Eugenio Fuentes

#MAKMALibros
‘Wendy’, de Eugenio Fuentes
Tusquets Editores, 2025

El detective es una figura clave de la novela negra. Un recurso muy apreciado por los escritores realistas, pues funciona como un bisturí con el que diseccionar la sociedad y exponer sus sangrantes vísceras. A diferencia del policía u otro agente de la ley, el investigador privado no debe someterse a rígidas normas y protocolos, y eso le da mayor facilidad para infiltrarse en distintos ambientes y husmear a gusto.

Para suplir los medios poderosos con los que cuentan los chicos de placa y uniforme, debe aguzar ingenio e intrepidez buscándose la vida, a veces en zonas grises, en difusas fronteras entre lo legal e ilegal. Patear el fango y abrir alguna cabeza que se interpone en su camino.

Sean de tipo cerebral como Sherlock Holmes y Hércules Poirot –observadores y analíticos–, hombres de acción –más impulsivos que reflexivos–, héroes en busca de la verdad y la justicia o canallas empedernidos, los detectives nos hacen pasar muy buenos ratos. A los de ficción me refiero, claro está.

En la novela negra española contemporánea predominan los policías y guardias civiles, sobre todo mujeres empoderadas con algún tipo de problema personal o turbio pasado. Pero también tenemos una rica nómina de sabuesos literarios entre los que destaca Pepe Carvalho, el detective gastrónomo creado por Manuel Vázquez Montalbán, y otros de su gremio: Toni Romano o la familia Hernández, que regenta una agencia de investigación en el barrio barcelonés de Sant Andreu.

Protagonista de varias novelas de Juan Madrid, Romano es un exboxeador y expolicía de origen humilde, experto en navegar por los bajos fondos; y los Hernández, que aparecen en varios títulos de Rosa Ribas, ofrecen una versión peculiar del oficio detectivesco o cómo indagar en familia.

El escritor Eugenio Fuentes. Foto: Iván Giménez.

Fuera de España, la lista sería inabarcable, así que solo mencionaré algunos de mis detectives preferidos: el inquietante Charlie Parker, que habla con los muertos de John Connolly; la pareja Patrick Kenzie & Angela Gennaro de Dennis Lehane; y Harry Bosch del otro Connolly, Mikel.

Pero el que hoy merece mi atención está bastante cerca, al otro extremo de la península: el detective Ricardo Cupido. ¡¿Un detective llamado Cupido?!, exclamará alguno imaginando a un tipo duro disparando flechas rosas en vez de plomo.

No es cosa de risa. Ese apellido es relativamente común en el sudoeste de la península. Además, Cupido es un profesional impecable que ha resuelto numerosos casos con su personal estilo, a base de observar los pequeños detalles, persistencia, inspirar confianza a los demás y saber escucharlos.

Su aspecto físico también ayuda: es alto y de buena presencia, de belleza sobria y varonil, y se mantiene en forma montando en bicicleta por los accidentados caminos de Breda. ¿La ciudad holandesa donde se libró una batalla inmortalizada por Velázquez? Error.

La Breda de Cupido es una villa imaginaria situada al norte de Cáceres, fundada por un soldado de los tercios españoles al regresar a España tras licenciarse. Un fértil valle por el que discurre el río Lebrón rodeado de montañas: el Yunque, el Volcán y la reserva El Paternóster.

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Eugenio Fuentes cartografió Breda hace muchos años en ‘Las batallas de Breda’, Premio Cáceres de Novela Corta 1988, «como una necesidad de definir un territorio propio, geográfico y moral, donde dar rienda suelta a los personajes imaginados».

Ha significado para él una residencia que le ha permitido dar fe del mundo rural que le rodea y una fuga de sus aspectos más folclóricos y pintorescos, el casticismo, que considera una mutilación de la realidad. Con la creación de Breda siguió el ejemplo de varios de los escritores que más admira: Onetti y Santa María; García Márquez y Macondo; Benet y Región; y Faulkner y Yoknapatawpha.

