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‘Un piano entre libros’
Diego Fernández Magdaleno
La vocación es una maldición porque, como no puedes dejar de hacer aquello que necesitas para vivir, lo haces incluso aunque no obtengas siempre la recompensa que merece tu trabajo. Es el drama de personas como el pianista riosecano Diego Fernández Magdaleno, que tiene entre sus distinciones el Premio Nacional de la Música 2010, y la Cruz de Alfonso X El Sabio.
Aunque se gana la vida como profesor del Conservatorio de Valladolid, gasta su vida en preparar unos quijotescos y hermosos programas musicales en los que explora, con devoción, pasión y rigor, la compleja relación entre música, literatura e historia.
Sus conciertos son mapas conceptuales sostenidos por creaciones que un puñado de buenos amigos componen para él, a menudo por pura amistad, y en los que habitualmente busca una conexión entre las músicas del pasado y el presente.
Su último disco, ‘Un piano entre libros’, que se presentó el pasado viernes en Valladolid, es el resultado de esa vocación, que se tradujo en una serie de conciertos por territorios de Castilla y León en los que conectaba música y escritores de la tierra.
Con los programas elaborados hubiera tenido material para diez discos, pero ha optado por condensar todo ese trabajo en 28 piezas en las que compositores contemporáneos evocan textos de Miguel Delibes, Rosa Chacel, San Juan de la Cruz, José Jiménez Lozano, Agustín García Calvo, Jorge Manrique o Carmen Martín Gaite, entre otros. La inmensa mayoría de ellos, escritores de Castilla y León, del pasado y del presente, con un puñado de excepciones: Javier Marías, Umberto Eco o Baruch Spinoza.

En el fondo del esfuerzo de Fernández Magdaleno late el afán por reivindicar el valor de la música contemporánea española y de Castilla y León. “España está al nivel del mejor país del mundo en creación musical contemporánea y, sin embargo, existe una gran desconexión entre esta música y la sociedad actual”, se lamenta el pianista vallisoletano.
Es una desconexión que afecta a los programas formativos, pero también a los canales de difusión y a los de programación. “Se programa muy poco y, cuando se hace, suele ser en festivales y ciclos específicos dirigidos a un reducido número de personas que son siempre las mismas”.
Con sus conciertos, y con discos como ‘Un piano entre libros’, Fernández Magdaleno trabaja para reivindicar el buen trabajo de compositores vivos como Francisco García Álvarez, Ignasi Adiego, Jesús Legido, Carme Fernández-Vidal o el catalán Josep Soler “uno de los grandes compositores de nuestro tiempo al que pocos conocen”, se lamenta el pianista vallisoletano.
“Hay muchos compositores de Castilla y León que yo toco y que son muy buenos, pero cuya presencia en la comunidad es mucho menor de la que merecen”, añade. “Tenemos que saber conjugar el pasado esplendoroso que tenemos con la creación actual”.
El trabajo interpretativo de Fernández Magdaleno es peculiar pues sus recitales surgen de la conexión entre mundos diversos como la literatura, la música o la historia. Hace unos meses MAKMA se hacía eco de un recital en torno a Cervantes -que combinaba piezas musicales de la época con otras actuales compuestas expresamente para el concierto- y hace unas semanas dedicó otro programa a la Controversia de Valladolid, el gran debate ético sobre la Conquista de América del que se celebra el 475 aniversario.
En aquella ocasión las piezas musicales se combinaban con pequeños textos leídos que resumían las distintas posiciones de Bartolomé de las Casas y Ginés de Sepúlveda, contendientes de aquel debate. Pero también ha dedicado programas a la literatura portuguesa, a Santa Teresa de Jesús, José Jiménez Lozano o Miguel Delibes. Este último, por cierto, inspira el próximo recital en el que está trabajando y que espera poder presentar en otoño.
“Desde niño me gustan mucho la música y escribir. Son dos cosas sin las que no podría vivir. Entonces, siempre que puedo, intento unir esas dos facetas de alguna manera”, explica. “Pero también me atrae dedicar un programa a un personaje o hecho histórico porque me permite investigar hasta sumergirme a fondo”.
En el caso de escritores como Jiménez Lozano, la investigación le llevó a registrar todas las anotaciones sobre música que aparecen en sus diarios. Y en el caso de Miguel Delibes, su conocimiento de sus gustos musicales le llega a través del pianista Miguel Frechilla. “Delibes le pidió que le ayudara a superar sus lagunas musicales y Frechilla le grababa cintas con música que pensaba que tenía que conocer. Por él sé lo que más le gustaba”.
Todo este trabajo conduce, al final, a un programa “en el que lo fundamental es la música de los compositores, que es muy buena”, pero que también trabaja otra dimensión: la de las conexiones culturales entre los mundos implicados. “Esas conexiones se materializan en un marco cultural que tiene que ser verdadero. Sería frustrante para mí sentirlo como una impostura”.
Y pone un ejemplo respecto de José Jiménez Lozano. “Le encargué a García Álvarez una pieza sobre su obra El mudejarillo, cuyo protagonista es San Juan de la Cruz. Pero, además, Federico Mompou compuso en su momento una obra bellísima sobre el Cántico espiritual de San Juan y García Álvarez hace una referencia a esa música en su obra. Lo primero es la belleza de la música, pero luego está todo ese mundo de referencias que, si uno las conoce, las puede disfrutar en un plano diferente”. El resultado son programas que están concebidos como creaciones en sí mismos por el modo como combinan estos referentes gracias a los distintos creadores.

Programas, eso sí, que renuncian a cualquier tipo de relato o discurso explicativo o justificativo en busca de una cierta verdad basada en las conexiones culturales y las referencias. “Quiero pensar que si Delibes, Jiménez Lozano, o incluso Cervantes escucharan sus programas musicales se verían reconocidos en ellos en cierto modo. O al menos ese es el objetivo que busco”.
Fernández Magdaleno admite que sólo puede hacerlo gracias a la complicidad de un puñado de creadores de cabecera a los que conoce bien. “Yo he estrenado 400 obras y la mitad de ellas son creaciones de una decena de compositores”. Esa familiaridad y confianza le permite saber lo que puede esperar de unos y otros y articular las piezas de unos puzles que no siempre son fáciles de explicar, pero que resultan extrañamente fascinantes.
“Mi objetivo es que el resultado no sea una impostura, ni un truco, ni un trampantojo. Eso me molestaría mucho. Busco una evocación real, con los límites que pueda tener un concierto de piano que produce un mundo que es distinto de la historia o la literatura. Para mí es dificilísimo explicar esto”. Afortunadamente, escuchar el resultado final es mucho más sencillo y gratificante.
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