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‘Capadocia: el cercenar transmutado’, de Macarena La Garza
Weber-Lutgen Gallery
Fray Diego de Cádiz, Sevilla
Hasta el 29 de mayo de 2026
Hay complicidades que evaden las leyes del tiempo. Diálogos que, al pronunciar su primera palabra, parecen haber empezado en otra vida. Así recuerda la gestora cultural Marta López Navarro sus años compartidos con Macarena García, de nombre artístico Macarena La Garza, en las aulas de la Facultad de Bellas Artes, allá por 1983, descubriendo en la mirada de la artista una pulsión distinta. No había en ella intenciones de complacer ni de refugiarse en el virtuosismo estéril del trabajo bien hecho. Había, en cambio, una obstinada búsqueda de la verdad a través de la materia.
Hoy, aquella rebeldía juvenil se desborda, ya madura, en ‘Capadocia: el cercenar transmutado’, en Weber-Lutgen Gallery. La muestra no es una simple continuación de su anterior trabajo, ‘Proemio’, sino un abismo voluntario. Si allí la creadora abría ventanas hacia el autorreconocimiento (el yo soy), aquí da un paso hacia el vacío, afina el lenguaje plástico y convierte el espacio expositivo en un umbral metafísico. En estas salas, la contemplación pasiva es imposible: la obra exige ser habitada como un rito iniciático.

La arquitectura del alma: un viaje de tres estaciones
La exposición se despliega con la precisión matemática y sagrada de la numerología. 19 piezas componen este cosmos, una cifra que, al contraerse místicamente en la unidad, promete el regreso a un origen libre de cargas. El viaje se articula transitando 3 estaciones, utilizando este número como el eje vertebrador de la reconciliación: la tercera vía donde definitivamente los opuestos se unen.
I. Principio: exorcizar la memoria del dolor
El recorrido arranca con cinco piezas de gran formato. En la piedra clave de los templos antiguos podía leerse, a modo de aviso, recordatorio o bienvenida, la fórmula ‘∞ = 5’. El 5, cifra del pentagrama esotérico, símbolo de la mente, que inspira al ser humano a alzarse sobre los cuatro elementos para trascender sus límites. Porque, ‘∞ = 5’, la mente es infinita.

En este espacio, el espectador se encuentra con la densidad de los materiales más sufridos y resistentes de la pintura tradicional: el lino crudo y el algodón. Este soporte rugoso y pesado actúa como el contenedor necesario para, como dice la artista, “vomitar con amor lo que está enraizado con dolor”.
Inspirada en las leyes del Kybalión, Macarena La Garza utiliza el pincel como un bisturí para liberar el proyecto sentido: ese lastre invisible que cargaron las mujeres de su generación desde el vientre materno. El color lucha por ocultarse y emerger a través de veladuras violentas y enérgicas, atrapado en la trama de un tejido que sangra y sana a la vez.
II. El Portal: la levedad de la matriz cósmica
La tormenta se calma en la segunda estación. El tránsito material es radical: el lino cede su peso a la delicadeza traslúcida del papel washi. Es la demostración plástica de que la verdadera fortaleza reside en la fragilidad absoluta, en la vulnerabilidad, en la transparencia de un alma cristalina que ya no tiene nada que ocultar.

Esta sección dibuja un portal de luz pura a través de la vesica piscis, la geometría sagrada que une lo masculino y lo femenino. En un acto que bordea la alquimia chamánica, las obras aparecen teñidas con pigmentos de plantas recolectadas por la propia artista. El color muda su piel, abandona la herida y se transforma en una pócima botánica de quietud, invitando al espectador a pausar su respiración en armonía con el lienzo.
III. La Transmutación: la disolución del trauma
La última estación de la travesía la componen 9 obras, una cifra que marca en la ciencia numerológica el fin de un ciclo, la madurez espiritual, la sabiduría adquirida y la preparación necesaria para el renacimiento. Aquí, las cicatrices se vuelven doradas, los fragmentos dispersos de papel se entrelazan, uniendo las identidades rotas en un solo cuerpo.
El espacio se vuelve tridimensional con tres escultupinturas que dialogan con piezas de pequeño formato, y dos piezas clave que clausuran el recorrido: la primera actúa como una reivindicación del linaje femenino, haciendo emerger las siluetas de las ancestras para devolverles el lugar y la voz que la historia les arrebató; la segunda se presenta bajo la solemnidad de los sudarios, simbolizando la restitución del equilibrio absoluto y la paz interior.
La técnica como canal: un puente hacia lo inconsciente
El arte de Macarena La Garza rehúye las lecturas planas y los discursos panfletarios. No estamos ante una obra de denuncia social, sino ante una sofisticada propuesta estética y metafísica que reivindica el potencial del arte como una herramienta alquímica capaz de operar transformaciones reales en la psique del espectador.
En el método alquímico, el arte emerge como puente psíquico, como una herramienta de transformación real para el inconsciente del espectador.
El proceso creativo nace de una intensa introspección y canalización espiritual. En cada una de las capas de su técnica mixta, la artista siembra símbolos, arquetipos, códigos numéricos y elementos tomados del tarot, la cábala y los animales de poder de los tótems chamánicos.

Estas marcas no operan como ilustraciones didácticas, sino como guías silenciosas que acompañan y abren portales de interpretación. Entre las texturas densas y las atmósferas neblinosas, el espectador atento descubrirá figuras femeninas suspendidas, seres de otras dimensiones que brotan de las aguadas de color y una sugerente escritura especular que obliga a descifrar la obra al revés, como si se mirase en un espejo.
Al final del recorrido, la suma total de las 19 obras que dan vida a la exposición se reduce, según las reglas de la numerología mística, a la unidad divina, el número 1. Es el regreso al origen, el punto de partida libre de cargas donde el ser humano se reconoce en su totalidad y se manifiesta en perfecta armonía.
‘Capadocia: el cercenar transmutado’ es una propuesta de un rigor intelectual conmovedor. Una cita imprescindible para quienes deseen silenciar el ruido del mundo cotidiano y volver, al fin, a su propio centro.


