Lezama Lima

#MAKMALibros
‘José Lezama Lima: una biografía’, de Ernesto Hernández Busto
Primera entrega: ‘Años de formación’
Editorial Pre-Textos, 2025

La figura de José Lezama Lima (La Habana, 1910-1976) constituye una cima de las letras cubanas, pero hasta ahora su vida no había sido escrita. Esta carencia ha venido a paliarla Ernesto Hernández Busto, poeta, traductor y estudioso cubano afincado en Barcelona, con ‘José Lezama Lima: una biografía’, un monumetal trabajo de investigación en tres volúmenes, del que acaba de ver la luz la primera entrega, ‘Años de formación’, en Pre-Textos. Una guía imprescindible para adentrarse en el universo del autor de ‘Paradiso’.

Lezama es la cima de las letras cubanas. ¿A qué cree que se debe que hasta ahora no hubiera una biografía como esta?

Se juntan varias razones. Primero, la cubana no es una literatura donde lo biográfico ocupe un lugar destacado. Incluso en comparación con otros países latinoamericanos, tenemos una dosis excesiva de pudor –o de censura–. Nuestras biografías indispensables de escritores pueden contarse con los dedos de una mano, y esta indigencia fue hasta hace unos años algo aceptado como fatalidad. Hay cuatro veces más ensayos sobre la obra de cualquier escritor importante de Cuba que sobre su vida.

En segundo lugar, el propio Lezama evadió lo biográfico al comentar su obra. “Considero que no tengo biografía”, dice, para después aclarar: “Porque mi vida es muy monótona, es mi trabajo y mi casa, así que se puede decir que soy un viajero alrededor de mi cuarto”. Su poética es la de Proust contra Sainte-Beuve: el yo profundo que escribe no es ese yo más visible o superficial que vive, y éste es incapaz de explicar aquel.

Al mismo tiempo –y es asunto sobre el que medité bastante antes de empezar a escribir–, en sus ensayos Lezama sí usó muchas claves biográficas. Basta repasar las biografías de Fray Servando Teresa de Mier, Simón Rodríguez, Francisco de Miranda o el Aleijadinho incrustadas en ‘La expresión americana’, o las minibiografías de su ‘Antología de la poesía cubana’, o las conferencias sobre escritores cubanos que dio en el Instituto de Literatura y Lingüística en 1966, y que debían convertirse en el libro titulado ‘La expresión cubana’.

Digamos que Lezama tiene con lo biográfico una relación creadoramente ambigua: aunque prefirió que su creación poética ocupara el centro de cualquier juicio crítico, también usó biografías para detectar ciertas apariciones o momentos fechados de la imagen histórica. Le gustaba el género, y le sacó provecho. Yo insisto en que hacer una biografía suya no es necesariamente traicionarlo, porque, sin renunciar a la autonomía de lo literario, ese viajero alrededor de su cuarto también tiene una historia fascinante que contarnos.

Ernesto Hernández Busto, autor de 'José Lezama Lima: una biografía’. Imagen cortesía de Pre-Textos.
Ernesto Hernández Busto, autor de ‘José Lezama Lima: una biografía’. Imagen cortesía de Pre-Textos.

En este volumen dedicado al primer Lezama, buscamos siempre la forja del genio verbal que sería. ¿Cuál es, según usted, la clave de esa potencia?

Cintio Vitier defiende la idea de que Lezama no tuvo titubeos ni fases preparatorias: al publicar ‘Muerte de Narciso’ en 1937 ya surge entero y con armadura, como Atenea de la cabeza de Zeus. La realidad es un poco más compleja.

Lezama empezó a escribir poesía con 17 años, hizo varios intentos por encontrar su estilo. Pero el genio verbal, como bien dices, y la rotunda originalidad de Lezama en el panorama no solo de la literatura cubana, sino de toda Hispanoamérica derivan de una fe voluntarista en la potencia cognoscitiva de la imagen y su desconfianza de los caminos trillados.

Podemos intentar explicarlo como resultante de su lectura paralela de los clásicos españoles y el simbolismo, de la transfiguración hermética de la realidad o de un barroco como estilo plenario que desborda una tradición específica y cuestiona los fundamentos de la historia de los estilos.

Sin embargo, siempre hay algo de misterioso, e incluso de incognoscible, en ese nivel de originalidad y realización verbal. ¿Por qué aparece en Cuba un escritor como Lezama? Muchas biografías posibles, incluida la mía, deberían responder a esa pregunta, aunque esa respuesta no tiene por qué ser directa o demasiado obvia.

El asma, ¿hasta qué punto imprime carácter en nuestro personaje?

Acostumbrado al asma desde niño, Lezama gustaba de convertirla en una especie de enfermedad metafísica. Su descendimiento cotidiano a los infiernos era la comprobación de los poderes del pneuma, y eso tenía consecuencias literarias porque respirar, como dijo en alguna entrevista, es también una forma de escribir. Su “respiración branquial”, como la llamaba, fue un primer aprendizaje contra la angustia, una prueba de cómo la enfermedad se supera a sí misma.

