#MAKMAEscena
‘La mirada al front i les arrels a terra’, de Taller Placer (Vicente Arlandis y Paula Miralles)
‘Che si può fare, che si può dire’, de María Muñoz y Mónica Valenciano
Ciclo ‘Plazas y Performances’
‘España en Libertad. 50 años’
Organiza: Ministerio de Política Territorial y Memoria Democrática del Gobierno de España
Centre Cultural La Nau de la Universitat de València y El Consulado
28 de marzo de 2026
A la danza le hizo falta un contexto democrático para mostrarse en su radicalidad. Así lo vemos en la historia de España y de sus prácticas culturales. Mientras la danza contemporánea, continuadora de la danza moderna de principios del siglo XX, ya se venía desarrollando en otras partes del mundo, en España llegó tardíamente en los años 80.
No es que la gente no bailara antes. Las danzas tradicionales y el flamenco sobrevivían de aquella manera durante la dictadura. Pero la danza contemporánea venía a romper con el ideal de cuerpo femenino y masculino, con el cuerpo disciplinado, con los modos de representación y con todo lo que se supone que debe hacer una persona que se presenta en público. Una serie de rupturas inadmisibles para un sistema autoritario, no vaya a ser que del escenario pase a las casas o, peor, a las calles.
‘Plazas y Performance’ es uno de los ciclos impulsados por el programa ‘España en Libertad. 50 años’ para conmemorar, desde las artes, el medio siglo de sistema democrático tras el oscuro periodo del franquismo.
A principios de los años 80, hubo un encuentro que supuso el nacimiento de la danza contemporánea como hoy la conocemos: la improvisación entre las bailarinas Mónica Valenciano (Las Palmas, 1961) y María Muñoz (València, 1963). En un momento donde el teatro independiente perdía fuerzas como agitador social y revolucionario, apareció la danza, expandiendo la escena hacia zonas ininteligibles donde solo accede la poética del cuerpo. Poco después, en el 88, se inaugura el festival Dansa València, que se convierte en la vía de entrada para esta nueva manifestación artística.

Por la importancia que tuvo València en la expansión de la danza, la edición valenciana de ‘Plazas y Performance’ tomará esta expresión artística como núcleo sobre el que orbitar. El sábado 28 de marzo se celebrarán dos charlas en el Centre Cultural La Nau sobre el pasado y el presente de la danza contemporánea en España, bajo el título ‘La mirada al front i les arrels a terra’, coordinadas por la compañía de artes vivas valenciana Taller Placer (Vicente Arlandis y Paula Miralles).
Por la tarde contaremos con el estreno de la creación ‘Che si può fare, che si può dire’, de María Muñoz y Mónica Valenciano, una pieza original para el ciclo en homenaje a ese primer encuentro de los 80. Y terminaremos la jornada en El Consulado con una muestra de videoarte y una fiesta de cierre.

Para profundizar en este mapa de afectos, movimientos y memoria política, conversamos con el creador escénico, investigador y docente Vicente Arlandis, coordinador en València de ‘Plazas y Performance’. En la siguiente entrevista, el cofundador de Taller Placer reflexiona sobre la invisibilidad de las artes escénicas en el relato histórico oficial, la democratización del cuerpo y la urgencia de recuperar la plaza como un espacio de encuentro común frente a la inercia del consumo.
Cuando se habla sobre historia o se estudia la historia, muchas veces se deja de lado el ámbito artístico. Y cuando se menciona suele ser desde las artes plásticas o la literatura, pero las escénicas pocas veces se utilizan como reflejo de un momento histórico.
Disciplinas como la pintura o la literatura facilitan hacer historia porque los objetos son archivables (cuadros, libros) y perduran en el tiempo. Lo que tiene de particular la performance, más en concreto la danza, es que es muy difícil que los objetos perduren físicamente en el tiempo. Perduran en la memoria de la gente y en vídeos que no siempre son accesibles.
