#MAKMAArte
Anselm Kiefer
Comisario: Javier Molins
Centro de Arte Hortensia Herrero (CAHH)
Calle del Mar 31, València
Hasta el 25 de octubre de 2026
Hay una constante en la obra de Anselm Kiefer, a quien el Centro de Arte Hortensia Herrero (CAHH) dedica una magna exposición –la primera en España desde hace veinte años–, y es la manera que tiene de conjugar la tragedia y la afirmación de la vida; las heridas que el drama existencial produce, junto a la cauterización de las mismas mediante el acto creativo, transformando el sinsentido en impulso vital.
Por eso pinta ayudándose de la poesía, la literatura, la alquimia o el mito, porque, como el propio artista señala en el documental dedicado a su figura, realizado por Wim Wenders y que forma parte de la exposición en el CAHH, “los mitos son un modo de entender la historia más allá de la razón”. O, dicho de otra forma: más allá de la razón, de la lógica muchas veces sostenida para llevar a cabo los actos más crueles, el artista encuentra sobrados motivos para interrogarnos acerca de los límites del ser.
Un ser humano igualmente caracterizado por ambas actitudes: la trágica -asociada a la pulsión de muerte– y la heroica –ligada con la capacidad de resistir los embates de esa misma pulsión destructiva–. De ahí que Kiefer apunte, en ese mismo documental, que cada uno de sus cuadros “es el resultado de una lucha entre las diversas facciones que hay en mí”.

Diversas facciones que se extienden, igualmente, por los paisajes que forman parte de su obra y que, como señaló Javier Molins, comisario de la muestra, a partir de las declaraciones del propio Kiefer, “nunca son inocentes”. “Sean las huellas que deja el encuentro amoroso entre dos personas en los poemas de Walther von der Vogelweide, sean las trincheras, hoy cubiertas de hierba, de la Primera Guerra Mundial, o los campos de cenizas de los crematorios, los paisajes son lugares, campos de proyección a través del tiempo”, añade el artista alemán.
La propia Hortensia Herrero dijo, durante la presentación de la muestra de Anselm Kiefer en su centro de arte de València, la conmoción que le produjo el descubrimiento de su obra en un viaje que realizó a Londres en 2014: “Allí pude ver una serie de pinturas plagadas de frondosos y tupidos bosques, de interiores arquitectónicos […], de paisajes desolados, de escenas bélicas; toda una serie de paisajes en los que, pese a la oscuridad de muchos de ellos, siempre se podía apreciar una brizna de luz”.
He ahí, de nuevo, el sello que impregna el monumental trabajo de Kiefer, realizado a partes iguales con las huellas de esos paisajes desolados –lo real en tanto fondo opaco del horror– a los que el artista imprime de una energía vital contraria a la desazón que subyace en sus cuadros de gran formato. Diríase, siguiendo a Francis Bacon, que la pars destruens –“para crear hay que romper”–, viene seguida de la pars construens, que, ahora en palabras de Kiefer, es como “esperar la resurrección de las partes destruidas”.
‘Las flores del mal’, primera obra en formar parte de la colección del CAHH y que cautivó a Hortensia Herrero dos años después de su viaje a Londres, en una nueva incursión en la capital londinense, también contiene esa misma dialéctica entre lo bello y lo siniestro, que Molins recoge en el texto del catálogo.
Ahí, se refiere a las flores como otra de las metáforas de la finitud de la existencia, así formulada por el propio Kiefer: “En general, a la gente le gustan mucho las flores […] Hay una razón para ello: sentimos un vínculo con las flores que se marchitan, porque tenemos la sensación de que mueren por nosotros”.
Para acoger la decena de obras que forma parte de la exposición de Anselm Kiefer en el CAHH, ha sido necesario vaciar seis salas, dada la monumentalidad de los cuadros, entre los que sobresale –puestos a medir su tamaño– la pieza ‘Danaë’, de 13 metros de largo. En ella, se puede ver la terminal vacía del aeropuerto de Tempelhof, arquitectura promovida por el régimen nazi, que da pie a dos vías de inquietud por parte del artista.

Una tiene que ver con el propio régimen nazi, del que Kiefer se hace eco en el documental de Wenders –igualmente recogido en el CAHH– diciendo que toda la sociedad alemana, de aquel momento, “estaba en silencio entonces, incapaces de comprender lo inimaginable”.
Lo inimaginable, esto es, lo que se encuentra más allá de la razón instrumental que dio lugar a la barbarie y que el artista alemán hace visible, tanto en ‘Danaë’ como en la serie de actos que realizó fotografiándose él mismo en distintos lugares con el brazo en alto haciendo el gesto nazi. “La muerte es un maestro de Alemania”, diría el poeta Paul Celan, uno de los referentes de Kiefer, junto a Joseph Beuys, de quien fue discípulo.
La otra vía de inquietud evocada en el citado cuadro monumental está en el propio espacio arquitectónico allí reflejado: “Siempre me han gustado las fábricas abandonadas, porque siento la claustrofobia de la gente que ha trabajado en ellas”, dirá el artista, sin duda en sintonía con ese aeropuerto vacío. Aeropuerto entre cuyas paredes late la pulsión de muerte del régimen nazi, ahora objeto, por ello, de siniestra belleza. “Cuando al caos lo bordean fronteras rectangulares se convierte en un cuadro”, subraya Kiefer.
De nuevo, el artista haciéndose eco de la tragedia humana, pero ciñéndola mediante la creación. Su admirado Paul Celan ya señaló que, contrariamente a lo sentenciado por el filósofo Theodor Adorno –“escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie”–, se podía “resistir haciendo poesía, cuando otros han dicho que ya no era posible”.
Anselm Kiefer es un artista igualmente resistente a la tragedia como negación de la vida por imperativo de la muerte y quien, sin dejar constancia de esa tragedia en su obra, se eleva por encima de ella valiéndose de lo expresado por Celan: “Sobre las propias ruinas se alza y tiene su esperanza el poema”. En el fondo, Kiefer no deja de hacer equilibrios en su trabajo para conjugar, una vez más, el orden y el caos: “Demasiado orden es la muerte; demasiado caos, la locura”.


