#MAKMALibros
‘Too Much and Never Enough: How My Family Created the World’s Most Dangerous Man’ (2020), de de Mary L. Trump
‘The Dangerous Case of Donald Trump’ (2017), de VV.AA.
“El 9 de noviembre de 2016, día después de las elecciones, mi desánimo se desencadenó en parte por la certeza de que la crueldad e incompetencia de Donald haría que murieran personas. Mi mejor suposición en ese momento fue que eso ocurriría a través de un desastre de su propia cosecha, como una guerra evitable que él provocase o en la que se viera inmerso. No podría haber previsto cuánta gente, voluntariamente, permitiría que él desarrollara sus peores instintos, como ha sucedido con el secuestro de niños por parte del gobierno, la detención de refugiados en la frontera y la traición a nuestros aliados, entre otras atrocidades”
(Mary L. Trump, 2020)
No siempre debemos recurrir a grandes teorías para explicarnos un fenómeno político. A veces basta con reconstruir la formación de una persona –ni siquiera su biografía, sino su curso, su proceso– para advertir que aquello que parecía incomprensible responde a una lógica precisa.
Eso sí, para explicarnos esa formación y su influencia debemos servirnos de teorías de alcance medio que nos vienen de distintas disciplinas: desde la psicología hasta la antropología, pasando por la economía o la propia historia humana.
En este artículo espero dar cuenta mínima de una personalidad que se nos antoja básicamente inexplicable: la de Donald Trump. Me valgo del auxilio de una psicóloga clínica: me refiero a Mary L. Trump, sobrina del mandatario. Gracias a su concurso, podremos entender en parte una formación y un comportamiento que, de entrada, tildamos de imprevisibles y erráticos. Por supuesto, poco de lo que aquí expongo ayuda a desbrozar los entresijos de la geopolítica. Pero quien la encabeza y quien mayor poder dispone resulta un tipo temible y de genio voluble que se conduce con capricho y crueldad, según veremos.
La lectura de ‘Too Much and Never Enough: How My Family Created the World’s Most Dangerous Man‘ (2020), de Mary L. Trump, permite ensayar una hipótesis audaz e incómoda. Donald Trump no es una anomalía, sino el resultado coherente de una falta de afectos y de pedagogía, de un trato fundado en la dureza y las humillaciones. La ficción, la fabulación acerca de la identidad, será una de sus formas de supervivencia. Insisto: esta hipótesis, basada en los datos clínicos y en la experiencia personal y familiar que la autora detalla, no explica por sí sola la circunstancia geopolítica ni el curso de los acontecimientos actuales.
Vamos a verlo.
Leer para entender
He leído el libro tres veces en su versión española y lo he contrastado con la edición americana. No por vicio bibliófilo ni por morbosidad, ni siquiera por una devoción hacia el personaje, que difícilmente la merece. Lo he leído una, dos, tres veces porque hay pasajes dudosos en su traducción y porque ciertos textos solo entregan su carga completa cuando se les concede una segunda y una tercera oportunidad, con su debido contraste.

La primera lectura me orientó en líneas generales. La segunda me sirvió para descubrir lo que me había pasado inadvertido y para enmendar alguna conclusión errónea. La tercera, si no yerro, para confirmar –ahora sí– el mecanismo que sus páginas nos desvelan. Y en este caso el mecanismo es, con mucho, tanto o más interesante que el personaje.
Este vicio me ha hecho aficionarme a su boletín en Substack, un derroche de perspicacia: ‘The Good in Us’, de Mary L. Trump. Pero volvamos a su libro.
Lo que el volumen ofrece no es solo un retrato, ni siquiera una explicación psicológica en sentido estricto, sino algo más modesto o más ambicioso: un modelo interpretativo que conecta la experiencia íntima con el comportamiento público. En ese sentido, su tesis central es inequívoca: la personalidad de Donald Trump no puede entenderse sin analizar la estructura familiar en la que se formó, una estructura y unas relaciones atravesadas por la competencia extrema, la privación emocional y la instrumentalización del afecto.
Se fundamenta en factores muy precisos: una pedagogía de la dureza, una economía afectiva de las humillaciones y una forma de subjetividad que ha hecho de la ficción no un adorno, sino un régimen de supervivencia. Dicho así, podría parecer una síntesis demasiado ordenada para una realidad que fue, sin duda, más caótica. Pero esa es precisamente la fuerza del libro: mostrar que lo caótico no es lo contrario de lo estructurado, sino su manifestación más visible.