Este ciclo de 50 años en democracia hace una revisión de la poca memoria cultural que tenemos. La danza es una disciplina muy minoritaria. El IVAM no tiene obras de danza en su colección. No está en el acervo cultural de un museo de arte contemporáneo importante mantener eso. Justamente este ciclo lo que viene a subrayar es que nos tenemos que poner las pilas, que la disciplina de la danza es importante para pensar 50 años de democracia. Es una disciplina que ha sido superimportante en el desarrollo de los principios democráticos.
Hasta los años 80 no aparece la danza contemporánea en España, mientras que en otras partes del mundo llevaba ya una década desarrollándose. Aparentemente, hay una relación entre la instauración de un sistema democrático y la llegada de la danza. ¿La presencia de la danza contemporánea es señal de salud democrática?
Si la democracia tiene algo particular es el cuidado de las minorías; y la danza contemporánea, en el ámbito artístico, siempre está en minoría. Todavía estamos en esa pelea, la de pensar la danza más allá de los números o del interés que suscita en el público general. Los contextos democráticos deberían apoyar más este tipo de trabajos, no solo porque sean minoritarias, sino porque aportan una mirada al mundo que no aportan otras disciplinas.
¿Cuál es esa mirada del mundo particular de la danza?
La danza aporta una mirada sobre el cuerpo. En las escuelas de Bellas Artes se habla todo el rato del cuerpo, pero se practica muy poco todo aquello que tiene que ver con el cuerpo. Si somos algo, si al final del túnel hay algo, es un cuerpo. La danza aporta una mirada sobre la relación con el cuerpo que no tiene que ver con el lenguaje, que va más allá. Y aporta también subjetividad. Vas al gimnasio y todos los cuerpos son homogéneos, se tiende hacia un cuerpo homogéneo porque se tiende a un cuerpo ideal.
Lo que más mola de la danza contemporánea es que cada danza inventa su propio cuerpo. La gran batalla de la danza contemporánea es negar el cuerpo ideal y reivindicar que hay tantos cuerpos como personas.
En este ciclo se revisita o se revive ese primer encuentro mítico entre Mónica Valenciano y María Muñoz en los años 80 que, de alguna manera, supuso el nacimiento de la danza contemporánea en España. ¿Pudiste atender a ese nacimiento o te lo han contado?
Yo soy esa generación que empezó haciendo teatro en la escuela. Entré en la Escuela de Teatro de rebote porque era de los pocos espacios que se salían de la norma. Lo que nos pasó a mí y a mucha gente de mi generación es que tuvimos profesores de danza que nos llevaban a Danza València a ver espectáculos y ahí se abrió un mundo.
Danza València, en su momento, fue una puerta al mundo para mucha gente. Eran ventanas de posibilidad. Yo llegué a ver a María y a Mónica en sus inicios. No vi ese dúo pero tengo recuerdos muy vívidos de ver a las dos haciendo sus cosas en Danza València y flipar con esas nuevas posibilidades.
¿Qué se estaba rompiendo ahí?
La danza contemporánea llega como técnica en los años 80, pero como planteamiento artístico arranca en los 90, y lo que pasaba ahí es que se estaba rompiendo el canon. Había un canon sobre cómo se tienen que hacer las piezas de danza, de teatro; es un canon muy fuerte que sigue hoy en día y es lo que te enseñan en la escuela. Danza València proponía otros cánones que luego se han convertido en el canon de hoy, pero en ese momento venían artistas con unos materiales y unas formas que hasta ese momento no las podíamos pensar.
Recuerdo varias obras que me impactaron un montón: una de Tomas Aragay que hacía con Sofía Asensio que se llamaba ‘Cruza cuando el hombrecito esté en verde’, y luego recuerdo las piezas de Mal Pelo, que en ese momento hacía un cosa teatralizada y muy potente. Recuerdo a Danat Dansa, a Marta Carrasco. Me acuerdo de Mónica Valenciano con su compañía El Bailadero, que eran unas tías que hacían cosas muy marcianas; creo que vinieron con una obra que se llama ‘Adivina en Plata’. Y luego me acuerdo mucho de un ciclo de videodanza que hacían en la Filmoteca, donde pude ver videos muy experimentales y las primeras obras de DV8 y Wim Vandekeybus.
