraíso que ha imaginado. Lucila queda, así, atrapada entre un futuro incierto y un pasado que, emprendido el viaje, rotas las cadenas, ya no le permite echar marcha atrás.
Hablamos con Diego Luna durante su visita a Valencia para la presentación de este proyecto. ‘Ceniza en la boca’ se estrena el viernes, 9 de octubre, en salas comerciales.

Han pasado diez años desde tu última película como director. ¿Qué te ha animado a ponerte otra vez detrás de la cámara?
Sí, son diez años entre una película y otra, eso es cierto, pero hay que entender también que vivimos una pandemia. Luego, dirigí otros proyectos. Primero hice un proyecto que se llamaba ‘Pan y Circo’, que era una propuesta de encuentro, de discusión, de poner a gente que pensaba distinto en una mesa, invitarlos a cenar y debatir ideas.
También escribí y dirigí una serie que se llama ‘Todo va a estar bien’, pero, sobre todo, me costó trabajo encontrar otra historia que contar, otra película. Para mí dirigir nace de una necesidad que está conectada con algún proceso de mi vida, con algún tropiezo, con algún descubrimiento.
La primera vez que me atreví a dirigir escogí el documental como herramienta para ir encontrando mi voz, y fue perfecto porque pude tomarme el tiempo que la historia me pidió y que yo necesitaba para encontrar esa voz, para encontrar mi perspectiva. Después, tuve un hijo e hice una película sobre lo que me preocupaba en ese momento.
No es que lo haga de forma literal, es decir, que, si tengo un hijo, hago una película sobre alguien que tiene un hijo. No, de repente, me vino un cuestionamiento brutal sobre la relación con mi padre, con las ausencias, e hice una película sobre eso, sobre crecer rápidamente, sobre un niño que no tuvo tiempo de ser niño, sobre lo que me atacó en ese momento. Y así, sucesivamente.
Pero esta, en particular, llegó a mí a través de la lectura. Esta es la primera vez que hago una adaptación de un libro y fue porque encontré la oportunidad de hablar de un tema que para mí es esencial y del que todavía no había hablado en el cine que dirijo, que es la ausencia materna y cómo nos explicamos la vida, o cómo yo me he explicado la vida a raíz de esa ausencia.
En ese sentido, me pareció y me intrigó muchísimo la historia de esta mujer porque ella construye su narrativa alrededor de un abandono y, de pronto, se confronta con el otro lado. Y el otro lado le habla de un sacrificio. Lucila se confronta con su madre, reclama su ausencia y la vida la expone a otra visión, otra narrativa, y eso me pareció muy poderoso para una película.
Luego, porque también me daba la oportunidad de hablar de las fracturas familiares que trae la migración. Me permitía hablar de México y España, de América Latina y España. De la migración, en general, que para mí es un tema que atraviesa todos los temas y que hoy es el gran reto social.
Como dices, la inmigración apela a un de los conflictos centrales que hoy afectan a las sociedades contemporáneas, tanto que parece que ha dividido el mundo en dos partes. Te quería preguntar: tú qué estás, de alguna manera, a caballo entre esos dos mundos [Luna trabaja en Estados Unidos, pero reside en México], ¿cuál es tu diagnóstico?
Mira, lo primero es que no hay manera de no ser parte de esta ecuación: o eres quien se mueve o eres quien recibe. Pero luego, se nos olvida a todos los que recibimos que nosotros “somos” porque alguien se movió, si no es que fuiste tú mismo el que se movió.
Es decir, que no podemos concebir hoy un territorio, un país o una comunidad que no sea fruto de la migración. Nadie es ya nada más que los de ahí. Eso ya no existe. Entonces, si todos partimos de que somos producto de una migración, pues el que recibe tendrá que ser más empático con el que se mueve. Y bueno, ese es el reto que yo entiendo como un reto global porque nadie se salva de esto.

