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‘Saturnalia’
Colección de la Editorial Pez de Plata dirigida por Jesús Palacios
Hay quien colecciona libros; otros, como Jesús Palacios (Madrid, 1964), eligen exhumar tesoros enterrados en los cementerios literarios.
Crítico de cine en medios como Fotogramas o El Cultural, guionista, escritor de culto y, sobre todo, erudito del lado oscuro. Se mueve con la naturalidad de un vecino del barrio en esa esquina donde lo fantástico, lo terrorífico y lo esotérico confluyen.
Jesús Palacios ha dedicado décadas a cartografiar lo heterodoxo. Desde sus inicios en fanzines hasta la publicación de ensayos más o menos canallas, su labor ha sido detectivesca, desentrañando las conexiones secretas entre el cine, la literatura y la magia.
Hijo putativo de Lovecraft y compañero de viaje de los cineastas malditos, ha trabajado como guionista, actuado como asesor editorial en Valdemar y Satori, entre otras, y colaborado con festivales de cine como el de Sitges, sin ir más lejos.
Ahora, Jesús Palacios da un paso al frente en el terreno literario para asumir la dirección de ‘Saturnalia’, una nueva colección para la Editorial Pez de Plata. Con ella, no busca lo nuevo, sino lo otro. Su objetivo es rescatar del olvido a esos autores transgresores y decadentistas que fueron estrellas en su día y que el canon sepultó bajo el polvo de la historia. La colección se presenta como un gabinete de curiosidades donde lo psicológico, lo macabro y lo insólito volverán a tener voz.
Hoy, Jesús Palacios habla para MAKMA sobre su nuevo papel como arqueólogo literario, los peligros de la corrección política en el género y de por qué, en un mundo que lo digitaliza todo, sigue siendo necesario mirar atrás para encontrar voces que expliquen nuestro presente.

Jesús, asumes la dirección de una colección cuya idea me fascina: ‘Saturnalia’. Formará parte del catálogo de una editorial que me gusta en filosofía y estética, Pez de Plata. ¿Qué te empuja a dar el salto para construir una colección desde los cimientos?
En realidad, es un salto al vacío que me hubiera gustado dar hace mucho tiempo. Siempre he tenido vocación de editor en sentido literario, no tanto en el, digamos, empresarial, y hasta cierto punto llevo años siéndolo, al colaborar como asesor con algunas editoriales amigas, en especial con Valdemar, para la que dirigí, en los 90, ‘Weird SF’.
Una colección, por desgracia, de breve duración, dedicada a los clásicos pulp olvidados de la ciencia ficción, y para la que he seguido confeccionando antologías muy personales, como ‘Los hombres topo quieren tus ojos y otros relatos de la era dorada del pulp’ o ‘La plaga de los zombis y otras historias de muertos vivientes’, así como contribuyendo a su colección de ensayo ‘Intempestivas’, donde ayudé a dar a conocer a autores como Quentin Crisp, Camille Paglia o Adam Parfrey.
E incluso para su colección de literatura erótica y libertina ‘Planeta maldito’, donde me hice (ir)responsable cómplice de editar al Barón Corvo y a Ronald Firbank, además de haber ayudado a rescatar la obra narrativa de Emilio Carrere, con ‘La torre de los siete jorobados’ a la cabeza.
También, durante un tiempo, fui lector para la desaparecida editorial Grupo Libro 88, en concreto para su colección de terror, donde recomendé autores como Joseph Payne Brennan, Ramsey Campbell, etc. De vez en cuando, he venido apoyando personalmente proyectos editoriales, asesorando o recomendando títulos y autores, así que, como ves, se trata de una vieja manía que ahora, por fin, cristaliza en una colección por completo bajo mi supervisión.
¿Qué libertad te da este proyecto que no encontrarás en otros?
Pues, desde el primer momento, toda la del mundo. Jorge Salvador Galindo es uno de esos locos maravillosos dispuesto a apostar no diría yo que ciegamente, pero sí plenamente por un proyecto tan personal como para que se identifique totalmente conmigo, con un nombre propio, Jesús Palacios, y con lo que este entraña, para bien y para mal, en el mundillo literario, cinéfago y cultural.
