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‘La isla de Amrum’, de Fatih Akin
Reparto: Diane Kruger, Laura Tonke, Jasper Billerbeck, Detlev Buck, Lisa Hagmeister
Música: Hainbach
Fotografía: Karl Walter Lindenlaub
Alemania, 2025, 93 min.
¿Por qué vuelve el cine siempre hacia el nazismo? Se me ocurren, al menos, tres respuestas a esta pregunta. La primera tendría que ver con una industria que se siente particularmente cómoda con este tipo de relatos. Puestos a denunciar la maldad que anida en el corazón de los hombres, el nazismo nos plantea un escenario en el que las cosas están nítidamente claras.
La segunda razón parece inspirada en un momento histórico que resulta fácilmente proyectable hacia la escabrosa actualidad. Frente a la siempre potencial tentación del ascenso de movimientos de corte totalitario, el nazismo nos recuerda una y otra vez hasta dónde pueden llegar las ambiciones humanas, una especie de advertencia frente al horror.
Y la tercera razón estaría relacionada con un hecho adscrito a un particular momento de la historia en el que parece que se dieron todas las situaciones posibles, hasta tal punto que, partiendo de ello, podemos plantearnos casi cualquier debate de orden moral.
‘La isla de Amrum’, último trabajo largo del realizador Fatih Akin, nos sitúa en la primavera de 1945. En una pequeña isla al norte del país, la llegada de los aviones aliados despierta la curiosidad de un grupo de niños que observan el espectáculo desde la playa. Estamos en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial y las noticias del fin de la contienda tienen muy alterada a una pequeña comunidad costera.

El anuncio de la derrota de Hitler corre de boca en boca, pero la falta de una confirmación oficial mantiene las estructuras de poder en un rígido, aunque frágil, equilibrio. En ese contexto, Nanning, un niño de doce años, miembro a las juventudes hitlerianas, trata de entender lo que sucede, mientras, a su alrededor, se desatan todo tipo de conflictos. Secretos del pasado, rencillas escondidas durante mucho tiempo, odios enconados salen de repente a la superficie confrontando a su familia con el resto de los habitantes del pueblo. Algo está cambiando.
El cine de Fatih Akin saltaba a la escena internacional con la brillante ‘Contra la pared’, una cinta en la que dejaba plasmada de manera contundente su propia mixtura cultural como alemán de ascendencia turca. Un maridaje que traspasaría toda su obra posterior con títulos tan elocuentes como ‘Cruzando el puente: Los sonidos de Estambul’ o ‘Al otro lado’.
Un cine pegado a la realidad del momento que ahora mira al pasado sin abandonar del todo esa posición de tránsito, de mezcla, de ese caminar desde una sociedad que ha sido hacia otra que vendrá o que ya se ha materializado.
Ese alejamiento de la actualidad, esa mirada al pasado, nos presenta al Fatih Akin más comedido. Cierto es que el cine de Akin no ha contado nunca con una particular mirada cinematográfica, una obra que se dirime más en las cuestiones que aborda que en una gramática especialmente reconocible.
Ahora bien, eso no quiere decir que su puesta en escena no sea interesante o haya que descartarla per se. Estamos pues, ante un director eficaz, que pone su talento al servicio de la historia, lo cual no implica que no nos ofrezca algunos momentos de gran belleza.

Juega a favor de su propuesta un espacio geográfico muy particular que permite al director ofrecer al espectador una mirada especialmente límpida sobre el relato. Si en ‘El sonido de la caída’ de Mascha Schilinski nos encontrábamos ante una obra de una compleja elaboración plástica, pero algo confusa o, incluso, dispersa en su construcción narrativa, Akin apuesta por la sencillez y la claridad, tanto en la composición de las imágenes como en el juego de relaciones que establece entre ellas. Una querencia por un clasicismo que, sin embargo, no le cierra las opciones, sino que, al contrario, las mantiene abiertas.
En ese sentido, el acercamiento a ese espacio físico, la isla (la casa, en el caso de la obra de su compatriota) marca también las diferencias entre las dos películas. Así, si la cinta de Schilinski apostaba por un marco cuadrado para oprimir la mirada del espectador, Akin apuesta por un formato panorámico.
Como en la película de Schilinski, aquí el espacio por el que se mueven los personajes es relativamente pequeño, pero su apertura hacia el mar, el propio terreno rural, las marismas y un horizonte sin barreras visuales nos transmite una sensación de amplitud hacia un exterior posible hacia el que acabarán huyendo los personajes, una frontera, un más allá expectante y amenazante, a la vez.
Akin, además, maneja mejor las relaciones entre los distintos escenarios de forma que el espectador acaba por dibujar un mapa geográfico mucho más preciso que en la película de Schilinski. En este sentido, son especialmente hermosos los planos nocturnos en la playa, obra del talento de Karl Walter Lindenlaub, director de fotografía de amplia carrera en el cine comercial (‘Rob Roy’, ‘Indenpendence day’) que aquí hace un trabajo encomiable.
Sobre esta base, Akin nos enfrenta a varias cuestiones. De entrada, como sucede en buena parte de su cine, aparece de nuevo el tema de la identidad. Tras la llegada de un grupo de refugiados, surgen las diferencias con los habitantes del pueblo, que los rechazan, de manera especialmente cruel en el caso de los niños.