Tu protagonista, Lucila, viaja desde México a España, donde sufre algo que quizá no esperaba, que es el desengaño. En España Lucila solo encuentra trabajos de baja cualificación, algo que quizá no había previsto. De hecho, hay un momento en el que le dice a su hermano: «obvio que no vine para esto». ¿Cómo es ese choque entre las expectativas y ese otro mundo que te vas a encontrar?
Eso es lo que me parece muy interesante de este personaje y del trabajo que hice con Anna Díaz, la actriz: encontrar el motor que hay detrás. ¿Qué es eso que le hace seguir? ¿Qué es eso que le hace volver a intentarlo, volver a moverse a pesar de chocar constantemente contra una pared, en términos de sus expectativas, contra la realidad?
Sin embargo, este personaje no deja de moverse y creo que ahí, en esa respuesta, está el por qué la migración es lo que es: porque es imposible pedirle al ser humano que no busque otra opción, que no lo intente otra vez. Este personaje tiene esa vitalidad, esta cosa de no detenerse que me parecía digno de hacer una película. Las razones de Lucila son múltiples, pero, sobre todo, es una mujer que está buscando lo que quiere.
Reducimos mucho la migración a que se mueven para buscar trabajo. Bueno, pues tienes un trabajo y ya está. No, la gente quiere vivir con todo lo que eso implica: tener una agenda de vida, tener la posibilidad de amar, de sorprenderse, de tropezarse y levantarse, de divertirte, de ser. Y esta mujer no claudica en esa búsqueda.
Es cierto que, cuando eso ocurre y, sobre todo, se expresa, parece que te tienes que disculpar, como si ese espacio, fuera de la mera búsqueda de trabajo, de un salario, te quedara vedado.
Pues totalmente, sí. Como si el destino fuera vivir de la caridad. Es importantísimo partir de ahí. Es como cuando Donald Trump habla con su brutal ignorancia y violencia sobre las comunidades que le parecen una afrenta a la estabilidad en la que él aspira a vivir, y dices: no puede ser el grado de cinismo de un ser para el que todo en su historia habla de migración.
Es como decir, “qué rápido olvidamos, qué rápido ajustamos nuestra historia para ser indiferentes”. Claro que la migración implica una complejidad, pero de la que somos parte todos, no nada más los que se mueven, y quizá el eslabón más interesante de esta cadena, en el que más oportunidades hay, es en el de quienes reciben hoy.

Por un lado, está el personaje de Lucila, del que ya hemos hablado. Pero por otra parte está el personaje de su madre, a la que aquella se acabará enfrentando. Cuando empieza la película, la madre ha estado ocho años intentando resolver su situación y traer a sus hijos a España. Meditando sobre la película, pensaba si no hay en la historia de esta mujer un algo que nos remite a cómo se nos escapar el tiempo. No sé si compartes esta impresión.
Sí, por supuesto. Los planes de vida. Voy a hacer esto y, de repente, volteas al espejo y te pasó una década y sigues ahí, intentándolo. Para mí esta película habla de la maternidad desde la perspectiva desde la que yo puedo hablar.
Yo también pienso en quién soy y los años que llevo transitando mi vida con la ausencia de mi madre, y cómo por momentos tengo cosas muy resueltas y por momentos soy el niño de ocho años que no entiende por qué a él no le tocó.
La noción del tiempo es esencial para hablar sobre paternidad y maternidad. Es el gran reloj, es ese metrónomo que no para y que nos recuerda, eso, que el tiempo pasa. Mis hijos ya están en 18 y 16 años y aquí sigo yo, haciendo películas de hijos y padres, madres, padres, y padres e hijos [risas]
En tu película los personajes masculinos se sitúan en el margen del relato, como pivotando alrededor del mundo de estas mujeres. Son personajes que generan muchos conflictos, pero que viven alrededor de ellas y que, de alguna forma, ellas sostienen sin obtener, además, ningún beneficio. ¿Cómo abordaste esa perspectiva masculina en la película?
Sin duda, sin duda. Bueno, desde la imagen paterna. La única imagen masculina para esta familia es el abuelo militar que para mí explica mucho de esta migración. Para mí era muy importante entender esas violencias que terminan siendo generadoras de esa migración.
