#MAKMAArte
‘La Escuela de Gijón. La ciudad como motivo’
Comisario: Juan Manuel Bonet
Organiza: Departamento de Museos de la Fundación Municipal de Cultura, Educación y Universidad Popular de Gijón /Xixón
Centro de Cultura Antiguo Instituto (CCAI)
Jovellanos 21, Gijón
Hasta el 13 de septiembre de 2026
“Naturaleza y Arte. La lección de insistencia, / de reiterado
impulso, de eternas tentativas. / Porque el mar solo es eso. Voluntad de
presencia / y un ensayo paciente de estrofas sucesivas. / Así para mis
versos cursé el aprendizaje / buscando un equilibrio de belleza madura, /
en esta ciudad vuestra que aún es casi paisaje / y no tiene dos casas
de la misma estatura”‘Ofrenda’. Gerardo Diego, 1925
El historiador y crítico de arte Enrique Lafuente Ferrari inauguró el II Salón de Navidad en diciembre de 1949 en el Real Instituto Jovellanos con su discurso ‘Sobre el arte asturiano contemporáneo’. Las obras de Evaristo Valle, Nicanor Piñole y Sebastián Miranda se unieron a las de los jóvenes Antonio Suárez o Joaquín Rubio Camín, que habían impulsado la exposición convenciendo a sus maestros para participar.
Casi ochenta años después, Juan Manuel Bonet vuelve a reunir a esa ‘Escuela de Gijón’ que tiene a la ciudad como argumento. Como Lafuente Ferrari, Bonet ha compartido vivencias y ha escrito sobre la obra de artistas de la generación nacida en los años cincuenta. Y, precisamente, dos de ellos, Pelayo Ortega y Josefina Junco, le insistieron para propiciar este encuentro.
Si el Ateneo Obrero y los cafés históricos fueron lugares de reunión de maestros y discípulos en los años 20 y 30, la pionera galería de arte Altamira, fundada en 1958 por Eduardo Suárez Noriega, o la librería-galería Atalaya de Eduardo Vigil Argüelles, en 1961, convirtieron la calle de La Merced en el foco cultural de la ciudad.
Eduardo Vigil había trabajado de joven en la Librería Escolar, visitada por pintores y poetas, donde recibían y compartían información. Allí se inició su amistad con Valle y Piñole y, después, en su propia librería Atalaya, con Joaquín Rubio Camín y Antonio Suárez. Fue el máximo introductor del arte asturiano en el mercado artístico y quien asesoró a Enrique Lafuente Ferrari sobre la obra de Evaristo Valle, de quien además fue albacea.
Convenció a Amador Fernández, que había entrado a trabajar con él con 14 años, para que continuase su tarea y, en 1981, esa atalaya que daba aviso de lo que ocurría se transformó en montañas enlazadas que resguardaban la creación artística. Durante cuarenta y dos años, la librería-galería Cornión tomó el relevo como centro de reunión y difusión del arte asturiano contemporáneo.
Juan Manuel Bonet escribe en esta exposición un diario de aquellos años de este “Gijón sur-mer”, intercalado con varias citas hacia los maestros. El primer capítulo se inicia con una infrecuente vista nocturna del paseo marítimo de Gijón pintada entre 1897 y 1899. Nemesio Lavilla Vicchi contrapone la luz de la Luna con la de las primeras farolas de gas de la ciudad en las casas donde estaba el Ateneo Obrero. Allí, este discípulo de Carlos de Haes le daba clases de dibujo a Nicanor Piñole. Muy cerca vivirá Gerardo Diego durante sus años gijoneses.
El sevillano Antonio Camacho Pichardo confesaba en sus memorias las dudas sobre el destino elegido que le asaltaron al llegar a la Estación del Norte de Gijón, en 1918. Venía como catedrático de la Escuela de Comercio a una ciudad en la “todo estaba a medio hacer y muy desordenado. Llovía frecuentemente, aunque los moradores locales decían que solo orbayaba”. Su opinión fue cambiando tras conocer a personas como el padre del escritor Julián Ayesta, que le invitará al Ateneo Obrero y juntos dirigirán la biblioteca circulante.