Es algo que no muchos editores estarían dispuestos a hacer en este momento –seguramente, con buen criterio–, pero que yo agradezco enormemente y espero y confío que no conlleve la ruina y desaparición de Pez de Plata así como mi seppuku (vulgo hara-kiri), que no tendría más remedio que poner en práctica para mantener la dignidad y el honor aún al precio de mi propia vida. Eso, o cambiar de nombre y huir a Sudamérica cual villano nazi de serial u opereta.
‘Saturnalia’ evoca el desorden, la fiesta pagana donde todo se pervierte. ¿Es precisamente esa voluntad de desorden lo que buscas para la colección? ¿Qué tipo de caos creativo nos vamos a encontrar en las librerías?
Saturnalia, carnes tolendas, carnaval, día de los locos, lupercalia, aquelarre… Llámalo como quieras… O mejor no: llámalo ‘Saturnalia’, que así hacemos promoción. Es una invocación al carácter efectivamente caótico, pero sobre todo antiautoritario, lúdico, escandaloso, descarado, desprejuiciado y lúbrico de aquellos festejos paganos donde lo que está abajo se coloca arriba y viceversa; donde se nombra al rey que debe morir para renovar la cosecha, y el tonto y el loco son los sabios, en una orgía sin pudor ni reglas donde se prescinde de todo buen juicio en aras solo del disfrute hedonista absoluto.
Y eso es lo que espero que se encuentre quien siga nuestra colección: un universo literario sin límites ni limitaciones, donde el buen gusto nos permita disfrutar del malo, donde buscar y encontrar la originalidad, el delirio, las propuestas más salvajes y marginales desde todos los ángulos posibles e imposibles de la creación literaria, sin imponer criterio o canon regulador alguno, salvo el del disfrute y la diversión producto de lo diferente, lo extraño, lo extremo y extravagante, sea la regla y no la excepción.
De la ficción de género más degenerada a la literatura más vanguardista, de la pulp fiction a los experimentos más arriesgados, procedente de todo tiempo y lugar; desde clásicos marginados y olvidados hasta autores de hoy escondidos en los rincones perdidos de las librerías, con tal de que sea algo capaz de excitar la imaginación del lector, de sorprenderle y llevarle a lugares desconocidos o que no se había atrevido aún a hollar. Aquí se hermanan, como en las saturnalia paganas, lo noble y elevado con lo abyecto y lo más bajo, lo sublime con lo terrible, lo hermosamente feo con lo bellamente horrible. O algo así, vaya.
El primer autor que habéis anunciado es Eduardo Zamacois, con ‘El Otro’. Zamacois fue un transgresor y un superventas. ¿Qué representa este autor para ti?
Representa un punto de partida casi ideal para nuestra colección. Representa a esos autores españoles olvidados de las primeras décadas del siglo XX, que cultivaron una literatura popular y de éxito, al mismo tiempo bien escrita y con muy alto nivel, emulando desde su posición netamente española los géneros, estilos, temas y temáticas de la literatura internacional del momento, aportando a la nuestra cosmopolitismo, novedad y modernidad, sin perder sus señas de identidad nacionales.
Zamacois, uno de los apóstoles del erotismo sicalíptico, con Felipe Trigo, es también todo un estilista. Un escritor con un castellano rico y complejo que utilizó para abordar el humor, el amor, la crítica social, el realismo y, al menos en dos ocasiones, lo fantástico, sobrenatural, esotérico y hasta terrorífico, como en ‘El otro’, demostrando que la literatura española podía conciliar realismo y fantasía, convirtiéndolo en un best-seller con más de ocho ediciones, llevado a la pantalla y elogiado por críticos y colegas.
Zamacois, que además fue el creador de la revista literaria El cuento semanal en 1907 –que introdujo en nuestro país el formato de la nouvelle francesa, dando lugar a una nueva edad dorada de la narrativa española–, es un perfecto exponente de los autores que ama ‘Saturnalia’: un viajero cosmopolita, un hombre profundamente culto que no duda en cultivar el erotismo y lo espeluznante; un escritor muy español que se mira y se deja influir por el espejo del naturalismo y el decadentismo franceses, siempre con un humor (a veces negro) muy particular.
