#MAKMAEscena
36ª Mostra Internacional de MIM de Sueca
‘La mirada cómplice’
Escenarios: CM Bernat i Baldoví, Poliesportiu Cobert, CEIP Cervantes, la Plaça de Sant Pere, Espai Joan Fuster, el Molí del Pasiego, Casal Jove, Plaça dels Molins de la Vila, Plaça Jaume I y CEIP Carrasquer
Del 17 al 20 de septiembre de 2026
Hay miradas que dicen más que mil palabras. Una mirada puede ser una invitación, una pregunta, una advertencia, una promesa, una despedida o una forma de conectar con el otro. En el teatro, donde el cuerpo y los gestos ocupan el lugar central, mirar y ser mirado forma parte también del espectáculo. Antes incluso de que se pronuncie una palabra, ya existe un diálogo entre quien está sobre el escenario y quien lo contempla.
Es precisamente en ese espacio de encuentro donde el MIM de Sueca sitúa su 36ª edición. Del 17 al 20 de septiembre, la Mostra Internacional de MIM convertirá de nuevo Sueca en un gran escenario para el teatro gestual, físico y visual bajo un lema que apela directamente a ese vínculo: ‘La mirada cómplice’. Una mirada que no se limita a observar, sino que participa; que recibe aquello que sucede sobre las tablas y, al mismo tiempo, ayuda a completarlo.
Porque en el MIM la escena nunca termina exactamente en el escenario. Puede comenzar en una sala, continuar en una plaza y acabar ocupando una calle. El festival vuelve a desplegarse por distintos espacios de Sueca con 45 funciones y una programación que reúne compañías internacionales, estatales y valencianas. Teatro físico, danza, circo, clown, títeres, objetos, máscara y movimiento conviven durante cuatro días en una propuesta que entiende las artes escénicas como un lugar de comunicación incluso cuando las palabras desaparecen.
La directora artística del MIM, Ángeles González, resume esa relación entre creador y espectador como un “puente emocional”. Para ella, la mirada del público es imprescindible para que los artistas puedan sorprender, hacer reflexionar y contar historias a través de “silencios, gestos y emociones” que permiten conectar con el otro. El espectador, lejos de ocupar un papel pasivo, forma parte de aquello que está sucediendo.
Y el público del MIM parece conocer bien ese pacto. González lo define como “generoso, receptivo, muy exigente, acogedor” y, sobre todo, abierto a convertirse en cómplice, a recibir y vivir una experiencia distinta. Una complicidad que no significa necesariamente estar de acuerdo, sino estar dispuesto a dejarse afectar por lo que sucede delante de los ojos.
En una disciplina escénica donde el cuerpo puede sustituir a la palabra, la mirada se convierte en una herramienta narrativa. Un gesto puede sugerir una historia completa; un movimiento puede condensar un conflicto; un silencio puede decir aquello que el lenguaje verbal no alcanza. De ahí que el festival vuelva a reivindicar una forma de teatro social y crítico capaz de atravesar las fronteras lingüísticas y culturales para encontrar un territorio común.
La programación de esta edición responde a esa vocación de diversidad. Entre las propuestas internacionales figuran compañías procedentes de Francia, Suiza y Argentina, mientras que el programa estatal reúne creadores de distintas comunidades autónomas. A ellas se suman cuatro compañías valencianas.
También las calles tendrán un protagonismo especial. El MIM incorpora este año la Plaça dels Molins de la Vila como nuevo espacio para las propuestas al aire libre, que se suma a la tradicional Plaça de Sant Pere. Además, un espectáculo itinerante partirá de la Plaça de Jaume I determinados días para recorrer la localidad.
La ampliación responde, precisamente, como nos comenta la regidora de cultura, Mercé Sorrentino, a una de las peticiones que el festival ha recogido de sus espectadores, “más espectáculos de calle y más propuestas de acceso libre”.
“Un festival que escucha al público es un festival que está vivo”, defendió Sorrentino durante la presentación. Escuchar las demandas, conocer hábitos y ampliar espacios de encuentro forma parte también de la construcción de un festival que lleva 36 años creciendo alrededor de una misma relación.
