Hamnet

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‘Hamnet’, de Chloé Zhao
Reparto: Jessie Buckley, Paul Mescal, Jacobi Jupe, Joe Alwyn, Emily Watson, Noah Jupe y David Wilmot
Música: Max Richter
Fotografía: Lukasz Zal
125′, Reino Unido, 2025

Para quien no la conozca, la serie de cómics ‘The Sandman’, creada en 1989 por el británico Neil Gaiman (habrá quien la recuerde por la adaptación realizada para Netflix), cuenta la historia de Orfeo, señor de los sueños y uno de los siete eternos (junto con Muerte, Destino, Destrucción, Deseo, Desesperación y Delirio) que rigen o vigilan la vida de los hombres.

Una premisa dramática o personaje que iba a permitir a Gaiman y a sus colaboradores construir todo un universo en el que la fantasía se iba a desarrollar en un espacio difuso entre el sueño y la vigilia, realizando el que ha sido, a entender de muchos, uno de los hitos del arte secuencial en viñetas de todos los tiempos.

Pues bien, corría el año 1990 cuando la serie llegaba a su número 19, que contendría una historia breve titulada ‘Sueño de una noche de verano’. Una pieza que, desde su publicación, se iba a convertir en uno de los momentos cumbres de la colección, hasta el punto de que Gaiman y el dibujante Charles Vess serían galardonados por ella con el prestigioso World Fantasy Award, dedicado a la literatura fantástica, en la categoría de mejor relato corto. Que una historia contada en viñetas ganara un gran premio literario daba la medida de la calidad de este trabajo.

La historia era, en parte, la continuación de otra pieza también corta titulada ‘Hombres de buena fortuna’. Este relato nos situaba en Inglaterra en el año 1389, en el que Sandman y su hermana Muerte se encuentran en una mugrienta taberna donde conocerán a un extraño personaje llamado Robert Gadling, quien, según se desprende de una conversación, ha decidido que no va a morir, un deseo que Muerte le concede a modo de juego para incitar a Orfeo a relacionarse con unos seres humanos con los que tiene un trato algo distante.

Tras una apuesta con Muerte y como forma de poner a prueba esa relación, Sandman le propone a Robert encontrarse en esa taberna, tal fecha como esa, una vez cada cien años. Los siglos pasan y Robert y Sandman se reúnen periódicamente para ver si el primero desea seguir viviendo o dar su existencia por finalizada (algo que Robert rechaza).

Fotograma de ‘Hamnet’, de Chloé Zhao.

En uno de esos encuentros, estamos ya en 1589 y, entre los clientes de la taberna, se encuentra también un desesperado joven llamado Will Shakespeare que se debate entre su vocación literaria y lo que considera su falta de ingenio. Oyendo sus lamentos, Orfeo le propondrá a Will otro trato: le dará el don de la palabra y la imaginación a cambio de que escriba para él dos piezas teatrales que le reclamará en su momento.

Llegamos así al famoso capítulo ‘Sueño de una noche de verano’, en el que Will debe pagar su parte del acuerdo en forma de una obra que, con el mismo título, tendrá que representar con su compañía ante el propio Sandman y un grupo de invitados especiales: Titania y Oberón, rey y reina de las hadas que son, a su vez, protagonistas de la obra.

Sobre esta base, Gaiman compone una hermosa narración que nos anima a una reflexión sobre el poder de la ficción y su capacidad para construir mundos tan reales como la vida misma. Pero no acaba aquí. La otra subtrama del capítulo cerrará el círculo empezado en ‘Hombres de buena fortuna’, en la que Gaiman nos incita a pensar sobre las deudas a las que implica una vida dedicada al arte.

En este capítulo, tras muchas vivencias, Shakespeare es un hombre ya agotado. Ha escrito las grandes obras que soñaba, pero ha pagado el precio de alejarse de las personas que más quiere en el mundo. Empujado por su hijo Hamnet, Shakespeare ha decidido volver a casa con su esposa tras esta última representación, dando así por terminada su carrera para dedicarse a una familia que habría abandonado. Una historia bellísima.