Es uno de aquellos miembros de la bohemia madrileña que, como Carrere, Hoyos y Vinent, Ramón Gómez de la Serna, Wenceslao Fernández Florez, Vidal y Planas, Cansinos Assens o el pionero Alejandro Sawa, entre otros, salvando todas las distancias posible e imposibles, no dudaban en dejarse arrastrar por lo fantástico, extravagante, terrible y excesivo, bajo la mirada vigilante del favorito de todos: Edgar Allan Poe. Unos autores que, con su mera existencia y la de buena parte de su obra, cuestionan el canon clásico de la historia de la literatura española.
¿Es ‘Saturnalia’ un refugio de superventas malditos que el tiempo y el canon se empeñaron en enterrar?
Sí y no. Dar una definición tan coherente de ‘Saturnalia’ sería un poco traicionarla, puesto que, como bien decías más arriba, pretende ser el caos que repta por las librerías, las estanterías y bibliotecas, aportando locura, diversión y sorpresa a sus lectores, proyectando una oscura luz que ilumine su deseo más secreto e inconfesable: pasarlo bien leyendo. Ese pecado que ningún intelectual o lector con pretensiones de tal puede admitir en público.
Por tanto, habrá, sin duda, autores malditos desterrados de todos los cánones posibles e imposibles. Autores marginales y marginados que desde esos márgenes han influido más de lo que nos gusta reconocer o podemos sospechar. Pero será también hogar para todo tipo de críptidos literarios de especies aún por clasificar y posiblemente inclasificables.
Una colección para quienes no tenían colección ni la han tenido nunca, aboliendo el tiempo y el espacio, los criterios obsoletos de alta y baja cultura, del buen y el mal gusto; autores y obras unidos solo por el común denominador de la propia ‘Saturnalia’ y su locura divina e infernal.
En el prólogo de ‘Folk Horror‘ –libro que, además de prologar, coordinaste–, hablas de la tensión entre lo ancestral y lo moderno, y de cómo el pasado amenazador vuelve para resquebrajarnos el presente. En cierta forma, ‘Saturnalia’ hace lo mismo, pero con la literatura: trae autores olvidados del pasado para inquietar nuestro presente literario. ¿Es la colección un puñetazo sobre la mesa en contra de las modas actuales?
Yo no diría eso exactamente. Nadie puede decir que está libre de las modas actuales, pues presumir de estarlo es también algo que está de moda actualmente. No creo que sea una colección en contra de nada ni de nadie, por mucho que vaya un poco à rebours –que podría decir Huysmans–, sino una colección a favor. A favor de cosas que están ahí, pero que pocos las ven o incluso hacen como que no quieren verlas, esperando no tanto que desaparezcan como poder echarles un vistazo… cuando nadie les vea hacerlo.
‘Saturnalia’ está a favor de la diferencia, de la distinción y lo distinto, sea o no distante en el tiempo o el espacio. Está a favor de inquietar y perturbar el orden actual, pero no como sacerdotes de un pasado distante que poseen la sabiduría ancestral y miran por encima del hombro esas modas y tendencias de hoy promovidas por redes sociales y prensa cultural al uso, sino como salvajes del distante futuro que están escribiendo sus propias normas y leyes, sin ponerse nunca de acuerdo en ellas, por fortuna.
Frente al canon tradicional occidental y vertical, oponemos uno atemporal, descentralizado y horizontal, donde todo vale con tal de llevarnos a nuestro destino y hacerlo de la forma en la que nos apetece viajar en el momento, desde la limusina de Proust a la motocicleta de Mickey Spillane; desde el Mercedes de Faulkner al utilitario de Stephen King, por así decir.
‘Saturnalia’ quiere ser lo que la anarquía al comunismo, lo que la pornografía al erotismo y lo que Juliano el Apóstata al Vaticano. O, parafraseando y pervirtiendo al sabio Hassan-I Sabbah: “Donde nada es verdad, todo está permitido”. Esa es la gloria de la ficción.

