Arturo Pérez-Reverte. ¿La guerra que todos perdimos?

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Letras en Sevilla XI: ‘1936: la guerra que todos perdimos’
A propósito de las jornadas coordinadas por Arturo Pérez-Reverte y Jesús Vigorra y financiadas por la Fundación CajaSol

Cada poco tiempo, la guerra civil española vuelve a la actualidad como si fuera un rito de expiación colectiva. Y vuelve no para explicar causas y precipitantes o para comprender mejor a sus protagonistas, victimarios y damnificados. La Guerra Civil regresa para repartir culpas con sorprendente liberalidad, con cruel anonimato: como quien dictamina con moralidad equidistante.

El lema es conocido, cómodo y ya antiguo: ‘La guerra que todos perdimos’. Es tan antiguo que ya circulaba durante la propia contienda. Es tan útil y consolador que sigue funcionando casi noventa años después.

La formulación reaparece ahora, en 2026, en unas jornadas anunciadas en Sevilla bajo el título ‘1936: la guerra que todos perdimos‘, coordinadas por Arturo Pérez-Reverte y Jesús Vigorra y financiadas por la Fundación CajaSol.

El título, luego corregido para aliviar el escándalo, no es un detalle menor ni un descuido tipográfico, como pretexta Arturo Pérez-Reverte. Es la expresión nuclear o axial del encuentro. Y es, también, el problema.

Decir que la Guerra Civil fue “la que todos perdimos” no es una síntesis madura ni una superación del enfrentamiento, sino una simpleza historiográfica descartada por los historiadores académicos. Es una de esas sentencias que suenan equilibradas, porque no señalan a nadie, pero que precisamente por eso desdibujan lo esencial.

¿Qué cosa?

Que la guerra fue la consecuencia de un golpe de Estado contra un régimen legítimo, que fracasó en su objetivo inmediato, derivando en una contienda de tres años, y que ese conflicto terminó con vencedores muy concretos, y con vencidos identificables (no siempre) y con una dictadura duradera.

No fue una catástrofe irrefrenable, ni una tragedia sin autores.

El recurso a la primera persona del plural –todos perdimos, todos fuimos víctimas, todos fuimos responsables– tiene mucho de ardid retórico. Incluye en el reparto de culpas a quienes no habían nacido, a quienes no participaron, a quienes no decidieron nada. Es una forma de trasladar la responsabilidad histórica a un sujeto abstracto, difuso, sentimental: España, los españoles, el carácter nacional, el cainismo eterno.

Y ahí es donde el relato se desliza desde la historia hacia el moralismo.

Porque una cosa es afirmar, con toda razón, que la guerra fue una tragedia humana de enormes dimensiones, y otra muy distinta convertir esa tragedia en una fatalidad, en un episodio más de una supuesta esencia española condenada al enfrentamiento fratricida.

Cuando se opta por esta segunda vía, el conflicto deja de explicarse por causas políticas, sociales y militares concretas, y pasa a leerse como un capítulo inevitable de una novela interminable. O de un relato fatal.

Este enfoque no es nuevo en Arturo Pérez-Reverte. Forma parte de una concepción previa de la historia de España que atraviesa tanto sus columnas periodísticas como muchas de sus novelas. Se trata de una concepción basada en unos pocos presupuestos reiterados.

Los enumero: un pueblo noble pero primitivo, unas élites egoístas y traidoras, una historia marcada por la violencia cíclica y un destino nacional trágico del que no hay escapatoria. España como desgracia recurrente. España como carácter.

Desde ese esquema, la Guerra Civil no aparece como lo que fue –una agresión armada contra un sistema constitucional defectuoso, siempre defectuoso, en un contexto europeo de radicalización política–, sino como la expresión máxima de nuestro cainismo ancestral. Hermanos contra hermanos. Todos culpables. Todos derrotados.

El problema no es solo interpretativo. Es político en el presente. Porque cuando la guerra se presenta como inevitable, cuando la República aparece como un régimen condenado por sus propios errores, cuando el franquismo se convierte en un desenlace desafortunado pero casi natural, la memoria democrática queda automáticamente deslegitimada.

Si no hubo responsables claros, si todo fue una locura colectiva, ¿para qué exhumar, reparar, nombrar? ¿Para qué legislar sobre memoria si lo que aconteció fue una desgracia compartida? El marco no niega hechos, pero los ordena de tal modo que diluye la responsabilidad. Es una operación sutil y eficaz.

La comparación con otros contextos resulta esclarecedora. ¿Alguien se imagina en Italia unas jornadas tituladas ‘1939: la guerra que todos perdimos’? No sería un escándalo político, sino intelectual. Allí, tras 1945, se construye una cultura histórica basada no en la reconciliación sentimental, sino en la asunción de responsabilidad. La derrota fue la derrota del fascismo. El sufrimiento de la población italiana nunca se utilizó como coartada para relativizar el origen del conflicto ni para hacer simetrías con víctimas y perpetradores.

En España, en cambio, esa simetría sigue presentándose como signo de madurez. Por eso no estamos ante un problema de pluralismo ni de libertad de expresión. Nadie discute que puedan convivir ponentes de ideologías diversas. Lo que está en juego no es quién habla, sino desde dónde habla.

El pasado no es un campo de opiniones equivalentes. No es lo mismo afirmar que hubo un golpe militar seguido de una guerra y una dictadura, que decir que todo fue una pelea insensata entre hermanos.

Cuando estalla la polémica y algunos participantes se retiran de las jornadas que capitanea Arturo Pérez-Reverte, la reacción es previsible: los responsables denuncian a la “extrema izquierda”, invocando para mal a la España cainita. Es por eso por lo que el académico se presenta como víctima de la intolerancia. El relato se cierra sobre sí mismo con una coherencia admirable. Todo confirma la tesis previa.

¿La guerra que todos perdimos? Arturo Pérez-Reverte y Jesús Vigorra

Incluso la rectificación del título –la introducción tardía de interrogantes– resulta poco convincente. No porque sea imposible cometer errores, sino porque el lema no es accidental. Es una idea defendida durante años. Es una fórmula reiterada.

Y ahora, cuando se intenta matizar diciendo que “España perdió décadas de progreso”, se vuelve a incurrir en la misma operación: convertir una decisión política victoriosa en una pérdida colectiva sin causa ni responsables.

España no perdió la reforma agraria por fatalidad. La perdió porque fue derrotada una República y se impuso una dictadura. Confundir eso con una tragedia compartida es borrar la relación entre causa y consecuencia.

La equidistancia sentimental puede resultar reconfortante. Permite hablar del pasado sin incomodar demasiado. Permite hermanarnos retrospectivamente sin asumir responsabilidades. Pero no es historia. Es una forma de evasión.

La pregunta, entonces, no es si la guerra fue terrible –lo fue– ni si hubo sufrimiento en ambos bandos –lo hubo–. La pregunta es qué hacemos hoy con ese pasado, pasado sucio, en términos de José Álvarez Junco. Y, ahí, el “todos perdimos” deja de ser una frase conciliadora para convertirse en un obstáculo. El primer paso para no decir quién perdió de verdad… y quién ganó.

Porque la historia no es un destino trágico que debamos acarrear como una culpa hereditaria. Es un campo de decisiones, de conflictos y de responsabilidades. Y abusar de ella, como advertía Friedrich Nietzsche, es cargar el presente con un peso que no le corresponde.

La Guerra Civil no fue la guerra que todos perdimos. Fue una guerra que muchos perdieron. Y otros ganaron. Y de esa victoria salió un régimen que duró cuarenta años. Todo lo demás es literatura o moralismo.