Conviene, sin embargo, detenerse un momento en un fenómeno editorial anterior que, por contraste, ilumina mejor el libro de Mary L. Trump. Me refiero a ‘The Dangerous Case of Donald Trump’ (2017), un volumen colectivo editado por la psiquiatra forense Bandy X. Lee, que fue reuniendo en sucesivas ediciones a decenas de psiquiatras, psicólogos y especialistas en salud mental. Su éxito fue indudable, y su resonancia pública, aún mayor: no solo por lo que decía de Trump, sino por el debate ético que provocó entre los propios profesionales.
A diferencia del libro de Mary L. Trump, no estamos ahí ante una reconstrucción íntima ni ante una pesquisa familiar desde dentro, sino ante una intervención pública de carácter clínico. Sus autores no tuvieron acceso directo al sujeto ni pretendieron establecer un diagnóstico formal. Examinaron, más bien, una conducta observable y trataron de advertir sobre sus posibles implicaciones. O temibles y previsibles consecuencias.
Esa diferencia es decisiva. Mary L. Trump intenta explicar cómo se forma una personalidad así; ‘The Dangerous Case’ se pregunta qué tipo de riesgo representa esa personalidad una vez instalada en el poder. Un libro reconstruye el origen; el otro evalúa el peligro. Uno trabaja diacrónicamente; el otro, sincrónicamente. M Mary L. Trump excava en la génesis afectiva de un carácter. Bandy X. Lee y sus colaboradores reaccionan ante sus efectos institucionales.
Y, sin embargo, ambos libros coinciden en algo importante. Ninguno diagnostica en sentido estricto a Trump, pero ambos examinan su psique. Mary L. Trump lo hace desde su formación como psicóloga clínica y desde una proximidad biográfica excepcional. Los colaboradores de Bandy X. Lee lo hacen desde la observación profesional y desde lo que algunos llamaron el deber de advertir, esto es, la obligación moral de alertar cuando se percibe una peligrosidad plausible para terceros. En un caso, la pesquisa se orienta hacia la formación del individuo; en el otro, hacia la advertencia pública acerca de su peligrosidad.
Leídos juntos, los dos libros se refuerzan por contraste. El de Mary L. Trump aporta la explicación de largo recorrido: una pedagogía familiar, una economía afectiva y una estructura de personalidad. El volumen colectivo de 2017 aporta la alarma del presente: la pregunta por lo que ocurre cuando semejante estructura psíquica dispone de poder político ejecutivo. Uno advierte; el otro explica. Uno reacciona; el otro reconstruye.
Y quizá no sea casual que ambos fenómenos editoriales alcanzaran tanta difusión. Ello sugiere que la figura de Trump no solo suscitó adhesión y rechazo políticos, sino una inquietud más profunda: la necesidad de comprenderla en términos psicológicos. Como si el lenguaje habitual de la política –programas, ideologías, estrategias– resultara insuficiente para dar cuenta de un personaje que exigía ser pensado también desde otra gramática.

Pedagogía familiar
‘Siempre demasiado y nunca suficiente’ no es un tratado psiquiátrico, aunque en ocasiones lo parezca. Tampoco es únicamente un ajuste de cuentas familiar, aunque algo de eso haya, inevitablemente, en sus páginas. Es, sobre todo, una reconstrucción. Y en esa reconstrucción aparece algo que, por evidente, resulta perturbador: que el sujeto no nace, se hace, pero ese hacerse no es un proceso libre ni abierto, sino una serie de condicionamientos que delimitan lo posible y lo imposible.
En el caso de Trump, ese proceso adopta una forma particularmente nítida. Desde los primeros capítulos, la familia aparece como un sistema patológico en el que el padre, Fred Trump, actúa como eje organizador: una figura autoritaria, carente de empatía, que reduce las relaciones humanas a transacciones de poder y que establece una lógica binaria –ganadores y perdedores– como principio estructurante de la vida familiar.
En ese contexto, el afecto no desaparece, pero se distorsiona. Se vuelve condicional, dependiente del éxito, subordinado al rendimiento. El niño no aprende que es querido: aprende que puede ser aprobado. Y esa diferencia –que podría parecer menor– transforma el vínculo en evaluación, la relación en jerarquía y el cuidado en medición.