En ocasiones, has criticado la homogenización estética, como los efectos digitales en el cine, que hacen que todo resulte falso. Aplicado a la literatura, ¿padecemos el mismo mal? ¿Es la corrección política y la uniformidad narrativa el feísmo de la novela actual?
La homogenización no solo estética, sino incluso ética es el mal de nuestro tiempo. Pero por ello mismo es un mal ineluctable, que se extiende al paso de la aldea global, que no por global deja de ser aldea, pero que en el camino pierde por completo cualquier idiosincrasia peculiar, nacional o individual, las señas de identidad propias de quienes la integramos. No hay nada tan universal como lo singular y su desaparición es, con toda seguridad, el preámbulo a la inevitable desaparición de la cultura y el mundo tal y como lo hemos conocido desde la caída del Antiguo Régimen hasta los 2000.
Pero la corrección política es eso y algo más, algo peor: es la autocensura. Un fenómeno casi inédito hasta el nuevo milenio, pues la censura creativa venía siempre impuesta desde fuera, por las instancias del poder, totalitario o de otros tipos, incluso cuando a veces se disfrazara de autocensura, debido al miedo y el temor a ser no solo juzgados, sino ejecutados.
Sin embargo, tras varias décadas de imposición sutil y violenta al tiempo de los rigores de la corrección política –sea eso ya lo que sea (y sabemos lo que es o al menos cómo empezó a ser)–, la autocensura se ha hecho íntima. Se ha interiorizado. Forma parte de los llamémosles artistas, escritores e intelectuales del siglo XXI, de tal forma que ya están incapacitados para reconocerla como tal.
Es como el aire que respiramos, contaminado y ponzoñoso, pero sin el que seguramente no podríamos sobrevivir. Si cogiéramos al artista medio del nuevo milenio y le soltáramos en una saturnalia de absoluta libertad creativa, no sabría que hacer con ella. Se asfixiaría como nosotros al respirar el aire helado y puro de la montaña o el mar.
En ‘La pantalla esotérica’ o ‘Satán en Hollywood‘ has rastreado la influencia del ocultismo en el cine. ¿Crees que esa vena mística, maldita y fascinante también se perdió en la literatura contemporánea? ¿Vienen los autores de ‘Saturnalia’ a reencantar un mundo literario demasiado materialista?
Ojalá ‘Saturnalia’, con toda su locura, consiguiera aportar algo de sentido común y racionalidad a un mundo literario actual demasiado quimérico y fantasioso (que no fantástico). Me explico: el mundo actual no necesita ser reencantado, como hemos creído muchos ingenuamente durante décadas, y me incluyo.
La gente, y en especial gran parte de aquella supuestamente amante o defensora de la cultura, está completamente loca. Confunde realidad con ficción o, peor, ficción con realidad. Está llena de supersticiones milenarias, absurdas y nefastas, conocidas como religiones (oficiales o no) e ideologías que se convierten en nuevas religiones.
La Nueva Era, sectas, cultos, ideas y creencias delirantes, conspiranoicas, ufológicas, místicas, supremacistas, utópicas, comunistoides, fascistoides, wiccanas… campan por sus respetos y a poco que rasquemos en alguien descubrimos que “cree en su dios personal” o que, en palabras del sabio Fermín Trujillo, “hay alguna fuerza cósmica, llámalo Dios, llámalo energía, pero algo hay”.
‘Saturnalia’ se identifica con todos ellos y con ninguno, porque es una colección de literatura y, en concreto, de literatura de ficción. Eso que hubiera debido sustituir a la religión y a las creencias irracionales de cualquier tipo en un mundo perfecto. No quiere reencantar ni desencantar nada: quiere que el lector disfrute como un loco, que orgasme al leer sus títulos, que se olvide del horror de la vida cotidiana y la existencia. No quiere cambiar nada que no se quiera cambiar por sus propios medios.