Muchas veces ponemos mucha atención en el contexto, en la situación económica y en las violencias que están fuera. Pero las violencias también están en la cotidianidad y en la interacción familiar. Y claro, sin duda estas mujeres están solas.
Hay algo que le sucede a la gente que viene de Latinoamérica, pero también a quien emigra dentro de la propia Unión Europa, y es que con frecuencia acaban viviendo en una especie de limbo entre dos mundos que están separados. Dos mundos que se tocan, pero no acaban de converger. Hay una imagen que se repite en tu película que es la de esa puerta que se cierra delante de Lucila y que siempre la deja fuera, al otro lado. ¿Qué significa para ti esa puerta?
Es como tener derecho a asomarte, pero no a cruzar. Tienes derecho a ver desde ahí, a contemplar, pero no a entrar. Las puertas no están abiertas 24/7. Y los espacios. Los espacios es una de las cosas con las que más te topas cuando vienes de América Latina, la concepción del espacio donde vivimos.
[Aquí] los espacios son muy reducidos para nuestros estándares. Si tú ves la casa de los abuelos de Lucila, es una casa que tiene sus dimensiones, en la que se puede caminar, en la que los espacios tienen cierta independencia. Si tú te quisieras explicar la migración por ahí, «ah, es que vivo en un lugar pequeño y voy a buscar uno grande», los estarías simplificando.
De hecho, ese no es el problema. La casa donde ellos viven en Madrid es mucho más pequeña. Sin embargo, ahí esa mujer es quien quiere ser. Cuando logra tener a sus hijos, cree que ya está, pero no. Entonces, le viene la complejidad de que sus hijos llegan ocho años después de que ella se fue, con esa herida. Los espacios fueron parte de la investigación que hicimos tanto en Madrid como en Barcelona.
Se trataba de saber dónde vivían estas comunidades, cómo vivían, y fue interesante encontrarnos con eso: que conviven en espacios muy pequeños donde es difícil ocupar un espacio más allá del nicho que te toca. Y desde ahí contemplas la vida. Como decía el fotógrafo: “qué bueno que queremos filmar desde fuera porque no podríamos hacerlo desde otro lado. No cabemos.” Eso fue interesante: salir a encontrar la historia.
En ese sentido, quizá una de las cosas más interesantes de tu película es cómo has conseguido un retrato físico de España, de esas dos ciudades, tan cercano. Mejor, incluso, que algunos directores españoles. Creo que has conseguido un realismo que a veces nosotros no logramos porque lo ficcionamos tanto que acabamos por hacerlo inverosímil, siendo nuestro propio espacio. ¿Cómo te enfrentaste a esa búsqueda de lo cercano, de lo material?
Yo quería ser muy consecuente con lo que me iba encontrando. El libro está muy bien escrito. Brenda lo escribió desde ahí, desde donde pasan las cosas. Y luego, cuando nosotros hicimos esta adaptación, fuimos a encontrar los lugares precisos. Y al estar involucrado como escritor, me permití que los lugares nos terminaran de contar la historia.
Para mí el contexto se vuelve muy importante. Cuando fuimos a buscar los bares, por ejemplo. Normalmente, hay una persona encargada de llevarte a los bares donde hay cierta noción de que, si te gusta, te podrías quedar a filmar. Y me acuerdo que fuimos a dos bares y, hablando con la gente, les preguntamos: «Oye, ¿quién viene aquí? ¿Cuánto gastan? Si yo traigo seis euros ¿a dónde iría?” Y ellos me decían, «aquí no, claro que no.
Esa gente toma tal cerveza y yo no vendo esa cerveza porque se me llenaría de gente que solo trae dos o tres euros en la bolsa”. Y dijimos, ¿y dónde venden esa cerveza? Veamos sólo bares que vendan esa cerveza. Y así fuimos encontrando los espacios donde pasa esta historia.