Otra de las reivindicaciones de este ciclo ‘Plazas y Performances’ es la de volver a ocupar las calles, física y artísticamente. ¿Creéis que, con la institucionalización de la danza contemporánea, al volverse canon, como decías, ha habido un abandono del espacio público?
Nosotros hemos enfocado ‘Plazas y Performances’ desde la idea de encuentro. En los años 90-2000, algo que era muy potente en el ámbito de la danza era el encuentro. Había un montón de contextos, unos más institucionales y otros menos, donde un montón de gente se juntaba para hacer danza, ver danza, etc. Eso ahora está en crisis. Y pasa en todos los ámbitos. El mundo se ha comercializado. Antes, quedabas en más sitios donde no necesitabas consumir y ahora todos los espacios son espacios de consumo.
Paula y yo hemos enfocado ‘Plazas y Performances’ para pensar la plaza como un espacio donde un montón de gente se reúne y se encuentra y se desapropia: nos unimos en una comunidad donde lo importante no es lo propio, sino lo común.
Las dos charlas que vamos a organizar van sobre cuánto hay de común en tu práctica, tratar de pensarlo menos desde lo privado y más desde lo que nos une. Al final, somos un hilo, estamos todo el rato viendo y haciendo danza y ahí estamos cosiendo un hilo que viene de atrás y va para adelante. Vamos cosiendo prácticas que heredamos y que planteamos para el futuro.
¿Cuáles son los mayores cambios que habéis notado desde la introducción de la danza contemporánea en España hasta la actualidad?
Antes había líneas más concretas de trabajo. Ahora hay líneas, pero están más difuminadas. Hay más desconexión entre los trabajos. Antes había islas muy concretas donde, además, la gente militaba un poco. Me da la sensación de que eso, ahora, está más roto. Pero también creo que es complicado analizar lo que sucede en el presente. Es más fácil hablar sobre lo que ya ha pasado que no sobre lo que está pasando.
En los últimos años, con la entrada de la inteligencia artificial, se habla de un cambio de paradigma. En la política global están sucediendo cosas atroces y parece que el mundo está cambiando a una velocidad vertiginosa. ¿De qué manera se está viendo esto reflejado en las artes?
En general, los festivales y las programaciones son mucho más conservadoras y apolíticas. Se evitan las propuestas que dialoguen con problemáticas actuales y, las que dialogan, lo hacen de manera muy blanca. Igual que la política se ha derechizado, el arte también. He escuchado a gestores culturales importantes de la Comunitat Valenciana decir que en su programa no quieren cultura política explícita. Se justifican en que el arte ya es suficientemente político para que dentro de la obra se subrayen cosas concretas.
¿Las artistas podemos hacer algo para no someternos a este viraje?
Tenemos que hablar más. Los trabajos que hacemos son una parte importante, pero también las comunidades que creamos son igual de importantes. Tenemos que generar redes más sólidas, más fuertes y más críticas, y ahora mismo no lo son.
En estos momentos donde la salud democrática flaquea a nivel global, ¿qué papel pueden desempeñar las artes?
Las artistas cada vez tenemos más responsabilidad. Los espacios sociales cada vez son menores y más conservadores. La cultura debe asumir responsabilidad, como el ‘No a la guerra del cine’. El arte y la cultura tiene que alzar la voz porque hay otros ámbitos donde no se levanta.
¿A qué retos se enfrentan las nuevas generaciones en el ámbito de la danza y de las artes performativas?
El mayor reto es la precariedad en el ámbito profesional. En treinta años trabajando en esto, vemos que cada vez es más precario todo. Ahora no ganas más dinero que antes, pero antes podías vivir con mucho menos. Antes, con un trabajo de fin de semana en un bar podías vivir y el resto del tiempo sacabas adelante una compañía de danza. Eso ahora no puede ser. Con un trabajo de fin de semana no vives.
La dificultad tiene que ver con la precariedad y la escasez material. Hay que hablar mucho más de dinero. Entre nosotras hablamos, pero en los contextos públicos no se habla de dinero y es importante hablar de las condiciones materiales necesarias para hacer tu trabajo.
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