Todo este largo prólogo viene al caso sobre la última producción de la realizadora chino-estadounidense Chloé Zhao, adaptación a su vez de la novela de la británica Maggie O’Farrell, titulada precisamente ‘Hamnet’. Aquí conoceremos a un también joven Will Shakespeare, hijo de un endeudado comerciante que subsiste en la modesta aldea de Stratford dando aburridas clases de latín.

Fotograma de ‘Hamnet’, de Chloé Zhao.

Un día conoce a Agnes, una mujer de la que se va a enamorar de inmediato y a la que propone en matrimonio. A pesar de la oposición de los padres de Will, que recelan de la mala reputación de Agnes –a quien tienen en el pueblo por una bruja a causa de su afición por los ungüentos que hace con extrañas plantas del bosque–, el matrimonio se consuma.

Empieza entonces para la pareja una nueva vida que se debatirá entre dos conflictos, sobre todo para Agnes. De un lado, el cuidado de sus hijos en una Inglaterra amenazada por la peste. De otro, la ausencia de un marido que marcha periódicamente a Londres para desarrollar su carrera teatral.

Venía el último trabajo de Chloé Zhao precedido de una campaña promocional y, sobre todo, una atención crítica tan halagadora que uno no puede por menos que sorprenderse tras el visionado de una película que, a ojos de este cronista, descarrila en dos aspectos principales: la construcción del relato y su virtuosa ejecución en imágenes. Dos elementos inevitablemente relacionados.

Partamos de la premisa de que desconozco la obra original de Maggie O’Farrell. Pero, incluso asumiendo aquella idea popular según la cual, en la adaptación al cine de toda obra literaria siempre acaba siendo mejor el libro que la película (generalmente, por falta de espacio para desarrollar todos los detalles que pueden caber en una novela), eso no es una excusa para reclamar a las autoras del libreto (la propia Maggie O’Farrell firma el guion junto con Zhao) un conjunto que sepa medir tanto los límites a los que aboca un producción de cine como la necesidad de imprimir a la obra una cierta unidad y fluidez narrativa.

Para entendernos, en el caso de ‘Hamnet’, es como si las dos autoras hubieran escogido los momentos que más les interesaba de este relato y los hubieran plasmado en pantalla, esquivando la obligación de atender a las necesidades que demandaba la propia construcción de la narración.

Arranca así la historia con un larguísimo prólogo en el que todo se precipita, al tiempo que se dilata por otra parte. Por un lado, Will y Agnes se entregan el uno al otro a los pocos minutos de empezar la película, lo que resta emotividad a una relación que parece que se consuma más por capricho de las autoras que de la historia en sí. Se ven, se quieren o se desean, y ya está.

Consumado, pues, el repentino enamoramiento, asistiremos a un largo tramo en el que la pareja se enfrenta a sus respectivas familias, mientras conocemos la querencia casi mística de Agnes por un bosque de propiedades mágicas en el que se refugia cuando desea escapar de su entorno.

Fotograma de ‘Hamnet’, de Chloé Zhao.

Todos estos detalles, sin embargo, no nos preparan para lo que pueda venir, sino que sirven, como el resto de la historia, a modo de pequeños cuadros que nos hablan de aspectos de la vida de los personajes, pero olvidando relacionarlos dramáticamente hacia aquellos conflictos que la película parece querer contar y que varían o se derivan sinuosamente por distintos caminos según avanza en el metraje.

De esta forma, entenderemos de manera igualmente sorpresiva que el joven Will escribe una serie de textos (nadie nos dice lo que son), labor que parece que le atormenta, no sabemos por qué, y que más tarde debe marchar a Londres para, comprenderemos (entre otras razones, porque el nombre de Shakespeare nos pone sobre aviso, no porque lo explique la película), consumar su carrera en el teatro.

Y lo mismo nos pasa en el caso de Agnes, cuya vida entregada al cuidado impenitente de sus hijos sufrirá la ausencia de un padre que parece que no tiene mucho problema en abandonarla (se resiste, pero no demasiado). Todas estas cosas están ahí, pero el dúo Zhao-O’Farrell las presenta de manera tan atropellada, desequilibrada e inconexa que perdemos la necesaria implicación emocional.

Zhao y O’Farrell ponen los puntos, pero no trazan la línea que los une de forma que no conseguimos entrar en la narración y, como espectadores, quedamos a la expectativa, a ver a dónde nos lleva una historia que puede dirigirse a cualquier sitio.