A este desplazamiento se suma un episodio que adquiere una importancia decisiva: la enfermedad de la madre en los primeros años de vida de Donald. La hospitalización prolongada de Mary Anne Trump deja a los hijos, especialmente a los más pequeños, sin un referente afectivo estable, sin un sostén emocional que permita procesar la experiencia.
No hay sustituto adecuado, no hay compensación. Lo que hay es un vacío. Y ese vacío no es neutro, pues provoca efectos. La falta de apego seguro impide el desarrollo de la empatía, dificulta la regulación emocional y genera una sensación persistente de inseguridad. En condiciones normales, el niño aprende a reconocerse a través de la mirada del otro; aquí, esa mirada es inconsistente o inexistente.
El padre, lejos de mitigar esa carencia, la intensifica. ¿Acaso porque ejerce una violencia espectacular? No necesariamente. La violencia funciona según otra lógica: la de la exigencia, la del rendimiento y la del desprecio hacia la debilidad. El resultado es una pedagogía implícita, durísima y eficaz: amar es dominar, ser vulnerable es peligroso y el valor personal depende del reconocimiento externo.
Y entonces el niño aprende, vaya si aprende. De su formación infiere que necesitar es arriesgado, que sentir es exponerse y que depender es humillante. Aprende también que la única forma de protegerse consiste en negar aquello mismo que lo constituye. Aprende, en definitiva, que no hay que ser débil. Menos aún, parecerlo.
La ficción como sostén
Se ha repetido hasta la saciedad que Trump es narcisista, y no cabe duda de que lo es, pero la palabra, si no se precisa, corre el riesgo de volverse inútil. Porque este narcisismo, en su caso, no es un exceso de amor propio, sino una estructura defensiva, una forma de compensación que oculta una inseguridad más profunda.
Trump no se ama: se sostiene. Y sostenerse exige una actividad constante, una producción incesante de imagen, una fabricación continua de sentido que no admite interrupciones. El yo, cuando no está suficientemente consolidado, no puede darse por supuesto: debe ser producido, rehecho, reafirmado sin descanso.
De ahí la construcción del yo grandioso, basada en la exageración de logros, la negación de fracasos y la necesidad constante de admiración. Ese yo ficticio no surge espontáneamente, sino que es reforzado por el entorno, especialmente por la figura paterna, que premia la agresividad y la autopromoción como formas de afirmación.
En ese contexto, la mentira deja de ser un recurso ocasional para convertirse en un elemento constitutivo. Se miente, sin duda, para obtener ventajas, pero sobre todo se miente para mantener una identidad mínimamente operativa, evitando con ello el contacto con una realidad que, de otro modo, resultaría desestabilizadora.
Este reemplazo de la realidad tiene consecuencias evidentes. La experiencia deja de tener función formativa: el error no corrige, el fracaso no enseña y la pérdida no deja huella. Todo se convierte en relato, en material narrativo susceptible de ser reescrito. No hay memoria crítica, sino un cuento compensatorio que permite mantener intacta la ficción del yo.
De ahí también su relación con el saber. No se trata de ignorancia en sentido estricto, sino de una ignorancia afirmativa, desenvuelta, incluso exhibida. No saber no constituye un problema si el no saber no se reconoce como tal: antes al contrario, puede convertirse en una forma de poder, en una manera de sustraerse a cualquier límite que el conocimiento pudiera imponer.
“Shots fired,” screamed the Secret Service agents.
— The Washington Times (@WashTimes) April 26, 2026
President Trump and Cabinet members were escorted out of the main ballroom by the Secret Service and the U.S. Marshals. pic.twitter.com/s1ikd8tun8
Capricho, crueldad y poder
De esta estructura emergen dos rasgos que, en Trump, funcionan de manera inseparable: el capricho y la crueldad. El capricho no es una excentricidad, sino una patología de la relación con lo real: la incapacidad de aceptar límites, es decir, la negativa a reconocer la existencia de un exterior independiente del deseo. La crueldad, por su parte, no es un exceso del temperamento, sino el mecanismo mediante el cual ese deseo se impone cuando encuentra resistencia.
Quien desea no negocia, decreta; y cuando la realidad introduce fricciones, aparece la humillación como forma de ajuste. El otro deja de ser un interlocutor para convertirse en un obstáculo, y el obstáculo no se discute: se elimina o se degrada.