Akin nos arroja, por un lado, a la eterna confrontación con ese “otro” entendido como un extraño, una amenaza a nuestra integridad y seguridad. Por otro, aparece la diferencia entre individuo y el grupo. Y aquí empiezan las sorpresas.
Cuando los refugiados tratan de acceder a la escuela, son rechazados por el resto de niños del pueblo. En un primer momento, Nanning se pone del bando de los lugareños hasta que uno de ellos le recuerda que él tampoco es de allí. De esta forma, Nanning comprueba lo rápido que se pasa de sostener una posición dominante a ser uno de los agredidos, una víctima, un desplazado.
Empujado fuera de su grupo, Nanning se queda en medio de los bandos enfrentados. Esta doble sensación, por una parte, de soledad y, por otra, de encontrarse a medio camino de todo, en una tierra de nadie, sin una identidad propia que le permita definirse como sujeto, marcará el drama que va a vivir.
Otra de las cuestiones a debate nos remite a cómo se organizan las estructuras de poder en una sociedad. Con cuatro pinceladas, Akin y su coguionista, el actor Hark Bohm, en cuya propia experiencia se basa el argumento de la película, dibujan un mapa sutil, pero complejo.
La historia es conocida, pero Akin y Bohm dan un paso más allá y nos inducen a introducirnos, no en los grandes acontecimientos, sino en la intimidad de lo cotidiano, un punto de vista novedoso en el género. No es necesario ver lo que ha sucedido, nos basta con acercarnos a las consecuencias para atar todos los cabos.
Como le sucede a Nanning en el caso de los refugiados, comprendemos que, con el ascenso del nazismo, su familia disfrutó de una posición de privilegio y poder. Ahora, con la eminente caída de Hitler, las tornas parece que van a cambiar y todo este mundo de prerrogativas se va a venir abajo. Como sucedía en ‘La zona de interés’, tras la guerra aparece una nueva realidad y, con ella, los códigos se recomponen.

La madre de Nanning se encuentra encerrada en casa, víctima de una inexplicable enfermedad. Pero a medida que va avanzando la historia vamos viendo que esa dolencia es una reacción somática a esa nueva realidad que se avecina. En el fondo, lo que hace es recluirse para no afrontar la mirada de sus vecinos, ese afuera, la calle, ese nuevo mundo que se está levantando y que rechaza: sabe lo que le espera.
En este contexto, Nanning trata de comprender. Aparece aquí, de nuevo, la confrontación entre el mundo de los niños y el de los adultos. Por su enfermedad, la madre del joven Nanning parece haber perdido el apetito y rechaza toda comida que le ofrece su cuñada.
Decidido a ayudarla, el niño recorre todo el pueblo para conseguir los ingredientes para prepararle una tostada de pan blanco con miel (único alimento de parecer aceptar). Pero la escasez de suministros hace la tarea complicada y Nanning tendrá que negociar con unos y con otros para lograr su propósito. Esos encuentros, sin embargo, confrontarán su inocencia infantil con una verdad cada vez más oscura.
Así, acabará enfrentado a la madre de su mejor amigo, que le acusa de haberle denunciado a las autoridades por celebrar la derrota del Führer. Nanning tendrá que luchar para demostrar su inocencia. Y lo mismo pasa con los niños refugiados, que lo persiguen para vengarse por su situación.
De esta forma, la barrera entre la verdad y la mentira, entre lo bueno y lo malo, se irá descomponiendo. El viaje de nuestro héroe se presenta, así, como la larga travesía entre el desconcierto inicial por un mundo que se vuelve inesperadamente hostil y la entrada violenta a otro en el que todas sus certezas, su seguridad, quedarán reducidas a pulpa.
El reto para Nanning será sobreponerse a estos obstáculos que le ha preparado la vida sin perder su dignidad ni su propio valor humano. Un nuevo Nanning que, siendo el mismo de siempre, quiere presentarse como uno más de la manada. Ahí está el problema y uno de los puntos de giro más interesantes de la película.
Hasta ahora el cine sobre la Segunda Guerra Mundial (¿hablamos de un género en sí mismo?) se había centrado, o bien en los hechos que provocaron la catástrofe o sus consecuencias, sobre todo para aquellos que lo sufrieron, las víctimas.
Fatih Akin, sin embargo, pone el foco en aquellos que se quedan en el medio. Nanning, producto involuntario de un régimen cruel, se encuentra en esa tierra de nadie que mencionábamos más arriba. No puede asumir el papel de verdugo, pero, beneficiario de un orden que le trajo no pocas prebendas, tampoco el de víctima.
Señalado como cómplice de un crimen inenarrable, Nanning quedará marcado para toda la vida, una herencia que no podrá eludir. Una marca más indeleble quizá que los números marcados a fuego a los presos de los campos de concentración. Al menos, estos últimos podrán significarse como supervivientes, y su resistencia y memoria quedará como ejemplo para la posteridad. El destino de Nanning puede ser todavía más cruel. Una película como se hacen pocas hoy en día.
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