Una tesis muy sobada achaca al asma su peculiar puntuación, sus largos fraseos que traducen en rara entonación su peculiar ritmo respiratorio. Yo trato de explorar un ángulo menos conocido de estos cruces: hasta qué punto el uso de ciertos medicamentos pudo contribuir o facilitar el paraíso artificial de sus tempranas ensoñaciones nocturnas.

No es descabellado suponer que las inhalaciones con Abisinia Exibar, uno de los primeros “polvos de asmático”, que incluía estramonio, hayan facilitado narcosis alucinatorias. El asma sería así una de sus primeras puertas a lo imaginario.

¿Y la relación con su familia? Hasta ahora habíamos podido conocer algo a través del epistolario con su hermana, pero su libro amplía considerablemente el foco.

En sus primeros 30 años de vida, el mundo de Lezama se estructura sobre todo a partir de la familia. Luego vendrá, claro, su llamado “sistema poético-filosófico”, su teoría de la imagen, la peculiar ética esbozada en ‘La dignidad de la poesía’, etc. Pero Lezama es, en este sentido, un mandarín confuciano: la familia es el comienzo de cualquier otro credo.

Hay dos dimensiones, distintas pero complementarias, de lo familiar, que intenté separar en los primeros capítulos del libro: el segundo, ‘La cuerda del padre’, gira sobre la historia paterna, que se cierra, tras la temprana muerte del coronel Lezama Rodda, como ausencia generatriz de la imago, mientras que el tercer capítulo, ‘El mundo placentario’, gira alrededor de lo materno como sobreabundancia y garantía en medio de una supuesta grandeza perdida.

Esos dos pilares, lo paterno y lo materno, terminan siendo caminos diferentes de la llamada “novela familiar”, y no solo en el sentido de construcción del neurótico, como asegura Freud, sino también como pilares de una obra que llegará a ser literalmente novela. Décadas después, cuando Lezama pierda los principales asideros de su familia, incluida a su madre-puente, todo su mundo se derrumbará. Para conjurar ese derrumbe, termina de escribir ‘Paradiso’.

Ver esta publicación en Instagram

Una publicación compartida por Editorial Pre-Textos (@editorialpretextos)

En estas páginas se retrata una Cuba convulsa. ¿Cómo se va moldeando el pensamiento político de Lezama? ¿Qué importancia va a tener en él?

Hay en Lezama una “política del espíritu”, como decía Valery, pero se trata de una labor semisecreta, elitista, la misión de “la Tribu dentro de la Ciudad”. Al margen de los episodios antimachadistas y la turbulenta historia de nuestra primera república y primera revolución, Lezama consideraba el espíritu como la verdadera potencia transformadora de un pueblo, suma de inteligencia, voluntad y creación.

La utopía de la encarnación histórica de la poesía es la última fase de la exaltación de ese espíritu. Con su intento de fundar pequeños grupos, fraternidades de artistas o revistas que casi nadie leía toma forma un programa de protección del capital intelectual cubano al margen del Estado, al que Lezama y sus amigos veían encasillado en un nacionalismo estrecho, producto de un estamento caótico, esclavo de la propaganda y el utilitarismo.

Por eso, aunque en los años 30 del siglo pasado Lezama formó parte de una reacción generacional contra el despotismo, terminó por apartarse del curso propiamente político de esas protestas sociales para enfocarse en otra búsqueda civilizadora, digamos, a partir del mito.

En ese sentido, es curioso lo poco que se interesó, por ejemplo, en el proceso del que sale la Constitución cubana de 1940, un asunto que abordo en el segundo tomo del libro. No volvió a referirse a la “cosa pública” sino hasta 1959.

¿Y la religión?

Lezama es un pensador católico dentro de un país donde el catolicismo nunca llegó a tener un verdadero peso. Sus personalísimos y ocasionales furores a lo Maurras son gestos grandilocuentes que actúan en el vacío. A veces resulta también un poco esnob ese Quijote católico y hermético acompañado por su alabardero y confesor, el Padre Gaztelu, escribiendo esos raros editoriales de la revista Nadie Parecía, es parte de su mitología.

El horizonte de su cultura era bastante más ecuménico, como se ha dicho. Orígenes dilata la aprensión católica en catolicidad, dialoga con Chesterton y Santo Tomás, lucha por instaurar una cultura de ceremoniales asociada al santoral, y tiene una visión católica del pecado, acompañado siempre por la Gracia y el perdón.

Para alguien sobrado de tiempo, la teología de Lezama puede ser un reto fascinante. En términos generales, yo comparto la tesis de uno de los grandes estudiosos lezamianos, Enrico Mario Santí, cuando afirma que toda la poética de Lezama es una búsqueda de la resurrección como principio.

Si la muerte nos pone en contacto con la discontinuidad por excelencia, el poema nos propone una forma de resistencia que sustituye a una naturaleza caída, resucitando al final una experiencia de la misma manera que el narrador proustiano, por ejemplo, resucita por la memoria la vida y el tiempo dilapidado en avatares más frívolos. Esta concepción de la poesía hermética como resurrección imaginaria es inseparable de la doctrina católica y disculpa todos los devaneos paganos de Lezama, que no son pocos.

