Escritores misántropos

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Escritores misántropos versus mercado editorial
La promoción de libros, a debate

¿Escribir un libro es suficiente para considerarse escritor, o para alcanzar ese rango hay que conseguir el marchamo de un sello editorial y lograr una buena respuesta por parte de la crítica y los lectores? Tema polémico digno de acaloradas tertulias de sobremesa.

Lo cierto es que publicar un libro es un arduo proceso en el que muchos proyectos fracasan e infinidad de historias quedan atrapadas en un limbo cruel sin esperanza de ser leídas, resmas de folios impresos condenadas al vertedero para convertirse en pulpa de papel.

En aparente contradicción, publicar un libro nunca ha sido tan fácil y difícil a la vez. Fácil por el recurso de la autoedición, al que optan numerosos aspirantes a literatos desde que las editoriales cerraron sus tornos de admisión ante la avalancha de manuscritos que recibían cada mes.

Difícil, porque, además de urdir historias que conmuevan e interesen al público, el escritor debe saber promocionarlas por distintas vías: online en las redes sociales, con blogs personales (newsletters) y de forma presencial participando en todo tipo de eventos literarios.

Además, lo más complicado, teniendo en cuenta el ego de los artistas y sus tensas rivalidades: cultivar una buena relación con colegas, editores y críticos para que alaben y difundan sus títulos.

En un artículo publicado en Zenda el pasado 26 de diciembre, ‘Por qué tu libro brillante morirá en el olvido’, Raúl Alonso enumera todas estas obligaciones complementarias de la creación llegando a un diagnóstico demoledor: un libro mediocre bien promocionado se vende mejor que uno bueno que carezca de jaleadores.

Dirán que soy antigua, que tengo un concepto idealizado, obsoleto y romántico de la literatura, pero esa afirmación me pone los pelos como escarpias, pues me temo que es muy cierta. Alonso sabe de lo que habla. Creó la editorial Cántico tras pasar por Pre-Textos y forma parte del consejo editorial de Almuzara Libros como experto en marketing digital e inteligencia artificial.

Sospecho que tras leer el artículo de Alonso más de un joven candidato a escritor habrá decidido colgar la pluma antes de estrenarla y dedicarse a esquilar ovejas merinas o a la fontanería. En fin, cualquier ocupación que permita vivir dignamente sin pasarse el día pegado a la pantalla y al móvil voceando sus libros cual locutor en una tómbola.

Las obligaciones de marketing que implica hoy el hecho de escribir excluyen a las personas de carácter, digamos, ermitaño o las condenan a mantenerse en un segundo plano por buenos que sean sus libros. Eso empobrece gravemente la literatura, cuya grandeza es dar acceso a un amplio espectro de individualidades.

¿Vamos hacia una literatura del espectáculo en la que la imagen y personalidad del autor priva sobre la calidad de sus historias? ¿Las personas con tendencias misántropas podrán lidiar en este exigente mercadeo de amiguismos e influencias?

Ha habido escritores de vida rutinaria y también temerarios aventureros; unos que triunfaron en vida y otros después de muertos; ciudadanos y padres de familia ejemplares y también canallas, maltratadores y delincuentes, como los que reúne José Ovejero en un libro publicado por Alfaguara.

El espectro incluye todas las tonalidades del Pantone, pero las leyes del mercado editorial van acotando ese abanico. Hoy, las personas extrovertidas con habilidades sociales tienen ventaja en la línea de salida. Cierto que eso ocurre en casi todas las profesiones: los simpáticos venden más, sobre todo si tienen buena presencia.

Pero la literatura no es un concurso de popularidad ni mucho menos de belleza. No se escribe para hacer amigos. Para eso te apuntas a un gimnasio o a un crucero… o, a la desesperada, a un viaje del Imserso. Con un libro y mucha suerte ganarás lectores, seguidores, tal vez algún enemigo.

El escritor Jerome David Salinger.