Será Ayesta quien le presentará a Nicanor Piñole, “maestro indiscutible”, en las “tertulias ultraístas” del Café Oriental, y allí conocerá a Valle, al que consideraba “un pintor de excepción “que había regresado triunfante de Madrid y que “todos debemos procurar que en Asturias no se gaste”.
Otro de sus amigos en Gijón fue Fernando Vela, que le enseñará a jugar al ajedrez, afición que compartían con Evaristo Valle en el salón del Ateneo. Fernando Vela, nuestro “aduanero”, será el secretario del Ateneo Obrero de Gijón antes de la Revista de Occidente. En 1917, dirigió la efímera Región. Revista de Asturias, que en su segundo número incluyo el discurso ‘Sobre el localismo’ de Ortega y Gasset. La revista estaba ilustrada Nicanor Piñole, Evaristo Valle, Alfredo Truan o Ventura Álvarez Sala. Nacía con la vocación de favorecer la educación artística entendiendo la creación cultural como vehículo de progreso.
Cuando, en 1922, Gerardo Diego ocupa la cátedra de Lengua y Literatura en el Real Instituto Jovellanos, Antonio Carmona escribía: “Ahora ha caído en Gijón uno de esos profesores que tienen un espíritu abierto a todas las inquietudes y saben que la misión del maestro, más bien que de orientar es de desorientar a sus discípulos. Se llama Gerardo Diego. Explica Literatura en nuestro Instituto Jovellanos. Y es poeta creacionista. Esto es ya de por sí un alto elogio del hombre, del profesor y del poeta”.
Gerardo Diego recordaba en ‘Memoria de un poeta’ que “mi vida en Gijón está unida a nombres y lecciones de pintores”. Su etapa en la ciudad coincide con la de José Moreno Villa, destinado desde hacía un año en la Biblioteca del Real Instituto Jovellanos y ocupado en fotografiar la colección de dibujos de Jovellanos para mitigar un tiempo de oscuridad por verse privado de “la eterna juventud” de la Residencia de Estudiantes. Juntos frecuentarán a Nicanor Piñole y a Evaristo Valle.
Para el poeta cántabro, Piñole atrapaba la niebla de Asturias y Valle la embriagaba de color. Ambos pintores finiseculares, renovadores de la pintura asturiana, cimentaron la Escuela de Gijón y serán considerados los maestros para las diferentes generaciones de artistas que recalaron en Gijón.
Un grano de pimienta es una bolita pequeña, oscura, de escaso valor nutricional, pero que en la antigüedad fue moneda y símbolo de lujo. Así titula Fernando Vela el libro que recoge sus ensayos de posguerra y que define como “granos de pimienta que excitan e incitan más que alimentan”. Su edición de Espasa-Calpe de 1950 comparte vitrina con ‘Helena o el mar del verano’, de Julián Ayesta, en la primera edición de Ínsula, de 1952, y la segunda de Arión, de 1958, ilustrada por José Paredes Jardiel.
Esta es una novela pequeña pero intensa como un grano de pimienta o como el verano. Una mirada poética y melancólica hacia un tiempo que no volverá a pesar de la circularidad de las estaciones y una ciudad, Gijón, que se convierte en uno más de los personajes que expresa sus sentimientos con la luz y el color.
La novela de Ayesta fue acogida con cierta indiferencia por la crítica, pero con un entusiasmo lector que propició sus sucesivas ediciones y la traducción a varios idiomas. Hace poco, cuatro amigos nos preguntábamos si las emociones que transmite solo pueden sentirlas en plenitud las personas nacidas en Gijón y concluíamos que su universalidad supera lo territorial.
Junto a las publicaciones de Fernando Vela y Julián Ayesta, el catálogo de la exposición de Trinidad Fernández en el Ateneo de Madrid de 1958. Pintora y escritora de “soledad y asombros”, como los de esa niña huérfana que aprendió a pintar copiando los cuadros de Carolina del Castillo que veía en la casa de sus tíos. Cuando tenía 18 años, tomó lecciones de pintura con Antonio Suárez y Joaquín Rubio Camín. Se enamoró del maestro que le abrió las puertas a un mundo que fue construyendo a su medida con la pintura como idioma.