Hemos llegado tarde para la revolución, nos conformamos con eso tan desprestigiado ahora: divertirnos y divertir. Al final, puede que nada sea más revolucionario en un mundo tan tan tan serio y que se toma tan en serio como el nuestro. Mientras se yerguen las mezquitas sobre las ruinas de las bibliotecas y Trump decide si conquista Latinoamérica antes de morir (o de que trasladen su cerebro deteriorado a una IA omnipotente), lo mejor que podemos hacer es comprar el próximo ‘Saturnalia’ y pasar un buen rato leyéndolo.

En un mercado saturado de thriller y novela negra a menudo rutinarios, ¿dónde reside hoy lo verdaderamente inquietante? ¿En el monstruo exterior o en el armario de la mente?
La rutina misma es lo inquietante. La tranquilidad con la que hemos asumido vivir en la distopía como algo natural… El monstruo, pobrecillo, no tiene la culpa de nada, es lo monstruoso de la naturaleza humana y su incapacidad para aceptar la imperfección, para saber detenerse a tiempo, para impedir que la utopía se deslice a la distopía; es la intolerancia del tolerante que tolera solo aquello con lo que ya está de acuerdo, lo que resulta verdaderamente terrorífico. Para combatirlo, para luchar contra ese terror real, como bien dicen T.E.D. Klein o Ligotti, es para lo que escribimos y leemos ficción de terror.
Hoy, con Internet, cualquiera puede ser crítico. Es un arma de doble filo. ¿Qué le pedirías a un joven que quiere dedicarse a esto? ¿Y qué le recomendarías leer para empezar a formarse un buen gusto perverso?
No es un arma de doble filo: es un arma de destrucción masiva imparable, de la que nadie puede ya salvarnos. Los que tenemos una edad (o varias, en realidad) y estamos en esta profesión indigna que alguna vez tuvo visos de ser decente (como la prostitución cuando era sagrada o si fuera legalizada), somos los últimos representantes de una especie en vías de extinción, si es que no directamente extinta. Las redes sociales, Internet, la impostura virtual y el simulacro digital nos han diezmado y eliminado con la misma precisión quirúrgica que pusieron en práctica los nazis en los campos de exterminio, solo que con mucho mayor éxito.
A un joven que quiera dedicarse a esto le diría que esto, desde el momento en que no proporciona los medios para ganarse la vida dignamente, no existe. Es una entelequia. Le diría que hiciera lo que otro Jesús Palacios más afortunado de algún universo paralelo seguramente hizo (o eso espero): que se haga fontanero, electricista, albañil o algún otro oficio práctico, físico y manual en el que no pueda ser sustituido todavía por algoritmos, seudointeligencias artificiosas y farsantes sin oficio ni otro beneficio que satisfacer sus egos abyectos.
Con el dinero que seguramente ganará en el ejercicio de alguna de estas profesiones, puede cultivarse como lector perverso si así lo desea, leyendo, claro, la colección ‘Saturnalia’. Pero hay que tener en cuenta que la perversidad y la perversión no son gustos adquiridos, son afinidades electivas, que te eligen a ti y no a la inversa. Y eso no se puede controlar ni cambiar, solo cultivar con esmero para que vaya siempre a peor.
Has colaborado con festivales como Sitges, Celsius 232 en Avilés o la Semana Negra de Gijón. ¿Crees que el lector y espectador de género es más fiel y menos manipulable que el público general? ¿Es ese el lector ideal para ‘Saturnalia’?
En absoluto. La mayor parte de los aficionados a la literatura de géneros populares o de género, como queramos llamarla, es tan infiel y manipulable como el resto. De hecho, a menudo ha sido y es el peor enemigo de sí mismo y de sus géneros favoritos. Su tendencia natural es a “querer”, “exigir”, que su subgénero favorito y sus autores fetiche, que lo son por estar marginados, infravalorados, olvidados e incluso vilipendiados por el mainstream y el canon, pasen a ser reconocidos como parte de estos.