Esta dinámica, que en el ámbito privado podría considerarse patológica, adquiere una dimensión distinta, peligrosísima, cuando se proyecta en la esfera pública. Entonces deja de ser un rasgo individual para convertirse en una forma de ejercicio del poder. La política se convierte en una extensión de la familia, en la que se reproducen las mismas lógicas: lealtad absoluta, castigo a la disidencia y división constante.
El propio funcionamiento institucional queda afectado. Trump, según el análisis de Mary L. Trump, carece de elementos básicos necesarios para el gobierno: conocimiento, capacidad de aprendizaje e interés por la verdad. Su conducta no responde a una estrategia coherente, sino a impulsos emocionales que se racionalizan a posteriori. Y el balance de su primer mandato ya podía tomarse como una comprobación de su política errática y tóxica. Nos lo ha recordado Mary L. Trump en un artículo reciente. Permítaseme esta digresión.
Durante su primer gobierno –dice la sobrina del mandatario–, aplicó la política de separación de familias y la prohibición de entrada a musulmanes. Por otra parte, hizo frente a la pandemia de COVID de manera tan negligente que más de 400.000 estadounidenses murieron innecesariamente. Es más: difundió la ‘Gran Mentira’ sobre las elecciones de 2020, incitando a una insurrección contra su propio gobierno.
Por si eso fuera poca cosa, podríamos enumerar una parte de sus acciones más recientes, siempre según Mary L. Trump, hasta incluir el secuestro de Nicolás Maduro, el mandatario venezolano. Desde enero de 2025, bajo su supervisión, el Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE, por sus siglas en inglés) retiró fondos a la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), lo que ha resultado, hasta ahora, en la muerte de más de 700 mil personas, incluidos 400 mil niños.
Por otro lado, agentes del ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas) y del CBP (Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza), aparte de las deportaciones, han asesinado a ciudadanos norteamericanos, inmigrantes y trabajadores indocumentados en ciudades estadounidenses. Es más: el gabinete ha ordenado al ejército hundir barcos en el Caribe, actividad absolutamente ilegal. “This is not even close to being an exhaustive list”, añade Mary L. Trump para concluir. Vamos, que esta enumeración está lejos de ser completa.
Pero regresemos al libro de su sobrina, a su examen pericial de 2020.
Además de su falta de habilidades para gobernar –conocimiento, capacidad de aprendizaje e interés por la verdad–, Donald se ha formado sobreprotegido, con red, con auxilio inmediato. A lo largo de su vida, Trump ha contado con un seguro antirriesgo sin franquicia, digámoslo así. En efecto, ha estado protegido por estructuras de poder que han ido amortiguando las consecuencias de sus errores, grandes errores, y de sus maldades. Eso le ha permitido mantener intacta la ficción de su éxito. Nunca ha sido obligado a enfrentarse a la realidad en condiciones ordinarias; nunca ha tenido que integrar el fracaso como experiencia formativa.
En ese sentido, el mito del self-made man aparece como una construcción deliberada. Su éxito no es el resultado de una trayectoria autónoma, sino de una combinación de privilegios familiares, apoyos clientelares e institucionales y legitimación mediática. Programas televisivos como ‘The Apprentice’ (2004 y siguientes) consolidan esa imagen, transformando una ficción en realidad percibida.
Con Trump estamos ante un sujeto que ha tenido que construir una fabulación continua de sí mismo para no enfrentarse a su yo más frágil, a su precariedad estructural. Se trata de un hombre sin estrategia en sentido fuerte, pero con una intuición notable para el efecto y el defecto ajenos. Se trata de un actor sin opacidad, sin interior firme: un ignorante que ha convertido su ignorancia en representación y desenvoltura; Se trata, en fin, de un yo debilísimo encerrado en un cuerpo de hombrón que solo puede sostenerse si el mundo le concede audiencia y lo teme.
La pregunta incómoda
Nada de esto sería posible sin un contexto que lo hiciera viable. Trump no inventa el simplismo, ni el resentimiento, ni la fascinación por la brutalidad. Los encuentra. Y al encontrarlos, los condensa, los amplifica y los convierte en espectáculo. Su eficacia no reside en la originalidad, sino en la intensidad con la que devuelve al público aquello que el público ya estaba dispuesto a aceptar.
No saber y, aun así, afirmar. No entender y, aun así, decidir. No haber leído y, aun así, pontificar. Hay en esa forma de presencia algo profundamente contemporáneo: la sustitución de la competencia por la temeridad. Ya no importa tanto saber como no dudar.