Esta alumna brillante se dio a conocer con el grupo de Joven Pintura Gijonesa, pero desarrolló su carrera en Madrid. Sus paisajes de Gijón son una lección de geometría en la que la figuración se reduce a líneas que ordenan los sentimientos. Gerardo Diego escribió el prólogo de su primera exposición en la capital y describía las casas que pintaba Trinidad como “esos seres tan tristes que tienen alma”.
Juan Antonio Suárez-Torga, Armando Suárez o Aurelio Suárez fueron autodidactas como Trinidad y creadores, también, de mundos propios, ensoñados y, a veces, inquietantes. El retrato de Suárez-Torga de una personalidad del Gijón de los años 50 sorprende por la esquematización de la ciudad y las formas poscubistas de una figura que se fusiona con el paisaje.
Constantino Suárez fotografía un Gijón en blanco y negro. Gonzalo Juanes recoge el testigo y lo documenta en color. Los años brillantes y los oscuros. Lo luminoso y lo tenebroso. La ciudad industrial y sus rescoldos en ese “momento de fugaz lirismo” que decía Juanes, también maestro y amigo entre Madrid y Gijón de Camín, Gabriel Cualladó o Carlos Pérez-Siquier. Sus registros de Gijón se completan con visiones más recientes de creadores foráneos por nacimiento, pero no por vinculación, como Ana Müller, Carlos Cánovas o José Manuel Ballester.
La clase más numerosa de esta escuela gijonesa, que tuvo sus aulas en la librería-galería Cornión –Melquiades Álvarez, Reyes Díaz, Pelayo Ortega, Josefina Junco, José Arias, Miguel Galano, Rodolfo Pico, Fernando Peláez o Javier del Río–, nos muestra lo aprendido. Se une en sus obras esa mixtura de la observación de don Nicanor con la imaginación de don Evaristo, que les habían transmitido los alumnos aventajados de la generación anterior: Joaquín Rubio Camín, Antonio Suárez, Trinidad Fernández, Aurelio Suárez o Juan Antonio Suárez-Torga.

Vuelven las visiones nocturnas de casas solitarias con ojos que nos miran, ese Gijón vacío, casi metafísico, a veces inundado de color. Un paisaje sin apenas figuras, si acaso algún viajero como Tintín que nos recuerda la línea clara de una poesía de la experiencia. Y los alumnos más recientes, Miguel Watio, Damián Flores o Javier Ortega, siguen coloreando la soledad de la ciudad y sus edificios.
El diseño gráfico de Juan Jareño enmarca en el perfil de la ciudad los lugares escogidos como motivo artístico. Las obras se despliegan en las paredes del Centro de Cultura Antiguo Instituto como los antiguos mapas en las escuelas, que enseñaban geografías físicas mientras hacían soñar con otros mundos posibles. Los catálogos de las exposiciones individuales o colectivas se muestran en las vitrinas como galerías de objetos preciosos.
El mar y la playa, las palmeras, los cafés, algunos edificios representativos, el gasómetro, se reflejan una y otra vez en las miradas de diferentes generaciones que miran con atención o sueñan la ciudad que habitan. El Gijón escrito, pintado y fotografiado se tiñe de ese realismo mágico que Franz Roh definía como “compenetración de proyección sentimental y abstracción”.
El viaje Gijón-Madrid-Gijón es un itinerario compartido a lo largo del tiempo. Idas y vueltas para formarse, para exponer, para buscar nuevos horizontes y volver de nuevo, a una ciudad puerto de refugio y maestra de supervivencia para las zozobras y los naufragios.
Es cierto que esta ciudad volcada al mar obsesiona el pensamiento y atrapa las miradas y los recuerdos. José Antonio Mases, en ‘Todos los días Gijón’, cuyo título rinde homenaje al poeta César Vallejo, nos decía que “Gijón posee, como otros conspicuos puertos marítimos del mundo, ese encubierto atributo que suscita no solo la pasajera complacencia, sino el fervor a largo plazo”.
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