Y luego, sí, está el metro, el mercado maravillas, en Madrid, los espacios por los que este personaje transitaría. Y cuando no pudimos hacerlo en el lugar preciso, fuimos a fotografiarlo y lo recreamos exactamente, porque para nosotros era muy importante ser fieles a una comunidad que está ahí y sobre la que se habla poco, y ya no digamos se filma poco.

Como has comentado, la película cobra sentido cuando, después del viaje a España, Lucila regresa a México. Hay un momento, que creo que es bastante relevante, en el que su abuelo le enseña a su nieta una foto en la que aparece junto a López Obrador. Sobre México (y yo creo que la película incide de alguna manera en eso) siempre pesa este fantasma de ser un estado fallido ¿Cuál es tu visión?
Bueno, tendría que ser una entrevista larga para contestar esa pregunta. Pero déjame ver cómo decirlo… No, es que si estamos contando la historia de dos mujeres que se van de México es porque México les ha fallado. Pero también te diría que ojalá no reduzcas mi respuesta a eso porque es que detrás de toda migración, lo que hay es un lugar que expulsa.
Hoy hablamos de la comunidad mexicana que vive en Estados Unidos, y hoy más que nunca hay que hablar de lo que esa comunidad le ha entregado a ese país, y lo que significa esa comunidad para Estados Unidos y para que hoy Estados Unidos sea lo que es. Pero sería absurdo nada más decir eso.
También hay que decir que esos mexicanos viven ahí porque se tuvieron que mover, porque su realidad los expulsó. Y claro que el Estado tiene mucha responsabilidad en eso. Claro, esta película aspira a hablarle a quienes reciben, pero también habla de una realidad que hay que cuestionar. La realidad de tanta gente, no en México, en el mundo, que se tiene que mover. Y ahí hay sin duda una reflexión que hacer sobre lo que hace o deja de hacer el Estado.
Antes has comentado y así lo expresas también en las notas de producción, que este relato habla, de alguna manera, desde su peripecia, de la relación entre España y México y de esa barrera que hoy existe entre ambos países. Yo creo que en esa distancia hay algo que se está haciendo mal en los dos lados. Acusarnos a nosotros de una culpa o, a la inversa, resolver por otra parte que tampoco se tiene ninguna responsabilidad, parece que no está funcionando, creando más confrontación. Ante ese bloqueo, ¿cómo lo saltamos?
Yo creo que los discursos confrontativos carecen de toda sustancia. Me parece que la única respuesta a tantos discursos ignorantes de odio que exaltan las diferencias, quedándose necesariamente, para subsistir, como ideas en la superficie, solo se combaten con entendimiento.
Para mí (y voy a regresar tantito a la película, porque me gusta que la película hable por mí y que me ayude a responderte a lo que me preguntas) el gran tema en esta película es el entendimiento. Si la sociedad que recibe estuviera dispuesta a entender por qué alguien se pone ahí, por qué alguien deja todo, por qué alguien arriesga todo, por qué alguien se expone de esa forma y llega ahí, sería otra al momento de recibir.
Esta hija, si estuviera dispuesta a entender, probablemente estaría más cerca de su madre. Si esos abuelos hubieran hecho un esfuerzo por entender a su hija, probablemente esta historia no la estaríamos contando.
Es decir, lo que hay es una incapacidad y una falta de curiosidad por el otro. Ese es el comentario que hace esta película. Y creo que eso habla de lo que tú me estás diciendo. O sea, si realmente queremos pensar en lo que podemos hacer y construir juntos, eso va a nacer de una curiosidad de entender al otro.
Y hoy vivimos o le damos espacio a unos discursos (que además logran ser muy estridentes y muy escandalosos), que justamente nulifican al otro, lo descalifican por completo. Pues eso solo se combate con paciencia, con información, con cariño, con empatía, con respeto. Pero ese es un proceso más silencioso comparado con el otro. ¿Cómo resolverlo? ¡Con cine, yo creo! Con cine y con historias que te muevan y que te hagan pensar en el otro también.

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