La ironía es evidente, aunque conviene no celebrarla demasiado. Trump funciona porque dice lo que otros temen decir, o lo que no saben decir con suficiente brutalidad. En una cultura política que ha confundido con frecuencia la complejidad con la impotencia, el personaje muestra una forma rudimentaria de claridad. Pero es una claridad de instrumento contundente: saja, sí, aunque rara vez donde conviene. Y, aun así, hay quien la prefiere a la costosa gramática de la inteligencia.
Nada de esto sería posible sin un público dispuesto a interpretar esa brutalidad como algo auténtico y, por ello mismo, deseable. Trump no inventa ese temperamento social, sino que lo explota. No crea la demanda, sino que la satisface.
Él no fabrica el mal gusto moral, sino que lo condensa, lo encarna y lo multiplica para que sea bien visible. Y eso explica por qué su figura ha producido menos escándalo del que merecería: reconoce y amplifica una disposición ya existente al simplismo, al resentimiento y a la gratificación inmediata. Al menos hasta ahora.
En ese sentido, Trump no es una anomalía, sino un síntoma. Un síntoma de una forma de relación con el mundo en la que la ficción puede sustituir a la realidad sin encontrar resistencia suficiente, en la que la humillación puede pasar por fortaleza y en la que la ignorancia puede convertirse en autoridad.
Quizá la tentación sea la de concluir aquí, con una condena o con una advertencia, pero eso sería demasiado sencillo. Lo inquietante de todo esto no es lo que explica sobre Trump, sino lo que sugiere sobre nosotros, sobre el contexto que hace posible que una figura así no solo emerja, sino que se consolide y encuentre apoyo o resignación.
Trump no es un enigma ni un accidente: es un producto. Y, como todo producto, responde a una demanda, a una disposición previa que lo hace inteligible y, en cierto modo, necesario. Esa disposición no es exclusiva de un país ni de un momento concreto, sino que remite a una transformación más amplia en la manera de entender la política, el conocimiento y la verdad.
El problema, claro, no es solo Trump. Es más general. El problema es que esa precariedad privada pueda convertirse, bajo determinadas condiciones, en una forma de poder público. Y que, cuando eso ocurre, la ficción deje de ser un refugio individual para convertirse en una forma de gobierno.
Duele comprobar la facilidad con la que una parte de sus acólitos más fanáticos o dementes y de su audiencia más irracional han decidido que esa forma rudimentaria de poder es, de algún modo, suficiente.
Ninguna de sus averías psíquicas, descritas con precisión por Mary L. Trump, lo excusan. Pero sí lo explican. Y quizá ahí resida el valor más seguro del libro. Nos recuerda que, en ocasiones y bajo determinadas circunstancias, la política no se entiende a partir de los discursos o de los programas partidarios.
Se entiende mejor a partir de las grietas o los socavones de una personalidad, de un sujeto que ha encontrado el contexto adecuado para subir, expandirse y seducir a la parte innoble del votante o del espectador, que podría ser cualquiera de nosotros. Con ello convierte una carencia absoluta y ostentosa en algo creíble.
La pregunta no es cómo ha sido posible, porque la respuesta está, en buena medida, a la vista. La pregunta es cuánto tiempo podrá seguir siéndolo, cuánto tiempo podrá sostenerse una estructura que depende de la negación constante de aquello que la desmiente y cuánto tiempo podrá mantenerse una ficción cuando la realidad insiste en imponerse.
Y, sobre todo, la pregunta es qué parte de esa fabulación estamos dispuestos a seguir aceptando. Parece que en el mundo y en los propios Estados Unidos estamos aprendiendo a tratar con el matón. Y Mary L. Trump es buena maestra. Parece que hay ya numerosas decepciones o deserciones entre quienes lo auparon o acompañaron. Esa esperanza, si se confirma, haría buena la advertencia optimista de Friedrich Hölderlin tantas veces citada: “Wo aber Gefahr ist, / wächst Das Rettende auch”.
“Pero donde está el peligro / crece también lo que salva”.
- Trump según Trump. La cultura del matonismo - 26 abril, 2026
- Mirar de verdad. Las hijuelas de Sergio del Molino - 15 abril, 2026
- Umberto Eco. Lecciones póstumas - 6 marzo, 2026