Tropezamos, así, con una película que quiere ser demasiadas cosas a la vez. Por el lado del personaje de Shakespeare, y como ocurría en la historia de Gaiman, nos quiere presentar a un hombre que se debate entre una pulsión y el precio que debe pagar por ello.

Pero todo esto tiene, como decimos, poco desarrollo dramático y, culpa de esa falta de imbricación con el resto de líneas narrativas, el peso del sentido último de este tramo recae en la responsabilidad de un espectador que tendrá que jugar a especular para llenar aquello que la trama no le muestra.

Fotograma de ‘Hamnet’, de Chloé Zhao.

Y lo mismo pasa con el personaje de Agnes. Poco le costará al espectador abierto a ciertos debates contemporáneos vislumbrar las claves de este elemento de la película. De un lado, la reivindicación de la figura de la mujer-bruja, como representación de la liberación femenina frente a la hipocresía opresiva impuesta por las reglas sociales.

Agnes es vista en el pueblo como alguien sospechoso de jugar con las fuerzas de lo oscuro, lo que la sitúa al margen de la comunidad. Sin embargo, es esa independencia, esa condición de marginal, le que le otorga su verdadero valor. Y cuando la traiciona, las cosas se le tuercen.

De otro lado, tenemos la figura de la mujer como símbolo de la madre tierra, fuente de vida y de sacrificio. Prueba de esta relación, lo vemos en el patente interés de Zhao en mostrarnos los sucesivos partos de los hijos de Agnes.

El problema es que estas cuestiones parecen tomar cuerpo o se escapan del centro de la historia mientras la película va pivotando caprichosamente de un extremo a otro según Shakespeare aparece o desaparece de la escena de manera igualmente arbitraria. Para hacer que todo esto confluya, Zhao y O’Farrell concentran todos sus esfuerzos en un último momento en el que Agnes deja al fin su pueblo para ver la última obra de su esposo: Hamlet.

Llegados a este punto, Zhao y O’Farrell, en una larguísima secuencia, quieren unir sus dos líneas de carga. Por un lado, una reflexión sobre el poder de la ficción para dar salida a los dramas humanos. De otro, la comunión de dos almas unidas por el dolor que se reconcilian a través de la representación, al tiempo que sirve de vía de escape a un duelo que se resuelve (no diremos por qué) con la aceptación de la muerte como un mero tránsito, un punto de inflexión en la vida. El problema es que todo esto, suponiendo que lo hayamos interpretado correctamente, queda en la película de Zhao tan deslavazado que no nos apela.

Para compensar las dificultades con las que se topa un esqueleto narrativo tan frágil, Chloé Zhao imprime a sus imágenes una cierta grandilocuencia, apuntalada por el uso de planos cenitales y composiciones donde prevalece la simetría y el contraste de colores (Agnes aparece siempre vestida de un simbólico rojo frente al verde del bosque o el gris dominante en el pueblo) para tratar de ensalzar, así, un drama que evoluciona de manera renqueante.

Todo ello acompañado por la música algo enfática del compositor Max Richter, que trata de llenar los espacios libres para dar unidad a la pieza al tiempo que aspira a imprimir emoción allí donde solo hay una mera descripción de situaciones. Pero la música no lo puede todo.

El resultado es una obra que resalta más por su ambición que por sus logros. Dos horas de duración para un relato cuyas claves son mucho más sencillas de lo que trata de aparentar y que, bien articulada, habría dado, con los mismos temas, una película más sugerente y, por qué avergonzarse, entretenida.

Chloé Zhao, sin embargo, se pierde en detalles irrelevantes que se podrían haber resuelto de manera más ágil y orgánica, empeñada en darle a la película una dimensión poética y simbólica que se intuye, está presente, pero que no maneja bien, deleitándose en la construcción de ciertas imágenes cuya potencia dramática y narrativa se acaba diluyendo por saturación, pero olvidando, como decimos, el todo, el relato, la historia o alguna de las historias que había detrás de la propuesta.

Qué hace que una película como esta haya recibido tantos elogios es algo que se escapa a mi modesta comprensión. Me quedo con el relato de ‘The Sandman’, un ejemplo de cómo contar muchas cosas en mucho menos espacio.