#MAKMAArte
XV Festival Art Nou
Organiza: ArtBarcelona. Galeries
Barcelona y Hospitalet de Llobregat
Hasta el 3 de septiembre de 2026
La llegada de septiembre es siempre mucho más rápida de lo que deseamos. La vuelta al ritmo acelerado suele sorprendernos mientras algunos seguimos lamentando no haber pisado la playa lo suficiente o no haber terminado esa novela que nos habíamos propuesto leer con la llegada de las tardes largas de junio.
Para los amantes/trabajadores del arte de Barcelona, septiembre significa el inicio de un nuevo ciclo anual de eventos y exposiciones, pero antes nos toca, quizás, lamentar la llegada del fin del festival Art Nou, especialmente para quienes, como yo, no han podido cumplir con el objetivo de cubrir todo el mapa de propuestas artísticas.
Y es que, cada año, el reto se pone más complicado: Art Nou es el festival de arte emergente de Barcelona y L’Hospitalet que, verano tras verano, llena las ciudades con propuestas de jóvenes artistas tanto nacionales como internacionales. Para su 15ª edición, se han reunido más de ciento diez artistas en cincuenta muestras dedicadas a las prácticas artísticas contemporáneas.
Y aunque, quizás, mi listado de exposiciones visitadas se haya quedado corto (una vez más), este año ha sido especialmente inspirador, ya que mi relación con el festival se ha visto intensificada gracias a una iniciativa que he llevado a cabo junto al equipo del Centro Cívico la Casa Elizalde y la organización de Art Nou, con quienes hemos realizado un taller cultural que combinaba clases en el aula y salidas a exposiciones.

Inspirada por estas visitas en diálogo con los alumnos, artistas, galeristas y comisarios, traigo aquí un recorrido por algunas de estas propuestas.
La memoria como materia inestable
En mis rutas junto a los alumnos de Casa Elizalde, conseguimos trazar un mapa de relaciones entre las propuestas que nos permitió profundizar en algunas de las temáticas recurrentes. De ellas, las reflexiones en torno a la memoria como algo inestable, volátil y reconstruible, destacaron una y otra vez entre nuestras visitas, hasta el punto de que algunas exposiciones parecían plantear preguntas que otras retomaban o respondían.
En Sorondo Projects, la joven galería de la calle Trafalgar dirigida por Juliana Sorondo, se reunieron los trabajos de Fabiola Ferrero, Marisol Mendez, Silvana Trevale y Daniel Santolo Franco, cuatro fotógrafos latinoamericanos nacidos en Bolivia y Venezuela que actualmente residen entre París, Barcelona y Nueva York.

Fotografía de Israel Fernández, cortesía de Art Nou.
Pese a trabajar todos desde contextos y lenguajes distintos, lo que les unía bajo el título de la exposición ‘El calor de otros soles’ era, quizás, una pregunta: ¿qué ocurre con nuestra identidad, memoria y forma de relacionarnos cuando vivimos lejos del lugar de origen y bañados por otros soles?
Un recorrido fotográfico en el que la ficción, el deseo, la historia y la experiencia personal se mezclaron y en el que nos atraparon especialmente dos fotografías de la serie ‘MADRE’, de Marisol Mendez, que, aunque no fueron concebidas como díptico, dispuestas una al lado de la otra generan un potente diálogo visual y simbólico que nos recuerda que cualquier fotografía está condicionada por quien mira y por quien encuadra, selecciona y construye el relato.
De la fotografía como receptáculo de memoria pasamos, en la galería OLA, a la obra de Ignacio San Martín Godoy, artista que presentó una serie de obras sobre lienzo que partían precisamente de fotografías familiares. En conversación con el artista, nació una pregunta en torno a su proceso creativo: ¿cómo establecer un lenguaje pictórico independiente que no se limite a reproducir la imagen ya fijada por la fotografía?

