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Cuando todo se derrumba
MAKMA ISSUE #09 | ‘La cultura como necesidad’
MAKMA, Revista de Artes Visuales y Cultura Contemporánea, 2026
En el canto XVII de la ‘Odisea’ se narra el regreso de Ulises a Ítaca. El héroe vuelve a casa tan irreconocible que solo su viejo y enfermo can, el fiel Argos, parece reconocerlo. “Ulises notó que hacia él se acercaba y, al punto, coleando dejó las orejas caer, mas no tuvo fuerzas ya para alzarse y llegar a su amo”. Veinte años no son pocos, y parecen muchos más si tenemos en cuenta que la mitad de ese tiempo la pasó peleando como soldado, y la otra mitad viéndoselas en otros muchos percances y aventuras.
No cabe duda de que el aspecto físico de Ulises habrá cambiado profundamente. Su piel se habrá llenado de arrugas, sus cabellos habrán encanecido. Pero, tal vez, lo más importante sea haber sobrevivido a Troya: no hay cuerpo ni alma que salga indemne de una experiencia como la guerra.
Recordé aquella historia cuando mi amigo Gioacchino Lanza Tomasi, hijo adoptivo y heredero de Lampedusa, me contó cómo fue el regreso del autor de ‘El Gatopardo’ a su Sicilia natal, después de haber combatido en el frente. El escritor había tenido la mala suerte de ser destinado a Caporetto, hecho prisionero por soldados bosnios y encerrado en el campo de Szombathely.
Una vez liberado, hubo de recorrer la península itálica a pie. Cuando llegó a su casa de Palermo, según cuenta Gioacchino en ‘Lampedusa y España’ (Acantilado, 2025), el libro que le ayudé a escribir, “tenía un aspecto tan lamentable que solo el perro de la familia pareció reconocerlo al sacudir la cola”. Exactamente igual que el fatigado Argos.
Ignoramos qué fue del personaje homérico una vez reintegrado en sus rutinas, pero sí sabemos lo que hizo Lampedusa: escarmentado de aquellas traumáticas vivencias, decidió fabricarse una burbuja hecha de cafés, paseos y lecturas.
Había visto palacios enteros demolidos por los bombardeos de la aviación aliada, bibliotecas preciosas ardiendo entre escombros. Había visto de frente el rostro de la barbarie bélica, y consciente o instintivamente sabía que lo único que podía hacer era buscar el viejo consuelo o refugio de la cultura. Dedicó a ello el resto de su vida.
En la misma época, dos soldados llamados W. Stanley Moss y Patrick Leigh Fermor, oficiales del Servicio de Operaciones Especiales del ejército británico, recorren el abrupto paisaje cretense. En las memorias de guerra de Moss, tituladas ‘Mal encuentro a la luz de la luna’ (Acantilado, 2014), recuerda las lecturas que ambos se reparten en el petate:

“Cellini, Donne, sir Thomas Browne, Tolstói y Marco Polo, y si me siento en vena más ligera, también dispongo de Les Fleurs du Mal, Les Yeux d’Elsa, de Louis Aragon, y Alicia en el País de las Maravillas. Asimismo, cuento con The Oxford Book of Verse y una selección de Shakespeare…”. Más adelante, afirman pasar una mañana leyéndose narraciones breves de “Markheim, El rey Arturo y El caballero verde, de Stevenson, con el encantador Saki…”.
¿Es posible que estos muchachos trasegasen desfiladeros y coronasen colinas con toda esa biblioteca a cuestas? Lo seguro es que contaban con una formación refinadísima, y naturalmente no necesitaban intérprete local, porque salieron de casa con la lengua griega estudiada y aprendida. Cuando dan el golpe estratégico de secuestrar al general Kreipe, Moss recuerda que este y Leigh Fermor “se estuvieron el uno al otro intercambiando estrofas de Sófocles”.
Y, en otra ocasión, registra que “estuvimos hasta la medianoche hablando de François Villon”. En su relato hay, por supuesto, disparos certeros y hasta algún degüello, porque la guerra no es ningún juego. Pero no deja de encandilarnos la imagen de dos enemigos compartiendo saberes a la luz de la luna. Leigh Fermor, por cierto, acabó siendo uno de los grandes divulgadores de la cultura griega, desplegando una erudición apabullante.
También poseía una cultura insondable Vicente Aleixandre, cuya casa madrileña visité reiteradamente gracias a mi colaboración en el documental ‘Velintonia 3’ (2025), del director Javier Vila. Aleixandre conoció el terror a ser detenido durante la guerra por el bando republicano, que ocupó y saqueó su casa.
Supo también que amigos suyos como Federico García Lorca habían sido fusilados, que otros como Miguel Hernández habían muerto en cárceles atroces, y otros muchos como Luis Cernuda o Max Aub acabarían en el exilio.
La salud quebradiza del poeta nunca le permitió empuñar un fusil, como los intrépidos Moss o Leigh Fermor. Por el contrario, permaneció prácticamente encerrado las siguientes cinco décadas, pero hizo de su casa una isla de civilización a salvo de las inclemencias de la época.
Como pone de manifiesto la cinta de Vila, Velintonia no es solo un coqueto inmueble con jardín del madrileño distrito de Chamberí, sino un templo de la amistad que ha visto desfilar por sus estancias a la flor y la nata de la cultura hispánica del siglo XX.
¿Para qué sirve la cultura? ¿Nos hacen mejores los libros, la música, el arte, el cine? Todavía oímos preguntas así cada cierto tiempo. Sin necesidad de haber pasado por la experiencia extrema de una guerra, en los últimos años hemos tenido suficientes sobresaltos –una pandemia mundial, un largo apagón generalizado– en los que la cultura, bajo cualquiera de sus formas, ha venido en nuestro auxilio para reconfortarnos y prestarnos compañía. Tal vez sea una buena definición de cultura: lo que nos salva cuando todo se derrumba.
Hace poco, supe de alguien que lleva desde el comienzo de la guerra de Ucrania –cuatro años ya– sin salir de su casa, en una ciudad del país invadido, con la pantalla de su ordenador como única distracción.
Ojalá a ese joven, prisionero de la historia, le llegue por la ventana luminosa algo de la belleza del mundo, la caricia en sus tímpanos de una sinfonía, el escalofrío de un verso, la tibieza de la lágrima de Ulises que nunca termina de caer.
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