Cubierta de la primera edición de ‘Paradiso’, de José Lezama Lima, publicada por la UNEAC en 1966.

En su libro hay constantes alusiones a ‘Paradiso’. ¿Hasta qué punto puede leerse su gran obra como un texto autobiográfico? ¿Y qué riesgos entrañaría hacerlo?

Es inevitable citar ‘Paradiso’, sobre todo a la hora de describir la genealogía de Lezama. ‘Paradiso’ no es tanto una novela autobiográfica, como una novela genealógica. Es decir, su condición de gran alegoría no evita que Lezama recurra a la historia de su propia familia para contar los antecedentes de algo que rebasa, como en cualquier gran novela moderna, las simples equivalencias del roman à clef.

En el relato genealógico, un personaje puede ser al mismo tiempo real e imaginario. Solo desde una estrecha y mezquina visión académica, la de esos pequeños policías del género biográfico que se creen muy listos perdonándole la vida al gran George D. Painter, puede una cita de ‘Paradiso’ ser considerada excesiva dentro de una biografía de Lezama.

Teniendo en cuenta que la novela tiene más de 600 páginas, no sé cuántas citas equivaldrían a la cuota correcta. Pero dejar claro que la triste historia de Andresito Lima, muerto en una tómbola independentista en Jacksonville, no es una ficción, o que el Lezama novelista expolió las anécdotas sexuales que le contaban sus amigos me parece un trabajo necesario, tanto para los biógrafos como para los críticos literarios, que a menudo se empeñan en ser más lezamianos que el propio Lezama.

Pero, además, él, como Proust, también cedió a las debilidades de la novela en clave. Tú, que conoces bien esa historia, sabes que aprovechó ‘Paradiso’, entre otras cosas, para vengarse del desaire sexual que le causó Edmundo Desnoes, y el cuento resultante de ese desaire. De ahí la historia de Martincillo el flautista, alias Margarita tibetana, amigo del pintor polinesio. ¿Quién podría no citar eso en una biografía?

¿Puede adelantar algo de las próximas entregas? ¿Están ya escritas?

Todo el libro ya está escrito y entregado: suma unas 1.200 páginas. Si lo he dividido en tres partes no es solo por razones de conveniencia editorial (ojo: digo editorial y no mercantil, es obvio que habría sido más factible vender y promover un sólo tomo). Pero desde que empecé a escribir tuve claro que era como una ópera dividida en tres grandes actos, cada una con un tempo específico, y con personajes y circunstancias diferentes.

Al dividir la biografía en ‘Años de formación’, ‘Años de fundación’ y ‘Años de revolución’, esbozo tres ciclos de una historia nacional que coincide con la historia personal que quiero contar. No me convencen los extremos historicistas ni psicologistas de lo biográfico. Desdeño lo que Bourdieu llamaba la “ilusión biográfica”, que impone una coherencia narrativa artificial a una vida fragmentada y contradictoria.

Lo que busco, como he explicado en alguna charla, tiene que ver con una concepción más actualizada de lo biográfico: el biografiado como un nodo de microhistorias que de otro modo quedarían al margen, una historia cultural donde la biografía sirve para entender la complejidad de las circunstancias históricas.

He tenido la suerte de encontrar un editor que entiende todo esto. Sospecho que aquí en España el tomo que llamará más la atención será el tercero, donde se hace, por fuerza, la accidentada historia cultural de la Revolución cubana.

Una historia que apenas ahora ha empezado a contarse sin las anteojeras del dogmatismo de izquierdas, gente que sigue hablando de las virtudes de la gauche divine o los méritos de la estirpe Feltrinelli mientras los homosexuales cubanos eran apaleados en campos de reeducación o sometidos a electroshocks. Y la historia de Lezama, alguien que empezó apoyando a la Revolución y acabó convertido en una de sus víctimas emblemáticas, es muy elocuente en este sentido.

Te voy a contar una historia de ese tercer tomo que está someramente mencionada en sus páginas, porque no descubrí todos sus detalles hasta después de que había terminado y entregado. Es la de Enriqueta Meoqui Lezama, una prima paterna del escritor, que conspiró con Polita Grau contra Fidel Castro y fue condenada a nueve años de prisión en 1965.

Sus hijas escribieron en 1966 al ministro de Relaciones Exteriores de México, Antonio Carrillo Flores, una carta desgarradora con los detalles del caso (la reclusa estaba bastante enferma), y este trató de interceder a través del embajador en Cuba, que llegó a pedir una medida de gracia a Fidel Castro, sin resultado.

Es decir, que mientras Lezama ejercía de tímido funcionario o ensalzaba a la Revolución como “la última de las eras imaginarias”, su prima, que meses antes había organizado el velorio de la madre del escritor, purgaba una pena como presa política en el Reclusorio de Mujeres de Guanajay. No sé bien cuál sea la moraleja de esta anécdota, pero ahí te la dejo para futuros comentaristas.