Entre los escritores que se ocultaron bajo una capa de invisibilidad destaca el nombre de Jerome David Salinger por el fuerte contraste entre el gran éxito de su novela ‘El guardián entre el centeno’ –relato en primera persona de un adolescente, Holden Caulfield, que se rebela contra el mundo de los adultos– y el silencio que se impuso después aislado del mundo en Cornish (New Hampshire).

No escribió durante los últimos cuarenta años anteriores a su muerte, en 2010, ni concedió entrevistas en los últimos treinta. Los motivos de su aversión al género humano se explican en parte al conocer su participación en episodios de la Segunda Guerra Mundial: cruentas batallas como soldado de infantería y más tarde, como oficial de contraespionaje, sus visitas a los campos de concentración de los nazis.

Tras su fallecimiento, su hija Margaret desveló algunos de sus secretos y raros hábitos, como la urofagia (beber su propia orina), su predilección por las lolitas y su obsesión con las religiones orientales.

Por su época y condición de mujer, el caso de la gran poeta Emily Dickinson es diferente y todavía más acentuado, pues pasó casi toda su vida enclaustrada en su casa, los últimos años en su habitación.

A Pío Baroja sí le gustaba caminar y cual ilustrado flâneur recorría las calles de Madrid, los barrios más humildes en busca de inspiración para sus historias, o se le veía caminar por el Retiro con Azorín, ambos en silencio. El autor de ‘La busca’ se ganó fama de misántropo, misógino y huraño, y sorprendió a todos al aceptar una visita de Hemingway en su lecho de muerte.

Patrick Süskind, autor de ‘El perfume’.

Entre los autores vivos que se distancian del espejo público, los estadounidenses Thomas Pynchon y Carson MacCarthy, o el alemán Patrick Süskind, autor de ‘El perfume’, son solo unos ejemplos.

En la misantropía existen muchos grados. Se puede disfrutar de una tertulia con amigos o colegas, pero sentir pánico a hablar en público o verse rodeado de multitudes. Llevo más de medio siglo entrevistando a escritores, sobre todo novelistas, y podría dividirlos en dos grupos: los que disfrutan en la fase de promoción y los que la sufren con resignación, conscientes de que es indispensable para llegar al lector.

Y me atrevería a afirmar que el segundo grupo es bastante más numeroso que el primero por la simple razón de que la actividad de escribir es propia de personas introvertidas, más o menos solitarias.

La cuestión es que la deriva de las editoriales y las agencias literarias hacia la comercialización de la literatura presiona cada vez más a los autores, tanto a los consagrados como a las voces nuevas obligadas a pasar por el aro. Quiero pensar que todavía hay esperanza.

Confío en que los lectores demuestren su criterio para distinguir lo bueno y lo mediocre, lo bueno de lo excelente; y que la calidad se imponga a las argucias del mercado. Y encuentro motivos para ello en el triunfo de dos nuevos narradores: Lucía Solla, con ‘Comerás flores’, y David Uclés, con ‘La península de las casas vacías’ y ‘La ciudad de las luces muertas’, reciente Premio Nadal 2026.

El mitificado o denostado oficio de escritor, según lugares y épocas, siempre ha sido ingrato y exigente. Picar piedra en soledad y a la intemperie. Sin horarios, sí, pero también sin vacaciones pagadas ni permisos de paternidad. La mayoría de autores españoles deben tener trabajos alternativos para llegar a fin de mes. Incluso los que disfrutan de economías más desahogadas por haber sido traducidos o inspirar a un famoso director de cine penden de una constante incertidumbre: conseguir o no el favor del público con cada título que publican.

Avanzan por una cuerda floja entre la realidad de su propia existencia y la de los personajes que crean; una cuerda que igual engrosa que adelgaza, que tal vez se rompa algún día. El temido síndrome de la página en blanco. Hay que darles la opción de elegir cómo vivir su vida, qué vicios y manías cultivar y dejar que sean sus obras las que hablen por ellos. Que nos permitan amarlos o detestarlos.