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’48 primaveras’, de Elvira Smeke
Comisario: Pedro Medina
Ana Serratosa Gallery & Art Spaces
Pascual i Genís 19, València
Ana Serratosa Gallery & Art Spaces acoge la exposición ’48 primaveras’, de Elvira Smeke, en la que la artista hispanomexicana ahonda en sus raíces y se sumerge en un viaje a través de su historia vital de la mano de un conjunto de piezas cuyos motivos, entre el azar de la cerámica y la resignificación del bordado, giran en torno a una intimidad compartida, abriendo las puertas de un hogar con el que dialoga para generar nuevos relatos.
Desde cerámica a cianotipias, la artista comenzó con la fotografía y su trayectoria la ha conducido hacía una exploración que incluye diversos soportes, técnicas y materiales arraigados con el territorio desde una mirada ecologista y feminista; un maridaje del que, en la exposición, comisariada por Pedro Medina, podemos ser partícipes.
“Es lo que se puede deducir de obras que más que mostrarse, se sedimentan, no compareciendo ante el espectador como una imagen cerrada, sino como un terreno fértil”, escribe el comisario. “La práctica de Smeke se inscribe, pues, en una temporalidad no lineal y sí estratificada de la memoria, encarnada por la experiencia, pero también por lo que se hereda”.
Elvira Smeke nos invita, de este modo, a una travesía donde la genealogía, tal y como revela en la siguiente entrevista, se convierte en un acto de presencia absoluta.
¿Cómo comenzó a gestarse la idea de ’48 primaveras’?
La idea de esta exposición surgió hace poco tiempo. En una de las pláticas con mi familia, antes de la pandemia, salió que una pariente de mi abuela, Elvira Smeke, era española. Nos hicimos la prueba genética y nos dimos cuenta de que mis hermanos y yo tenemos genes españoles. Entonces, viendo de dónde tenemos esos genes y esa sangre, nos pusimos a platicar.
Mis abuelos ya no viven; no podíamos saberlo directamente por ellos. Nos pusimos a indagar con parientes o con alguien que pudiera saber. La cosa es que sí había otra Elvira que vivió aquí, en España, hace más de cien años. Yo también tengo ascendencia de Siria y, luego, todos se fueron a México, pero me llamó mucho la atención porque, justo antes de la pandemia, ofrecieron que si tú tenías ascendencia española, te daban la nacionalidad, la cual a mí me dieron.

Yo tengo mi pasaporte español, sin sentirme con esta nacionalidad; solo me consideraba mexicana, y el año pasado hice un viaje muy largo por España en el que me enamoré más y pensé en cómo podía hacer para sentir que esta tierra es mía. Empecé a recolectar tierra, porque siempre salgo a hacer caminatas por donde esté; por lo general, recojo pequeñas piedras o flores que después seco para quedarme con ellas.
Para este viaje de España empecé a recolectar también tierra, o sea, 100 gramitos de tierra, y me los llevé a México. A continuación, empecé a trabajar con esta tierra y con estas flores. Yo quería hacer esa fusión de la tierra mexicana con la tierra española.
¿Qué podemos encontrarnos en la exposición?
Soy una artista multidisciplinaria; tuve mi formación como fotógrafa y en las demás disciplinas soy completamente autodidacta. En esta exposición, veremos cianotipias. La cianotipia es la primera forma de fotografía que existió, para la cual no necesitamos una cámara. Se hace con un papel con una sustancia fotosensible y, después, con las flores que yo recogí en ese viaje a España el año pasado.
Las flores ya secas, encima del papel. Dejo que el sol haga su trabajo y, en cuanto se marcan las siluetas y alguna cosa más de la flor, las intervengo con pintura acrílica, con acuarela, con unos crayones de grasa, con lápiz de color y con hilo de cobre o de oro. Esto de intervenirlo al final con hilo es porque, para mí, el bordado es muy importante.
Además, en la calle Cabillers [una de las sedes de Ana Serratosa Gallery & Art Spaces] tenemos una intervención en la que recogí piedras de España y las intervine con el barro de México mediante la textura del encaje. Todas esas labores que antes fueron dadas a la mujer, que fue lo que yo aprendí por parte de mi abuela Elvira, con quien tuve una relación muy cercana; ella me enseñó a coser y a bordar.
