Las guerras culturales. La cultura como necesidad

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Las guerras culturales
MAKMA ISSUE #09 | ‘La cultura como necesidad’
MAKMA, Revista de Artes Visuales y Cultura Contemporánea, 2026

Durante los recientes episodios de lluvias y vientos, provocados por sucesivos trenes de borrascas, una mujer de Grazalema decía a la cámara: “Pasa lo que nunca antes pasaba”. Esta angustiosa sensación de que algo imprevisto e inédito ha invadido nuestras vidas y nuestra normalidad, la estamos viviendo desde hace algún tiempo muchas personas en distintas partes del mundo. Podría añadirse que este fenómeno bastante común afecta a todas las esferas de nuestra existencia porque tiene que ver con un cambio climático y con un giro en el clima sociopolítico.

Las tormentas de bulos, mentiras e informaciones perversas, la crispación y polarización han creado otro fango que inunda nuestras casas y en el que nos hallamos embarrados. ¿Son estos fenómenos culturales? Sin duda, lo son; y están fundados precisamente en el hecho de que los seres humanos estamos constituidos culturalmente, lo que comporta una inevitable transformación del medio que habitamos para bien o para mal; para bien de unos y para mal de otros.

Sustentaré esta afirmación partiendo de un par de constataciones que me parecen poco discutibles. Primera: el ser humano es el único ser vivo que miente, que se miente, y que lo hace consciente y deliberadamente. Segunda: toda persona y toda sociedad humana tienen una dimensión cultural esencial, que se expresa mediante la pluralidad.

Los grandes clásicos de la modernidad extrajeron las consecuencias que se derivaban de ello, aunque con demasiada frecuencia las hayamos olvidado.

En ‘Sobre verdad y mentira en sentido extramoral’ (1896), Nieztsche comentaba que “el arte de la ficción alcanza su máxima expresión en el hombre: aquí el engaño, la adulación, la mentira y el fraude, la murmuración, la hipocresía, el vivir del brillo ajeno, el enmascaramiento, el convencionalismo encubridor, el teatro ante los demás y ante uno mismo, en una palabra, el revoloteo incesante ante la llama de la vanidad es hasta tal punto la regla y la ley que apenas hay nada más inconcebible que el hecho de que haya podido surgir entre los hombres un impulso sincero y puro hacia la verdad”.

Y en este mismo texto añadía: “El hombre nada más que desea la verdad en un sentido análogamente limitado: desea las consecuencias agradables de la verdad”. Imagino las carcajadas de Nietzsche hace unos diez años cuando ‘posverdad’ fue calificada como palabra del año en el contexto del Brexit. ¿Acaso ha existido un tiempo, una época o una era de la verdad? 

Portada de MAKMA ISSUE #09 | ‘La cultura como necesidad’, realizada por el diseñador José Antonio Campoy.

Max Weber, por su parte, fue el comentarista más audaz de las implicaciones de la segunda constatación, la referida a la pluralidad intrínseca de la cultura humana. “Si hay algo de lo que hoy hemos tomado una conciencia clara –afirma– es el hecho de que una cosa puede ser sagrada no solo pese a no ser bella, sino porque no lo es y en la medida que no lo es; y también somos conscientes de que una cosa puede ser bella a pesar de que no es buena y en la medida que no lo es… Forma parte de la sabiduría popular que una cosa puede ser cierta a pesar de no ser bella, ni santa ni buena, y en la medida que no lo es”.

Con su perspicaz bisturí analítico, Weber diseccionaba la guerra de valores y de dioses, un antecedente de lo que ahora denominamos guerras culturales. Por si alguien dudaba de tal diagnóstico, mostraba la existencia de una “ética de la indignidad”, lo que podría sonar como una expresión contradictoria. Pero que, sin embargo, hoy nos aplasta con una evidencia clamorosa.

¿Qué ha sucedido? ¿Dónde estamos? Inmersos en una guerra cultural que quienes nos consideramos herederos de las culturas de la tolerancia y de la ilustración, sobrevenidas al final de las guerras de religión que asolaron Europa durante varios siglos, estamos perdiendo.

Martín Caparrós recordaba, en un artículo titulado ‘¡Es la estupidez, estúpido!’, que hace diez años sucedieron tres acontecimientos –el Brexit, la derrota de un referéndum sobre la paz en Colombia y el triunfo de Trump en sus primeras elecciones en EE. UU.– que pusieron ante nuestros ojos lo inaudito. La expansión de los populismos y libertarismos autoritarios por todo el planeta no disimulan cuál es su objetivo: acabar con los regímenes democráticos y los sistemas de derechos humanos para imponer la ley de la fuerza bruta (aunque al decir “bruta” no deberíamos ignorar que es un fenómeno cultural).

Pero si bulos y mentiras, desacuerdos y polarizaciones, han existido siempre, ¿qué hay de nuevo?

La fabricación industrial de bulos por los sectores de la extrema derecha constituye una impugnación de cualquier tipo de consenso básico sobre el cual se pueda asentar la convivencia y la democracia, ni siquiera por razones pragmáticas. Como afirma Michael Lynch, la discrepancia actual pone en cuestión los principios epistémicos y socioepistémicos: “Tu saber tiene el mismo valor que el mío” y “todo vale”.

Esta soberanía del individuo solipsista conduce a una arrogancia nueva frente a la ciencia y contra las voces expertas, que se plasma en la polarización afectiva: los demás o los otros no solo están mal informados, sino que son deshonestos, inmorales y no merecen el más mínimo crédito o reconocimiento. He aquí el empoderamiento que no invocábamos ni esperábamos: el de la crueldad. La motosierra en el despacho no es una mera metáfora ni una simple performance.

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Esta visión-convicción e ideología cuenta con los altavoces más poderosos y de mayor alcance de la historia humana, que son controlados por muy pocas manos y han decidido, desde hace algunos años, organizarse tecnológica, económica y políticamente. El bien que más interesa de cada uno de nosotros a los tecnooligarcas es nuestra atención y por ello sus pantallas y altavoces amplifican lo que nos atrae y personalizan dichas atracciones. La verdad de los hechos no tiene ningún valor monetizable; lo que te ofrecen –señala Lynch– es “una receta no para reventar burbujas de información, sino para expandirlas”. Y aquí entran en juego los algoritmos de recomendación.

Como muestra un estudio publicado el 18 de febrero de 2026 en la revista Nature –‘The political effects of X’s feed algorithm’–, el algoritmo promueve el contenido conservador y descarta las publicaciones de los medios tradicionales. “La exposición a contenido algorítmico lleva a los usuarios a seguir cuentas de activistas políticos conservadores” y este hecho tiene efectos persistentes en las actitudes políticas de los usuarios y en el seguimiento de cuentas reaccionarias.

¿Deberíamos estar preocupados? Mucho. Existe una guerra cultural en la que se hallan en juego principios para una vida común como la verdad, la justicia y la igualdad. La eterna lucha por la dignidad humana retorna como un imperativo moral sobre aguas turbulentas e incertidumbres radicales. Nada está ganado para siempre. Tampoco, nada está perdido. El buen arte y el arte de vivir con humanidad lo sabe.

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