Que sus relatos realistas transcurran en escenarios imaginarios, que describe con aliento lírico, les confieren una atmósfera especial rompiendo los límites del género. Fuentes se encuentra en Breda como en su propia casa, pero también mueve a Cupido y sus personajes por otros lugares: Madrid, Toledo, la costa mediterránea, Francia, el México revolucionario de 1912, una ciudad marítima, el itinerario europeo de la protagonista de ‘Venas de nieve’

Pese a vivir en lo que se conoce como España vaciada, el detective de Fuentes no responde a los típicos estereotipos del hombre de campo. Soltero y solitario en sus primeros años, encuentra el amor en la madurez y ya en la cuarentena es feliz padre de gemelos.

Tiene un amigo y ayudante ocasional, al que llaman Alkalino porque, tras beber unos tragos, se convierte en inagotable contador de historias. Un hombre sabio y digno pese a su dependencia del alcohol que vive alegremente con las mínimas posesiones.

«¿Para qué quiero tener más cosas?», se pregunta. «La pobreza engancha (…). Cuando descubres las ventajas de vivir pobre y con ligereza hasta el oro es una pesada carga. Y en cambio nada te condena a mayor sumisión que el ansia de riqueza».

Con ‘Wendy’ (Tusquets Editores), décimo título de la serie, Fuentes alcanza su máxima plenitud como narrador, logrando un armonioso equilibrio entre fondo y forma y un ritmo vibrante. Pone el foco en los claroscuros de un deporte que mueve masas y millones, el fútbol, y en los medios sensacionalistas.

Cupido acaba de ser feliz padre de gemelos cuando recibe un encargo muy delicado: localizar a la chica que aparece en un vídeo erótico junto a un jugador estrella de un club de primera división, Iberia, dirigido por King Quintana, que ya aparece en una entrega anterior de la serie ‘Mistralia’.

Trasladado a Madrid, donde esa joven natural de Breda se busca la vida, Cupido inicia sus pesquisas y ante su perspicaz mirada desfila una galería de personajes: una promesa del fútbol femenino, un informático y su vecino cascarrabias, una bella influencer, un ciego que graba audiolibros para la Once, un grupo de mariachis….

La figura de Wendy, sin embargo, queda algo difuminada, como se representa en la portada de la novela. Solo aparece una vez y lo hace disfrazada de chico. Su amiga Celeste la compara con el mercurio porque no se sabe si es sólida o líquida, a punto de romperse con cualquier choque o movimiento. Encarna a esos espíritus inquietos e inestables atormentados por encontrar algo que ni saben claramente lo que es ni les colman cuando lo encuentran.

En el conjunto de su obra, Fuentes ha tejido una especie de tapiz que conecta unos personajes con otros, unas tramas con otras. El ejemplo más patente es el vínculo entre ‘Si mañana muero’ y ‘Piedras negras’, octava entrega de la serie Cupido.

La primera es un extenso relato ambientado en la Guerra Civil protagonizado por una joven pareja, una violonchelista y un pintor, de trágico desenlace. En la segunda, situada décadas más tarde, el detective debe localizar al hijo robado de la mujer exiliada a Francia y para ello se desplaza a Toledo.

Como toda buena novela negra que se precie, las de la serie Cupido contienen una dosis de crítica social, pero su principal característica es la riqueza psicológica de sus variados y numerosos personajes. Igual que un experto en casting sabe elegir a la actriz o al actor que mejor encaja en un determinado papel, Fuentes crea a los compañeros de viaje de Cupido más adecuados para cada aventura que emprende.

Lo hace con absoluta dedicación, sin discriminar entre principales y secundarios, plasmando con gran capacidad fabuladora sus personalidades y circunstancias en tramas encadenadas que convergen en el argumento principal. A través de Cupido, Fuentes detecta el mal y la miseria del mundo, pero no se regodea en ella ni se erige en fiscal o juez. Su mirada es compasiva: comprende las debilidades humanas y respeta a los vulnerables.

Las palabras que cierran ‘Perros mirando el cielo’, penúltimo título de la serie ambientado en los meses de la COVID, referentes al asesino, reflejan esa actitud humanista: «Sus razones para matar ni eran tan abominables que no se puedan perdonar ni eran tan profundas que no puedan comprenderse».