En esa transformación del espacio urbano reside también buena parte de la personalidad de la Mostra. Las propuestas de calle permiten que el encuentro con el teatro suceda incluso sin haberlo buscado. El espectador puede acudir expresamente a una función o encontrarse con ella mientras camina. El escenario aparece donde antes había una plaza, una calle o un rincón cotidiano y, durante unos minutos, modifica la manera de mirar ese lugar.
Entre las propuestas de calle de este año se encuentran ‘Ákri’, de Manel Rosés, un solo de circo construido alrededor de un acróbata y una escalera; ‘Forat’, de Dudu Arnalot, que combina clown gestual y máscaras; ‘Triplette’, de Labú & Cris Clown; y ‘Olympics’, de Yllana & Nacho Vilar Producciones, una propuesta itinerante que juega con el humor y el absurdo.
Pero el humor y el entretenimiento conviven con otras miradas más incómodas. La programación se acerca a cuestiones como la salud mental, la paternidad, la discapacidad, la educación, la violencia, el abuso de poder, la memoria, el desplazamiento o la necesidad de pertenencia.

‘La Phazz’, de Zero en Conducta, aborda la salud mental; ‘Forever’, de Kulunka Teatro, se adentra en las relaciones familiares y la sobreprotección; ‘Dominare’, de Maduixa, reflexiona sobre el poder y el control, mientras ‘Acasa’, de Cia Ortiga, utiliza títeres y objetos para hablar de la búsqueda de un hogar.
Entre las novedades destaca también ‘La Inquilina’, de Mercè Tienda, uno de los estrenos absolutos de esta edición. Una propuesta de aforo reducido y dirigida a mayores de 16 años que parte de aquello que permanece reprimido para convertirlo en materia escénica. El festival incorpora, además, ‘La dernière danse de Brigitte’, de Zero en Conducta, alrededor de la memoria y el paso del tiempo, y ‘Todo este ruido’, de Qabalum, una pieza de danza para dos intérpretes y un dron.
Junto a las compañías profesionales, el MIM mantiene también su dimensión social y comunitaria. El proyecto ‘L’Últim Toc Teatre-MIM Sueca’ reúne a personas de distintas generaciones de la localidad alrededor de los recuerdos, el paso del tiempo y la memoria.
Esa idea de comunidad atraviesa el discurso de González cuando habla del MIM como algo que va más allá de un festival. Lo define como un proyecto cultural y social que invita a “compartir y respirar de una manera única y diferente de Sueca durante cuatro días”. Cuatro días en los que artistas y público, vecinos y visitantes, profesionales y aficionados coinciden en un mismo territorio.

El alcalde de Sueca, Julián Sáez, reivindicó el MIM como parte de la identidad cultural de la localidad y destacó la importancia de mantener una “programación de calidad” sin renunciar a la presencia de los creadores de proximidad. Apostar por ellos, señaló, significa “proteger el tejido cultural” y generar también un retorno para el municipio a través del turismo cultural.
Porque el MIM no solo trae compañías a Sueca. También consigue que la capital de la comarca de la Ribera Baja de València se mire a sí misma de otra manera. Que sus plazas se conviertan en escenarios, que sus vecinos compartan espacio con artistas procedentes de otros lugares y que durante unos días la localidad sea observada desde la perspectiva particular de quienes hacen del gesto su herramienta de expresión.
Cuando se apague una función y el público abandone la sala, la mirada seguirá formando parte del espectáculo. Porque la verdadera complicidad no consiste únicamente en que alguien mire y otro sea mirado, sino en reconocer que durante unos minutos ambos han compartido algo que no puede repetirse exactamente de la misma manera.
El teatro necesita al espectador tanto como el espectador necesita aquello que ocurre sobre el escenario. Entre ambos se construye un diálogo sin palabras, hecho de gestos, silencios, emociones y miradas. Y es ahí, en ese instante fugaz en el que dos miradas se reconocen, donde el MIM de Sueca encuentra este año su particular forma de decir aquello que las palabras no siempre consiguen explicar.
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