Quiere que a Stephen King le den el Nobel; que Tolkien sea emparejado con Joyce; que la ciencia ficción se considere “la literatura del siglo XX” (lo consiguió y en el XXI no le importa a casi nadie); que la novela negra (que ahora es toda la novela criminal y policial, sin distinción, para así vender más y mejor) sea “la novela social de nuestro tiempo” (¿no sería mejor que hubiera una novela social de nuestro tiempo… buena?); que el cómic sea “novela gráfica”; que el terror sea alabado como medio de disección de la realidad política, psicológica y moral del ser humano… O sea: quiere que deje de ser aquello que constituye su esencia.
Por supuesto, estoy generalizando. En todos los medios o grupos de aficionados existen individuos pensantes, más agudos y capaces de discernir, pero no creo que quienes somos amantes del terror, la novela negra, la fantasía, la ciencia ficción y demás hierbas asociadas a los géneros populares (que muchos quieren que dejen de ser populares para ser alta cultura, cuando la alta cultura ya no existe), seamos mejores que los demás.
El lector ideal para ‘Saturnalia’ es aquel que no quiere nada que la literatura no puede darle en realidad (distinción, éxito entre las mujeres o los hombres, dinero, estatus social, una moral o una ideología que no posee por sí mismo…), el que renuncia a la supuesta carta de nobleza literaria, para simplemente disfrutar de la literatura.
Tras ‘Nosferatu’ o ‘El exorcista’, has celebrado centenarios de películas clave. ¿Hay algún centenario literario olvidado que te gustaría celebrar con un rescate en ‘Saturnalia’? ¿Hay alguna obra que lleves años queriendo ver reeditada y que ahora, por fin, puedas poner sobre la mesa?
Por supuesto, muchas, pero si algo aprende uno en esta profesión de ladrones, mercenarios y bandidos es a no soltar prenda. De momento, había una novela que, en efecto, llevaba varias décadas queriendo ver reeditada y que ahora, por fin, puedo anunciar en voz alta: ‘El otro’, de Eduardo Zamacois.
Para terminar, una de cal y otra de arena. ¿Cuál es el mayor desafío logístico o editorial al que se enfrenta ‘Saturnalia’?
Ser leída en un mundo sin lectores. O, al menos, que compren sus títulos y luego hagan lo que quieran con ellos. Ya sé que es muy triste pedir, pero más triste es robar.
Y, por el contrario, ¿qué puede despertar en el lector del siglo XXI descubrir por primera vez las obras del club selecto de ‘Saturnalia’?
Confiando en la hipotética existencia de esa criatura semilegendaria conocida como “lector del siglo XXI”, creo que ‘Saturnalia’ le ayudaría a descubrir que hay mucha literatura estupenda que no solo no sabía que existiera, sino que preferían hacernos creer que ha dejado de existir. O sea, va entrar no en un club selecto, sino en una especie de equivalente literario a un club de cannabis legal donde le van a dar mierda de la buena sin ir a la cárcel. Al menos, de momento.
¿Cuál es el mejor cumplido que podrían hacerle a la colección?
No creo que sea yo el más indicado para hacerle un cumplido a ‘Saturnalia’; ni siquiera que se le pueda hacer cuando apenas comienza su andadura. Pero, si acaso, el mejor elogio que se le puede hacer es casi el mismo que a cualquier otra propuesta editorial en nuestra nueva normalidad ágrafa: que se atreva a existir siquiera.
Coda
Jesús Palacios ha dejado de ser solo el arqueólogo para convertirse también en el arquitecto de su propio gabinete de rarezas. Esta conversación revela a un editor que no busca revolución, sino la orgía literaria. Pez de Plata es el contexto ideal para albergar un espacio para que lo canalla y lo exquisito se fundan sin pudor. El diseño, además, promete estar a la altura del pecado.
Mientras el mundo se empeña en levantar muros de seriedad y corrección, ‘Saturnalia’ se presenta como una puerta trasera hacia el placer de leer sin red; una religión donde el único pecado es aburrirse. Gracias, Jesús, por lo que promete ser un gabinete de maravillas donde la literatura aún sirve para algo tan subversivo como divertir. Tal vez, en el fondo, ese sea el único acto de resistencia posible: leer a Zamacois mientras el mundo arde. O, mejor aún, leerlo para prenderle fuego a la sobriedad.
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