cortesía de la galería.
Ante este interrogante, Ignacio responde con gamas cromáticas que aportan cierto aire de misterio, extrañeza y melancolía, al tiempo que los rostros procedentes de aquellas fotografías familiares quedan disueltos mediante sus trazos pictóricos. El resultado son obras en las cuales permanece la latencia de algo que una vez fue familiar, pero que el tiempo ha vuelto lejano; imágenes que hablan, precisamente, del mismo acto de recordar.
En la exposición ‘Celestino Boutique’, de Hernán Aguirre en Chiquita Room, los recuerdos en forma de objetos encontrados, materiales descartados y archivo personal se mezclaban con la ficción, la exageración y la construcción autobiográfica, poniendo en cuestión la idea de que el archivo pueda constituir o garantizar la verdad.
Esta idea encuentra, además, un eco especialmente claro en la exposición colectiva organizada a través de una convocatoria abierta por Fundació Úniques, ‘L’arxiu de la memòria volàtil’. Junto a las obras de Ana Lucía Garcia Hoefken, Gessamí Olesa Sancho, Irene Trujillo, Agustina Fioretti, Alba Acebes Macià, Cristina Cebrecos Noriega, Maria Rodon Peyrí y Nicole Vindel, la curadora Àfrica Morgui Súnico escribió el texto curatorial que articulaba la muestra desde esta mirada:
“La vida es una serie de fotogramas que crean una memoria volátil que se transforma con el tiempo y las vivencias. […] El significado de cada fotograma de nuestra memoria individual y colectiva es etéreo y es una posición subjetiva, una observación personal sobre un hecho en constante movimiento”.

El resultado fue una exposición que sumaba tierra, mármol, textil, pintura, archivo y objetos, acompañada, además, por el sonido del agua de la fuente de Nicole Vindel, ‘Privilegio de una falsa abundancia’, y por el del vídeo de Maria Rodon Peyrí ‘Pensar cajones, traducir contornos’. De entre todas las obras, ‘¿Cómo volver portables las cosas?’, de Agustina Fioretti nos evocó, de nuevo, los procesos migratorios y la reflexión sobre los objetos como receptáculos de memoria, en particular sobre aquello que ocurre cuando, al desprendernos de un objeto, podemos llegar a desprendernos también del recuerdo que lo acompaña.
Cuando el espacio expositivo deja de ser un contenedor
Otro de los ejes que unió algunas de las exposiciones fue entender que los espacios expositivos no son territorios neutros ni contenedores previamente vacíos de significado. Desde este punto de partida, varias propuestas se desplegaron pensando en la propia sala como material artístico. De hecho, el propio texto de ‘¡Cambio de mano!’, la exposición de Laura Sebastianes en Dilalica, plantea desplazamientos entre objeto, entorno, maqueta y arquitectura.
La instalación principal recuperó un antiguo altillo del local, mientras que el conjunto de piezas no se limitaba a ocupar la sala, sino que, como señala el propio texto de la exposición, “más que ocupar el espacio, lo ensayan”.
En el caso de Galería Senda, el artista Marcel Rubio fue invitado a intervenir las paredes del espacio expositivo Mezzanine antes de la inauguración, en un ejercicio en el que la arquitectura dejó de ser literalmente el fondo sobre el cual se colgaron las obras para convertirse en superficie de producción. Entrar en la sala era una invitación a recorrer un jardín efímero repleto de personajes procedentes de la literatura y la mitología, así como del propio universo intelectual y personal del pintor, junto a motivos que se transformaban y encontraban eco en las obras colgadas.
En la galería RocioSantaCruz, la propuesta en torno al espacio se activó de forma muy distinta. Mientras que en las paredes de la galería permanecían las huellas de la exposición anterior, ‘Ouka Leele. Barcelona 1978 – 1980’, la propuesta para Art Nou reactivó el espacio con la intervención de Rubén González Bonilla.
Comisariada por Enrique O. Romero, cuyo texto acompaña el tránsito por las salas, las obras de nueva producción del artista tantearon los límites expositivos de la galería, ocupando sobre todo las zonas superiores de las paredes y creando un diálogo ritualístico con las fotografías y el archivo de Ouka Leele.
A primera vista, la obra de Rubén parece estar viva: en sus delicadas impresiones intervenidas mediante bordado, el artista representa a menudo su propio cuerpo, del que brotan imágenes fragmentadas y formas que parecen prolongarlo, convirtiéndolo en una entidad transformable y en constante mutación.
Este segundo grupo finaliza en la galería FUGA, donde Caterina Miralles propuso una instalación que, al mismo tiempo que reflexionaba sobre la aparente perdurabilidad de la arquitectura, nos invitaba a recorrer con la mirada y el cuerpo espacios de la galería que normalmente quedan fuera del foco de atención: sus estructuras movibles hechas de lona de hormigón (un material que es inicialmente flexible, pero al hidratarse se endurece) permitían al público subir a cierto nivel de la sala para observar obras que estaban dispuestas en zonas elevadas o medio escondidas.