A mí me gusta hacer mucho esto, aunque llevo el bordado ya no al textil, sino al papel, y siempre tratando de dar una resignificación a lo que era el bordado, porque antes era como una especie de sumisión. Aquí, al contrario, lo hago con muchísimo gozo y dándole una nueva lectura.
¿Con qué otros materiales trabajas?
En esta exposición vemos mucha cerámica. Soy artista hace ya casi treinta años, pero me volví ceramista hace cinco. Cuando toqué este material, me enamoré y ya no quise hacer nada más en mi vida que barro. Es un material que he aprendido a conocer, muy generoso, muy bondadoso y muy caprichoso. Cuando yo trabajo el barro, siempre tengo como una idea preconcebida de qué es lo que quiero hacer, aunque al final dejo que el barro me vaya guiando. Dependiendo de la humedad, del clima y de cómo está el barro en sí, lo voy conduciendo para que me vaya llevando a formas.
Otro material que utilizo es vinagre de vino español, o vinagre de vino mexicano, para crear cierta acidez y para que burbujee, y crear estos efectos que son un poco aleatorios y azarosos. Yo preparo todo y tengo mi pieza; cuando la meto al horno, no sé cómo va a reaccionar. Finalmente, llega un punto en que ya está, y esa es la forma final. Además, lo intervengo con las flores, que aparecen mucho en mi obra.
¿Qué puedes contarnos sobre los motivos florales?
Antes estaba hablando de mi abuela Elvira. Crecí prácticamente en su casa, que fue mi segundo hogar. Esa casa estaba llena de dos cosas: de flores y de encaje. El encaje lo veíamos en las cortinas, en el manto chiquito arriba de la mesa… Estaba lleno de encaje por todas partes y, también, mi papá era el dueño de la fábrica más importante de ropa interior de mujer en México. Siempre estuve como muy cercana a este tipo de tela. Por eso encontraremos el print de la textura del encaje en varias de mis piezas.
Mi abuela heredó este amor por la naturaleza, mucho más hacia los árboles y las flores. Tuvo una vida muy difícil, pero ella hacía este viraje hacia lo bello. Tenía flores deshidratadas y flores vivas, un jardín hermoso que ella misma cuidaba. Este valor de la ecología, que transmite que, si tú estás cuidando un árbol y tienes respeto por él, por una flor, tendrás, por ende, respeto por cualquier ser.
¿Cómo se trasladan tu genética y su historia a tus obras?
Tengo dos piezas que tienen arena de España –de València y de Barcelona–, recolectadas en ese viaje que realicé. Entonces, empecé a incorporar el barro mexicano. Hago esta fusión, digámosle que en un 98-2 %, como lo que me salió en mi examen genético; así hice estas dos piezas.
Para otras piezas me inspiré en la casa de mis abuelos, que ellos tenían con papel tapiz de flores y paredes de azulejos; lo que hice fue fusionar el azulejo con la textura del encaje para que parecieran mosaicos.
La casa de mis abuelos tenía piezas y artefactos de todas partes del mundo. Les gustaba mucho España y tenían piezas que le hacían como un guiño a Gaudí; estas formas siempre las tengo en mente. Mis piezas no son una copia de algo que había en su casa, sino que están inspiradas en algo con lo que yo crecí.
¿Cómo afecta la perspectiva de género a tu obra?
Hablo de lo femenino desde mi propio cuerpo, desde mi propio ser mujer. Tengo cuatro hijas; estoy rodeada de muchas cosas femeninas. También, al mismo tiempo, siento esa responsabilidad de pasarles esto que a mí me tocó romper, porque mi abuela me enseñó esto del rol de cómo ser una buena mujer. Y ser una buena mujer era coser, bordar y cocinar mucho.
Yo crecí en la cocina y, para mí, ser mujer era estar dentro de ella. De pronto, empiezo a romper con todo esto. Yo vengo de una familia muy conservadora y me tocó romper, decir: “Yo quiero ser artista; no quiero ser ama de casa”. Ser mujer es mucho más que eso.
Yo cojo las piedras, que son duras, pero al final son bellísimas y frágiles; las cubro con este manto de barro, que es muy femenino, pero también protector, haciendo esta fusión de lo masculino con lo femenino.