Llibre, cortesía de Art Nou.
La transformación del cuerpo y de la materia
En los espacios que cierran este recorrido por el arte emergente, la transformación ocurre directamente en los cuerpos y los materiales. Empezamos por la propuesta de Aura Roig en la galería Prats Nogueras Blanchard, donde volvemos a la pintura. Su materia pictórica es, en ocasiones, translúcida; en otras, arenosa, blanda y escurridiza. En sus obras resuenan ecos del realismo mágico literario; incluso parece que nos encontramos frente a uno de los húmedos y viscosos escenarios del libro ‘El cielo de la selva‘, de Elaine Vilar Madruga.
Estas pinturas evocan los mundos imaginarios y surrealistas de Leonora Carrington (en especial, su mural ‘El mundo mágico de los mayas’) y son indudablemente humorísticas, con zanahorias y tomates que nos devuelven alguna que otra siniestra sonrisa. En sus obras, los cuerpos humanos se mezclan con los animales, las plantas y el paisaje, y esta muestra en particular se fija en los procesos de descomposición que son, también, la promesa de una nueva vida, en la que la metamorfosis y la interdependencia son esenciales.
El recorrido nos lleva hasta otra exposición que habla de transformación, en este caso la del vidrio que es atravesado por el fuego. Vivian Alarcón presentó en Escat Gallery de Trafalgar la muestra ‘Aude Ardere’, en la cual delicadas obras de vidrio con intervenciones de plumas y telas colgaban en el espacio en una suspensión mágica. Vivian habla a través de estas piezas de la transmutación simbólica del cuerpo a través del fuego.
De hecho, ‘Aude Ardere’ se puede traducir aproximadamente como “atrévete a quemar”, una invitación a usar el fuego como una fuerza que no es solamente destructiva, sino que ayuda a depurar, a eliminar todo aquello superficial para poder llegar a algo más esencial.
Esta ruta de conexiones termina en la exposición de àngels barcelona. Bajo el título ‘La de Salva y Helena’, los artistas Salva G. Ojeda y Helena Laguna Bastante han puesto sus obras a dialogar entre ellas. Lo que une a las dos prácticas es un interés por explorar el cuerpo desde sus representaciones y sus capacidades.
Salva G. Ojeda parte de la figura del culturista, un cuerpo sometido a un régimen de hiperdefinición. La piel del culturista es una superficie lisa, impecable, tirante y brillante, que parece responder, también, a un régimen de representación basado en la definición, la pulcritud y la visibilidad, si pensamos en cómo nuestro entorno está mediado por una sucesión de pantallas cuya definición es cada vez mayor. De hecho, la investigación de Ojeda establece una relación entre el auge del bodybuilding durante el siglo XX y el desarrollo de las tecnologías de la imagen vinculadas a la alta definición.
Frente a este cuerpo definido, vertical y construido para ser visto, Helena Laguna Bastante parte del cuerpo en flexión, un gesto que refleja la capacidad de adaptación y de apertura, de la misma manera que sus obras se adaptan y se vuelven permeables al propio espacio que las acoge. La relación entre ambas investigaciones me lleva a pensar en el ensayo ‘En defensa de la imagen pobre’, de Hito Steyerl, y en la oposición entre la promesa de una imagen perfectamente definida y aquellas imágenes (y cuerpos) que hacen visibles sus propias imperfecciones y texturas.
El diálogo que propone el dúo de artistas refuerza, así, una defensa de los cuerpos que no solamente muestran sus poros (o sus píxeles), sino que se atreven a arrugarse y a reblandecerse. Gestos que, como dice Leticia Sala en su ‘Dame veneno que quiero vivir‘, son en definitiva signos de vida.
Como decía al inicio, este es un texto de cierre de verano. Las exposiciones descritas quedarán en la memoria con la frescura que rodea a los nuevos encuentros, dejándonos a la expectativa de seguir las trayectorias de sus protagonistas. El verano termina, pero queda la promesa de lo que está por venir y de una nueva edición de un festival que seguirá apostando por estimular la producción joven y acercar al público general a las galerías como espacios de encuentro y debate.

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